Bruma azul Capítulo 8. El señor de Kilchurn
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Capítulo 8. El señor de Kilchurn

El señor de Kilchurn

Fuimos rodeados por un grupo de guerreros que nos atacaron feroces. A mi alrededor, gritos belicosos, choques metálicos y las detonaciones de los arcabuces, impregnando la brisa nocturna con el acre aroma de la pólvora, me transportaron a Bleda.

Era imposible discernir dónde se encontraban Ayleen y Dante entre aquella caótica masa de cuerpos a caballo que combatían. Tampoco tuve ocasión de apartar mucho la vista de los hombres que me cercaban.

Frené varias estocadas a ambos flancos de mi montura, alternando los ataques al tiempo que intentaba manejar a Zill, que, descontrolado, se encabritaba sobre sus cuartos traseros, amenazando con tirarme de la silla.

Con cada violenta sacudida en mi hombro, destellaban dolorosos aguijonazos que se extendían por todo el brazo hasta mi mano, en la que se aflojaban peligrosamente las riendas.

Esquivé la letal trayectoria de una afilada claymore inclinando mi torso hacia atrás, lo que me impelió hacia el suelo.

El impacto partió la flecha que atravesaba mi carne e irradió una corriente tan abrasadora por mi pecho que me mareó.

Sacudí apremiante la cabeza y me levanté raudo apretando los dientes para enfrentarme a mi combatiente, que ya se abalanzaba sobre mí.

Tras sortear dos mandobles, logré acertar en un lance lateral que sesgó el costado de mi enemigo y lo derribó.

Me abatí sobre otro adversario descargando con mi shamshir toda mi furia.

Estocada a estocada, fui despejando mi visión hasta comprobar que el número de nuestros atacantes había sido reducido considerablemente.

Localicé a mis hombres, que contenían a tres adversarios que se defendían ya sin mucha convicción.

—¡No los matéis! —ordené imperante acercándome a ellos a grandes zancadas, sorteando cuerpos caídos.

—Lo haremos si no se rinden —amenazó Rosston con su grave vozarrón.

Esa advertencia bastó para que los oponentes soltaran sus espadas y alzaran las manos.

Me encaré al que parecía más curtido en batallas y le sostuve la mirada un instante con ferocidad.

—Vengo a ofrecer mis servicios al marqués de Argyll, soy un simple mercenario y renegado de los MacLean.

Nada me importan las causas a menos que me aporten suculentos beneficios monetarios.

Comunicad al señor de Kilchurn que nada ha de temer de mí y que atravesamos sus tierras sólo para engrosar las tropas de Campbell.

Y, ahora, partid con mi mensaje a vuestro señor.

—Puedo ahorrarme el viaje si os place, yo soy el señor de Kilchurn.

En el claro, el resplandor lunar permitió que pudiera contemplar unas facciones duras y una mirada sagaz.

—En tal caso, regresad a vuestro castillo, y no olvidéis mi nombre: Lean MacLean.

—Sin nombre sois bastante fácil de identificar.

Su amenaza soterrada me arrancó una mueca de suficiencia y una sonrisa sardónica.

—Identificarme es fácil, como bien decís, apresarme no.

El hombre estiró sus labios en una sonrisa tirante, sin suavizar un ápice el rictus grave de su mirada.

—Sois buen espadachín, MacLean, vuestra técnica es tan peculiar como vuestro acero y vuestro aspecto. Gozáis de una ventaja tácita: el desconcierto.

—Y vos gozáis en este momento de otra: mi piedad.

El hombre me escrutó curioso, evaluándome con agudo interés.

—No hemos tenido un buen comienzo —empezó solemne—, pero quizá una buena copa de oporto ayude a limar asperezas, ya que os erigís aliado de Argyll, aunque vuestra única causa sea el dinero. Además, por lo que puedo comprobar, precisáis de una cura rápida.

—Tentador ofrecimiento, abrir el cepo a un conejo.

El hombre dejó escapar una carcajada divertida para contemplarme con franca e inusitada admiración.

—Sois condenadamente astuto, permitidme que os lo alabe, pero tenéis mi palabra como señor de estas tierras de que ni mi castillo es cepo ni vuestra partida conejo. Tomad un refrigerio, descansad y partid al alba, qué menos por vuestra piedad.

Lo escruté con desconfianza; sin embargo, algo en su semblante me hizo sopesar la oferta.

—No creo que sea buena idea, Lean —masculló Malcom. El capitán negó con la cabeza para ratificar su consejo.

—Por san Andrés, os dejo entrar en mi castillo, donde mora lo que más amo, mi familia. Jamás incumpliría mi palabra exponiéndolos —afirmó el señor de Kilchurn rotundo.

—Lean, está herido, necesita cuidados.

Me volví hacia la dulce voz de Ayleen, que rodeaba con su brazo a Dante en actitud protectora.

—Y nosotros, un buen descanso —apoyó Alaister.

Dejé escapar un hondo suspiro y asentí. El dolor se acrecentaba en un pulso latente que me abotargaba.

—Acepto ese oporto.

El hombre inclinó cortés la cabeza y, cuando la alzó, su expresión fue tan honorable que terminó de arrancarme cualquier atisbo receloso.

—Por cierto, me llamo Colin.

Miré a Ayleen con una sonrisa cómplice curvando mis labios.

Este Colin no se apodaba el Negro con toda seguridad, pues sus cabellos eran rojizos incluso a la luz de la luna.

El castillo estaba cálidamente acondicionado.

En las salas principales, ricos tapices de lana sofocaban la frialdad de los muros de piedra, atrapando en ellos el calor que desprendían las grandes chimeneas, lo que conseguía que la temperatura fuese bastante agradable.

En el gran salón, estandartes, armas expuestas artísticamente en las paredes, oscuros armarios con variados volúmenes y alfombras de colores llamativos con diseños geométricos conferían un ambiente hogareño al vasto espacio.

Lo primero que hicieron conmigo nada más entrar fue ofrecerme una habitación para que la dispuesta Ayleen me extrajera la flecha.

Y, ahí, sentado en un lecho con dosel, con el torso desnudo, solo en la gran alcoba con mi sanadora particular, fui objeto de la minuciosidad y la pericia de la muchacha, que con semblante concentrado y preocupado y rodeada de los potes y lienzos que había demandado, estudiaba la herida.

—Espero que no estropee el diseño de mi washamm .

La muchacha fijó sus ojos en los dibujos en tinta que me cubrían ambos brazos y se unían en un cordón justo bajo la clavícula.

En el centro de mi pecho, entre los pectorales, el cordón se cerraba con un broche peculiar: mi árbol, el Crann na Beatha.

Yo mismo dibujé todo el diseño para que me lo grabaran bajo la piel con la mayor precisión posible.

Había elegido símbolos celtas poderosos, símbolos esculpidos en piedras y árboles en los alrededores de Sorne, en Mull, y que solía repasar con los dedos cuando era niño.

—Resultan bastante impresionantes, casi tanto como lo resultas tú —adujo ella recorriéndolos con la mirada con una extraña expresión en el rostro—. Debieron de doler mucho.

—Otras cosas dolieron más, y son esas cosas las que quise ocultar.

Los diseños camuflaban feas cicatrices de mi niñez. Ayleen tragó saliva, bajó la vista a sus manos y, recordando a lo que había venido, tomó un trozo de lienzo y lo estrujó entre ellas.

—Tengo que humedecer la herida antes de intentar sacarte la flecha —barruntó más para sí misma que para mí—. La sangre se ha secado y te dolería mucho un tirón, por rápido y hábil que fuera.

—Mientras no la humedezcas con alcohol...

—No, con agua será suficiente.

Y, así, cogió la jarra de cobre de la mesilla adyacente a la cama y volcó su contenido cuidadosamente sobre mi hombro.

Acto seguido, agarró el mástil que asomaba de mi cuerpo y lo agitó con suavidad para despegar la sangre reseca.

—No te andes con remilgos —la alenté—, me está esperando un buen oporto, o eso creo, al menos.

Los hermosos ojos de la joven me calibraron un instante antes de tirar con fuerza para sacar la flecha de mi cuerpo. Apreté los dientes, dejando escapar entre ellos un doloroso gruñido.

—No he hecho más que lo que me has pedido —se disculpó algo azorada.

—Y lo has hecho bien, termina.

Torció el gesto ante mi tono apremiante, pero contuvo su lengua.

Empapó un lienzo en una infusión de hamamelis y ajo y, con extremo mimo, comenzó a limpiar el feo orificio.

Como me estremecía por el escozor de cada toque, Ayleen puso la palma de su mano en mi pecho quizá para distraerme, pues su calor en mi piel desnuda lo conseguía.

Tras la limpieza, me aplicó un ungüento denso y maloliente y empezó a cubrir la herida con lienzos limpios.

Mientras maniobraba, su cuerpo rozaba el mío y, enfrascada en su tarea, no fue consciente del contacto y de la cercanía entre nosotros.

Por desgracia, una traidora parte de mí fue excesivamente consciente de ello.

Cuando terminó, me miró con una expresión que bailaba entre el anhelo y el pudor.

Al apercibirse de que sus manos todavía se posaban en mi pecho, dio un respingo y se apartó sonrojada, aunque sus ojos devoraban cada línea de mi torso.

—Tu pecho es lampiño —observó fijando su mirada en mi rostro con gesto subyugado.

—Por fortuna, mi cabeza no.

Eso la llevó a alargar la mano hacia mi melena y retirar un mechón de mi rostro para acomodarlo detrás.

—Tu melena es hermosa, larga, negra y espesa, rebelde y suave, bajo el sol refulge azulada.

Dejó escapar un débil suspiro afectado antes de continuar.

—Contrasta con tus ojos, del color de la melaza joven, siempre me han fascinado.

—Alargó de nuevo la mano y delineó el contorno de mi rostro lentamente, como saboreando el contacto—.

Ejercen el mismo embrujo que mirar las llamas de un buen fuego.

Tu rostro ha cambiado, tu belleza es más rotunda, más varonil.

¿Sabías que golpea, Lean? Dudo que haya una mujer en la Tierra que no se estremezca ante tu presencia.

—Lo único que sé es que tienes que irte.

Ella bajó la mirada apesadumbrada.

—¿No te parezco hermosa?

—Me lo pareces, no soy ciego.

Alzó esperanzada la vista, con tal expresión anhelante en sus entreabiertos y jugosos labios que tuve que girar la cabeza apartando la mirada de ellos.

—Pero también me pareces demasiado adorable para alguien como yo.