Bruma azul Capítulo 1. Despedidas
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Capítulo 1. Despedidas

Despedidas

El denso olor a salitre inundó mis fosas nasales, impregnándolas de incertidumbre por el futuro que me aguardaba al otro lado del océano.

Suspiré con honda pesadumbre, pues aquel intenso y conocido aroma era tan cotidiano para mí como el del azahar que flotaba perfumando el arrabal de Triana, Santa María la Blanca y el Arenal, el barrio portuario a orillas del caudaloso y bravío Guadalquivir, donde había vivido catorce años de mi existencia.

Un robusto bajel de sesenta cañones, imponente casco, recios mástiles y entramada arboladura me aguardaba atracado para devolverme a aquel que una vez fue mi mundo y me vio nacer, pero sobre todo sufrir.

—Muchacho, a pesar de considerarte un gran marino, estás tan pálido como las recogidas velas de tu bajel.

Sonreí apenas, entorné levemente los ojos esquivando los oblicuos haces de un sol naciente que lamía el horizonte bruñéndolo con su majestuosidad y asentí quedo.

—Sí, maese Beltrán —admití—. Pues, aunque la mar siempre me ha otorgado paz, el destino al que me dejo arrastrar me la arrebata.

—Podría concederte otro destino más halagüeño, sería fácil para mí solicitar para ti una travesía a las Indias Occidentales, tengo grandes amigos en la Casa de Contratación, bien lo sabes.

—Posó una mano en mi hombro y chasqueó la lengua ofuscado, derramando sobre mí una cálida mirada paternal—.

No comulgo con este viaje, Asad, como tampoco mis entendederas logran discernir por qué regresas al infierno por propia voluntad.

—Tampoco yo, mi buen Beltrán. Sin embargo, siento bullir con aguda desazón mi condenada sangre gaélica al llamado de mi tío Lachlan, y vos mejor que nadie conocéis mis cuentas pendientes en aquellas verdes tierras.

Beltrán apretó sus delgados labios convirtiéndolos en una fina línea blanquecina y formando un mohín reprobador, al tiempo que negaba cogitabundo con la cabeza.

—La venganza, muchacho, es un arma de afilada empuñadura.

Sanaste en cuerpo y alma, y forjaste un futuro en esta hermosa Sevilla que te sacó de las garras de la oscuridad que moraba en ti.

Puedo asegurarte, valeroso Asad, que temo tanto por ti como lo haría por un hijo de haber sido bendecido con alguno.

—Ambos sabemos que mi alma nunca pudo sanar completamente —argüí meditabundo—, y que mi destino no es otro que ajustar cuentas y afrontar la negrura que nunca pude disipar de mi corazón.

El maese asintió tras un carraspeo emotivo, enarbolando una tibia sonrisa temblorosa que caldeó mi pecho.

—Fuisteis mi salvador —dije—, el padre que se me negó, mi guía y mi maestro, jamás os olvidaré, os debo cuanto soy.

—Sin embargo, me queda el sinsabor de no haber podido hacer más.

Negué vehemente con la cabeza y lo estreché entre mis brazos y, a pesar de ser un hombre corpulento y de buena altura, pareció perderse en mi pecho. Sonreí expectante, aguardando la chanza de rigor.

—¡Pardiez, muchacho, me haces parecer un gorrión tullido en tus brazos! —rezongó jocoso—. Has heredado por fortuna la complexión de los rubicundos guerreros del norte, jamás imaginé que ese chiquillo escuálido y malherido que dejaron a mi puerta pudiera convertirse en tan imponente joven.

Ladeó la cabeza y esgrimió una sonrisa pícara ante lo que atisbó acercándose a nosotros.

—Me temo que has conseguido más afectos de los que imaginabas. Ahí viene tu comité de despedida.

Seguí su mirada y descubrí a Fabila y Azahara, dos de las más hermosas coínas sarracenas de la mejor mancebía de Sevilla; a don Nuño Mérida, notable de la más temible germanía de la ciudad, que, por su avanzada edad y su fama notoria y pendenciera, se había convertido en uno de los jayanes del consejo que regía las mancebías y demás actividades delictivas de la urbe, entre las que cabía destacar garitos, salones de juego, hurtos y muertes por encargo; a don Mendo de Balboa, conocido espadachín, protector de don Nuño y afamado maestro de armas, y al pequeño Dante, un jovenzuelo bribón, un birlador nocturno y pegol de lupanares, tan hábil en el hurto como desafortunado en sus encargos.

Hacía apenas dos noches, Dante se había prestado voluntario para robar en la casa de un gentilhombre unos documentos de valía que necesitaba el contratante.

Quiso la adversidad que el muchacho sorprendiera cómo asesinaban al dueño de la casa y que, por demás, el asesino lo descubriera.

Pudo escapar con tan valiosos documentos, pero en lugar de entregarlos al que había pagado el encargo, se los dio a don Nuño y le relató lo acaecido.

Esa misma noche se reunió el consejo. Yo desconocía lo que ocurriría, pero sí intuía que el muchacho estaba condenado.

Sabía bien cómo funcionaban las cosas en la organización, y si alguien descubría tu rostro, pasabas a convertirte en un peligro para tus compañeros.

Había escalado por toda la jerarquía aprendiendo a golpe de espada cómo eran las normas y cómo ascender en la germanía, de mandil a birlador, de avispón a espadachín o matasiete, como los llamaban y, por fin, a jaque, cuando había regentado casas de juego y controlado buena parte del hampa hasta subir de rango en los barrios más sórdidos de Sevilla (la zona portuaria siempre había sido la más prolífica en cuanto a pendencia y pillería).

Me giré hacia ellos con una amplia sonrisa en el rostro. Las mujeres fueron las primeras en llegar a mi altura. Fabila torció sus mullidos labios en una mueca seductora y, entornando los ojos, me dedicó una mirada libidinosa que, como era usual, encendió mis sentidos.

Al cabo, se puso de puntillas y, enlazándose a mi cuello, acercó su jugosa boca a la mía y depositó en ella un húmedo y ardoroso beso.

—No creáis que no estoy furiosa con vos, pues lo estoy y mucho, a decir verdad —regruñó ceñuda—, pero no podía resistir la tentación de probar vuestros labios de nuevo, por última vez.

Compuso un mohín apenado y su mirada se veló con un paño afligido antes de retirarse.

Azahara se adelantó e hizo lo propio, ahuecó su delicada mano en torno a mis genitales y los frotó apasionada mientras me imponía un beso largo y fogoso, en el que su habilidosa lengua obnubiló mi juicio.

No tardó en refregar su mano contra mi dura y palpitante verga, más que dispuesta a convertirse en el juguete de aquellas dos hermosas mancebas, como en tantas otras ocasiones.

A mi pesar, hube de reconocer que aquellos encuentros serían una de las cosas que más extrañaría a mi partida.

—¿Por qué demonios el Hacedor os hizo tan condenadamente hermoso? —espetó ceñuda Azahara con un gracioso deje de rencor—. Y ¿por qué diablos tuvimos que enseñaros tan bien?

Arrugó malhumorada la nariz en una mueca aniñada que me impelió a besar su entrecejo y a acariciar su mejilla.

—Me apena descubrir que sólo echarás de menos mis mañas en el lecho —aduje con sorna.

Fabila, que contenía con un bordado pañuelo la humedad que afloraba a sus ojos, se acercó cabizbaja, negando insistente en un ademán repetitivo.

—Bien sabéis que no será la miel de vuestros ojos ni las hechuras de vuestro cuerpo lo que dejará un vacío en nosotras —murmuró llorosa.

Se ciñó a mi pecho casi al tiempo que Azahara. Las estreché a ambas, abarcándolas con mis brazos, besando alternativamente sus cabezas.

Aquellas mujeres me habían devuelto algo que creí irrecuperable: mi hombría.

Cuando mi maese me llevó hasta aquel lupanar y me encerró en aquel suntuoso cuarto con ellas, a mis escasos dieciséis años, yo era una sombra rota, apenas hablaba, apenas comía, apenas existía, y ellas me trajeron de vuelta a la luz, a la vida.

No fue la simple iniciación a la sexualidad de un muchacho tímido, fue la resurrección de un hombre condenado a no tener futuro.

Fue el bálsamo que soliviantó mis heridas, la esperanza que alejó las sombras y el momentáneo olvido que me ayudó a respirar realmente y por primera vez desde que llegué a Sevilla, con doce años, siendo apenas un moribundo despojo.

—Nunca os estaré lo suficientemente agradecido —murmuré contra sus cabezas.

—Ya recibimos nuestro pago —apuntó Azahara con gesto descarado—. El alumno se convirtió en maestro y fuimos nosotras las que terminamos recibiendo las mejores lecciones.

Solté una risotada y, a cambio, me gané un pellizco en las nalgas.

—Que me hayáis mostrado cómo complacer debidamente a una mujer, incluso a dos con bastante fortuna, es tan sólo una gracia más que se añade a que me hayáis mostrado cómo sentirme un hombre completo.

—Pocos hombres debe de haber en el mundo tan completos como vos —susurró Fabila con expresión arrobada. Su hermosa tez dorada se tensó en un gesto contenido y afectado. Alzó la punta de los dedos y los paseó por mi mandíbula, clavándome su zaína y prendada mirada.

—Cuando llegué a vosotras no era más que una piltrafa hecha pedazos —recordé circunspecto—. Sigo incompleto, y moriré así, me temo, pero nada de lo que he conseguido habría sido posible sin la ayuda de los que ahora acuden a despedirme.

Miré en derredor y me topé con la sonrisa de don Nuño, que se aproximó y me palmeó la espalda.

—Muchacho, perdemos a un valeroso miembro de la germanía.

Vuestras aptitudes y habilidades os habrían llevado a ocupar mi puesto algún día, no sabéis cuánto habré de lamentar vuestra marcha.

No sólo pierdo un gran jaque, sino también un amigo leal, y a esa lealtad recurro para que paguéis una deuda.

Sostuve su grave mirada un instante y adiviné al punto qué requería de mí.

Acto seguido, despeinó jovial la enmarañada melena del imberbe ladronzuelo, dedicándole una sonrisa emocionada.