Bruma azul Capítulo 13. Una rival a mi altura #2
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Capítulo 13. Una rival a mi altura #2

—No veo más hombre que vos por aquí. Además, después de todo, sería un MacLean lo que albergaría mi vientre.

Aquello hirió mi orgullo, emití un tosco gruñido y me puse en pie molesto y agraviado.

—Al parecer, debería haber dejado que os violaran esa panda de malhechores.

Al menos, a ellos no los odiáis como a mí.

Porque, dejad que os lo diga, vuestra desesperación debe de ser extrema para permitiros yacer con alguien a quien despreciáis tan intensamente.

Alguien que os dejó viuda y que os parece despreciable, por muy MacLean que sea.

—Sois... muy apuesto, joven, fuerte y sano. Mis sentimientos quedan aparte en esto. Como es natural, no puedo obligaros a que me ayudéis en mi plan, aunque claramente me lo debéis como compensación.

Resoplé furioso. «Fuerte y sano»..., como si fuera un maldito caballo en una subasta.

—¿Que os lo debo? Esto me parece que raya el cinismo. No os debo nada, metéoslo en vuestra dura cabezota. Y en cuanto a vuestro... sacrificio, podéis ahorrároslo, mi señora. Todas las mujeres con las que he yacido han venido gustosas a mi lecho, sin más requerimiento que una noche gozosa.

Caminé airado de un lado a otro asimilando que me utilizaran como una burda herramienta para concebir, cuando yo posiblemente era el amante más generoso, diestro y gentil de aquellas malditas tierras.

—Y voy a mostraros una prueba de nobleza de la que seguramente acabe arrepintiéndome.

Me planté frente a ella y me acuclillé a su lado, percatándome de cuánto le afectaba mi proximidad. No era tal el sacrificio después de todo, pensé.

—Podría aceptar sin más —comencé mirándola con semblante grave—.

Podría tomaros ahora mismo delante de la hoguera, sobre mi manto.

—Hice una pausa para beber del ansiado anhelo que empezaba a relucir en su rostro, arrobándolo con una expresión esperanzada—.

Podría regalaros todo un mundo de placeres ocultos, arrancaros toda una sinfonía de gemidos diferentes, devoraros hasta que amaneciera consiguiendo que odiaseis el sol sólo por poner fin a la mejor noche de vuestra vida.

Podría convertiros en mi esclava, ataros a mi pasión y, sin embargo, renuncio a todo eso en favor de mi caballerosidad y honestidad.

Casi saboreé la amarga decepción, todavía confusa y frustrada que comenzaba a teñir su semblante.

—Mi señora, vuestro plan conmigo jamás funcionaría.

—¿No me deseáis?

Mis ojos se detuvieron en sus labios, carnosos y tentadores. Negué con la cabeza.

—Os deseo, ése no es el motivo —aclaré con voz suave—. El motivo es que no podría cumplir el fin de vuestro plan.

—No... no entiendo.

—Mi semilla no germina en ningún vientre. No puedo ser padre. Me arrebataron esa capacidad a los doce años.

—Pero... os... os he visto..., y parecéis entero, muy entero en realidad.

Sonreí fríamente y sacudí la cabeza alejando recuerdos dañinos.

—El problema no está en el exterior. Por fortuna, mis verdugos no llegaron a castrarme.

Una... brutal patada hinchó mis pelotas hasta ennegrecerlas y.

.., bueno, imagino que debió de alterar algo ahí abajo, porque he tenido amantes habituales y jamás se quedaron preñadas.

Con lo cual, a menos que me deseéis por puro placer, no soy vuestro hombre.

La mirada de Cora pasó del horror a la pena y, seguidamente, a una honda desilusión en apenas un fugaz instante, trocando su rostro en un amplio abanico de emociones cambiantes.

No supe cuál se superpuso al final, o quizá se unieron las tres, porque sus ojos se humedecieron y su rostro se tensó angustiado.

—O mentís o elegís otro semental —planteé circunspecto.

—Si regreso a Inveraray, acabarán descubriendo mi ardid; si me escapo sola, no tendré ninguna oportunidad.

Alzó la mirada profundamente compungida, con la desesperación desdibujando sus facciones.

—Después de todo, quizá no sea tan malo estar casada con el viejo MacDonald, o quizá en Inveraray encontréis un padre discreto.

Cora negó con la cabeza y tragó saliva con dificultad, estrujando la tela de la falda entre sus dedos.

—Parece que el destino está en mi contra.

—Os sorprendería lo que puede cambiar un destino de un día para otro —recordé poniéndome en pie de nuevo—. Quién sabe lo que acontecerá mañana.

—¿Y si os pido que no me entreguéis a él? ¿Que me llevéis lejos de estos páramos a un lugar donde pueda establecerme sin riesgos, quizá con un nombre nuevo?

Alzó suplicante la mirada, con un deje tan desesperado y afligido en el rostro que sentí casi el impulso de cobijar bajo mi ala su cuidado, si me dejaba guiar por el corazón, pero no era el caso, por fortuna.

—Soy un mercenario, mi señora, y no veo que podáis ofrecerme nada que pueda interesarme.

Cora me fulminó con la mirada, su ceño se frunció con agudo rencor y sus labios se oprimieron en una mueca irritada.

—¿Tenéis alguna virtud? —escupió sardónica.

—Muchas, pero sólo las muestro a quien las merece —respondí hierático.

La mujer se recostó contra el árbol más cercano, arrebujándose en su capa verde mientras mascullaba imprecaciones furiosas entre dientes.

—No sé cómo —rezongó con firmeza, acomodándose contra el tronco—, pero lograré escapar de mi destino, lo juro.

—¿Quiere eso decir que puedo comerme yo toda la cena?

—¡Idos al infierno!

—Quizá, pero después de dar buena cuenta de estas liebres.

Tras otra mirada letal y un gruñido rabioso, me dio la espalda intentando dormir.

Me senté de nuevo en mi lugar, cogí un muslo asado del animal y tiré hasta separarlo del cuerpo.

Sus deliciosos jugos gotearon sobre la lumbre y liberaron suculentos efluvios que chisporrotearon animosos, ascendiendo en un ondulante humo que se mezcló con la fresca brisa nocturna y el aroma de la leña quemada.

Comí pensativo, observando la espalda de la muchacha agitarse contra el tronco buscando una posición cómoda para entregarse al sueño, inquieta y apesadumbrada, imaginaba que barruntando sobre su particular drama, que yo desdeñaba.

Seguramente, haber conocido el infierno me arrebataba la objetividad y la tolerancia por problemas ajenos que yo consideraba nimios en comparación.

Procuré reprenderme por mi falta de empatía ante una situación que no consideraba tan trágica, aunque en efecto para ella lo fuera, mas no lo conseguí.

Pero claro, ella ni siquiera era capaz de imaginar los abismos que mi atormentada alma había conocido.

No obstante, tampoco se planteaba reflexionar si mi comportamiento, por muy brutal que fuera, podía estar justificado.

Me había juzgado y condenado sin plantearse nada más, sin ver más allá, sin apenas pararse a pensar de dónde provenía mi feroz odio hacia mi hermano.

No, me dije, no merecía ni mi compasión ni mi comprensión y, por tanto, no las tendría.

Así pues, no me entretuve en definir lo que me llevó a guardar la otra liebre para ella, pues yo todavía seguía hambriento.

Gruñí para mí y me recosté en mi lado junto a la crepitante fogata, envolviéndome en mi capa.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el sopor..., un arrullo extraño me envolvió... Olas.

... Todos me seguían, los Grant, Lorna, los MacNiall, pero ninguno debía encontrarme .

Había corrido la voz de mi enfrentamiento por salvar a Ayleen de esos miserables, dada la algarabía que resonaba desde el páramo.

Aquello agilizó mi escalada hacia el rocoso promontorio del acantilado.

No era muy empinado ni muy alto visto desde el valle, pero la cara que daba al mar era abrupta y cortante .

Ladridos estirados por la ventolera, gritos deshilachados y el silbido de un viento perfumado de salitre y brezo azotaron mis sentidos mientras mis latidos se aceleraban en la carrera.

Cuando llegué a la planicie, me detuve apenas a recuperar el resuello y a tomar con suerte mi última gran bocanada de aire.

Miré hacia atrás despidiéndome de aquel hermoso paraje, que bien podría haber sido mi paraíso si no hubieran morado demonios en él.

El castillo, de oscura piedra caliza, se alzaba imponente sobre una cresta de roca elevada, dominando su alrededor y rezumando su poderío sobre aquellas cumbres pedregosas, sobre los ondulantes valles herbosos, sobre una costa angulosa de playas doradas y escarpados rompientes.

Más allá, el robledal, rodeado de oquedades de roca y riachuelos zigzagueantes y, sobre un suave promontorio, mi árbol, el nogal que me vio nacer, el místico Crann na Beatha, bajo cuya espesa copa había dormido tantas noches, embriagado en llanto, dolor y nostalgia.

Solía abrazarme a su rugoso tronco, donde sentía la esencia de mi madre, su latido.

Ya era hora de reunirme con ella; aquella madera, aunque cálida, ya no me ofrecía el solaz que tanto ansiaba .

Suspiré y cerré los ojos un instante. Tras de mí, el infierno, el dolor, el vacío, la maldad.

Al frente, la libertad, la paz, la esperanza y el amor.

Nada me ataba ya a la vida, me había prometido no cumplir los trece años y era el momento de regalarme esa promesa que me había hecho a los doce.

Que la muerte me arropara en sus negras alas, quizá tuviera a bien dejarme en los brazos de mi madre, esos con los que tanto soñaba .

Solté el aire contenido y sonreí.

Extendí los brazos y me dejé acariciar por el viento y por el gañido de las gaviotas. Abrí los ojos y corrí hacia el borde .

Un rostro me acompañó, un rostro que había contemplado en un lienzo tantas veces. Ella, la mujer que me había dado la vida y que rezaba para que me recogiera en mi muerte .

Salté al vacío .