Bruma azul Capítulo 15. Frente a mis verdugos
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Capítulo 15. Frente a mis verdugos

Frente a mis verdugos

Varias mujeres exhalaron un grito sorpresivo, retrocediendo asustadas cuando me vieron entrar en la cocina armado y con semblante fiero.

Recorrí con la mirada el lugar y, a mi pesar, descubrí que los Grant no se encontraban allí.

—¿Dónde están los invitados de Angus?

Una mujer de avanzada edad y oronda silueta se adelantó limpiando sus manos en el mugriento delantal, clavando reprobadora en mí sus pequeños ojos azules.

—Han salido hace apenas unos instantes por allí —indicó señalando una puerta al fondo de la cocina—, llevándose el barril de oporto y un cazo con guiso de liebre.

Asentí agradecido y enfilé hacia la puerta a grandes y felinas zancadas con ademán ansioso y mirada dura.

Atravesé la puerta saliendo de la penumbrosa y sofocante cocina, que daba directamente al lago Leven.

En su mansa ribera, donde las picudas avocetas deambulaban con parsimonia en busca de peces que devorar, donde sus mansas aguas apenas ondulantes por una perezosa brisa se mecían entre juncos lamiendo plácidamente la orilla, un grupo de hombres sentados en círculo conversaban animados, comiendo y bebiendo.

En efecto, eran cinco y todos lucían los colores Grant. Avancé hacia ellos y mis ojos repararon y reconocieron al punto el rostro de Stuart, que en ese momento reía jocoso. Una punzada de puro odio me atravesó teñida de repugnancia y rabia.

Había envejecido mucho, debía de sobrepasar con creces ya la cincuentena.

Su cabello largo y su barba rala, tan blancos como la nieve, enmarcaban un rostro huesudo y anguloso, ajado por profundas arrugas pero que aún conservaba su peculiar característica: esa expresión maligna y burda a la vez que denotaba su falta de humanidad y empatía.

Acompañaba ese gesto la punzante gelidez de una mirada azul, fría y despiadada, lo que manifestaba con aterradora claridad que aquel hombre no era tal, sino una bestia inmunda y ávida del tormento ajeno.

Estaba flanqueado por sus hijos, tan despreciables y viles como él.

Conforme me acercaba, mi estómago se agitó asqueado, alimentando la profunda aversión que me producían, liberando oleadas ardientes de amargo rencor.

Las imágenes de lo sucedido en aquel establo acudieron a mi mente, acelerando mis latidos y aguijoneando mi odio.

Temblando por la furia, el paisaje se desdibujó a mi alrededor, pues mi foco de atención se centraba en ellos tres.

Sepultado por dolorosos recuerdos, comenzó a faltarme el aire y tuve que detenerme.

Necesitaba enfriar mi ánimo o perdería facultades para enfrentarme a cinco hombres.

Abotargado por el cegador furor que invadía mi cuerpo, temí perder el control.

Respiré profundo, apreté los dientes e intenté distanciarme de los recuerdos de aquel día.

Sin embargo, no pude apartar el ferroso sabor de la sangre en mi boca ni el dolor de mis heridas, porque el sonido de sus carcajadas me trasladaba a aquel momento como si acabara de suceder.

Sin embargo, yo ya no era un niño asustado y maltrecho, un mero juguete de sus obscenidades y su crueldad.

Ahora era un demonio, uno que ellos mismos habían creado y que los llevaría al infierno, de donde nunca deberían haber salido.

Uno de ellos giró la cabeza, descubrió mi presencia y atrajo sobre mí la atención del resto.

Atrapé la mirada asombrada y alerta de Stuart, que, aunque en un principio pareció confuso, no tardó en reconocerme, mutando su expresión a un temor que me regocijó sobremanera.

Todos se pusieron en pie y desenfundaron sus aceros.

—¿Te echaron del infierno, perro sarraceno? ¿O te gustó tanto que vuelves por más?

—He vuelto, sí, pero esta vez como verdugo.

Grant escupió desdeñoso y sonrió mostrando una dentadura ennegrecida que resaltó entre la blancura de su bigote y su barba. Sus hijos, Brian y Andy, se adelantaron cubriendo a su padre. Eran tan altos y espigados como él, con la misma mueca soez y mirada sanguinaria.

—¿Cuánto tardaste en poder sentarte, sucio bastardo?

La rasgada voz de Stuart erizó mi piel, imprimiéndome el feroz impulso de silenciarla para siempre.

Apreté los dientes intentando controlarme. La furia me devoraba como lenguas de fuego salvajes y hambrientas. Mi cuerpo se estremeció asqueado ante la feroz repugnancia que me provocaban.

Dejé que me rodearan y, en completa tensión, con las rodillas ligeramente flexionadas y cubriéndome con el filo de mi espada, aguardé el primer lance.

Brian hizo un amago de atacar y luego retrocedió con habilidad para tentarme a lanzarme. Me costó no hacerlo, a pesar de saberlo una treta.

—¿Sabes que todavía sueño con ese día y, cuando lo hago, amanezco duro como una piedra?

Unas risotadas cascabelearon burdas y huecas a mi alrededor, acicateando más mi ira.

—Hoy amanecerás frío como una roca y sin una gota de sangre en tu cuerpo —musité grave y tenso.

Stuart sonrió hoscamente, sacudió la cabeza en desacuerdo y de nuevo regurgitó un escupitajo mostrando su desdén.

—Si fueras listo —comenzó de nuevo—, no acudirías a enfrentarte en campo abierto con cinco hombres. Y, que yo sepa, los necios no suelen ser buenos contrincantes.

—Los confiados tampoco.

Por el rabillo del ojo percibí un raudo movimiento desde atrás.

De forma instintiva me agaché, girando sobre mí mismo al tiempo que esgrimía lateralmente mi espada contra el hombre que había cargado contra mí.

Cayó de bruces con una enorme brecha en el vientre.

Aprovechando el desconcierto del que estaba a su lado, me cerní sobre él y, tan veloz como un rayo cruzando el cielo, descargué un poderoso mandoble sobre su pecho que lo segó de parte a parte, derribándolo.

—Por fin solos —repuse entre dientes, saboreando el temor en los ojos de mis enemigos—. Quizá no sea tan necio, después de todo.

Alcé mi acero aguardando a que se posicionaran, encarándolo alternativamente con los tres, que comenzaron a rodearme al unísono.

La peor posibilidad era que cargaran a la vez contra mí.

No solía suceder, pero siempre me preparaba para esa situación, porque no hacerlo podría suponer la diferencia entre vivir y morir.

Un hombre confiado era un hombre muerto.

Por lo general, cuando atacaban en grupo solían turnarse para plantar batalla desgastando al oponente.

Pero, por las miradas cómplices que intercambiaban, tuve la seguridad de que, como buenas sabandijas miserables que eran, sin ningún código de honor, ni moralidad, ni tan siquiera humanidad, cargarían a la vez contra mí.

Fui girando alerta y cauto, cubriéndome con la shamshir y balanceándome sin parar, con todos los sentidos alertas y todos los músculos de mi cuerpo en tensión.

Mi mente se centró en cada movimiento, planificando diversos contraataques e intentando interpretar el más mínimo gesto que me indicara cuál de los tres Grant atacaría primero.

Finalmente, Brian, el hijo mayor, cargó contra mí con tal furia y arrojo que tuve que retroceder unos pasos para poder hacerle frente mientras mi shamshir contenía sus envites.

Para mi sorpresa, Stuart y Andy no aprovecharon el impulso de Brian para sumar sus fuerzas a él, sino que salieron huyendo a la carrera hacia los caballos atados a un grupo de abedules junto a la granja.

Maldije para mis adentro y procuré seguirlos, pero Brian cargaba una y otra vez contra mí con tal ferocidad que me encontraba reculando mientras observaba impotente cómo mis presas escapaban.

Gruñí furioso, incliné la cabeza como si fuera un toro a punto de embestir y enconé mis lances.

Tras chocar varias veces nuestros aceros, que resonaron metálicos en la quietud del lago, logré sostener un pulso con nuestras hojas.

Empujé con todas mis fuerzas para acercarme a él y conseguí hacer retroceder su espada lo suficiente para aproximarme a su cuerpo.

Cuando lo tuve a mi alcance, impulsé mi cabeza contra su nariz y se la rompí en el acto.

El hombre gimió de dolor y se descentró lo suficiente para retroceder aturdido.

La sangre manó a raudales, al igual que mi cólera.

Cargué nuevamente contra él, esta vez con premura y desesperación, logrando atravesar su costado al tiempo que lanzaba un codazo contra su mentón.

Su cabeza giró floja y su cuerpo trastabilló y cayó de rodillas.

A continuación, me puse tras él en un hábil giro, lo agarré con violencia del cabello, tirando hacia atrás para exponer su cuello, y coloqué el filo de mi shamshir en su garganta.

Stuart y Andy ya montaban en sus caballos cuando dirigieron sus miradas hacia mí.

En ese justo momento degollé a Brian lentamente, al tiempo que saboreaba sus espasmódicos estertores y ese sonido sibilante del aire escapando de una garganta abierta, perdiéndose entre borbotones de sangre, un grito que no tenía forma de hacerse voz.

Sentí la salvaje mirada de Stuart sobre mí y me permití sonreír triunfal, arrancándole así una mueca de odio y una vengativa amenaza en sus ojos. Arreó a su montura y salió al galope seguido de su hijo menor y ya único.

Solté la cabeza de Brian, que se desplomó sobre la mullida hierba como un saco pesado. Enfundé mi ensangrentada espada y corrí como alma que lleva el diablo hasta la parte frontal de la casona en busca de Zill , dispuesto a darles caza.

En la entrada me topé con mis hombres, que me contemplaron con asombro y alarma.

—Volveré cuando acabe con ellos, esperadme aquí —ordené mientras desanudaba las riendas del caballo del poste.

Me precipitaba sobre el lomo de Zill cuando una voz preocupada llegó hasta mí.

—Lean, no conoces el terreno, podrías perderte o, peor aún, podrían tenderte una emboscada. Es una temeridad que partas solo.

Me giré para encontrarme con la suplicante mirada de Ayleen.

—¿Estáis todos bien?

Divisé a Dante, que corrió en el acto hacia mí y se abrazó a mi cintura.

—¡No vayáis, mi señor!