Bruma azul Capítulo 2. El regreso
4%

Capítulo 2. El regreso

El regreso

Lachlan MacLean, decimoséptimo laird del clan MacLean, descendientes de los Dalriada, la ancestral y regia línea de sangre celta, y baronet de Carlos I de Inglaterra, paseaba inquieto, dando grandes zancadas por el inmenso salón del castillo.

El eco de sus pasos sobre las losas de piedra del pavimento reverberó por la amplia estancia, mezclándose con el crepitar de la gran chimenea y el tenso silencio de los hombres de su clan en una melodía desazonadora.

—Mi informante es a buen seguro de fiar, caballeros —comenzó frotándose ceñudo la barbilla y clavando sus grises pupilas en cada uno de los que formaban su consejo—.

Los malditos Campbell, liderados por Duncan, el sanguinario general de Archibald Campbell, marqués de Argyll, vienen de camino a sitiar el castillo.

—¡Que el diablo se lleve a esa condenada serpiente de Campbell a los infiernos, de donde nunca debería haber salido!

—bramó sir John Lamont, bufando iracundo y golpeando con el puño el tablero de la mesa—.

Buscan venganza ahora que el marqués de Montrose ha tenido que refugiarse en las montañas, tras la derrota en Naseby y huir a Noruega.

Y el rey exiliado en la isla de Wight. ¡Parece que Dios nos ha olvidado!

Sir Alaisder MacColla, general de Montrose, miró a su hijo Alexander MacDonald y rezongó huraño:

—Desde la batalla de Inverlochy, Archibald Campbell no busca más que vengar su soberbia. Los aplastamos como a gusanos en sus propias tierras, representábamos la mitad de sus fuerzas, y Montrose con su astucia los masacró. Jamás olvidaré ese día.

Puse los ojos en blanco aprovechando que ninguno de los presentes tenía la vista sobre mí. Luchar contra los bostezos ya fue más peliagudo.

El pomposo orgullo escocés me aburría sobremanera, con su retahíla de medallas oradas e hilvanadas en una suerte de letanía interminable, con sus golpes de pecho, jactándose de méritos y linajes.

Eran presuntuosos, hoscos e irascibles, impacientes y rencorosos, leales hasta la incomprensión, si no por la religión, por sus clanes, sus tierras o su rey.

Pero tan belicosos que eran completamente incapaces de mantener la unidad en contra del invasor inglés, al que ya se habían sometido.

Y, aun así, habían permitido que estallara entre ellos una guerra civil por defender la religión del rey, el anglicanismo, denominándose así realistas , en contra del Parlamento inglés, que defendía el presbiterianismo y cuyos adeptos se hacían llamar Covenant .

Los MacLean, como muchos clanes de las Highlands, habían optado por el bando realista, más alentados por masacrar a los Campbell, que defendían el fundamento Covenant, que por la causa en sí.

Y, de este modo, Escocia se encontraba dividida entre ambos bandos, sumida en reyertas sangrientas en las que se aprovechaban, de una manera u otra, ajustes de cuentas pendientes entre clanes enemigos, siempre enfrentados y sin intereses económicos, sólo por orgullo y, como es obvio, por las ganas de batallar que anidaba en el corazón gaélico de todo hombre nacido en aquellas agrestes tierras, excepto en el mío.

El hecho de que la mitad de mi sangre fuera árabe o que llevara catorce años fuera de Escocia irremisiblemente me habían desapegado de mis orígenes, para no recordar el motivo que me había sacado de Mull con tan sólo doce años, moribundo y roto.

Si no hubiera tenido un verdadero motivo para regresar, no lo habría hecho, por mucho que peligrara el castillo, mi clan, mi linaje o mi vida.

Y ese motivo tenía más de un nombre. Uno de ellos, curiosamente, compartía apellidos y sangre conmigo: Hector Mor MacLean, mi hermanastro y ahora traidor por haberse aliado con los Campbell mediante un matrimonio concertado, ambicionando poder y territorios.

Y ahora, junto a Duncan Campbell, embarcaba rumbo a Mull para sitiar el castillo y aniquilar a su propio clan.

Apreté los dientes ante la batahola de recuerdos que aquel nombre odioso despertaba en mí.

Siempre supe que era un ser mísero y despreciable, ruin y mezquino, digno hijo de mi madrastra, la segunda mujer de mi padre, Margaret Lorna MacLeod, la víbora demoníaca que había arruinado mi vida y casi había acabado con ella.

Sacudí vehemente la cabeza en un intento por alejar los oscuros pensamientos, agitando mi larga e indomable cabellera negra.

Descrucé los tobillos para cruzarlos de nuevo a la inversa sobre la mesa donde apoyaba, indolente, mis piernas, acaparando la atención de los presentes.

Todos, incluidos mi honorable tío, fruncieron el ceño con evidente desaprobación.

Contuve duramente un desgarrador desperezo y me forcé a sonreír a los presentes con simulada ingenuidad.

—Continuad, por favor —mascullé moviendo con suavidad la mano—. No quería distraeros, apenas llevo unos días aquí y no logro adaptar mis hábitos de descanso. Eso, o que mi cama es más dura que las piedras de Glengorm.

Lachlan me fulminó con la mirada, tomó aire inflando su pecho y murmuró reprobador:

—Al menos me alivia comprobar que probaste la cama, tengo entendido que pasas la noche deambulando por los pasillos.

Amplié la sonrisa, chasqueé la lengua y asentí rotundo.

—Veo que mi insomnio no pasa desapercibido. Al menos tiene alguna utilidad: engordar chascarrillos.

El robusto escocés de tez rubicunda y rebelde cabello cobrizo resopló todavía ceñudo, volviendo de nuevo su atención a los presentes.

—Caballeros, hemos de decidir si nos enfrentamos a ellos con mi flota en el mar o si defendemos la costa plantándoles batalla en tierra firme.

—La flota de Argyll está armada con cañones de gran calibre, me temo que sería una innecesaria temeridad salirles al encuentro —opinó sabiamente sir Alaisder MacColla, el zurdo, el astuto general irlandés bajo el mando del marqués de Montrose, aliado de los realistas y gran estratega en batallas en campo abierto.

—Cierto, machaquémoslos cuando desembarquen —concordó Lamont con la impaciencia brillando en su iracunda mirada—. Nos ocultaremos en la costa y, a la seña del vigía apostado en los acantilados, nos cerniremos sobre ellos como una plaga.

Observé cómo el hombre casi salivaba ante la inminente escaramuza. La venganza oscurecía sus ojos con un anhelo tan desgarrador que contraía todo su cuerpo.

Lachlan me había puesto convenientemente al día en cuanto al desarrollo de la guerra.

Y conocía la masacre de Dunoon, origen de las ansias vengativas de Lamont.

Lo que parecía olvidar el buen caballero era que esa masacre había partido de otra promovida por su clan: la matanza de Campbell llevada a cabo por los Lamont y los MacColla en la torre Kilmun, y así hasta el infinito, pensé con cierta desidia.

Bien era cierto que en la masacre de Dunoon los Campbell habían faltado a su palabra, pues, tras sitiar los castillos de Toward y Ascog, bastiones de Lamont, habían conseguido la rendición de sus ocupantes y firmado unas negociadas capitulaciones, en las que se incluían salvoconductos para abandonar la región sanos y salvos.

Los Campbell rompieron el acuerdo, aduciendo que no respetaban ningún término con traidores, y, una vez dentro, pasaron a cuchillo a todo el clan Lamont —hombres, mujeres y niños— de manera despiadada.

Naturalmente, jamás me pondría de parte del bando de mi hermanastro, a no ser que, además de contar con la codiciada oportunidad de matarlo, recibiera suculentas recompensas monetarias.

Era un mercenario a sueldo, un renegado, y muchas otras cosas que tendría que sacar a la luz para hallar la paz, si acaso eso existía.

—Lean, puedes intervenir cuando lo consideres oportuno —recordó Lachlan.

Sentí numerosos pares de ojos clavados en mí y me erguí en la silla, carraspeando para ganar tiempo y meditar la pregunta.

No estaba todavía familiarizado con mi nombre gaélico, como tampoco con las costumbres y los ropajes del que una vez fue mi clan.

Pues, aunque había acudido a su llamado, nada quedaba en mí de MacLean.

Y ese nada saltaba a la vista, tanto que parecía ofender a los presentes.

Me había negado a usar el breacan típico de mi clan, además de no recordar cómo se disponía el feileadh mor.

Tampoco los sett , el diseño cuadrangular, ni los colores que una vez me vistieron imprimían en mi pecho emoción alguna.

Mi corazón era más sevillano, así como mi vestimenta: seguía llevando mis calzas negras ceñidas, con botas que cubrían mis rodillas y un jubón de grueso paño gris y mangas abullonadas, por las que asomaban los volantes blancos de mi camisola de fino lino.

Mi capa oscura y mi sombrero de ala ancha y emplumado negro era mi atuendo habitual en aquella lejana Sevilla, que, aunque dura, me había regalado un hogar y una familia, pendenciera, eso sí, pero unida.

—En mi modesta opinión —comencé acomodando uno de los volantes de mi manga con aire indiferente—, creo que deberíamos aprovechar la ventaja de estar rodeados de piedra maciza. ¿Por qué perder esa prerrogativa saliendo a combatirlos?

Sonreí con gesto suficiente y los miré uno a uno, comprobando en sus faces el evidente desagrado por mi presencia allí. Para ellos era un gall, un extranjero, por mucho que hubiera nacido en esas tierras. Y supe al punto que siempre lo sería para ellos, y quizá también para mí.

—A mi juicio —continué—, lo más sensato es atacarlos desde estos mismos muros.

El castillo está sobre una alta loma rocosa, rodeado de mar, sólo tiene un acceso a la vista, que será fácil defender.

Yo apostaría hombres en las almenas, con ballestas, arcabuces y alabardas.

Y, mientras las tropas de Argyll intentan asaltar el castillo y se entretienen con nuestra bravosa defensa, un grupo de guerreros podría salir perfectamente por el túnel que lleva a la base del acantilado, rodear el cabo y caer sobre ellos a golpes de mandoble. Ahorraríamos vidas y sudor.