Bruma azul Capítulo 14. Un nuevo pacto #2
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Capítulo 14. Un nuevo pacto #2

Sostuve su incisiva inspección un instante, reflexionando sobre la postura que debía adoptar en aquel momento.

De mi respuesta dependía que saliera vivo de aquel lugar.

Declararme leal a los Campbell o confesarme enemigo, ésa era la cuestión, una arriesgada apuesta si fallaba en coincidir con los intereses de estos hombres.

Al final, y en vista de la aversión que detectaba en su tono cada vez que pronunciaba la palabra Campbell , me decidí por la verdad.

—Soy en realidad un infiltrado entre los hombres de Argyll —confesé mirándolo a los ojos—.

Estoy al servicio del marqués de Montrose bajo la causa realista.

Esgrimí mi condición de renegado para ganarme la confianza de Argyll; por supuesto, me pidió una prueba de lealtad enviándome a sellar este pacto, sólo así conseguiré que se fíe de mí.

—¿Un espía de Montrose?

Asentí rotundo y con semblante grave aguardé su reacción.

—Lamentándolo mucho, no puedo arriesgarme a creeros sin obtener yo mismo una prueba de lo que decís. Para empezar, ¿cómo puedo saber que realmente servís a la causa realista y no es todo una argucia del taimado Argyll?

—Pocos servidores de Montrose le han dispensado una lealtad mayor que la mía —aduje clavando mis penetrantes ojos en él—. Asesiné a mi propio hermano por traicionar la causa cuando intentó conquistar Duart al mando de la flota Campbell.

Los hombres intercambiaron miradas asombradas y ceños desconfiados.

—Oímos hablar de aquella contienda y, en efecto, nos contaron el fatal destino del miserable de Hector MacLean a manos de su hermano. Si en verdad sois vos, decidme, ¿cómo murió exactamente?

—Clavé una daga en su costado izquierdo tras romperle la nariz de un puñetazo. Luego apuñalé sus pelotas deleitándome en sus alaridos y al final lo rematé hundiendo mi cuchillo en su garganta, es lo menos que merece un sucio traidor.

Recé para que mi venganza, además, me sirviera de prueba. Tras de mí sonó un gemido ahogado. Miré a Cora, que, pálida e impresionada, me contemplaba con un odio feroz.

—Creo que habéis herido la sensibilidad de la dama —advirtió el hombre con gesto burlón.

—Algo más que su sensibilidad: era la mujer de mi hermano.

Todos me miraron impresionados. Mi interlocutor soltó una carcajada complacida y palmeó distendido mi espalda.

—¡Vaya, MacLean, lo vuestro son arrestos! Me llamo Walter MacDonald, soy primo de Angus, mi laird . Estáis en Invercoe, y habremos de unir nuestro ingenio para engañar a Argyll. Acompañadme, os presentaré a Angus.

Lo seguimos atravesando la aldea, mientras de las cabañas comenzaban a surgir mujeres y niños curiosos.

Giramos por un sendero que bordeaba una redondeada loma y descubrí una gran casona de piedra con construcciones anexas a ambos lados, frente al lago, que bajo aquel cielo gris parecía un espejo de plata bruñida.

Era más una granja que la residencia de un laird ; estaba algo descuidada, sus tejados estaban necesitados de reparación, los vallados parecían decrépitos y algunas contraventanas colgaban de sus goznes.

Estaba claro que el clan estaba pasando momentos difíciles.

Un alargado bloque de piedra con ventanas enrejadas y una gruesa y reforzada puerta llamaron mi atención.

Parecía un establo acondicionado como calabozo.

Un pálpito atravesó mi pecho. No podía irme de aquel lugar sin averiguar qué escondía aquel edificio, en caso de no lograr sonsacar a Angus MacDonald el paradero de mis hombres.

Me detuve frente a la puerta principal y até las riendas de Zill a la baranda de la entrada. Me disponía a ayudar a Cora a desmontar cuando ella se adelantó dando un salto y evitando mi contacto, acuchillándome con una mirada cargada de aversión.

—La mujer puede esperar en las cocinas mientras habláis con mi primo.

Negué con la cabeza de manera rotunda.

—No, la mujer viene conmigo, es parte importante del nuevo trato.

En realidad, no me fiaba de aquellos hombres y no pensaba dejar a Cora a su merced.

Walter asintió cortante y se introdujo en la casa, lo seguimos escoltados por tres de sus hombres.

El interior era austero, con escasos muebles vetustos, tapices ajados y alfombras descoloridas.

A cada paso que daba, todo mi cuerpo se tensaba ante la posibilidad de toparme con alguno de los Grant.

Atravesamos la sala principal hasta un pasillo que terminaba en una puerta de doble hoja tan desvencijada como el resto del mobiliario.

Walter llamó con los nudillos y, sin esperar respuesta, abrió y se adentró él solo en la sala.

Examiné a Cora, su mirada horrorizada por el lamentable estado en el que se encontraba lo que se suponía que sería su hogar era tan notoria que los hombres que nos custodiaban la observaron ofendidos y molestos.

—Éste será tu palacio a partir de ahora, princesita —masculló uno de ellos—. Tu cetro será una escoba, y tu corona, una cofia.

—Al menos, mi cerebro no es estiércol de caballo, seguís estando por debajo de mí.

El hombre gruñó ofuscado, cerniéndose ceñudo sobre ella. Me interpuse entre ellos, apartando de un empujón al MacDonald.

—Eso me gustaría, perra, que estuvieras debajo de mí, te pondría en el lugar que mereces.

—El vuestro son las porquerizas —lo increpó ella retadora.

—Basta, Cora, no animéis más la fiesta —intervine admonitorio mientras me encaraba al furibundo hombre, que comenzaba a perder los estribos.

—Ninguna mujer ha osado jamás...

—No lo dudo, sois más de animales de granja —azuzó ella beligerante.

Puse los ojos en blanco cuando el gruñido del ofendido highlander anticipó su arranque.

Se abalanzó sobre Cora desde otro ángulo.

Me vi forzado a apartarla de su camino y a colocar mi puño en su lugar.

El hombre trastabilló hacia atrás y chocó con la pared lateral, descolgando un cuadro.

No le di tiempo a recuperarse, lo agarré por el cuello y, fulminándolo con una mirada letal, susurré sibilante:

—Jamás volváis a alzar una mano contra ella, ni contra ninguna otra mujer, o yo mismo os despellejaré vivo. Habéis dejado claro que sois tan sólo un mísero cobarde.

Me giré raudo esperando que sus compañeros acudieran en su auxilio, pero no fue así, permanecían con los brazos cruzados sobre el pecho, impasibles. Hasta creí distinguir un deje aprobador en sus rostros.

La puerta se abrió en aquel preciso instante, y pudimos ver la confusa y alarmada expresión de Walter ante la situación.

—¿Qué demonios...?

—No pasa nada, Wal —respondió uno de ellos—. MacLean le estaba enseñando modales a Barry.

—Pasad, Angus os espera.

Cogí del brazo a Cora, que todavía se hallaba abrumada por la escena vivida y alimentada por ella. Más tarde pensaba tener una conversación sobre su maldita temeridad. Si no hubiese estado a su lado, aquella bestia podría haberla destrozado.

Dejé a un lado mi ofuscación y me detuve a observar al hombre que, sentado frente a un despacho, me contemplaba con mirada sagaz e interesada. A su lado, de pie y solemne, su primo Walter.

—Sois el sobrino de Lachlan, acaba de informarme Wal —empezó con voz pausada—. Aunque haberos visto me habría dejado fiel constancia de ello. Conocí a vuestra madre en una entrañable velada en Duart. Sois su reflejo, aunque con las hechuras de vuestro formidable padre.

Incliné cortés la cabeza en señal de respeto y volví a mirarlo, esta vez con más cordialidad. El laird asintió y se levantó de su butaca con aire solemne.

Seguidamente dirigió su atención sobre Cora, estudiándola un instante.

La muchacha, por su parte, lo contemplaba con acusado rechazo.

Angus MacDonald era un hombre que sobrepasaba la cincuentena, de ralos cabellos canosos, mirada cansada con marcadas bolsas bajo los ojos, boca amplia de labios delgados, larga barbilla afilada y, en general, rasgos anodinos, aunque de expresión bondadosa.

Compuso ante la mujer una reverencia respetuosa, tomó su mano y depositó un gentil beso en el dorso.

—Un placer, mi señora.

—Yo no puedo decir lo mismo —adujo ella retirando con brusquedad la mano.

Clavé en Cora una mirada airada y admonitoria, pero ella bufó mirando para otro lado.

—Creí que, al menos, Argyll había tenido la deferencia de enviarme a una mujer respetuosa y complaciente con la alianza que él mismo exige. ¿O quizá, mi señora, es que esperabais otra cosa?

—Enviudó hace poco —justifiqué, arrebatándole la ocasión de responder, previniendo así otra afrenta más—, es joven y orgullosa. Sin embargo, tiene algo en común con vos: no le prodiga demasiado afecto a Argyll.

Asintió quedo, aunque todavía mantenía el ceño fruncido mostrando su desconfianza.

—¿Y bien, MacLean?, ¿cuál sería exactamente el trato que me ofrecéis?

Regresó a su asiento, apoyó los codos en el tablero de la mesa y entrelazó los dedos mirándome expectante.

Era el momento de jugar bien mis cartas. Respaldado por una media verdad, debía recuperar a mis hombres y quizá librar a Cora de su enlace. Respiré hondamente y comencé a hablar en tono pausado y grave.

—Tengo información confidencial sobre un ataque contra las fuerzas realistas en los próximos meses. Logré infiltrarme en el despacho de Argyll, justo tras la reunión con sus aliados, y memoricé un plano con la situación del ataque sorpresa y las fuerzas que enviarán ese día.

Pude ver cómo la mirada del laird resplandecía excitada y la comisura de sus labios se curvaba en una sonrisa taimada.

—¡Eso es magnífico! —exclamó complacido—. Por fin podremos adelantarnos a los malditos Covenant.

Se inclinó apenas para abrir un cajón y extraer de él un pergamino y una pluma con su tintero.

—Dibujadlo, nos organizaremos con Montrose para planificar nuestro ataque. Mientras tanto, seguiremos haciendo creer a Argyll que su trato se cumple.

—¿Era lo que teníais en mente?

Angus MacDonald sonrió maliciosamente y negó con la cabeza.

—Si hubierais sido de verdad un hombre de Campbell, os habría obligado a trabajar para mí.

—Secuestrándonos y quizá sometiéndonos a tortura, ¿no es así?

—Sin embargo, no ha sido necesario aplicar la fuerza.

Parece que esta vez la suerte está de nuestro lado.

Me casaré con la muchacha y haremos creer a Argyll que cumplimos la alianza fingiéndome a su servicio.

—Dirigió su atención sobre Cora, que parecía a punto de echarse a llorar, y agregó—: No os preocupéis, muchacha, no os obligaré a yacer conmigo, un trance menos que soportar.

Como veis, vuestro futuro esposo es un hombre de buen corazón.

En cambio, sí exijo de vos lealtad y obediencia.

Cora me miró con expresión desesperada y semblante tan apenado que parecía al borde de las lágrimas.

—Ésa era mi idea, y lo acordado con mi contacto en Inveraray —comencé omitiendo el nombre de Colin intencionadamente, pues no deseaba ponerlo en apuros—.

No obstante, y en vista de que fuimos atacados por vuestros hombres, poniendo en grave peligro mi vida y la de la dama, me temo que el trato que ahora os ofrezco es otro.

Angus frunció el ceño con desagrado mientras miraba de soslayo a su primo, que de inmediato se puso en guardia.

—¿He de suponer que los cinco hombres que faltan de mi clan han caído bajo vuestro acero?

—En efecto —confesé sosteniendo impávido sus acusadores ojos—. No hice más que proteger a vuestra prometida de lo que creí que eran asaltantes.

—Debéis de ser un gran espadachín para derrotar a cinco de mis hombres.

—Lo soy, fui soldado y mercenario, pero también soy lo suficientemente piadoso para no dejar a mi protegida en vuestras manos, la mancilléis vos o no. Acabo de comprobar la nula caballerosidad de vuestros hombres y las deplorables condiciones en que viven los miembros de vuestro clan.

Angus me estudió sopesando mi postura. Apretaba con fuerza sus delgados labios, conteniendo el agravio que le producían mis palabras. A su lado, Walter me fulminaba con una mirada ofendida y furibunda.

—Si Argyll descubre que no se ha celebrado la boda, arrasará con mi clan y con vuestra cabeza.

—No tiene por qué saberlo —espeté esbozando claramente el plan en mi mente y poniendo el cebo a mi presa.

—¿Acaso creéis que los Grant están aquí sólo para anticiparme la propuesta de Argyll?

Sonreí para mis adentros. Lo tenía justo donde quería.

—Resulta obvio que vinieron para ser testigos del enlace y llevarse vuestra firma estampada en un documento de anexión al clan Campbell. Pero, puesto que yo no pienso regresar a Inveraray y ya he obtenido lo que buscaba, podría quitaros el estorbo de encima y cargar además con la culpa.

—Sed más concreto, os lo ruego —pidió con gesto torvo.

—Mataré a los Grant y secuestraré a Cora, liberándoos así de toda sospecha y consiguiendo tiempo para vuestro clan, ya que tendré a Argyll muy ocupado con mi persona.

El laird MacDonald me contempló como si hubiera perdido el juicio. Con gesto asombrado e incrédulo, miró a su primo y se encogió de hombros antes de volver a dirigirme su atención.

—En efecto, sois capaz de cualquier sacrificio por la causa —barbotó admirado—. Seréis perseguido hasta el último rincón de estas tierras por las fuerzas de Argyll. Archibald no descansará hasta tener vuestra cabeza sobre su mesa.

Asentí, plenamente consciente de las consecuencias de mis actos.

—A cambio, quiero que liberéis a mis hombres, nos proveáis de víveres y nos garanticéis la huida de vuestras tierras.

Angus MacDonald aceptó con gravedad, tomó el pliego de pergamino que había sacado del cajón y me lo tendió.

—Haré cuanto me pedís, pero os recuerdo que abogáis por el bienestar de la dama, un interés que a mí me trae sin cuidado, pues estaba más que dispuesto a desposarme con ella y fingirme un maldito aliado de Campbell. Con lo cual, y para conformarme yo también, necesito obtener algo.

Cogí el pergamino y me incliné sobre la mesa, mojé el cálamo en el tintero y lo miré antes de empezar.

—¿Dónde están los Grant?

—A estas horas estarán en las cocinas, pellizcando traseros y bebiendo impunemente mi preciado barril de oporto.

—¿Stuart y sus dos hijos?

—Y dos hombres más. Pero ya he visto que el cinco no es un número que os asuste.

Sonreí ansioso y de nuevo me incliné hacia la mesa.

—No, pocas cosas logran ya asustarme. Sobra apuntar que, si Montrose no tiene noticias mías, creerá que en verdad decidisteis aliaros con Argyll, considerándoos enemigos. Cuando regrese, quiero a mis hombres aquí.

Comencé a esbozar trazos memorizados del plano que había visto en el despacho de Argyll y los nombres que estaban apuntados en él.

Cuando terminé, miré a Cora, que me observaba con una expresión indefinida, seguramente todavía asimilando que la había liberado de las garras de ese destino que tanto lamentaba.

—No olvidéis, mi señora, que estáis en deuda con un demonio —dije, y salí del despacho espada en mano, rumbo a las cocinas.