Bruma azul Capítulo 13. Una rival a mi altura #3
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Capítulo 13. Una rival a mi altura #3

Mi estómago dio un vuelco en mitad de la caída.

Abajo, una oscura y ondulante alfombra líquida alzó sus espumosos flecos y me atrapó en ellos, sumergiéndome en su interior.

Corrientes submarinas me zarandearon violentamente en una nube de pequeñas perlas traslúcidas de aire, arremolinadas a mi alrededor.

El frío acuchilló mi piel, con pequeños aguijones gélidos que me acicatearon implacables, mientras las briosas aguas azotaban mi joven cuerpo con su furia.

Un desgarrado y sofocado eco se mezcló con el rugir del océano.

Frente a mí, una gran burbuja de aire ascendía a la superficie encerrando ese sonido.

Al cabo, me apercibí de que gritaba. Mi cuerpo traidor se sacudió frenético mientras el aire escapaba de mis pulmones.

Sentí una opresiva quemazón en el pecho y un dolor lacerante presionándolo incesante.

Todos mis sentidos se aguzaron, también mi conciencia.

La vida escapaba rauda de mí y dolía. El ardor me envolvió, la insidiosa desesperación por respirar aceleró mis latidos convirtiéndolos en puñales que atravesaron mi corazón.

Abrí desmesuradamente los ojos y la boca, retorciéndome como un gusano.

Comencé a marearme, la vista se me nubló y mi cuerpo empezó a languidecer inerte.

Rodeado de una vibrante cortina de burbujas, sentí cómo el mar me acogía en su seno.

Era un mar pleno de vida, pero también gustoso de recibir almas entregadas, hermosa puerta a otro mundo, uno quizá más gentil y compasivo.

Entre aquellas aguas verdosas cada vez más oscuras, unos ojos de ónix, grandes y almendrados, surgieron ante mí.

Un hermoso rostro acanelado de tierna y conmovida expresión caldeó mi alma, sumiéndola en un regocijo tan apacible que supe que había llegado al paraíso que tanto ansiaba.

Ya no había dolor, ni quemazón, ni frío, ya no había confusión ni soledad. Ya no había vida en mí .

Sonreí, por fin era libre .

De repente, otro sonido. Éste no escapaba de mí, sino que se introdujo en mi cabeza con la caricia de un arrullo. Era una frase, teñida de cariño, pero con una pincelada tan apesadumbrada y compungida que me alertó .

«Todavía no, mi león.»

Y, al cabo, una enérgica corriente de agua me azotó con fuerza y arrastró mi cuerpo como si fuera de trapo, zarandeándolo en varias direcciones con tal ímpetu que todo regresó de nuevo: el dolor, el frío, el miedo, la desesperación, la soledad y la vida.

Entre bocanadas de aire, espuma y agua salada, un nuevo grito regurgitó de mi interior más sonoro, más desgarrado y más contrito que ninguno de los proferidos nunca antes por mí :

— Noooooooo ...

Y así, un mar ingrato me expulsó con crueldad de sus dominios, llevado impunemente por sus rabiosas olas hasta la orilla.

Una orilla en la que sí me esperaban otros rostros, ni amigables, ni tiernos, sin atisbo de cariño en ellos, pero anhelantes de tomarme en sus brazos.

Quizá mi destino fuera el mismo, pero el camino sin duda sería más largo y tenebroso. Y, por supuesto, más agónico ...

Desperté sobresaltado, trémulo y confuso.

Sentí la sal quemándome en la garganta, el corazón aleteando inquieto en mi pecho y un miedo profundo arraigando en mi mente.

Me refregué burdamente el rostro, descubriéndolo húmedo por acerbas lágrimas. Maldije en silencio e intenté acompasar la respiración. Tenía frío, pero un frío interno e insidioso que brotaba de mi interior.

Respiré hondo, mis pulmones parecían arder y me escocían los ojos.

Un escalofrío me recorrió. Me incorporé y miré a la luna, todavía alta en la noche, me sumergí aún jadeante en su resplandeciente halo luchando denodadamente por apartar los recuerdos que siguieron a aquel día. Agité la cabeza y apreté los dientes.

Sentí muchas ganas de golpear algo, de gritar, de correr, un odio intrínseco me sepultó como una losa pesada y fría, me ahogaba, pero esta vez en mi propia rabia.

—Veo que no es necesario que me vengue de vos: los remordimientos ya lo hacen por mí —susurró Cora a través de la oscuridad que nos rodeaba.

Si hubiera podido ver mi expresión, habría descubierto un dolor tan añejo y desgarrador, un alma tan desnuda y vulnerable que habría lamentado en el acto sus palabras. Por fortuna, no me veía y logré recomponerme, alzando de nuevo mi escudo y mi templanza.

Siempre ocurría igual: cuanto más me golpeaban, más me reforzaba, no importaba cuántas veces me tumbara el dolor, yo siempre me levantaba, más tenaz, más resistente, más letal y más duro.

Una vez la muerte no me quiso; yo ahora tampoco la quería, la repudiaba como despreciaba a la vida.

Sólo me tenía a mí mismo y lo que pudiera disfrutar o sufrir de este mísero mundo.

Y, por supuesto, lo único que en verdad me animaba a luchar: no partir solo esta vez.

Esta vez los arrastraría al infierno conmigo.

—No son remordimientos lo que perturba mi sueño, mi señora, sino ganas de poder tenerlos.