Bruma azul Capítulo 7. Rumbo a Inveraray #3
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Capítulo 7. Rumbo a Inveraray #3

—No conocer los clásicos no implica serlo; no leer, sí —aguijoneé adrede.

—Yo leo tratados de todo tipo: de medicina, de botánica, y muchos otros que seguro que no conocéis ni tú ni tus clásicos —se defendió ofuscada.

—No lo dudo, siempre has sido muy curiosa.

Lamenté al punto mi último comentario. Ayleen solía espiarme cuando hacía todo tipo de trabajos siendo niños, presenciando inoportunamente alguna que otra actividad embarazosa e impúdica por mi parte. Observé incómodo el acentuado rubor que asomó a sus mejillas.

—¿Por qué te empeñas en ser tan desagradable conmigo, Lean?

—Creo que por la misma razón que ha cambiado tu parecer respecto al compromiso.

—Ya te expliqué que mi sentido de la justicia...

—No me refiero a lo que me dijeron tus palabras, sino a lo que me muestran tus gestos —proferí clavando una acusadora mirada en ella.

—A mí lo que me dicen los tuyos es que te has convertido en un patán engreído.

—¿No era... «brutalmente honesto»?

La joven resopló airada y arreó vehemente a su montura para alejarse de mí mascullando en susurros, imaginaba que toda una suerte de agravios contra mi persona.

Mejor así, pensé para mis adentros, no me interesaban las mujeres, excepto para un instante de alivio carnal, y no pensaba utilizar a Ayleen para semejantes bajos fines.

La respetaría, aunque fuera la única mujer sobre la faz de la Tierra, o al menos lo intentaría con toda mi voluntad.

No era bueno para nadie, menos para una mujer y, menos aún, para una a la que le tenía respetuosa estima.

Anocheció y una débil cuña menguante plateó los campos con su tímido resplandor, incidiendo agrisada en difusos rodales en los claros, en las superficies rocosas y en arbustos solitarios, perdiéndose en la espesura del bosquecillo que cercaba la parte de atrás de Kilchurn.

Para nuestra suerte y guía, el castillo aparecía iluminado con antorchas que doraban sus pétreos muros y recortaban su silueta contra la noche, su imagen desdibujándose a la inversa en las negras y brillantes aguas del lago, regalándonos una estampa cautivadora.

Cabalgábamos en completo silencio, despacio, mientras nos aproximábamos a la falda del pico Ben Cruachan, donde nacía la tupida arboleda que encubriría nuestra presencia a la guardia del castillo.

A nosotros llegaba el eco apagado de los vibrantes acordes de un arpa, una voz masculina entonando una canción y un espeso y estirado murmullo colectivo alborozado, lo que nos anunciaba una celebración que a buen seguro regarían con cerveza.

Eso nos favorecía, pues era fácil imaginar que los guardias, incluso en sus puestos de vigilancia, habían disfrutado del ágape.

Y ningún escocés comía bebiendo agua. Aun así, permanecí alerta, oteando los penumbrosos alrededores, atento a cualquier movimiento sospechoso.

A mi lado cabalgaba Dante, a lomos de un corcel añoso que soportaba la nerviosa disposición del inquieto muchacho y su torpe manejo con encomiable paciencia.

El chico pareció adivinar mis pensamientos, o quizá seguía gruñendo los suyos ante mi elección de la montura para él, cuando susurró con un deje incomprensivo en su tono:

—¿Por qué mi caballo es tan viejo?

—Porque tú eres muy joven.

Esa respuesta no pareció satisfacerlo mucho, arrugó el cejo mirándome incrédulo y molesto.

—Todo es equilibrio, muchacho —aclaré en voz baja—. Si la montura es nerviosa, requiere un manejo calmo y un ánimo sereno y maduro para guiarla. Si el jinete es inquieto e inexperto, nada mejor que un corcel paciente y tranquilo.

Dante fijó su vista en Zill con una pincelada envidiosa en el rostro.

—Algún día montarás un corcel brioso, cuando tu experiencia y tu madurez estén a la altura —aclaré.

—Todos los caballos siguen las mismas indicaciones —replicó él, todavía sin comprender—. No entiendo qué tiene que ver el ánimo, mi señor.

—Debe haber una sintonía entre jinete y montura, Dante.

El animal percibe el carácter de quien lo monta, detecta el nerviosismo, la inseguridad, la torpeza, y eso lo agita y lo inquieta, dependiendo de su propio ánimo.

Para dominar un caballo temperamental se precisa de un aplomo y una seguridad importantes, o el animal te dominará a ti arrancándote de la silla.

También hay que saber ganárselo prodigando afecto y cuidados.

Alargué el brazo, inclinándome un poco hacia adelante para acariciar el cuello de Zill con mimo, palmeándolo afablemente.

El animal acompañó la caricia buscando mi contacto agradecido.

—La delicadeza, la paciencia y el mimo son mejores herramientas que la brusquedad imperativa —murmuré.

El agudo, melódico y reiterativo sonido de un mochuelo distrajo mi atención envarándome en la silla.

Nos adentrábamos en el bosquecillo de alerces, sepultados por la difusa negrura que nos cobijaba bajo sus frondosas copas.

Apenas unos delgados haces de plata lograban penetrar la densidad de las apretadas ramas y llegar al lecho de la arboleda, iluminando pobremente nuestro recorrido.

Por algún motivo, comencé a sentir una cierta desazón que me inquietó sobremanera.

Era una picazón aprensiva que recorría mi espina dorsal erizando mi piel.

Algo me decía que el peligro nos estaba acechando, mi intuición era infalible, y a ella debía que siguiera respirando.

Detuve mi montura, contrariando así al resto de los hombres.

Alcé una mano exigiendo silencio y permanecí atento a los sonidos de la noche.

Tras un tenso instante donde nada pareció fuera de lo común, Alaister se me acercó y, aunque apenas vislumbraba su rostro, encogió los hombros inquisitivamente, aguardando la orden de avanzar.

—Algo va mal —me limité a susurrar sin dejar de escudriñar a mi alrededor.

—No lo parece —profirió él expectante.

—Si nos emboscan, ésa es la idea: sorprendernos —argüí convencido de que nos preparaban una encerrona.

—Todos estamos alerta y preparados en caso de combate, pero de momento, tan sólo es tu intuición, Lean. Continuemos y salgamos de aquí cuanto antes.

La patrulla me rodeó intrigada por mi reacción. Alcé moderadamente la voz para que todos me escucharan.

—Quiero que todos desenvainéis, y que los que tengan buena puntería carguen los arcabuces. Quiero que me sigáis cuando empiece la reyerta hasta salir a campo abierto y que cabalguéis como rayos hasta estar lo bastante lejos de aquí.

—¿Qué reyerta? —apuntó confuso Irvin.

—La que está a punto de comenzar —respondí rotundo. La sensación de peligro se agravaba en mí.

—¡Por Dios, Lean, tu imaginación te está jugando una mala pasada! —opinó Alaister—. Todo está en calma, continuemos tranquilos, hay fiesta en el castillo, seguramente todos estarán durmiendo la borrachera.

—Eso es lo que quieren que creamos. No podemos retroceder ya, pues seguro que nos habrán cerrado el paso, sólo nos queda avanzar, pero armados y dispuestos.

Los hombres asintieron y obedecieron en el acto, desenfundando sus aceros despacio.

Ayleen cogió su arco, comprobó la elasticidad de la cuerda y se acercó el carcaj repleto de flechas.

—Quiero que te ocupes de Dante —dije.

—¿Por qué? ¿Porque soy mujer?

—Porque es una orden, eres parte de mi patrulla y estás a mi servicio.

No pude ver sus ojos con claridad, pero adiviné que me fulminaba con ellos.

Un bufido confirmó mis sospechas.

Avancé hasta posicionarme el primero en la fila, shamshir en mano. Manejando las riendas con la izquierda, reanudé la marcha extremando mi cautela.

La quietud y el silencio del bosquecillo de alerces fueron la primera señal clara de que algo nos aguardaba más allá, posiblemente en la linde de la arboleda.

Tomé una gran bocanada de aire y mi mano se cerró con fuerza en torno a la empuñadura de mi espada.

Comencé a divisar el claro y todo mi cuerpo se tensó conforme nos acercábamos a él, pero cuando salimos del amparo de los árboles nada nos atacó.

—Te he dicho que era tu imaginación —insistió Alaister sonriente.

En ese preciso instante, un silbido atravesó el espacio a mi izquierda. Movido por un impulso, me incliné en la silla y empujé con mi cuerpo el de Alaister, desmontándolo de un violento empellón. Sentí una súbita punzada en mi hombro que me hizo apretar la mandíbula.

—¡Nos atacan! —vociferé jadeante.

La afilada punta de un mástil asomaba por la parte delantera de mi hombro izquierdo, junto a la clavícula.

No tuve tiempo de arrancármela.