Bruma azul Capítulo 7. Rumbo a Inveraray
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Capítulo 7. Rumbo a Inveraray

Rumbo a Inveraray

Cabalgábamos a buen paso, dejando atrás Oban y sus apiñadas cabañas salpicando el litoral, enfilando nuestras monturas hacia Connel.

El intenso aroma de los brezales y las púrpuras laderas repletas de cardos y jazmines conformaban un paraje tan subyugador que incluso a alguien tan despegado de sus raíces como yo lograba arrancarle algún que otro suspiro.

Escocia era sobrecogedoramente hermosa, majestuosa y mística, pero también dura, excesivamente agreste y apabullantemente sombría.

Si te dejabas cautivar por sus espectaculares paisajes demasiado tiempo, su clima, su accidentado relieve o incluso sus belicosos habitantes, podía llevarte a la tumba sin que apenas te apercibieses de ello.

La belleza era la más temible de las armas, pues obnubilaba juicios y confiaba ánimos, distrayendo del verdadero peligro, atrapando en sus hilvanados y enredados hilos, inmovilizando el tiempo suficiente para acabar con uno si así lo deseaba.

Yo mismo la había esgrimido en mi beneficio en más de una ocasión, para diversos fines, la mayoría no muy dignos pero útiles en demasía.

Malcom, el avezado capitán de Duart, azuzó a su caballo para ponerse a mi altura.

Su corcel piafó sacudiendo la cabeza inquieto por la proximidad con mi purasangre.

Había algo en Zill que provocaba rechazo en el resto de los animales, quizá su carácter nervioso e impredecible y su cuerpo ágil y nervudo mantenían alejados a los demás caballos, que lo consideraban incluso de otra especie.

—Deberíamos elegir caminos poco transitados, nuestros colores nos identifican como enemigos, y estamos adentrándonos en territorio Campbell —advirtió tan desazonado como su alazán.

—Se trata de que nos encuentren —afirmé sin dejar de mirar al frente—. De hacerles saber que me desterraron de la familia y que vengo a ofrecer mis servicios al marqués de Argyll en venganza contra mi clan.

—Permitidme advertiros de lo arriesgado de vuestro plan, mi señor —insistió tras un carraspeo, lo que atrajo mi atención sobre él—. Los malditos Campbell primero atacan y luego preguntan.

—En tal caso, mi buen Malcom, tendremos que defendernos.

Le dirigí una sonrisa confiada que no suavizó su torvo gesto. Sin embargo, asintió y frenó a su montura para incorporarse a la fila.

No resultaba muy usual buscar ser víctima de una emboscada, pero esperarlo alertaba los sentidos, aguzándolos hasta el extremo. No tardarían en avisar a los Campbell de que una extraña partida había incursionado en sus tierras.

Otros cascos retumbaron veloces acercándose a mi posición. Esta vez no fue un gesto hosco lo que hallé a mi lado, sino una expresión encantadoramente pendenciera.

—Creo que nuestro buen capitán no parece muy complacido con tus órdenes. Yo, en cambio, ardo en deseos de enfrentarme a un Campbell.

Los ojos de Ayleen refulgían animosos, y en su rostro se dibujó una peculiar ansiedad que me sorprendió.

Negué con la cabeza, ocultando una sonrisa admirada ante tan fiero coraje.

—Temo más a tu padre y a tu hermano que a todo el ejército de los Covenant. Si te ocurriera algo, ni en Sevilla hallaría lugar seguro. Así pues, pequeña guerrera, a la menor señal de peligro, te esconderás.

Ella arrugó el ceño en un mohín reprobador y alzó altanera la barbilla.

—Alaister me enseñó bien —rezongó molesta—, y más deberías temerme a mí si me evitas la distracción de teñir mi espada con sangre traidora.

Alcé una ceja divertido, contemplando su obcecado arrojo.

—Sigo temiendo más a tu familia —insistí mordaz con una medio sonrisa condescendiente.

Ayleen inclinó su cuerpo sobre la silla de montar, acercando así atrevidamente su rostro al mío.

—No subestimes mis dones, Lean, ninguno de ellos, o te convertirás en mi víctima —susurró seductora.

Entorné los ojos sosteniendo su penetrante mirada admonitoria, incapaz de contener más mi sonrisa. Pero cuando sentí la prendada mirada de Ayleen sobre mi boca, mi gesto se endureció en el acto.

—Te agradezco el consejo —proferí envarando mi espalda—, no bajaré la guardia contigo, si de algo huyo es de volver a ser víctima de nada.

La mirada de la muchacha se oscureció de repente, consciente de lo que esa palabra significaba para mí. Tragó saliva con evidente dificultad y con rostro taciturno y apesadumbrado masculló una disculpa y se incorporó de nuevo a su lugar en la fila.

En realidad, mostrarme duro con ella, hacerla sentir incómoda en mi presencia era mi manera de protegerla de mí.

Su evidente atracción carnal por mí debía ser estrangulada, ya no sólo en honor a su familia, a la que le debía tanto, sino porque ni estaba en condiciones de ofrecer nada, ni podía verla como algo más que una hermana, por muy tentadoras que fueran sus curvas y agraciado su rostro.

Atravesamos el puente de Connel, rumbo a la villa de Taynuilt.

Los dominios de Argyll eran parajes amables, de verdes prados, ríos caudalosos y prístinos lagos.

A medida que nos adentrábamos en las Lowlands, el terreno era más transitable, menos rocoso, y la magnificencia del entorno invitaba a distenderse en él.

No obstante, a pesar de lo despejado de las amplias y fragantes praderas, y de que, por ende, era fácil vislumbrar un jinete en lontananza, mi ánimo permanecía alerta y mi inquietud, latente y acuciante.

Admirando las ondulantes colinas y escuchando los quejicosos gorjeos de Sahin , decidí detenernos al borde del río Awe para reponer fuerzas y estirar las piernas antes de continuar, aunque con una idea clara en mente.

Bajo la gran copa de un esplendoroso y vigoroso roble, atamos nuestras monturas para tomar un refrigerio a base de pan negro y queso.

Sin embargo, yo estaba más interesado en cazar que en comer.

Dante se apresuró a bajar de su caballo y sacar los alimentos de las alforjas con semblante ansioso, mientras se relamía.

Ante la intrigada mirada de los hombres que conformaban la patrulla, cogí mi ballesta de una de las alforjas, rebusqué en el carcaj los pequeños dardos de madera con cabeza piramidal de acero, sujeté dos entre los dientes y me acerqué al carromato que portaba la jaula de Sahin .

Abrí la jaula y tomé la cadena que apresaba el emplumado cuello del ave en un cinto de cuero y lo obligué a salir aleteando.

A continuación, até la cadena a un tronco y Sahin revoloteó agitado mientras tensaba la cuerda de la ballesta, apoyando la base en mi pecho y engarzándola tras la alzada nuez metálica.

Acto seguido, dispuse el dardo emplumado y apunté hacia el cielo oteando con un solo ojo, mientras fijaba mi objetivo en una bandada de pájaros.

Permanecí inmóvil y paciente, memorizando la secuencia de movimientos para anticipar mi disparo, calculando mentalmente la trayectoria.

En los tercios de Flandes había afinado notablemente mi puntería con la ballesta, además de cargar veloz sin escudero que me parapetara de la forma debida.

A diferencia del arco, el dardo con cabeza metálica de la ballesta era capaz de atravesar una coraza de acero a bastantes leguas.

Tras unos instantes de estudio, situado estratégicamente delante de Sahin , presioné la llave y el proyectil salió disparado y diseminó al instante la oscura y ruidosa bandada.

Seguí el descenso de una pequeña silueta hasta que cayó sobre la hierba.

Corrí hacia ella y localicé a un piquituerto atravesado por mi dardo.

Cogí la presa y me aproximé a Sahin . Extraje el dardo del inerte cuerpo del ave y lo balanceé frente al halcón, que comenzó a graznar hambriento, expandiendo sus majestuosas alas en cruz.

— Tati li, Sahin —susurré en árabe, pero el azor no vino a mí, sino que se limitó a aletear y a clavarme su penetrante mirada.

Había decidido acostumbrarlo al timbre de mi voz y a la cadencia del árabe, por ser más suave y arrulladora que la del gaélico, y para que me diferenciara con claridad del resto. Fabila y Azahara me habían enseñado algo más que lujuriosos placeres.

— Tati li ...

Volví a balancear la presa, y Sahin no se acercó.

Me senté en el suelo y comencé a desplumar al piquituerto, saqué mi sgian dubh , separé el muslo del ave y se lo ofrecí.

Esta vez avanzó, aunque con evidente desconfianza, y alargó su cuello repetidas veces tanteando el alimento.

Era tal su hambre que ante el olor de la sangre se abalanzó sobre el muslo, apresando un pellizco en su curvado pico, intentando arrancar una tira de carne.

Pero yo no solté la presa, forzándolo a alimentarse frente a mí, haciéndole ver que yo tenía el control, imponiendo mi dominio sobre él.

Satisfecho, finalmente solté el despojo y le acerqué el resto del ave, de la que dio buena cuenta.

A continuación, me puse en pie, recogí mi ballesta y la guardé. Cuando regresé al robledal, los hombres masticaban mirándome con creciente curiosidad.

—Sois muy bueno con la ballesta —masculló Duncan limpiándose la boca con la manga.

—Era eso o morir.

—Debes ser muy rápido cargando, porque entre las cargas estás desprotegido —adujo Alaister tras beber de su odre—. Personalmente prefiero el arco, Ayleen es toda una experta.

—En lo que tú disparas quizá cuatro de esos dardos —intervino la joven con expresión jactanciosa—, yo puedo lanzar al menos quince flechas.

—Cierto —afirmé—, pero una flecha no atraviesa una cota de malla, ni una coraza. Y, en efecto, el miedo a morir agiliza la mente y el cuerpo, aunque entre cargas confieso haber usado la espada o haberme parapetado en algún rincón.

—¿Flandes? —adivinó Gowan escrutándome con atención.

Asentí aceptando la rebanada de pan que me tendía Ayleen.

—Tengo entendido que aquello fue un infierno —añadió metiéndose un trozo de queso en la boca.

—Hay infiernos peores —respondí masticando un buen bocado de pan negro que secó toda la saliva de mi boca.