Capítulo 1. Despedidas #2
—La vida del pequeño Dante no vale nada en Sevilla, pero sí en cualquier otro lugar, sobre todo en uno muy lejano.
—Don Nuño inspiró largamente y, con la mirada perdida, agregó—: Conocí a su madre, una meretriz lozana, aunque de cortas entendederas.
Le cogí cierto aprecio, como suele suceder cuando te salvan el pellejo, y su aviso lo hizo.
Así pues, me siento en deuda con ella, y creo justo intentar sacar al muchacho de la ciudad y de las garras de una vida tan dura.
También vos me debéis vuestra vida, Asad, os libré del cadalso más de una vez. Por tanto, deuda con deuda se salda.
—Pago mis deudas, don Nuño, pero también otorgo favores a amigos de valía, y vos lo sois. Y os habría concedido el favor con el mismo agrado.
El ajado rostro del jayán se iluminó con una sonrisa abierta, palmeó vigoroso mi brazo y asintió complacido.
—En cuanto a mí —comenzó don Mendo, hombre gallardo de talante pendenciero y semblante fiero, uno de los mejores espadachines de la ciudad, mi tenaz maestre de aceros y consejero pertinaz—, sólo desearos una apacible travesía y una estancia corta, que cuando desenvainéis esa hermosa espada persa no me dejéis en evidencia, y que si la mancháis de escarlata sea con la escoria que sembró ese odio en vuestro corazón.
Porque es el odio y la venganza lo que os arrebata de nuestro lado, bien lo sé.
Así pues, ensartadlos como fardos de heno y regresad pronto a nuestro lado.
Nada bueno podéis aprender de hombres con falda.
—Es un feileadh mor —apunté sonriente—, una túnica larga de lana sin confeccionar, con la que se envuelven.
—Deben de tener las pelotas de hierro.
—Tendré que patear algunas para comprobarlo —aduje ante la risotada de los hombres.
A continuación, don Mendo me tomó por los hombros e inclinó la cabeza en un gesto de orgulloso respeto.
—Fuisteis mi mejor aprendiz, y ahora mi igual, haced que me sienta ufano evitando que os maten.
—Creed, mi maestro, que esa premisa será siempre mi mayor prioridad.
Tras una cálida y vibrante risotada, palmeó vigoroso mi brazo con una sonrisa tirante en la que relucía todo el aprecio que sentía por mí.
—Ve, muchacho —me apremió maese Beltrán—, o estas prietas mozas se colgarán a tu cuello y se atarán con esas maromas a tu cuerpo. ¡Condenado rufián!, ¿no ves sus sufridos semblantes? No alargues más su agonía..., ni la mía.
Su rasgada voz se quebró, y él carraspeó y forzó una mueca que pretendió pasar por sonrisa, aligerando así la emoción que prensaba su ánimo.
Asentí luchando por mantener la compostura, algo en mi fuero interno me dijo que nunca más volvería a verlos.
El pellizco que atenazó mi corazón con esa certeza fue tan agudo que mi rostro se tensó, mi mandíbula palpitó y mis párpados se cerraron en el esfuerzo de contener la contrición que me avasallaba en aquel instante.
Finalmente, tragué saliva, cuadré los hombros y los miré uno a uno con gravedad y afectación, grabando sus rostros en mi memoria y sus presencias en mi corazón.
—El destino quiso compensar sus cuitas conmigo, poniendo en mi camino a tan válidas gentes —comencé con engañosa serenidad—, a corazones tan nobles que me hicieron soportar y aligerar la oscuridad con que llegué a estas tierras.
Os llevo a todos en el pecho, y así será hasta que mi último aliento abandone mi cuerpo.
Un apagado sollozo acompañó mi despedida, y dos pares de gráciles brazos se enredaron en mi nuca nuevamente.
Fabila y Azahara lloraron en mi pecho un instante, justo el tiempo que tardó el capitán del bajel en vociferar un retumbante «¡Pasajeros a bordo!
», y así dediqué a Dante un ademán apremiante para que subiera delante de mí la pasarela.
—Que encuentres la luz, muchacho. Te salvé la vida una vez, hónrame cuidando de ella —murmuró apenado Beltrán.
Lo abracé de nuevo, con vigor y firmeza, derramando en aquel gesto toda mi gratitud y cariño.
Ascendí hacia la cubierta del bajel con paso aplomado y ánimo decidido, aunque en mi interior llorara tan definitiva despedida.
Levaron el ancla entre los estrepitosos estertores de las cadenas que la sujetaban, girando entre varios corpulentos hombres el cabestrante, que gruñía como una mujer trayendo al mundo a su vástago.
Y, entre gritos y batahola, la marinería se encaramó con presteza en las escalas, ascendiendo como monos adiestrados hasta las cofas para manipular y tensar la jarcia, desplegando el velamen y provocando el graznido de las maromas, que chirriaban a su paso por los agujeros de las vigotas.
Un iracundo viento de barlovento hinchó el trapo, azotándolo beligerante, y el bauprés enfiló mar adentro, al tiempo que la quilla abría un surco recto y espumoso en las verdosas aguas del Guadalquivir.
Cerré mis puños en la baranda del alcázar, desde donde contemplaba la grandeza y la vistosidad de Sevilla, hermosa y fiera, desgarradora urbe, pero tan colorida y jovial como la gente que la habitaba.
En el puerto se desdibujaba mi reducido comité de despedida, que comenzó a convertirse en un punto recortado contra un hermoso y flamígero amanecer, todavía perezoso y tímido.
A mi lado, tan inmóvil y meditabundo como yo, mi improvisado compañero de viaje, apenas un chiquillo de diez años, pero tan curtido por la vida que su madurez sin duda doblaba su edad.
Alzó su mugriento rostro hacia mí con la congoja pintada en el semblante. Sus grandes ojos castaños, nublados por un paño húmedo, se clavaron con extraña solemnidad en mí.
—Seré por siempre vuestro siervo, mi señor —adujo con gravedad—, pagaré con mis servicios vuestra protección. Quedo en deuda de gratitud.
—No requiero pago, muchacho, pues no puedo cuidarte. Te dejaré en una buena casa donde podrás servir y llevar una vida tranquila.
—Pero, señor, yo deseo permanecer con vos.
La súplica tiñó su voz, que sonó más aguda y temblorosa.
—Marcho al infierno, Dante, jamás me perdonaría arrastrar a nadie allí, y menos a un muchacho al que se le ofrece la oportunidad de un futuro halagüeño.
Él sacudió vehemente la cabeza, agitando su morena cabellera. Su cejo se frunció contrariado y su rictus se estiró en una mueca obcecada.
—Pues, si marcháis al infierno, mi señor, necesitaréis que alguien cuide vuestras espaldas.
Sonreí condescendiente y sacudí su cabellera con ligereza.
—A buen seguro que hallarás quien busque protección, yo no la necesito, y no se hable más del asunto. Buscaré una casa decente para ti y un divertido infierno para mí.
El muchacho alzó inquisitivo las cejas con gesto de clara incomprensión.
—¿Por qué?
Miré al horizonte, al punto donde el mar besaba al cielo, un mar que me acercaría a esa vida que de forma obstinada había querido olvidar, y a la que ahora el destino sabiamente me aconsejaba que me enfrentara.
—Porque tengo cuentas pendientes con varios demonios y una promesa que cumplir.