Capítulo 7. Rumbo a Inveraray #2
Alargué la mano hacia el odre de agua, que nuevamente me acercó Ayleen. Eché de menos el jugoso pan de pasas que servían en la mancebía, mientras intentaba tragar aquel espantoso bocado de serrín.
—Da la impresión de que conocéis muchos —intervino Rosston, el grandullón pelirrojo, observándome con curiosidad.
—Los suficientes para saber que este pan debió de salir de uno de ellos.
Los hombres agrandaron los ojos y comenzaron a reír, esforzándose en mantener la boca cerrada, lo que congestionó sus rostros y aumentó las carcajadas del resto, hasta que empezaron a toser atragantados, lagrimeando enrojecidos.
—En verdad, nunca he probado nada más horrible —afirmó Duncan todavía entre risas.
—Apuesto a que habrás comido cosas peores —apostilló Irvin.
—Sí, pero no tan secas.
Las carcajadas se sucedieron, ruborizando las mejillas de Ayleen, que, tras una sonrisa incómoda, se levantó y obligó a Dante a seguirla. El muchacho se debatió rebelde mascullando imprecaciones.
—No te preocupes por su sensibilidad, Ayleen —aduje divertido—. Nació sin ella. Se crio en un burdel, te aseguro que ha visto y oído cosas peores.
La muchacha frunció disgustada el ceño y me lanzó una mirada condenatoria antes de dirigirse a la orilla del río para refrescarse.
—Deberíamos partir ya, nos queda un buen trecho hasta Inveraray —recordé poniéndome en pie.
—El verdadero peligro estará al pasar cerca del castillo de Kilchurn —advirtió Malcom—. Vuelve a ser de los Campbell tras el violento enfrentamiento con los MacGregor. Aunque sin duda resultará una estupenda ocasión para dejarnos encontrar.
Percibí un tono de mofa en su voz que me disgustó, pero que decidí pasar por alto.
—Que nos encuentre una avanzadilla en campo abierto es una cosa, que nos acorrale todo el destacamento de un castillo, una temeridad. Saldrán a nuestro encuentro en cuanto nos divisen —conjeturé pensativo.
—Contando a ese pequeño bribonzuelo, somos nueve — apuntó Malcom—. Si mandan un destacamento para repelernos, lo más sensato sería no presentar batalla.
—Estoy de acuerdo —coincidí—, pero tampoco debemos dejar que nos apresen, creo que será mejor que lo sorteemos en la medida de lo posible.
—Hemos de pasar frente a él o cruzar el lago Awe desde otro punto, a no ser que logremos adentrarnos en el bosque que hay tras el castillo, justo en la base del pico Ben Cruachan —sugirió el capitán de Duart—. Es apenas una hilera de arboleda tupida, pero será suficiente para ocultarnos.
—Creo que es lo más acertado, capitán —decidí—. Nos acercaremos lo bastante para no ser vistos y nos ocultaremos hasta que anochezca. Recemos para que no sea noche de plenilunio.
Sostuve la mirada de los hombres y recibí un hosco asentimiento apoyando la decisión.
Reanudamos la marcha acariciados por una lánguida brisa casi primaveral.
Estábamos a mediados de abril, y los dientes del frío, aunque seguía mordiendo, se me antojaron menos afilados y su aliento menos agresivo.
A medida que descendíamos al sur, el clima se templaba ligeramente y los valles se extendían en llanos prados verdes y brillantes.
Sin duda era la dificultad del entorno lo que forjaba el temple de un hombre, y las duras Highlands fraguaban hombres resistentes y tan hoscos como su clima y sus tierras.
En cambio, las Lowlands eran consideradas tierras de habitantes más civilizados y moderados en su ánimo.
Los ricos pastizales engordaban sus reses, el grano crecía lozano bajo un sol más amable y las gentes eran más afables, por la comodidad de una vida que el entorno y los elementos favorecían notablemente.
El gran contraste entre ambas regiones de un mismo país me recordaba a la riqueza variopinta de España, admirable alambique de culturas y creencias.
Pues, aunque en tiempos se había ordenado la expulsión de los moriscos, orden dada por Felipe III, muchas familias se habían afincando en los diferentes reinos, transmitiendo su cultura.
Y era aquella heterogénea mezcla de credos y costumbres lo que enriquecía una sociedad tan en expansión como la hispánica.
Suspiré ante la remembranza de las callejuelas sevillanas, perfumadas de azahar y risas, de cantos y alborozo, y de sus gentes, tan cálidas como el sol con el que amanecían.
A mi mente acudieron rostros queridos, entre ellos, el de mi maese Beltrán, mi padre postizo, pues logró resucitarme cuando llegué a él moribundo.
Era primo consanguíneo de mi madre, único pariente vivo y responsable directo de que mis padres se hubieran conocido, pues visitar Escocia como comerciante de vinos, acompañado de mi madre, según él, había sido la peor decisión de su vida.
Cuando Eachann Mor MacLean, más conocido como Hector el Grande, puso sus ojos en Haifa, ingenió la manera de comprometer su virtud para forzar un compromiso precipitado.
Beltrán nada pudo hacer y regresó a Sevilla con una piedra en el corazón, embargado por punzantes remordimientos que pudo aliviar conmigo.
Solía decir que la vida daba segundas oportunidades si de verdad se deseaban, y yo nada deseaba más que volver a tener enfrente a mis verdugos, aquellos que me arrebataron no sólo la infancia, la inocencia y la dignidad, sino cualquier oportunidad de ser un hombre pleno y feliz, en favor de la oscuridad que subyacía en mi más profundo fuero interno y que, cuando emergía, lo hacía para devorarme, apagando mi humanidad y despertando a una bestia feroz e implacable.
Esa sombra que me dominaba, ese animal iracundo que brotaba de mí, ese odio tan intrínseco y dañino me carcomía las entrañas cada vez con más aterradora asiduidad y, ya tan cerca de mis presas, se revolvía hambrienta como una vil alimaña.
—Tu ceño amenaza tormenta, MacLean, ¿qué te preocupa?
La aterciopelada voz me sobresaltó.
Dirigí la vista a Ayleen, esta vez no había oído los cascos de su yegua acercándose.
—Me preocupa tu preocupación por mí.
La joven agrandó los ojos con acusado desagrado.
—Para renegar de tu origen gaélico resultas brutalmente honesto y odiosamente hosco.
—Y te resultaré peores cosas si sigues escarbando donde no debes —advertí inexpresivo.
—Escarbar donde no debo es una de mis aficiones. De hecho, en botánica es así como se descubren especies nuevas.
—¿Tengo cara de hinojo?
La joven me observó confusa hasta que una inesperada sonrisa comenzó a abrirse camino en sus labios, ensanchándolos progresivamente hasta terminar prorrumpiendo en una carcajada abrupta.
—¡Oh, Dios, sí, ahora que lo dices, la tienes!
Y continuó riendo mientras oprimía la palma de su mano contra su vientre como si buscara accionar algún mecanismo oculto que la detuviera.
Tras un instante en que los highlanders se giraron para observarnos extrañados, Ayleen logró recomponerse tomando una gran bocanada de aire.
Alaister se volvió para mirar complacido a su hermana y regalarme una sonrisa agradecida que no mutó mi gesto flemático.
—¿Conoces la leyenda de la dama del lago Awe? —preguntó ella risueña.
Me limité a negar levemente con la cabeza, manteniendo mi mirada al frente. Ya se divisaba la silueta del castillo en la cabecera del lago, en un enclave estratégico, además de espectacular.
—Era la esposa de Colin Campbell el Negro , señor de Glenorchy.
Un buen día, Colin decide partir a las cruzadas y le promete regresar al cabo de siete años.
Sin embargo, pasa el tiempo y sigue sin saberse el paradero de Colin.
El barón Neil MacCorquodale, cuyas tierras limitan con Glenorchy, lo declara muerto e insiste en tomarla a ella como esposa.
La dama urde entonces una estratagema: construir el castillo de Kilchurn en honor a la memoria de su esposo caído en Tierra Santa, antes de aceptar desposarse con el barón.
De tal forma, y para dilatar el tiempo, les pide a los constructores que levanten muros tan deficientes que se desmoronen a los pocos días y tengan que reconstruirlos constantemente, prologando así de forma indefinida la obra.
Hasta que un día, Colin regresa y evita la boda de su esposa.
Ayleen emitió un suspiro cautivado y me escrutó con una dulce sonrisa en sus mullidos labios.
—¿No te parece romántico?
—Me parece un plagio de la Odisea de Homero —barboté resoplando con desdén.
—¿Quién es Homero? —inquirió ella contrariada, arrugando intrigada el ceño.
—Fue un poeta de la Antigua Grecia, autor de la Odisea —respondí displicente—.
En uno de sus pasajes, la esposa de Ulises, la bella Penélope, urde una estratagema parecida para evitar tomar otro esposo cuando declaran a Ulises muerto, ya que lleva diez años viviendo aventuras lejos de su hogar.
Penélope promete decidirse por uno de sus muchos pretendientes cuando termine de tejer el sudario a Laertes, el padre de Ulises, que es un hombre añoso.
Para dilatar su labor, por la noche deshace lo que teje de día y, así, durante tres años logra engañar a todos, hasta que la descubren y la obligan a decidir.
Sólo que su marido ya ha regresado a Ítaca disfrazado de mendigo, y ambos idean la manera de convencer a los demás de que es el verdadero Ulises, ingeniando un juego en el que retan a todos a usar el arco de Ulises, un arco que sólo su propietario puede tensar. El final es fácil de imaginar.
—He de reconocer que la similitud es abrumadora —musitó Ayleen con cierta desconfianza.
—Y, por fechas, está claro cuál es la original.
—Y ¿por qué diantres no puede ser una mera coincidencia? —replicó altanera.
—Dudo que los clásicos sean una lectura habitual en las Highlands, pero puede que tengas razón.
Ayleen me fulminó con la mirada, apretando sus labios en una mueca furiosa.
—¿Nos estás llamando zafios?
Le dediqué una mirada engreída e indolente antes de volver a fijar mi atención en el espejado lago Awe, cuya superficie reflejaba las esponjosas nubes que deambulaban perezosas en un llamativo cielo cerúleo.