Bruma azul Prólogo
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Bruma azul

Bruma azul

Por Lola P. Nieva

© inepub.com

Prólogo

La mujer cayó de rodillas, jadeando ante la dolorosa contracción que apuñaló implacable su vientre.

Inclinada sobre él, apretó los dientes sofocando el alarido que pugnaba por desgarrar su garganta, aguantando estoica el lacerante eco que masacraba la zona baja de su espalda como si la atravesaran con un acero al rojo vivo.

Nadie debía encontrarla hasta traer al hijo que llevaba en su vientre, ni siquiera su esposo, él menos que nadie.

Debía evitar que advirtieran su presencia bajo aquel añoso y legendario nogal, bautizado como el Crann na Beatha , el árbol de la vida celta.

Sólo bajo sus ramas, al amparo de las hadas que lo guardaban, tanto espíritus de los Tuatha dé Danann como de las aes sidhes , tendría el destino de su hijo alguna oportunidad.

Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, amargas y ardientes.

Muchas veces había derramado su llanto desde la llegada al castillo de aquella inquietante druidhe .

Todavía le parecía notar en su abdomen la ajada mano de esa mujer, esa vidente, que había buscado cobijo aquella lluviosa noche, y las advertencias que había pronunciado con su oscura voz de ultratumba: «El ser que alberga tu vientre está condenado a ser un hombre maldito.

Atraerá sobre sí toda clase de infortunios que lo convertirán en un monstruo.

Acógelo bajo la protección de las hadas que moran en las raíces del árbol sagrado y quizá, sólo quizá, su destino cambie».

Por indicación de esa hechicera, lo primero que debería ver su hijo cuando abriera los ojos era la copa de aquel frondoso y fuerte nogal.

Por ese único motivo había ocultado las regulares y rítmicas contracciones que llevaba sintiendo durante toda la mañana.

Por fortuna, había roto aguas a solas en su cuarto, poco después de salir del lecho.

En caso contrario, su esposo Eachann la habría recluido en la cama y llamado a la comadrona de Duart.

Consideraba que aquellos augurios que noche tras noche la habían desvelado eran supercherías, y habían sembrado en ella una semilla desazonadora que había crecido como una lúgubre sombra que la perseguía sin cesar.

Otra punzada la atravesó de parte a parte, y esta vez no pudo estrangular el alarido que quemó su garganta como si hubiera emergido de ella el aliento de un dragón. Su cuerpo se dobló en dos, quebrada por espasmos tan dolorosos que temió perder la conciencia.

Haifa trató de acompasar la respiración, con jadeos cortos y resoplidos continuos, recordando otros partos que había asistido, para acabar bufando como un buey furioso y aullando como una banshee .

Apoyó la espalda en el rugoso tronco centenario, flexionó las rodillas y se las sujetó, abriendo cuanto podía las piernas. Apretó los dientes con fuerza y aguardó a que la contracción se diluyera poco a poco, como las ondas que una piedra provocaba al ser lanzada sobre la superficie del agua.

Aprovechó aquel efímero descanso para palparse la abultada barriga.

La tenía muy baja, pero algo no iba bien.

No era partera, pero en Sevilla había asistido numerosos partos ayudando a una comadrona, su madre.

Al tocarse descubrió que el niño no se había colocado todavía, en cambio, los agudos dolores anunciaban un parto inminente.

En aquel momento, una sospecha hizo palidecer su rostro y la sumió en un pavor que le robó el aliento.

Si el niño venía de nalgas, ambos podían morir allí mismo.

El pánico la asaltó al tiempo que notaba una nueva contracción.

Y, sin apenas ser consciente del todo, se encontró empujando con todas sus fuerzas.

Fuera como fuese, ya no había tiempo de regresar al castillo en busca de ayuda.

Jadeante y sudorosa, rebuscó en su bota el pequeño puñal que le había regalado Eachann poco antes de la boda, un hermoso sgian dubh con empuñadura de fino marfil labrado y hoja tallada.

Se arrancó parte de la enagua y depositó ambas cosas cerca, pues supo que tendría que usar la daga para algo más que para cortar el cordón umbilical.

Una y otra vez, su cuerpo se sacudía en abruptos espasmos dolorosos que comenzaban a desgastarla peligrosamente. Empujaba exhausta y llorosa, descubriendo que el niño estaba atascado en el canal y que no podría salir sin ayuda.

La tarde fue cayendo tras la colina oeste, degradándose en un ocaso de colores intensos que se fundían en el horizonte, desdibujados por la caprichosa mano de un pintor travieso. Que pudiera apreciar la belleza del atardecer, entre contracciones, resultaba reconfortante.

Tomó aliento mientras pensaba que no llegaría a la cena y que, con suerte, la encontrarían antes de que fuera tarde. Pensó en su esposo, y sonrió contrita y apesadumbrada. Quizá no volviera a verlo y, si lo hacía, su reproche sería tan duro como su rencor.

No vaciló más, cogió el sgian dubh y se inclinó cuanto pudo hacia adelante, a pesar de que le resultaba imposible ver el punto que debía cortar.

Tanteándose con la mano izquierda sobre su inflamada abertura, palpó la estrecha zona cerrada que unía su sexo con su ano.

Respiró hondo aguardando a que pasara la contracción y, con mano temblorosa, hundió el filo del puñal en la carne, rasgándola en un tajo considerable, mientras gritaba entre sollozos y resoplaba dolorida.

Soltó la daga y empujó de nuevo, maldiciendo a aquella druidhe , al destino y a sí misma.

Gruñó como una fiera mientras imprimía a su acometida hasta la última brizna de fuerza que escondía su transido cuerpo.

Y, frustrada y trémula, comprendió que aquello no era suficiente.

Se encorvó de nuevo sobre sí misma, se refregó burdamente las lágrimas que inundaban su rostro con las manos, y el ferroso olor de la sangre la golpeó. Se mordió el labio inferior, hipó tomando aliento y se dijo que lucharía hasta el final.

Otra vez, palpó su entrada introduciendo los dedos, buscando con desesperado afán las piernas del pequeño, las nalgas, algo de lo que tirar.

El tiempo apremiaba y las fuerzas flaqueaban, podía sentir incluso el sufrimiento del bebé dentro de ella, y aquello la mortificaba más que nada. ¡Su hijo tenía que nacer!

Sintió otro acceso de dolor acumularse, tensando su vientre con dureza, y rugió como una leona. Ya no había angustia ni agonía en su alarido, sino una furia primigenia que la impregnó del vigor que necesitaba. Quizá del último aliento, pero sin duda el más aguerrido.

Cuando el abatimiento comenzaba a hacer mella en su ánimo, tocó un diminuto pie que se agitaba débilmente y tiró de él con toda la delicadeza que pudo.

Aliviada y esperanzada, sintió el pequeño cuerpo deslizándose a través de ella, cuando otra atroz oleada de dolor contrajo su cuerpo y apresó al niño entre sus paredes.

Maldijo para sus adentros. Debía esperar, su propio cuerpo había aprisionado su mano contra el cuerpo del bebé. Sentir la virulencia de la contracción la abrumó, y pensó angustiada en el dolor que el pequeño debía de estar experimentando.

En cuanto el dolor pasó y su cuerpo se distendió, tiró con firmeza, extrajo al bebé y lo colocó sobre el trozo de enagua que había dispuesto en el lecho del bosque. Acompañado de inmundicia y sangre, el menudo cuerpecito azulado no daba señales de vida.

Haifa se apresuró a cogerlo en brazos. Se bajó hoscamente el corpiño del vestido y cobijó a su hijo entre sus hinchados senos para darle calor.

Alzó su diminuta cabeza y, con la punta del dedo índice, le abrió la boca para limpiarla de restos que hubieran podido quedar atascados.

Luego besó su frente y le susurró en árabe:

—Vamos, pequeño, demuestra que eres un guerrero. ¡Lucha como un MacLean, maldita sea!

Lo acunó sacudiéndolo ligeramente, el peso en su pecho se convirtió en piedra y cada latido, en puñales que lo horadaban. Contuvo un sollozo, lo giró y palmeó con suave vigor su espalda. Continuaba inerte y sin respirar.

Haifa elevó la cabeza hacia la tupida y ramificada copa de aquel gran nogal, pidiendo por la vida de su pequeño en un rezo febril y apremiante.

Destellos plateados se filtraban por entre las nudosas ramas, envolviéndola en un halo extrañamente luminoso.

En torno a ella, una noche azulada abrazaba el bosque cobijando su dolor y su amargo llanto.

Y entonces, un débil gorjeo caldeó su sufrido corazón.

Los puñitos del bebé se cerraron y sus piernas se encogieron.

Haifa lo observó luchar contra la muerte.

Contempló maravillada cómo su tesón disipaba poco a poco las garras de la oscuridad que lo habían apresado, zafándose de ellas, y cómo su boquita se abría y se cerraba sin poder aún emitir sonido alguno, buscando llenar sus pulmones, debatiéndose todavía por ganar la batalla, su primera batalla.

—Ruge como un león, mi vida —sollozó besando su carita y acariciando su débil cuerpo.

Y, obediente, el pequeño logró arrancar de su intacta garganta un agudo lloro que flotó a través de la inmensa copa de aquel árbol y que la embargó en un aliviado llanto.

Tal vez fue aquella vibración, o que, en efecto, el árbol sagrado le concedía su protección, pero en ese preciso instante un manto de hojas descendió danzante y lánguido sobre ellos y cubrieron el cuerpo de su menudo león.

Orgullosa de su hijo, lo alzó hacia el árbol en espera de que abriera los ojos.

Cada sollozo del pequeño era más intenso que el anterior, estaba recuperando todo su vigor.

Al cabo, dejó de llorar y de patalear y Haifa supo que había abierto los ojos y que contemplaba por primera vez el mundo, y nada menos que bajo la copa de un árbol sagrado.

Descendió los brazos hasta alinear la cabeza de su hijo con la suya y lo observó con el amor prendido en su semblante.

Era hermoso, aunque su rostro estaba hinchado y su color todavía no era el más saludable.

Tenía abundante cabello negro, herencia de ella, y adivinó que sus rasgos serían más sarracenos que celtas.

—Estoy tan orgullosa de ti, mi valiente león —susurró afectada, frotando su nariz con la del pequeño.

Y en ese momento supo cuál sería su nombre: León. Para su pueblo, en gaélico, Lean, pero para ella y su corazón árabe sería Asad, su amado Asad.

Lo acomodó en su regazo con el corazón henchido de dicha y le ofreció su oscuro y prominente pezón. El pequeño abrió sin vacilar la boquita, lo atrapó en ella y succionó con la fuerza del nombre que llevaba.

De pronto, Haifa oyó voces en la lejanía que viajaban en la brisa nocturna. Sabía que la buscaban. Intentó ponerse en pie sin conseguirlo, y entonces recordó que todavía no había terminado el trabajo del parto. Una nueva contracción expulsó la placenta de su cuerpo, que aún estaba unida al niño.

Empuñó de nuevo el sgian dubh y cortó el cordón, sin tener que separar al pequeño de su alimento, dejando el tramo suficiente para anudarlo.

Tiró con vigor del resto del cordón y extrajo de su cuerpo la totalidad de la placenta, que lanzó lejos de ellos, donde no tardaría en ser devorada por alguna alimaña hambrienta.

Aguardó a que el bebé se durmiera, exhausto, lo cubrió prolijamente con la enagua y a duras penas logró ponerse en pie, obviando el dolor que palpitaba entre sus piernas y la viscosa sangre que rezumaba por ellas.

Y así, exangüe pero satisfecha, caminó tambaleante hacia el castillo, con su hermoso Asad durmiendo pegado al pecho, consciente de que la vida se escapaba de su cuerpo a cada paso que daba.