Bruma azul Capítulo 14. Un nuevo pacto
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Capítulo 14. Un nuevo pacto

Un nuevo pacto

Recorrimos el litoral del lago Leven envueltos por una neblina espesa que brotaba de las oscuras aguas como un vaho blanquecino y misterioso, que pendía deshilachado sobre el amplio páramo y ocultaba peligrosamente puntiagudos peñascos que sobresalían traicioneros a cada trecho.

El valle en sí tenía forma de «U», y era con claridad un glaciar abrupto de empinadas montañas y desfiladeros sinuosos, de arroyos de montaña y cascadas escalonadas.

De nuevo, la belleza ocultaba trampas y retos, de nuevo cautivaba, sobrecogía e impresionaba.

Así era Escocia, una tierra salvaje con mil caras a cuál más hermosa, y con mil riesgos, a cuál más letal.

Además, poseía un magnetismo tan feroz que hasta mi renegado corazón sentía su poderoso influjo.

Cora se encogía bajo su capa, evitando todo contacto conmigo, silenciosa y meditabunda, tan extenuada como yo.

No conocía el lugar, pero sabía que siguiendo cualquier curso de agua hallaría algún poblado.

O, al menos, ésa era mi esperanza, de lo contrario, vagaríamos perdidos en aquellas tierras inhóspitas que parecían querer engullirnos con su apabullante inmensidad.

Era una mañana fría y húmeda, de cielos nubosos y grises y laderas perladas de rocío.

Entre el perfumado aroma a pino, reconocí uno más familiar, el de leña quemada.

Entorné los ojos y creí distinguir un ondulante hilo humoso ascender tras una colina.

Agilicé el galope con la ansiedad pujando incipiente en mi pecho y, recorriendo la amable curvatura del lago, mi vista halló lo que mis sentidos ya habían percibido.

Junto a un bosque de enebros y serbales se diseminaban, en un hermoso valle, un grupo de cabañas de piedra con tejado de turba, justo en la falda de una majestuosa montaña.

Me llamó la atención no ver a nadie ejecutando labores fuera. El humo que ascendía de las chimeneas era un claro indicio de que estaban habitadas. Mis sentidos se alertaron de inmediato.

—Voy a soltaros —musité dirigiéndome a Cora—. Si la cosa se pone fea, escapad a lomos de Zill , es un veloz purasangre, no os darán alcance.

Me agaché para extraer el sgian dubh de mi bota y, cuando volví a incorporarme, Cora se giraba para decirme algo.

Las palabras se congelaron en sus labios ante la cercanía de los míos.

Nos miramos presos de un hilo invisible que nos ató envolviéndonos en él, impidiéndonos reaccionar, inmovilizándonos.

Sentir su cálido aliento, su respiración agitada, su pupila fija en la mía me inquietó sobremanera y me invadió una extraña desazón.

Al final logré romper aquel extraño vínculo, clavando mi atención en las cuerdas que apresaban sus muñecas.

Serré la soga, rasgándola, y deposité en sus manos la daga. De nuevo la miré.

—Debéis subestimarme mucho para entregarme vuestro puñal —profirió ella endureciendo su expresión.

—Os desarmaría antes de que lo usarais —advertí confiado—. Además, con algo de suerte quizá veáis cómo otros me arrancan la vida y, aunque no sea por vuestra propia mano, quizá disfrutéis del espectáculo tanto como si lo fuera.

—Últimamente la suerte me esquiva —adujo abatida.

—Espero que a mí no. Por cierto, si os persiguen, habréis de cortar la cuerda que ata a vuestra yegua, enlentecería vuestra huida. Zill es un corcel muy veloz.

—¿Por qué os preocupáis por mí?

—Me gustaría tener algo que decir a mi favor en el Juicio Final.

Desmonté y desenfundé la shamshir caminando junto a mi caballo.

—Dudo que sirva para algo, no suelen escuchar a los demonios.

Sonreí mordaz a la mujer que cabalgaba sobre mi negra montura, y me topé con una imagen magnífica.

La regia e imponente belleza de aquella mujer de cabellos de fuego, de esmeralda mirada, barbilla orgullosa y expresión tenaz me cautivó un instante, absorbiendo para mí aquella soberbia imagen.

Su larga cabellera ondulada resplandecía sobre su verde capa de terciopelo como un halo de cobre refulgente.

Pero no fue su aspecto lo que prendió mi admiración, sino su porte, su coraje y su entereza.

De repente, su espalda se tensó y sus rasgos se estiraron en una mueca alarmada.

Miré al frente para descubrir cómo de las cabañas emergían varios hombres, que caminaron hacia el vallado que delimitaba el pueblo. Eran highlanders , todos iban armados y todos me clavaron su recelosa mirada.

Eran demasiados, incluso para mí. Tendría que recurrir a mi verborrea y a mi ingenio para solventar la situación. Siempre me quedaría luchar por mi vida e intentar huir.

Mientras se acercaban, mi mente asimiló posibles vías de escape, estudié a los hombres y las armas que portaban a la vista y las que no, incluso vislumbré otros tres más agazapados en rincones y tracé mentalmente un plan de acción.

Llevaba demasiadas contiendas bélicas a mi espalda que me preparaban para situaciones arriesgadas como aquélla.

Mi cerebro casi actuaba ya por hábito e instinto.

Dirigí una última ojeada a Cora, sorprendiendo en ella una subrepticia pero evidente mirada preocupada por mí.

Probablemente ni ella misma era consciente de los reveladores gestos que me regalaba.

Aquella espontaneidad resultaba refrescante y, aunque ella lograba estrangularlos con presteza, ninguno de ellos me pasaba inadvertido.

Solía tocarme con cualquier excusa, como si su cuerpo necesitara de mi contacto.

Luchaba de forma constante contra el impulso de buscar mi calor, mi cercanía, de apoyarse en mi pecho, de sumergirse en mis ojos y de prendarse en mi boca.

Y, a pesar de ganar sus particulares contiendas, el mero hecho de enfrentarse a ellas me conmovía de alguna extraña manera.

Yo era un hombre plenamente conocedor de mis dones y sabía el influjo que ejercía en las mujeres, a lo que no estaba acostumbrado era a que se resistieran a él.

Y, aunque era un hombre pragmático que solía utilizar en mi beneficio mi atractivo, por lo general para colmar mis apetitos sin esforzarme en seducir, me maravillaba no sólo ser observador de cómo aquella mujer reforzaba a diario las defensas que mi sola sonrisa derribaba, sino el hecho de resistirme yo también al deseo que ella despertaba en mí.

Mi instinto era mi mejor escudo protector, y en este caso en particular me gritaba que me mantuviera alejado de ella. Y por Dios que lo haría.

Uno de los hombres, un montañés ceñudo de gran porte y huesudo rostro, llegó a mi altura y se detuvo apoyando la punta de su claymore en la herbosa tierra.

—No son estas tierras de paseo, y menos en tan buena compañía.

Clavó una libidinosa mirada en Cora y sonrió soez.

—Tierras hermosas, por cierto —musité adoptando una expresión grave pero tranquila—, aunque jamás las visitaría sin una buena razón.

—Y ¿esa razón es...?

—Llevarle al viejo MacDonald a su prometida para sellar el pacto de alianza con los Campbell.

El hombre fijó sus ojos en mi caballo con profunda admiración y más respeto que el que había dirigido a Cora.

—¡Qué belleza!

—Mi caballo no es casadero, me temo, sólo la mujer.

Los hombres esgrimieron una sonrisa divertida. El que se había dirigido a mí carraspeó burdamente, escupió y a continuación se limpió los restos de saliva de la boca con la manga en un ademán hosco y sucio.

—Sois muy gracioso, extraño gall , pero me parece muy intrépido incluso para Argyll que mande su regalo con la escolta de un solo hombre. Por cierto, me resulta sorprendente que un extranjero domine con tanta locuacidad el gaélico, no es precisamente fácil de pronunciar.

—No soy un forastero, aunque la herencia sarracena de mi madre me haga parecerlo.

Soy Lean MacLean, hijo de Eachann Mor MacLean, señor de Mull, laird del clan y capitán de Duart.

Y partí de Inveraray con mis hombres, a los que perdí de vista hace unos días.

Quizá alguno de los vuestros los haya visto por la región.

Los montañeros se miraron entre sí para fijar finalmente la atención en su líder, que les dirigió una clara mirada admonitoria, respondiendo así a mi pregunta.

—No, no los hemos visto, lo lamento. Nosotros también hemos perdido el rastro de un grupo de nuestros hombres; se encaminaron al sur a vigilar la frontera. Quizá os hayáis topado con ellos, venís de allí...

Compuse una expresión imperturbable y negué con la cabeza con firmeza y convencimiento. Pero el hombre fue astuto, pues clavó su sagaz mirada en Cora, descubriendo en su inquieto semblante también su respuesta.

Supe en ese instante que el grupo de asaltantes que había matado formaban parte de la partida que habían hecho presos a mis hombres. Aquello dejaba muy claro que los MacDonald pretendían formar su propio pacto y que necesitaban rehenes para renegociar las condiciones.

—¿Llegaron los Grant para avisar de nuestra llegada?

—Hace apenas unos días, sí —respondió con un acusado deje despectivo en su tono—. Están en la gran casona, Angus los atiende debidamente como emisarios de Argyll, aunque esos perros merezcan claramente otro trato.

«Justo el que yo pensaba dispensarles», pensé regocijándome ante el inminente encuentro.

—En tal caso, llevadme junto a vuestro laird , tengo que entregarle a su prometida.

El hombre me escrutó receloso y ceñudo, se frotó dubitativo la rala barba castaña y negó con la cabeza.

—Hay algo que no consigo entender —comenzó acercándose amenazador—, y es cómo ha llegado un MacLean a estar al servicio de su peor enemigo.