Capítulo 3. El asedio
El asedio
El primer cañonazo hizo que me incorporara con brusquedad del lecho, sobresaltando a la mujer que dormía encima de mi desnudo torso.
Salí raudo de la cama y, mientras la joven doncella abría con desmesura sus grandes ojos castaños y cubría pudorosa e incomprensiblemente un cuerpo que yo había agasajado toda la noche y que conocía a la perfección, rebusqué mis ropas diseminadas por el suelo.
Descubrir que mis capacidades amatorias no habían mermado y que, por ende, habían alejado a los demonios otorgándome un descanso relativo imprimió en mí una actitud animosa, incrementada por la inminente batalla que estaba a punto de bregar.
Me vestí apresurado y, tras dedicarle a la doncella una luminosa sonrisa que aligeró su temor y obnubiló su gesto, me acerqué a ella y besé sus labios.
—Deséame buena caza, preciosa.
—Buena caza, mi señor.
Recorrí a la carrera los pasillos, topándome con sirvientes que se desplazaban rápido con baldes en la mano y semblantes asustados.
En el gran salón principal, los hombres del consejo, y aliados realistas, disponían sus facciones, dando órdenes a los capitanes de cada regimiento.
Me acerqué a mi tío con gesto inquisitivo aguardando su mandato.
—Están ajustando los disparos, comprobando su alcance —informó en tono grave—. Si esos cañones de cuarenta libras que portan los galeones nos alcanzan, quedarnos en el castillo no será una opción.
—Por lo que he podido observar —apunté—, el mar está revuelto, será arriesgado acercarse a los acantilados.
Es improbable que sus balas lleguen siquiera a rozar las piedras de la costa.
Ningún cañón, ni siquiera el de cuarenta libras, tiene el impulso necesario para elevar tanto los proyectiles.
Nuestra posición encumbrada nos salvaguarda de un ataque por mar.
—Y ¿podemos saber por qué estáis tan seguro? —inquirió MacColla con evidente recelo.
—Fui un galeote —respondí quedo—, esclavo en una galera cumpliendo pena por asesinato, y participé en la batalla del Cabo de Gata, a bordo de un galeón de guerra formando parte de la artillería.
También fui marino mercante, asistí a mi maese como escudero en las guerras de Flandes y participé en el asedio de Breda con tan sólo dieciséis años, entre otros y dispares oficios.
Espero que confiéis en mis aptitudes, pues son las que han logrado mantenerme con vida hasta hoy.
Y os aseguro que nunca he apreciado mi vida como hasta este instante.
Tengo muchos motivos que me impelen a seguir respirando, uno de los cuales es que otros dejen de hacerlo bajo mi mano.
Tras un silencio tenso en el que todos los presentes me estudiaron bajo un nuevo prisma, pero sin apartar su muro de desconfianza, reanudaron sus estrategias tomando como buena mi apreciación.
—Ordenad a los soldados que carguen los cañones y disparen contra la flota —bramó Lachlan clavando su confiada mirada en mí.
Asentí levemente, esbozando apenas una sonrisa tirante pero agradecida.
—Y, puesto que tanto ardor muestras por entrar en batalla, formarás parte de la emboscada junto a los hombres de MacColla, ya que hemos adoptado tu sugerencia por decisión mayoritaria del consejo.
Pude ver en el semblante torvo de Lamont su manifiesta oposición a la decisión y su abierto encono hacia mí.
—Seremos apenas una avanzadilla —anunció MacColla, dejando escapar un grave resuello.
Se irguió y me clavó una mirada ceñuda con la que me evaluó con evidente desdén—, pero de hombres lo suficientemente aguerridos y experimentados que habrán de compensar varias veces su reducido número.
¿Seréis capaces de estar a la altura, MacLean?
Sostuve su mirada al tiempo que mis labios trazaban una sonrisa ansiosa.
—No serán mis palabras las que respondan, mi general, serán mis hechos, así pues, espero contestaros en breve.
Su rictus se suavizó complacido, otorgándome con él un voto de confianza.
Al cabo, resonaron los cañonazos que guardaban la costa, reverberando entre los muros de piedra con un eco rotundo que se acompasó a los latidos de mi corazón.
En verdad ardía en deseos de batallar, todo mi cuerpo clamaba acción y mi alma hambrienta de venganza despertó con renovado brío, sedienta de sangre.
Un soldado se precipitó abruptamente en el gran salón, cuadrándose ante mi tío con expresión contrariada.
—Mi laird , ante nuestros disparos, la flota de Argyll se ha dispersado con intención de rodear la isla. ¿Seguimos disparando?
Todos nos desplazamos hacia el gran ventanal ojival para comprobar cómo los navíos se disgregaban formado un semicírculo que pretendía abrazar el enclave del castillo, y muchos de ellos quedaban fuera del alcance de los proyectiles.
—¡Maldición! —rezongó alarmado sir Lamont—. Ahora podrán desembarcar desde cualquier parte de la isla y rodearnos.
Le arrebaté el catalejo a mi tío en un brusco ademán y escruté la flota buscando el identificativo gallardete del navío que la comandaba.
—Ordena que enfoquen todos los disparos al mismo blanco —sugerí sin dejar de repasar la flota enemiga, calibrando su potencial ofensivo.
—¿A qué blanco, señor? —repuso el soldado dubitativo.
—Al buque insignia —respondí rotundo, devolviendo el catalejo a Lachlan, que me regaló una mirada reprobadora—. Es aquel en el que ondea el emblema de los Campbell, el que porta más cañones. A buen seguro lo capitanea Duncan y mi querido hermanastro.
—Y ¿eso hará que la flota retroceda? —replicó mordaz sir Lamont.
—Eso hará que se hunda un gran capitán enemigo y que sus hombres, desconcertados, corran a socorrerlo —precisé sosteniendo el ceño del hombre—. Eso logrará confundirlos y que olviden el plan de ataque, porque una flota sin mando, sir Lamont, es como una cabeza sin seso.
El hombrecillo agrandó los ojos con un marcado desagrado, su semblante conformó una mueca ofendida y sus apretados puños contuvieron su acceso de furia.
Lachlan se limitó a asentir con gesto imperturbable, aunque pude percibir un leve atisbo de malestar tensando su mandíbula. El soldado de artillería salió a la carrera. El resto observamos en silencio el desarrollo de la batalla.
Tras las primeras andanadas, que pusieron de vergonzoso manifiesto el nulo adiestramiento en el manejo de cañones de nuestras tropas, supe que sería más fácil que un relámpago partiera en dos aquel navío que nuestra artillería lograra siquiera rozar uno solo de sus mástiles.
Bufé contrariado cuando comprendí que el capitán Duncan Campbell sí que tenía buen seso en la cabeza. Unas hileras de barcas comenzaron a alejarse de los buques rumbo a la costa, decididas al asedio.
—Bueno, señores —anunció MacColla con una sonrisa impaciente—, parece que finalmente tendremos fiesta. Yo sólo quiero beber sangre Campbell, ¿y vos?
—Compartimos gustos, MacColla —murmuró sir Lamont—, bien lo sabéis. Emborrachémonos de odio y brindemos por la victoria sobre la cabeza de nuestros enemigos.
—Iré a aprestar a mis hombres para el asedio —masculló Lachlan.
Acto seguido, se dirigió al general irlandés con rictus grave—: MacColla, cuando las tropas de Argyll se apelotonen a nuestras puertas daré la señal.
Mi sobrino conoce sobradamente el acceso al túnel, saldréis a través de una cueva abierta en la parte este del castillo, él os conducirá hacia los portones de entrada.
Y, tras una breve y respetuosa inclinación de cabeza, salió a buen paso hacia los recintos exteriores.
El irlandés palmeó el hombro de su fornido hijo Alexander y lo llevó hacia una mesa repleta de armas, haciendo ademán de que lo siguiera.
—Bueno, MacLean, aparte de esa graciosa espadita curva que portáis, más os vale equiparos con lo que mejor manejéis.
Dirigí mi atención hacia una hermosa y labrada pistola de llave de chispa que tomé en mis manos, repasando sus exquisitos grabados con franca admiración.
—Tenéis buen ojo —alabó el irlandés—, una belleza escocesa. Fue fabricada en Doune, en el condado de Stirlingshire. ¿Sabéis utilizarla?
Cogí una polvorera de plata mientras asentía, asegurándome de su contenido.
—Es buena para los duelos —afirmé—, pero en combate cuerpo a cuerpo es por completo inútil, tarda mucho en cargarse. Además, con el clima de estas tierras, es condenadamente fácil que se humedezca la pólvora y se vuelva inservible. No obstante, acabo de enamorarme.
El irlandés soltó una risotada burda y me palmeó con vigor la espalda.
—Empezáis a caerme bien, MacLean. Si no morís, espero brindar con vos esta noche.
—También yo lo espero, aunque quizá morirme resulte más entretenido que aguantar otra retahíla de golpes de pecho.
MacColla arqueó las cejas impávido, abrió la boca con harto asombro, miró al resto y estalló en una violenta carcajada que lo dobló en dos.
—¡Por san Patricio! —bufó entre risas—. Alguien franco para variar...
Compuse una sonrisa indiferente, mientras comprobaba el peso del arma y la cambiaba de mano.
—¿Sois zurdo como mi padre? —inquirió Alexander.
—Uso ambas manos por igual —confesé ante la extrañeza del muchacho.
—La mano izquierda dicen que es manejada por el demonio —apuntó Lamont con alevosía, mirándome con acentuado desprecio.
—Puedo aseguraros, sir Lamont, que, por fortuna, el diablo maneja mis dos manos.
—También la mía —aseveró entre risas MacColla—, y eso que me la ataban de pequeño para obligarme a ser diestro, pero el diablo fue más persistente.
A continuación, soltó otra risotada, al tiempo que sacudía la cabeza con diversión.
—Muchacho, si sois igual de rápido con vuestro acero que con vuestra lengua, pronto despejaréis vuestros dominios de los Campbell —adujo el irlandés armándose con otra claymore , que cruzó en un cinto a su espalda.
—No soy el laird de estas tierras, tan sólo un pariente que tiene varias cuitas pendientes.
—¿Entiendo, pues, que cuando las saldéis regresaréis a Sevilla?
—Es mi intención, sí. Nada me ata a este lugar.
—Pero sois un MacLean —murmuró con desaprobación.