32. Una ráfaga de luz entre tanta oscuridad
Una ráfaga de luz entre tanta oscuridad
Apenas con lo puesto, nos embarcamos en una nueva vida juntos fuera de esa maldita casa, dejando atrás la angustia y la amargura de esos días.
A pesar de ser jóvenes, inexpertos en eso de vivir en pareja y de no disponer de un trabajo fijo ninguno de los dos (evidentemente, Ryan había dejado de colaborar con las empresas de su padre y se había quedado sin ingresos mensuales), nos teníamos el uno al otro. Eso debía bastar.
Apostamos por nuestro amor, por lo que sentíamos el uno por el otro, y con el tiempo ya veríamos si ganábamos la partida.
Lo peor de todo fue que el juez, tras aceptar a trámite mi denuncia por el asesinato de Savannah a manos de Douglas Cohen, luego la desestimó.
La cinta de casete que aporté, con la grabación de lo que había hecho, no fue admitida como prueba, así que no tenía cómo demostrar su participación para meterlo preso el resto de su vida, puesto que era su palabra contra la mía.
Estoy convencida de que ese bastardo movió hilos y se encargó personalmente de invalidar la única prueba que lo incriminaba.
A pesar de la negativa de mi abogado, presenté un recurso, aunque sabía que caería en saco roto.
* * *
Nos fuimos a vivir juntos sin apenas conocernos, pero con la necesidad de tenernos el uno al otro, a un precioso piso en Upper East Side, en Manhattan, en el edificio San Remo, dos manzanas más arriba del Dakota Building, en un edificio de apartamentos de lujo en los que se rumoreaba que se había hospedado Rita Hayworth y que Ryan había heredado de sus padres, el cual estaba en desuso desde aquel trágico suceso.
* * *
—¡Oh, venga ya...!
Meneé la cabeza, sin dar crédito a lo que Ryan me decía.
—Te lo prometo.
Me senté en sus piernas y le robé el documento que tenía entre las manos.
—Dame eso, que no me lo creo.
Enseguida comencé a leer en voz alta y él aprovechó ese acercamiento para meter la mano por debajo de mi blusa, acariciar mi espalda y reseguir mis costillas con la yema de los dedos.
Lo que me había dicho era cierto, lo que tenía entre mis manos era un contrato de trabajo en toda regla, nada de un acuerdo verbal de esos que se lleva el viento.
¡Era un documento legal, y en él se estipulaba que el puesto de trabajo estaba bien remunerado!
—Vamos, Brook. Sigue leyendo. Redoble de tambor...
Hizo el gesto al aire de tocar el instrumento con los palillos.
—¡Jefe de proyectos en Robertson Associates RLLP!
—¡Tachán!
—Y nada más y nada menos que en la Torre Norte del World Trade Center. —Aplaudí con entusiasmo y le planté un besazo en plena boca—. ¡Menuda categoría!
—Ni que lo digas, Brook. Me acaba de tocar la lotería.
—De eso nada, no... —Dejé caer el contrato, que ondeó al aire hasta caer al suelo, y rodeé su cuello con mis brazos, sin poder negar que aquello me emocionaba y me enorgullecía sobremanera—. Has trabajado muy muy duro para ese puesto. Y ya iba siendo hora de que se reconociera tu talento dada tu...
—Minusvalía. Las cosas por su nombre, cariño.
—Tu discapacidad —lo corregí ipso facto. Jamás me había gustado ese vocablo. Por supuesto que Ryan era mucho más que eso. Una persona no sólo se mide por lo que es, sino por lo que puede llegar a ser, y él apuntaba a lo más alto.
—Denomínalo como quieras, pero debes saber que... —sonrió, mostrando su perfecta hilera de dientes blancos, y yo me derretí en tres, dos, uno—... ¡estás ante el nuevo jefe de proyectos de la firma Robertson Associates RLLP!
—¡Guau, cielo! Estoy tan contenta por ti. —Se me desbocaba el corazón—. Era lo que deseabas.
Aprovechando las buenas noticias y la alegría del momento, se pegó más a mí, y noté cómo el calor que emanaba de su cuerpo se anexionaba al mío.
—¿Te apetece ir esta noche a celebrarlo?
—Sí, claro, por supuesto. Las cosas buenas que nos pasan en la vida siempre hay que festejarlas y dar las gracias por ello.
Me mordisqueó el labio inferior muy despacio. Me encantaba cuando hacía eso, me encendía por dentro de mala manera.
Hummm... ¡y qué bien olía!
—Podríamos ir a cenar a esa marisquería que tanto te gusta y comer ostras... —le propuse.
—¿Y qué tal si lo celebramos ahora?
—No he hecho la compra...
Abrió mi boca con la suya y deslizó enfermizamente la lengua buscando la mía.
—Aquí tengo todo lo que necesito —declaró en un tono más grave del habitual; se estaba excitando por momentos.
—¿Para qué? —le pregunté, haciéndome la desentendida, como si me estuviera hablando en chino mandarín. Me gustaba provocarlo, jugar antes, sin servírselo todo en bandeja.
—Brook.
—¿Qué?
—Calla y bésame.
Y así lo hice. Enterré mi boca en la suya y saboreé sus labios con urgencia. Tras dejarnos los labios enrojecidos y deseosos de más, me agarró de la cintura y luego me alzó en volandas para acabar aquello que habíamos empezado en la cama de nuestra habitación.
Hambre, ganas y necesidad..., eso nos despertábamos cuando estábamos en la intimidad. Jamás nos saciábamos, siempre queríamos más, mucho más.
«No te alejes de mí nunca», me susurraba siempre al oído antes de dejarse ir, antes de colmarse de mí.
* * *
Abrí las ventanas para airear la habitación y de paso ver la ciudad que nunca duerme repleta de rascacielos iluminados por millones de destellos de colores.
Entretanto, Ryan se dio una ducha rápida y se cambió de ropa.
Optó por unos vaqueros desgastados y una camiseta negra, y se dejó el pelo mojado, que caía en greñas sobre su frente.
Caminó descalzo hasta donde yo me encontraba y me abrazó por la espalda.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? Y que me tienes completamente loco de atar.
Loca me tenía él a mí y más que enamorada, pero no sólo porque era tremendamente sexy y varonil, sino porque me trataba como nunca nadie antes lo había hecho.
Era tan dulce y cariñoso... No dejaba de cuidar de mí, de velar por mí.
Me respetaba y se preocupaba de que me sintiera amada.
Eso era lo más importante. Ryan me hacía bien.
Eché la cabeza hacia atrás, acomodándola en el hueco de su cuello y después abracé sus brazos con los míos.
—¿Qué te pasa? —me susurró al oído.
Tuve que girarme para que pudiera leer en mis labios.
—Nada.
—Esa respuesta no me vale. Algo te pasa, Brook, te conozco. Cuéntamelo.
Medité durante unos instantes. Era cierto, algo me inquietaba.
—He recibido la llamada del abogado mientras te duchabas.
No hacía falta entrar en los detalles, sabía perfectamente que me estaba refiriendo al recurso que había interpuesto sobre el caso del, entre comillas, presunto asesinato de mi madre por parte de mi padre.
Debía usar el término « presunto» por motivos legales, mientras no hubiera una sentencia firme; así me lo recomendó mi letrado durante mi primera visita a su bufete.
—¿Y qué te ha dicho? ¿Alguna novedad?
—Que han vuelto a denegar la prueba que presenté. No hay caso, Ryan.
—Joder... —Se pasó la mano por el pelo, irritado.
—Es su palabra contra la mía y ante eso lo tengo todo perdido.
—Maldita sea.
—Además, siguen sin encontrar testigos... Nadie vio nada, nadie oyó nada, no tenemos nada. Sólo una confesión invalidada que se escapa entre los dedos.
—Entonces, Douglas ha ganado.
—Me temo que sí —me apresuré a aventurar, aunque con la boca pequeña—, aunque jamás estará libre de culpa, al menos en su propia conciencia.
—Un ser así no tiene remordimientos, créeme.
Me dio un beso en la frente y retuvo allí sus labios unos segundos para tratar de levantar mis ánimos, que en ese momento estaban por los suelos.
Respiré profusamente mientras seguía con la mirada fija en dirección a la noche estrellada.
A pesar de esa zancadilla del destino, eso no evitó que celebráramos la buena noticia de su trabajo. No quise que la sombra de Douglas Cohen enturbiara ni un instante ese momento.
Así que, haciendo de tripas corazón, me duché, me puse un vestido ajustado en estampado floral de escote Bardot, unos botines de media caña y un collar choker de cuero ajustado que me compré en el mercadillo al aire libre de Smorgasburg, en Prospect Park.
Aunque hacía bastante frío, la noche era ideal para pasear cogidos de la mano, sin prisas, disfrutando de la ciudad, de la gente y de nosotros, sin estar pendientes de las horas que marcaban el reloj.
Rodeó mi cuerpo con el brazo y me besó en la sien. Ryan me hacía sentir tan bien que en ocasiones me daba miedo que pudiéramos perder aquello tan bonito que teníamos.
Cenamos a la luz de las velas en un restaurante en el que nunca habíamos estado; a veces la improvisación tiene su qué.
La carta no era nada del otro mundo, pero nos bastó.
Nos atendieron correctamente y nos sentimos muy a gusto en ese local.
Elegimos un sándwich Reuben, el bocadillo icónico de Estados Unidos por excelencia (pan de centeno, ternera en salmuera, queso suizo, chucrut y salsa rusa), un vino tinto que me supo a rayos y, de postre, tarta de manzana servida caliente con una pizca de canela y una bola de helado de vainilla.
No necesitábamos más, porque, cuando enfrente tienes a la persona más importante de tu vida, los aderezos y las parafernalias están de más.
Lo miré fugazmente mientras pagaba la cuenta.
Apoyé la cara en una mano y lo seguí observando, esta vez ensimismada, sin dar crédito aún a que estábamos juntos, viviendo en pareja, compartiendo una vida en común.
Por fin, había llegado a ese punto en mi vida en el que no me importaba mirar más allá; dejé de tener miedo al futuro, porque era realmente feliz, inmensamente feliz, y ni siquiera me sentía osada al afirmar que él me hacía no sólo feliz, sino también mejor persona.
Deslizó la tarjeta por el datáfono y, al alzar la vista a mis ojos, me pilló contemplándolo, alelada.
—¿Te pasa algo, cariño?
Su inesperada pregunta provocó un leve rubor en mis mejillas... sólo un poco, lo justo para desvelarle que el cazador había sido cazado.
—Nada —contesté, dando un último sorbo a la copa de vino para disimular.