Bruma azul Capítulo 6. Empieza el juego #3
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Capítulo 6. Empieza el juego #3

Las mujeres se miraron indecisas por un momento. Yo las observé suplicante, rogando en mi fuero interno para que accedieran a mi petición .

Azahara delineó con su dedo mi mentón, mientras reflexionaba pensativa. Su tacto me envaró irremisiblemente con una punzada aprensiva, por lo que giré el rostro con brusquedad evitando su caricia .

— ¿No os resultamos deseables ?

— Sois deseables —admití—. Mi... mi rechazo no tiene nada que ver con vosotras, es enteramente problema mío .

La joven de los ojos grandes y rasgados y tez tan acanelada como la mía negó con la cabeza y esbozó una tímida sonrisa .

— Me temo que el problema ha pasado a ser de los tres. Porque ya no es cuestión de honestidad, ni tan siquiera es temor a represalias, sino que acabáis de convertiros en todo un reto para mí .

— ¡Azahara! —exclamó reprobadora la otra muchacha. Su tez olivácea, algo más clara que la de su amiga, presentaba unos rasgos más dulces y menos moriscos, clara muestra de su mestizaje.

— Fabila, algo me dice que podemos transformar a este apocado y tembloroso muchacho en un magnífico amante.

Todavía es joven, pero ya se advierte con claridad la salvaje masculinidad que poseerá cuando madure y sus rasgos se perfilen.

Y, si lo que he atisbado resaltando en sus calzones sigue su natural desarrollo, será todo un portento.

Las doñas de alta cuna sevillanas pagarían fortunas por tenerlo una noche en sus lechos.

Don Nuño sabrá agradecernos generosamente nuestra colaboración en su enseñanza .

Fabila sacudió exasperada la cabeza, componiendo un mohín reprobador .

— Yo sólo veo un pánico irracional, pero tan atroz que dudo que eso que has atisbado vuelva a resaltar en estas condiciones .

— Me resistiré con todas mis fuerzas, incluso atado soy lo bastante fuerte para evitar que me toméis a vuestro capricho —advertí impetuoso .

Las mancebas se miraron con un deje cómplice y se irguieron de rodillas de nuevo, frente a frente, sin dejar de contemplarme .

— No subestiméis el poder de la femineidad, joven Asad —me aconsejó Azahara alargando sus brazos para delinear las redondeadas caderas de Fabila, manipulando el ancho cinturón donde aún pendían algunos de sus coloridos velos—.

Y nada habréis de temer, pues no os tocaremos, a no ser que vuestro cuerpo nos lo pida.

—Desprendió el ornamentado cinto con las traslúcidas gasas y descubrió ante mí unas nalgas altivas y firmes y unos muslos prietos y esbeltos—. Y os aseguro que nos lo pedirá .

Su mirada azabache se iluminó confiada, enarcó una ceja y sonrió con pícara intención antes de desprenderse de su propio cinto, quedando así ambas completamente desnudas ante mí.

Tragué saliva cuando empezaron a besarse y a acariciarse libidinosas. Intenté apartar la vista sin conseguirlo, por entero arrobado por la pasión que las gobernaba.

Azahara mordisqueaba los altivos pezones de Fabila al tiempo que amasaba sus nalgas, sus dedos perdiéndose entre los turgentes muslos de su compañera.

Los gemidos comenzaron a flotar a mi alrededor enturbiando mis sentidos.

Pero cuando empezaron a tocarse mutuamente, cruzándose caricias al unísono de manera rítmica y urgente, mi curiosidad sofocó cualquier otra emoción desazonadora.

Ambas mujeres se complacían jadeantes, con las manos en el sexo de la otra, mientras sus bocas se devoraban con frenesí.

Sentí fuego en las mejillas y una conocida tensión en mi bajo vientre. La tirantez punzó con un desacostumbrado e intenso anhelo y mi garganta se secó ante la lujuria de aquellas dos mujeres.

Completamente fuera de sí, Azahara arrastró a Fabila a los pies de la cama, la abrió de piernas y se cernió entre sus muslos, devorando aquello que tanto había acariciado.

Alcé la cabeza para toparme con las expuestas nalgas de Azahara, que mostraban con total e impúdico abandono su húmeda y tentadora entrepierna.

Agrandé la mirada y mis latidos me ensordecieron cuando comprobé que la propia mano de Azahara se complacía recorriendo sus suaves y rosados pliegues, circundando un inflamado botón de carne con la yema de los dedos, ofreciéndome un espectáculo único .

Abrumado e impresionado, no me percaté de que las dos muchachas me observaban con expresión urgente y mirada oscura. Sus sonrisas se ensancharon cuando repararon en la endurecida y latente verga que palpitaba bajo mis calzas.

Azahara se incorporó y me miró ladina.

— Vuestro cuerpo pide que lo devoren, y yo sigo teniendo hambre —murmuró queda, avanzando hacia mí .

—Despierta, Lean —musitó una dulce voz—, hemos arribado a puerto.

Parpadeé repetidas veces, todavía aturdido, notando un liviano peso en mi pecho: el libro abierto. Me apresuré a cerrarlo, pero Ayleen fue más rápida y me lo arrebató.

—Debe de ser un libro apasionante —murmuró con una extraña expresión en su rostro mientras lo ojeaba curiosa.

Carraspeé y asentí, todavía abotargado por el sopor y los recuerdos.

—Lo es —confirmé.

—Sin duda, a juzgar por cómo exalta... —clavó intencionada su mirada en mi abultada hombría y agregó con un deje travieso y divertido en el rostro—: tu ánimo.

Amplió su sonrisa en una mueca burlona, aunque lo que brilló en su mirada no tenía nada de mordaz. Aquella gravedad me inquietó, descendí de la hamaca y le di la espalda, fingiendo ocuparme de la jaula de Sahin .

—Dentro de un rato subiré a cubierta.

—Tranquilo, dispones de tiempo para... lo que necesites.

Apenas giré el rostro para asentir con rigidez.

Aguardé a que subiera la escalinata y maldije para mis adentros.

Ella no, me repetí de nuevo, ella nunca, me dije.