Brooklyn (Skyline 1) 39. No sin ti
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39. No sin ti

No sin ti

A pesar de mi severa negativa, Douglas Cohen se empeñó en ver a Ryan en el hospital.

No teníamos legalizada nuestra relación, ni siquiera como pareja de hecho, así que no pude ejercer ningún derecho legal para prohibir dicha visita.

Lo único que pude hacer fue maldecir mi mala suerte y tragarme las ganas de partirle la cara.

A partir de ese día, afortunadamente, nunca más volví a saber de él.

Llegó a mis oídos que, tras ver a Ryan, sufrió un accidente de tráfico en el que falleció, dejando huérfanos a los mellizos Marc y Thomas, además de una suculenta herencia para ellos y para su viuda, Nicole Miller; Ryan quedó fuera de esa ecuación, sin nada que pudiera objetar.

.. y lo cierto fue que no me esperaba menos viniendo de él, de alguien con una magnitud tal de animadversión por el prójimo cuando éste no acataba a pies juntillas sus órdenes y deseos.

* * *

Durante la tarde, me quedé dormida abrazada al cuerpo de Ryan, oyendo la mejor de las nanas, el latido de su corazón, ese agradable soniquete que me recordaba que aún seguía conmigo y que, además, no se iba a dar por vencido, que pensaba luchar con todas sus fuerzas hasta el último resquicio de vida.

La vibración del móvil me alertó de una llamada entrante.

Atisbé el número unos segundos y vi que se trataba de Richard, el compañero de trabajo de Ryan.

Desde el atentado, había acudido regularmente a visitarlo y, además, no había dejado de mostrar preocupación por su estado de salud ni un momento.

Sin duda, era un buen tipo, de aquellos que están siempre al pie del cañón y que te tienden una mano o las dos cuando es preciso.

—Hola, Richard.

—Brooklyn... —Dejó escapar un breve suspiro al otro lado del hilo telefónico, denotando cierto cansancio—. Al no tener noticias tuyas, deduzco que seguimos sin tener novedades sobre el coma de Ryan.

—No, me temo que no tenemos noticias frescas —contesté con cierto aire desabrido.

Me encaminé hacia la ventana y observé a través de los cristales. El sol lucía en lo alto de un cielo azul y completamente despejado. Enfoqué mis ojos hacia la calle y vi al mundo seguir el pulso de la vida, cuando la mía estaba reducida a la nada.

—¿Necesitas algo?, ¿comida o quizá algo para leer?

—Oh, no, gracias. Estoy bien, de veras.

—¿Y compañía? —insistió—. Ya sabes que, si necesitas a un tipo como yo que cuenta unos chistes horrorosos de los que no tienen ni pies ni cabeza, estoy a tu disposición.

Sonreí.

—Lo tendré en cuenta, que no te quepa duda.

—Vale. —Soltó otro suspiro, esta vez fue uno más largo—. Ya tienes mi número de teléfono. Si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que marcarlo.

—Descuida.

—Buena chica.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

—Gracias, eres un buen amigo.

Volví a sonreír al recordar que Ryan podía considerarse afortunado al tenerlo a su lado.

—Te aseguro que no estoy haciendo nada que Ryan no hubiese hecho en mi lugar.

Deposité el teléfono sobre la mesita y volví a resguardarme en los brazos de Ryan, acurrucada, guarecida y ajena a todo cuanto nos rodeaba.

Le cogí la mano y entrelacé nuestros dedos.

—No hay ningún lugar en el mundo donde quisiera estar, salvo aquí contigo.

Cerré los ojos, rezando porque pudiera sentirme tan cerca como lo sentía yo en esos momentos.

—Te echo tanto de menos, mi vida... Ojalá supieras cuánto te necesito y la falta que me haces, la falta que nos haces a Shera 1 y a mí.

* * *

Y ocurrió... Esa misma tarde ocurrió el milagro, como si alguien hubiese oído mis plegarias, pues, contra todo pronóstico, Ryan despertó del coma.

Estaba confundido y aterrado a partes iguales, pues salir de ese estado no es ni por asomo como lo pintan en las películas.

.. Ojo, que nadie piense que es como si de una apacible siesta de domingo por la tarde te despertaran.

Ryan no me reconoció, ni siquiera parecía tener un vago recuerdo de nosotros dos juntos. Nada, cero recuerdos. Me armé de paciencia y me esforcé sobremanera por no caer en una depresión a medida que los días iban transcurriendo y no había indicios de avanzar en la recuperación.

Saqué fuerzas de flaqueza de donde creía que no las tenía para enfrentar la situación, pues me habían advertido que sería un proceso lento y doloroso.

* * *

Jamás abandoné el barco, siempre me mantuve firme, pues hubiese dado mi vida entera por un solo segundo de la suya.

Me esforcé día tras día en mostrarle quién era y qué había significado yo en su vida. Me valí de fotografías y de objetos que consideré trascendentales para él, pues ese tipo de estimulación era vital para despertar aquellos recuerdos almacenados en los lugares recónditos de su mente.

Larga y tediosa fue la convalecencia, pero valió la pena. ¡Vaya si lo hizo! A los pocos meses, Ryan recuperó el noventa y ocho por ciento de su movilidad y de sus capacidades sensoriales, y por fin empezó a recordar quién era él y qué espacio había ocupado yo en su vida.