38. Como un muñeco de trapo
Como un muñeco de trapo
Sucedieron demasiadas cosas en ese breve lapso de tiempo, tantas que me costó asimilarlas y tragarlas sin riesgo a morir por asfixia. Todas ellas de un intenso sufrimiento, pero no podía abandonar el barco, aunque sabía de antemano que iba a la deriva.
Me sentía tan pequeña en esa inmensa desdicha que ya no me podía romper más por dentro, ya no, pues los añicos de mi alma eran simplemente polvo.
Lloré durante más de hora y media, sin parar, y, cuando logré tranquilizarme, culpé a la vida, al destino y a mi mala suerte por reservarme siempre tanto dolor, aunque no sirviera de nada.
Ryan llevaba nueve días en un estado profundo de inconsciencia, incapaz de moverse ni de comunicarse con su entorno.
Tras el derrumbe de la Torre Norte del World Trade Center y haber recibido un fuerte impacto en la cabeza, se sumió en un profundo coma.
Sin embargo, y ante la gravedad de lo que había ocurrido ese 11/S, todos, incluida mi amiga Curly Evans, no dejaban de dar gracias al cielo, pues seguía entre nosotros, estaba vivo, y afirmaban que aquello era un milagro.
Y puede que estuvieran en lo cierto y debiera sonreír y dar las gracias al destino, a Dios o a quien fuera.
.. pero a mí eso no me bastaba; yo sentía la necesidad de tenerlo conmigo, pero entero, en cuerpo y alma, y no postrado en una cama de hospital, encadenado a la soledad, sin otro fin para sus días que morir sin haber vivido.
No, ésa no era ni de lejos la vida que quería para nosotros, la vida que quería para él, la vida que quería para nuestra hija, ni siquiera la vida que nos merecíamos vivir. Era justo no pedir menos para nosotros.
En ocasiones me sentía tan desbordada por la situación que hubiese sido más fácil abandonar toda esperanza y continuar con mi vida sin siquiera luchar por la suya.
Afortunadamente, por muchas razones, no pensaba hacerlo, entre las más destacadas porque no me consideraba una cobarde y Ryan merecía que me enfrentara a la vida de cara y con valentía, para preservar nuestra historia de amor.
Si él hubiese estado en mi lugar, así lo habría hecho, sin lugar a duda.
* * *
Cada vez que tenía ocasión, le pedía a Curly que se quedara al cuidado de mi hija para ascender a la quinta planta y sentarme a su lado para, simplemente, charlar con él.
Le explicaba chorradas, cosas intrascendentes, a pesar de saber que no podía oírme.
Pero eso me ayudaba, me valía para hacerme la fuerte y afrontar la realidad.
Quiero que se sepa que nunca decaí. Siempre me esforcé en ser esa mujer que él esperaba de mí. Alguien que apostara por nuestra relación y tirara de ella con fuerza, a pesar de que la cuerda que la sostenía se estaba convirtiendo en unas débiles hebras.
Otras veces, simplemente, me tumbaba a su lado en la cama, pegaba mi cuerpo al suyo y acurrucaba la cabeza en su pecho mientras lo cogía de la mano, fantaseando con todas las cosas pendientes que nos quedaban por vivir y todos los momentos que nos quedaban por sentir.
Solos él y yo.
* * *
—Vamos, cielo, deberías irte a casa aprovechando que te han dado el alta y descansar un poco.
La voz de Curly me despertó sin previo aviso mientras me acariciaba el pelo con ternura.
—Quiero quedarme un rato más... —farfullé, somnolienta.
—Vamos, ya hemos hablado de eso. —Me sujetó del brazo con la intención de levantarme de la silla junto a la cama de Ryan—. Si sigues así, a este paso caerás enferma y, si eso ocurre, no podrás cuidar de tu hija.
—Ryan también me necesita.
—Por supuesto, eso no te lo discuto. —Miró de reojo el cuerpo casi inerte de él..., un cuerpo en el que, a medida que iban transcurriendo los días, más palpable se hacía un principio de atrofia muscular—, pero ya sabes que es muy probable que jamás despierte.
—Eso no va a pasar —protesté, disgustada, y dibujé una mueca. Estaba harta de oír siempre la misma cantinela—, Ryan despertará.
Mi queja pareció surtir efecto, pues a partir de ese momento no insistió más con el tema.
Me levanté de la silla y me colgué el bolso del hombro antes de despedirme de Ryan con un trémulo beso en los labios.
Cada vez que me distanciaba de él, me inundaba el remordimiento de conciencia, un miedo atroz y una angustia que me perforaba el estómago por si ése iba a ser el último beso que le daría en vida.
Me acerqué a su oído y, aun sabiendo que no me iba a oír, le prometí que volvería a su lado.
* * *
Aquel día, tras cerrar la puerta de la habitación y dejar que Curly me reemplazara por unas horas, alguien me aguardaba en el pasillo, un extraño que no había visto nunca.
—Usted debe de ser Brooklyn Steinfield.
Asentí con la cabeza y con cierta reticencia.
Lo escudriñé minuciosamente y llegué a la conclusión de que no aparentaba ser un poli, ni tampoco un loquero a los que últimamente estaba demasiado acostumbrada, sino más bien un simple profesor de instituto.
.., alguien que vestía clásico y que poseía un gesto amable en el rostro.
—Siento abordarla de esta forma, pero en su momento Ryan me dio algo que creo que debe tener.
El tipo recolocó por el puente sus gruesas gafas de pasta en su tabique nasal y yo me quedé en silencio, sin atreverme a pronunciar un solo vocablo.
—Me hizo prometer que, de no lograr salir con vida de aquel infierno, le haría entrega de esto.
Rebuscó en su bolsillo y enseguida me mostró una pequeña cajita aterciopelada, resquebrajada por un extremo y recubierta de una casi imperceptible capa de polvo.
El estómago se me contrajo de golpe.
¿Era lo que creía que era?
Mis manos titubearon, indecisas, al sujetar ese objeto entre los dedos y, cuando lo abrí, un par de lágrimas afloraron a mis ojos, pues su interior resguardaba celosamente un delicado solitario de oro blanco con un precioso diamante que refulgía, osado, entre tanta desdicha.
—También quiso que supiera que la amaba con todo su ser y que pensar en usted fue esa luz que lo guio en la oscuridad para tratar de salir de allí.
Me acarició el brazo, solemne, cuando rompí a llorar en su presencia, porque, a pesar de tanto esfuerzo por salvar su vida, su amor por mí no bastó para devolverlo sano y salvo a mi lado.