Bruma azul Capítulo 8. El señor de Kilchurn #2
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Capítulo 8. El señor de Kilchurn #2

El brillo de sus ojos se apagó en una expresión decepcionada y triste.

—Alguien como tú... —musitó compungida—, alguien que no ha salido de mis pensamientos en todos estos años, alguien que soñaba con volver a encontrar, que rezaba cada noche porque estuviera vivo. Alguien a quien le parezco odiosamente adorable...

Se levantó dolida y, tras un último vistazo que sentenciaba lo que sentía, se marchó del cuarto dando un portazo.

Tomé una gran bocanada de aire y me puse en pie, me vestí con la camisa sucia y el jubón, que decidí dejar sin abrochar, y salí de la alcoba para dirigirme al salón principal, negándome a pensar en Ayleen más de lo debido y recomendable.

No había regresado a Escocia en busca de futuro precisamente, y por nada del mundo iba a permitirme arrastrar a nadie más al infierno al que me encaminaba.

Reafirmado en mi decisión, avancé a grandes zancadas por los largos corredores de la planta superior hasta dar con la amplia escalinata de piedra que descendía a las dependencias principales.

Seguí un rumor de voces masculinas hasta el gran salón y me adentré en él con el gaznate seco y el ánimo transido.

—Tomad asiento, MacLean, no parecéis encontraros bien. Espero que mi oporto obre el milagro de restableceros.

Colin era un hombre de mediana edad, de estatura normal y fornido. Cabellos rojos ensortijados y pequeños ojos azules, pómulos altos y mentón cuadrado. Todo un guerrero curtido y, a juzgar por los variados volúmenes que saturaban las vitrinas, letrado y culto.

—Lucís los colores Campbell —reconocí—, pero vuestro emblema es distinto.

Tomé asiento donde me indicó, en una esquina apartada del salón. Mis hombres bebían taciturnos y cansados, conversando soterradamente entre sí junto al fuego del hogar, pero dirigiéndose miradas recelosas, sin bajar la guardia.

—Sí, somos una rama del clan, los Campbell de Glenorchy, usamos los colores de la familia, pero gustamos de matizar la diferencia con un emblema propio —explicó al tiempo que me servía un oscuro y brillante oporto en una copa que me acercó solícito—.

Además, hemos tenido nuestras rencillas en el pasado, y aunque ahora la causa Covenant nos una, puedo aseguraros que mi querido primo intentará hacerse con mis tierras a la menor ocasión.

—¿El marqués es vuestro primo?

—Para mi desgracia.

Alcé sorprendido una ceja, cogí mi copa y bebí un largo y reconfortante trago.

—Gozáis de la protección de un hombre importante en Escocia. Eso, a mi parecer, es una gran ventaja —rebatí con la intención de soltar su lengua. Toda información recabada sobre el poderoso Archibald Campbell, primer marqués de Argyll, podía serme de gran utilidad.

—Su poder es precisamente su filo más peligroso —aclaró tras un largo trago a su copa—.

Y su ambición, su más fiero estoque. Es un hombre de fuertes convicciones religiosas, presbiteriano y rígido en sus creencias, pero tan explosivo como la pólvora si no consigue lo que desea.

Tiene a su servicio a más de veinte mil hombres, y ojos y oídos en los lugares más insospechados.

Lo sabe todo de todos, para él la información es poder.

—Un hombre inteligente —murmuré probando el oporto. Su tacto áspero y su aroma embriagador despertaron mis sentidos y caldearon mi estómago.

—Difícil de engañar, sí —aseguró intencionadamente.

Un brillo sagaz destelló en los ojos de Colin, mostrando con claridad lo que opinaba de mi excusa para adentrarme en Inveraray.

—Un caldo delicioso, he de confesar —alabé agitando mi copa en perezosos círculos y apurando su contenido—. Pero el cansancio me vence y mi cuerpo me pide a gritos que lo postre en el lecho que tan gentilmente me ofrecéis esta noche.

—Puedo ofreceros algo más que un lecho, algo que quizá os sea de más utilidad.

—Me intrigáis —confesé expectante, aguardando su próximo movimiento.

—Argyll ya está al tanto de quién sois —reveló el señor de Kilchurn, sopesando mi expresión—.

Como lo estaba yo mucho antes de divisar vuestra partida en mis tierras.

Recibí el encargo de deteneros e interrogaros, empleando los medios más eficaces para soltar vuestra lengua.

Y eso planeé cuando os embosqué esta noche, pero no para lo que mi primo requirió, que era descubrir vuestras verdaderas intenciones y usarlas en su provecho, sino para mi propio beneficio.

Permanecí hermético y paciente, evitando dejar traslucir cualquier emoción, aunque la incertidumbre y la desconfianza me acuciaran.

—Y ¿vuestro beneficio es...?

—Bastante similar al vuestro, creo: descubrir el plan de ataque de Argyll para informar al marqués de Montrose.

No pude evitar que el asombro mudara mis facciones. La magnitud de aquella confesión era arriesgada en exceso para alguien que llevaba sangre Campbell en las venas.

—Aquí el único traidor a sus colores soy yo, me temo —agregó con una sonrisa taimada.

Desvió la mirada hacia las llamas del hogar, sumiendo sus pensamientos en ellas.

En su expresión creí vislumbrar todo un variopinto abanico de emociones solapadas—.

Estoy al servicio de James Graham, marqués de Montrose y archienemigo de Argyll, estoy al tanto de vuestra misión en Inveraray, vuestro tío Lachlan me informó de ello.

De hecho, es a mí a quien habréis de poner al corriente de las averiguaciones: ubicación de las tropas, planes de ataque y todo cuanto podáis, para que se obre en consecuencia sin demora.

Lo lógico habría sido desconfiar de cada palabra, pero descubrir que conocía mi misión me desarmó. Aun así, fruncí el ceño y negué con la cabeza en ademán receloso. Ese gesto provocó otro de mi peculiar anfitrión, metió la mano en su sporran y extrajo un pliego de papel diligentemente doblado.

—Esta misiva es de vuestro tío, comprobad la letra.

Me tendió la carta y aguardó mi aprobación. La desdoblé y leí lo que acababa de contarme y, en efecto, la letra, la firma y el lacre eran de Lachlan.

—Sin embargo —comencé aferrándome a la suspicacia—, nos habéis atacado, casi toda vuestra avanzadilla ha muerto en la reyerta. Tampoco entiendo cómo Lachlan no me avisó de esto.

Colin inhaló profundamente al tiempo que me dirigía una mirada indescifrable.

—Nadie en mi castillo conoce mi doble juego.

Como he dicho, Argyll tiene ojos y oídos en todas partes.

Hace tiempo que descubrí que dos de mis capitanes espiaban mis movimientos, por lo que decidí aprovechar la emboscada para librarme de ellos.

Si no los hubierais matado, os aseguro que en mitad de la refriega lo habría hecho yo.

Vuestro tío no os habló de mí para que resultara más creíble la escaramuza y porque mi vida y la de mi familia corren más peligro por cada voz que expresa mi traición.

El malnacido de Argyll siempre ha anhelado mis tierras y a mi esposa, además, nunca olvidará las rencillas que ya tuvimos en el pasado.

Es cuestión de tiempo que se ocupe de mí.

Ahora, enfrascado en la guerra civil que asola Escocia, convertido en el arrojado paladín de la causa Covenant y aliado de los parlamentarios en contra del rey, me necesita lo suficiente para no acabar conmigo, pero cuando todo pase, me aplastará sin conmiseración alguna.

En su sufrida, enconada y decidida expresión descubrí que hablaba con la verdad.

Le devolví la misiva y observé su preocupación.

Con la mirada perdida, Colin acercó la esquina del pergamino a la llama de una de las velas que ocupaban el candelabro que tenía más cerca y contempló reflexivo cómo ésta devoraba el amarillento pliego.

Tras un instante de silencio en el que ambos asimilábamos compartir enemigo y aunar nuestras fuerzas, Colin esbozó algo parecido a una sonrisa sardónica, todavía con la gravedad estirando sus facciones.

Miré a mi alrededor, sólo mis hombres estaban en el salón, aun así, era fácil adivinar desde fuera que el supuesto interrogatorio era más una amistosa charla.

—Argyll descubrirá que no me habéis sacado información a golpes —apunté buscando mentalmente algún resquicio que pusiera en riesgo mi vida y la de mi patrulla para anticiparme a ello.

—Me temo que en ese punto habremos de ser minuciosos, MacLean.

Sostuve su mirada desconcertado, pero cuando el hombre se puso en pie, se quitó el cinto y se remangó prolijamente, supe que tendría que llevar un seguro de vida adornando mi rostro.

Me incorporé, respiré hondo y me planté frente a él. Colin era bajo de estatura, pero tan robusto como un buey. Recé por no perder ningún diente.

—Evitaré golpearos en el hombro herido, pero creo que mañana no amaneceréis tan apuesto. Sobra recordar que no podéis devolverme los golpes, se supone que estáis atado.

Mis hombres contemplaron la escena confusos y llevaron de inmediato las manos a las empuñaduras de sus espadas.

—Debo llevar una prueba de confianza a Argyll —anuncié tranquilizador—. Todo está bien, Colin es amigo. Ahora retiraos y descansad, mañana partiremos con las primeras luces del alba.

Alaister me escrutó con gravedad, su semblante tiñéndose con un deje preocupado. Tras un gesto de asentimiento y apremio por mi parte, Duncan, Malcom, Irvin, Rosston, Gowan y Alaister abandonaron el salón, cerrando la doble puerta tras de sí.

—Bueno —comenzó Colin—. Nunca me han gustado las peleas injustas, pero en ésta habré de esmerarme bien.

—Nunca me he estado quieto en una, también yo habré de esmerarme bien.

El señor de Kilchurn sonrió divertido.

—Me gustáis, condenado MacLean.

—Espero que no lo suficiente como para recibir consuelo de vuestra parte.

Colin amplió su sonrisa, que esta vez llegó a sus ojos.

—Podéis estar tranquilos, ni con falda me fijaría en vos.

Esta vez sonreí yo.

Tras asentir, recibí un primer puñetazo en el rostro que me tambaleó hacia atrás.

Como adiviné, el señor de Kilchurn era todo un buey.

Abrí la boca y moví la mandíbula a ambos lados, temiendo tenerla desencajada.

Otro par de derechazos me giraron la cabeza con violencia y, golpe a golpe, mi rostro ardió, la sangre manó y mis fuerzas mermaron entre gruñidos sofocados.

No sé cuánto tiempo aguanté de pie, pero logré permanecer erguido, recuperando el equilibro tras trastabillar impulsado por sus golpes, hasta que un tremendo impacto de su puño en mi vientre me dobló bruscamente hacia adelante para recibir un rodillazo en un lateral de la cabeza que me tambaleó hacia atrás y me hizo caer de bruces sobre las losas de piedra del pavimento.

Jadeante y sanguinolento, luché por ponerme en pie de nuevo, sólo descansaría en el suelo si Colin lograba arrebatarme el sentido, pues una vez ya me había jurado no volver a recibir una paliza arrebujado en el suelo.

Por aquel entonces era un niño muerto de miedo al que patearon sin piedad sólo por puro placer y, tras recuperarme de aquella paliza, me prometí defenderme aun a costa de mi vida. Colin nunca sabría que para mí fue más duro reprimir el impulso de devolver cada golpe que recibir los suyos.