Capítulo 2. El regreso #2
Palmeé orgulloso mi shamshir , mi apreciada espada persa, atrayendo sobre ella la extrañada mirada de los hombres.
—¿Qué demonios es eso? —adujo MacColla interesado.
—Justo eso —respondí acariciando su labrada empuñadura—, un demonio árabe que siega vidas como la guadaña que porta la muerte.
—Es curva —observó su hijo Alexander mientras yo la desenfundaba para lucir su hermosa hoja.
—He ahí su parecido con la guadaña —apunté, balanceándola grácilmente.
—¡Por san Andrés, lo único que se puede conseguir con tan extraño artilugio es cortar el aire! —exclamó Lamont mordaz—. Esa espada no puede competir con una claymore , parece ligera y quebradiza, dudo que veáis otro día si osáis enfrentaros a los Campbell con... eso.
—Pronto descubriréis, sir John, si vuestros vaticinios se cumplen —argüí risueño—.
No sólo es de cómodo manejo, ligera y letal, sino que desarma fácilmente al oponente y se presta a decenas de movimientos inesperados.
Y, en todo combate, como imagino que sabréis, sorprender al enemigo es parte fundamental de toda victoria.
—De que sorprenderás, mi querido sobrino, no albergo ninguna duda.
Amplié mi sonrisa en una mueca burlona, me puse en pie, cogí mi sombrero emplumado y efectué una reverencia con pompa y floritura, para terminar tocándome con él e inclinar respetuosamente la cabeza.
—Caballeros, ruego disculpen mi retirada, pero mi cabeza martillea como lo haría el cabecero de una hacendosa meretriz. Ya he propuesto la táctica que mejor considero. Cuando decidáis cuál ejecutar, mi shamshir y yo estaremos a vuestro completo servicio.
Y, sin más diatriba, salí del amplio salón con paso aplomado y porte altivo, hastiado de tanta enjundia ante la mera decisión de forjar un plan eficiente.
Resoplé aliviado y fui en busca de Dante.
Desde su llegada, el pequeño rufián no hacía más que honrar su nombre con travesuras varias.
Si no le encontraba pronto un hogar, corría el riesgo de que yo mismo lo despeñara por los acantilados.
Caminé hacia la cocina, donde Dante solía impacientar a las doncellas con atrevidas nalgadas, escondiendo sus útiles de trabajo o cambiándoles las cosas de lugar, robando gallinas o simplemente incordiando.
No sería fácil colocarlo de siervo en una casa, pues era irreverente, indisciplinado y con una aguda inclinación al hurto.
Sólo se me ocurría que sirviera de espía o mensajero de algún caballero, eso o acabaría de menesteroso ladronzuelo en alguna de las villas cercanas hasta que la guardia lo apresara, terminando sus fechorías con suerte en la picota o, sin ella, en una de las atroces prisiones de la región.
Encontré al muy bribón repantigado sobre unos sacos de grano, dando buena cuenta de un panal de miel, ignorando con gesto insolente la regañina de Anna, mi vieja nana, que se detuvo en seco al reparar en mí.
—Mi buen señor, este pequeño bellaco no respeta nada, necesita una buena azotaina —sugirió ceñuda.
—Tanto como vosotras un respiro.
Me incliné sobre el mozalbete y lo obligué a ponerse en pie tirando de su oreja izquierda y, entre quejidos y lamentos, lo arrastré hasta el patio de armas.
Si algo tenía claro era que la ociosidad era la puerta a malos pensamientos y peores inclinaciones.
Lo solté y lo observé con disgusto, mientras el muchacho se refregaba burdamente la enrojecida oreja y me devolvía una mirada resentida.
—Sólo comía mi postre —se defendió ofuscado.
—¿Lo habías pedido?
Negó con la cabeza, al menos tuvo la decencia de bajar la vista.
—De ahora en adelante, lo harás, y no sólo eso, sino que ayudarás en las cuadras y atenderás las demandas de la vieja Anna, o yo mismo te mandaré de regreso a Sevilla en un barco lleno de ratas. ¿Entendido?
Su rostro se contrajo en una mueca apenada que no me ablandó.
—Si me obedeces como es tu deber, yo mismo te enseñaré a usar la espada. Será Anna quien me diga si mereces cada clase.
Los ojos del muchacho se abrieron sorprendidos. Su semblante roñoso se iluminó entusiasmado, y sus enclenques piernas comenzaron a agitarse con impaciente ilusión.
—También habrás de asearte debidamente —apuntillé severo, clavando mi vista en su enmarañada y sucia melena, apostando que estaba llena de liendres por cómo se rascaba—.
Anna se ocupará de ti, y convendrás con ella cuanto la mujer decida sin replicar —advertí divertido al comprobar cómo su luz se ensombrecía con un velo rebelde.
Me incliné para mirarlo frente a frente y sofocar su contrariedad con mi firmeza.
—¿Entendido?
Asintió con vigor, pero no me conformé con eso.
—Quiero tu palabra.
—La tenéis, mi señor.
Algo más complacido, me erguí y lo conduje hasta el bastidor donde se disponían las espadas de madera con las que se enseñaba a los escuderos.
—Elige la tuya, y gánate usarla.
—Lo haré, mi señor Asad, os haré sentir orgulloso de que decidáis quedaros conmigo.
Sonreí abiertamente. Dante era más astuto de lo que había imaginado.
—Todavía no he decidido qué hacer contigo, bribón, y ahora ve y arregla cualquiera que sea el estropicio que hayas armado en las cocinas. Ve y haz que se sienta orgullosa tu madre, no yo, no olvides que te observa desde arriba.
—¿La vuestra también os observa?
Me detuve un instante y tragué saliva, adquiriendo de pronto un gesto grave y tenso.
—Espero por el bien de ambos que no.
Y me giré y puse rumbo a mi cámara, apartando pensamientos incómodos.
En efecto, un horrible dolor de cabeza picoteaba mis sienes por los cambios de ritmo en el sueño, o por los demonios que veía en cada rincón, tanto daba. Necesitaba dormir, si conseguía librarme de las pesadillas, antes de que los Campbell llegaran a las costas.
Me crucé con una de las jóvenes doncellas del castillo, que me sonrió con timidez, evidenciando un manifiesto rubor en sus mejillas y un brillo interesado en su mirada.
Incliné cortés mi cabeza ante ella y, tras una media sonrisa pícara y un toque gentil en el ala de mi sombrero, continué mi camino.
No me pasó inadvertido su afectado suspiro, como tampoco su gesto admirado.
Sin embargo, y aunque llevaba mucho tiempo conteniendo acuciantes apetitos carnales y las sirvientas parecían abiertamente proclives a mis encantos, los recuerdos que inundaban cada estancia ejercían en mí un —no sabía si preocupante— alejamiento de las necesidades corporales.
Tampoco la comida me llamaba en exceso, puesto que sentía tal opresión en mi pecho que apenas podía prestar atención a nada más.
Entré en mi cámara y me desvestí con ademanes desganados.
La chimenea caldeaba la habitación, aunque la humedad pesaba en el aire y acariciaba la piel, dificultando que el calor alejara en su totalidad el frío que rezumaba de los muros.
Me tumbé en la cama con dosel con tan sólo la camisola y cerré los ojos, con el antebrazo cubriendo el rostro, como era usual en mí.
Tras un instante, el sueño me llevó, y el infierno se abrió liberando sus demonios. ..
— ¡Maldito bastardo! ¿Dónde estás ?
Temblaba y sollozaba contra el inmundo trapo con que frotaba los suelos todos los días, losa a losa, de rodillas, hasta casi desangrarme las manos.
Había cumplido los nueve años el mismo día que mi padre había amanecido muerto en su lecho, y desde entonces Lorna, mi madrastra, había conseguido que diariamente deseara seguir a mis padres al más allá.
Hoy cumplía once años, y lo único que deseé con fervor por mi cumpleaños fue no cumplir los doce.
Me escondí en un resquicio tras dos columnas en el anexo de las cocinas y cerré con fuerza los ojos, mientras escuchaba a mi madrastra buscarme a voces por cada rincón.
Sabía que llevaba su inseparable vara consigo, y al verdadero bastardo un año menor que yo tras ella, su adorado hijo Hector, mi cruel hermano, riendo como una sabandija y palmeando emocionado, deseando encontrarme.
Me encogí cuanto pude, los temblores me sacudían y el miedo me fustigaba ante el temor de recibir el castigo por haber volcado el balde de agua sucia en el salón.
Sólo que no había sido yo, sino Hector, quien le había dado un puntapié gritando a pleno pulmón mientras fingía escurrirse, lloriqueando como si se hubiera roto una pierna.
No sé el tiempo que pasé allí, pero mi cuerpo se rindió al cansancio y me dormí entre hipidos y escalofríos. De repente, un fuerte tirón me sobresaltó y abrí los ojos al horror.
Una mano se cerraba con fuerza en mi cabello y me arrastraba fuera de mi escondrijo.
Grité, pataleé, supliqué, pero nadie acudió en mi ayuda.
Lorna me llevaba al patio central, seguida de su hijo y de sus canes.
Al cabo, me soltó, y de rodillas me atreví a mirarla suplicante.
Llovía y las gotas de agua barrían mis lágrimas y sofocaban mis ruegos.
Lo primero que cerró mi boca fue una brusca bofetada, que prendió de fuego mi mejilla.
— Atacar a un miembro de tu propio clan, por muy miserable que seas, conlleva un gran correctivo, y más cuando se trata de tu medio hermano.
Debería echarte de mis tierras como el perro ingrato que eres, mas le prometí a tu padre que cuidaría de ti, y que Dios me asista, pero cumpliré mi promesa.
Sólo espero convertirte en un hombre de bien y que esta lección te sirva para alejarte de mi hijo y de la maldad que heredaste de la puta sarracena que te trajo al mundo .
Dos sirvientes aparecieron entonces de la nada, me pusieron en pie y me obligaron a extender los brazos.
Sostuve su mirada, la rabia que hervía en mi interior alejó los sollozos y tensó mi cuerpo lo suficiente para soportar el primer varazo en los nudillos .
Apreté con fuerza los dientes, tanto que temí hacerlos estallar.
Uno tras otro, los varazos cortaron mi piel, en cruzados trazos sanguinolentos, abrasando el dorso de mis manos y extendiendo el dolor hasta buena parte del antebrazo.
A cada golpe me estremecía, ahogando gemidos y estrangulando sollozos, tan sólo unas lágrimas silenciosas recorrían un rostro duro, aunque sufrido.
Y, pese a que cerré los puños cuanto pude, mis dedos comenzaron a inflamarse.
Perdí la cuenta de cada varazo, sólo sentía un dolor cegador y una laxitud que empezaba a tirar de mí, oscureciendo los laterales de mi visión.
Cuando todo terminó y los hombres me soltaron, caí de rodillas al barro entre bruscos temblores. Miré mis irreconocibles manos, ensangrentadas, abiertas en un sinfín de brechas, y sentí una arcada convulsionarme.
— Deberías agradecerme que este escarmiento te libre unos días del trabajo —escupió Lorna con latente desprecio .
Sostuve su mirada derramando en ella el profundo odio que me inspiraba sin amilanarme, tanta era mi enajenación que incluso me atreví a sostener amenazador la mirada de Hector, que me contemplaba con los ojos muy abiertos y cierta expresión de espanto brillando en ellos.
A cambio, recibí una fuerte patada en el costado que me derribó .
— Jamás vuelvas a sostener nuestras miradas de forma retadora —amenazó Lorna—, o te arrancaré los ojos, maldito .
Y así, tirado en el fango del patio de armas, deseé mi muerte una vez más, sólo que con más intensidad que las anteriores .
Poco después, unos brazos me alzaron y una voz de mujer con un deje de angustia y pesadumbre me acompañó a la despensa del castillo, donde me atendieron, vendando mis manos mientras acudía el boticario a poner remedio a mi dolor.
— ¡Mi pobre muchacho —se lamentaba Anna entre lágrimas—, cuán injusto es vuestro destino !
— Libérame, Anna, te lo suplico, pide un filtro que apague dulcemente mi vida, no vale la pena cerrar heridas que dentro de poco abrirán con más saña .
Anna ahogó un sollozo y negó con vehemencia con la cabeza. Sus dulces ojos azules mostraron tanta conmiseración, tanto horror y tanta incomprensión que supe que no acataría mi ruego .
— No podéis pedirme eso, Lean, condenaría mi alma y también la vuestra.
Pero sí haré algo por vos, y es mandar llamar a vuestro tío Lachlan para que ponga remedio a estas atrocidades.
Lleváis su sangre y ha de mediar por vos, si ya no como pariente, sí como hombre de bien.
Aquí todos somos siervos de esa víbora del demonio, nos ejecutaría si abogáramos por vos.
Ya agradezco que al menos nos deje curaros.
Os quiere vivo, para haceros pagar que vuestro padre jamás la amara como amó a vuestra madre .
Asentí con honda derrota y me dejé llevar por esa negrura que era la única que sí acudía a salvarme .
Me desperté empapado en un pegajoso sudor frío, temblando y con las manos doloridas.
Sacudí la cabeza y me incorporé todavía jadeante.
El pasado regresaba a través de vívidas pesadillas, incrementando así un odio visceral que me quemaba las entrañas.
Pronto me vengaría de Hector. En cuanto a Lorna, pronto iría en su busca.
De los demás... ya me encargaría a su debido tiempo.
Abrí y cerré las manos repetidas veces y, con el corazón todavía galopando alocado, salí del lecho y me vestí. Tal vez en brazos de una mujer, mi sueño sería más sereno y reparador, pensé esperanzado.