Brooklyn (Skyline 1) 31. Entre el sueño y el olvido #2
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31. Entre el sueño y el olvido #2

Sabía que se estaba jugando el tipo por mí, y aun así había decidido ayudarme.

—Se lo agradezco, señor Norton.

—Por favor, dese prisa.

Me colé en la casa como una vulgar ladronzuela y, en cuanto supe que me había perdido de vista, en lugar de bajar al sótano, ascendí a la primera planta.

Sabía que a esas horas podría encontrar a Douglas Cohen en su despacho, quien solía fumarse un habano de veintitrés centímetros mientras escuchaba La traviata , de Giuseppe Verdi, basada en la novela de Alexandre Dumas La dame aux camélias .

Cortaba ligeramente la boca del puro con una pequeña guillotina y, antes de llevárselo a los labios, lo encendía para que prendiera uniformemente. Luego lo aspiraba suavemente para que el humo llenase por completo su boca.

Lo sabía de buena tinta porque, mientras realizaba cada día el mismo ritual, yo abría una botella de vino tinto y le servía una copa. Más tarde me retiraba y se quedaba a solas, durante más de una hora.

Con el corazón desbocado y a punto de salírseme por la boca, y con un par de ovarios, me planté frente a la puerta del despacho.

Enseguida pude confirmar que, tal como había sospechado, estaba dentro.

Podía oír perfectamente el principio del segundo acto, la escena primera: en la casa de campo de Violetta en las afueras de París.

Sin más pormenores, abrí la puerta de par en par, sin dudar, entrando como un vendaval, como en una de esas películas de spaghetti western , a lo Clint Eastwood.

¡Dios, cómo me gustaban esos clásicos!

—Pero ¡¿qué diablos?! —balbuceó nada más verme, y a punto estuvo de escupir el vino que acababa de ingerir.

Apretó los labios y luego los puños exageradamente. Resultaba evidente que ni en sus peores pesadillas se hubiese imaginado en esa tesitura.

«¡Sí, capullo, soy yo, Brooklyn!»

—¡Largo de mi casa!

Le faltó tiempo para levantarse de golpe de la butaca y acercarse a mí con la furia de mil demonios y de una forma altamente amenazante.

—¡Has ordenado el asesinato de mi madre! —me enfrenté a él sin temor a represalias. Estaba harta de ser siempre una niña buena; había llegado el momento de desatar toda mi furia contra ese ser despreciable.

—No te equivoques, mocosa, esa zorra ya estaba muerta desde hacía muchos años —aseveró con descaro, sin temblarle la voz.

—¡Mientes! ¡Tú la has matado y te aseguro que no vas a salir indemne de eso!

Se rio en mi cara.

—En ese caso, te aconsejo que tengas pruebas de todo lo que afirmas o, de lo contrario, no me temblará el pulso en denunciarte por injurias —gruñó, y se acercó más de la cuenta a mi cara.

Douglas era un hombre muy alto y corpulento, alguien a quien no le costaría ningún esfuerzo aplastarme como a una simple cucaracha.

—¡Fuiste tú! Tú me amenazaste con matarla si no me alejaba de Ryan. ¡Tú me obligaste a desaparecer de su vida!

Apretó la mandíbula con fuerza; casi pude oír el rechinar de sus muelas al hacerlo.

—¡Cierra la puta boca!

—¡Confiésalo, maldita sea!

—¡Estás loca, como una puta regadera! ¡Igual que esa yonqui de mierda!

—¡Basta! No mancilles su nombre. —Mis ojos empezaron a humedecerse de inmediato, aunque no quería dejar que viera mi lado más voluble—. No tienes respeto por nada ni por nadie, papá ...

Escupí esa última palabra con todo el asco que pude soltar.

—¡Tú no eres mi hija!

—Sí, lo soy, aunque te pese.

Dio una última zancada para plantarse a escasos centímetros de mi cara y cerró la mano en un puño. En el refulgir de sus ojos vi las inconmensurables ganas que tenía de partirme la crisma.

—¡Lárgate ahora mismo!

—O, si no, ¿qué? —lo provoqué aún más. Ya no temía sus represalias, no me daba miedo ser golpeada por ese hijo de Satán—. ¿Vas a ordenarle a un sicario que me asesine también?

—¡Cállate, zorra! —gritó, exacerbado, con la cara completamente roja. Le quedaba nada para estallar.

Percibí que estaba a punto de obtener su confesión. Ése era mi plan, mi única baza en una partida a priori perdida.

—¡Eres un maldito cobarde que ni siquiera has tenido los santos cojones de acabar personalmente con su vida!

—Por supuesto que no, insensata... De tirar la basura ya se encargan otros —dijo con repulsión. El odio que sentía por mi madre rozaba lo patológico—. Soy un hombre muy poderoso, no necesito hacer el trabajo sucio, ordeno que lo hagan otros.

¡Cazado! Lo había cazado como a un diminuto ratón de laboratorio... y su confesión había quedado registrada en la grabadora que tenía oculta bajo la ropa.

—Brooklyn, ¿qué estás haciendo aquí?

¡Santo Dios! Ryan apareció en escena como un ángel salvador. Un ángel guapísimo, imponente, de riguroso negro, en sintonía con sus ojos, su pelo y sus pobladas pestañas rizadas.

—¿Padre? ¿Sobre qué discutíais? Responde...

Primero me miró a mí y luego a Douglas Cohen, aún sin comprenderlo.

Se quedó observando nuestras caras en plena explosión, rojas como pimientos, y los ojos inyectados en cólera, como si se tratara de una pelea de gallos y éstos estuvieran en el ruedo, abriendo sus alas, mostrando cada cual su plumaje.

—Padre, ¡¿qué coño está pasando aquí?!

—Nada, hijo. Vuelve a tus cosas, esto no es asunto tuyo.

—¡De eso nada! Tienes que saber la verdad —intervine sin miramientos, a pesar de que me costara hablar; estaba demasiado acalorada y la situación era demasiado tensa.

Había llegado la hora de que Ryan supiera de qué pie cojeaba su padre.

—¿De qué narices estás hablando, Brooklyn?

Se acercó a mí y se interpuso entre Douglas y yo.

—Hablo de los verdaderos motivos por los que me vi obligada a abandonarte.

—¡Cierra la puta boca!

A Douglas Cohen estaba a punto de darle un infarto o algo parecido; no dejaba de sudar a mares y las venitas azulonas de su sien no cesaban de contraerse y dilatarse como si estuvieran a punto de explosionar. Parecían delgados gusanos tratando de salir de dentro de su piel.

—Ryan, ni te imaginas lo que es capaz de hacer tu padre, incluso matar, para que no estemos juntos.

Le dediqué una mirada tan vacía y de repulsión a Douglas Cohen que, de haber estado yo en su lugar, me hubiese meado en las bragas.

—¡Calla, maldita zorra embustera!

Douglas sorteó el cuerpo de su hijo para cogerme del pescuezo, comprimiéndome las vías aéreas y privando de oxígeno mis pulmones. Toda su ira se descargó en esas manos que, sin vacilar, me estaban estrangulando sin piedad, como si mi vida no valiera un centavo.

Dicen que, si se aprieta con la suficiente fuerza, es posible llegar a romper el hueso hioides, dañando así los cartílagos del cuello y, a su vez, causando el desmayo o incluso la muerte, conocida como la estrangulación carotídea, técnica empleada en artes marciales.

También aseguran de que al ser humano le gusta matar por naturaleza, pues somos superdepredadores que matamos a un número de animales mucho mayor que cualquier otra especie.

.. Sólo se necesita un empujón o, en el caso de Douglas Cohen, un fin.

Ese lado oscuro del poder por el poder.

Vi transcurrir mi vida frente a mí en una fracción de segundos, cada vez me notaba más fuera de mí. No podía respirar, me ahogaba, me debilitaba por momentos.

Afortunadamente, todo acabó pronto. Ryan actuó con diligencia, como si su cerebro funcionara como el de un púgil a toda máquina, consiguiendo doblegar a ese malnacido.

No sé cómo lo logró, pero lo hizo. Apartó sus grandes manos de asesino de mi cuello y, después, no dudó en asestarle un puñetazo en forma de gancho, tan certero que lo tumbó al suelo.

—¡Hijo de la grandísima...! —bramó como un enajenado mental—. ¡Pagarás por esto, Ryan! ¡Tú y tu puta pagaréis por esto!

Douglas Cohen se retorció de dolor como una lagartija mientras se taponaba la nariz con las manos, sin éxito, pues la sangre, roja como un rubí, salía a borbotones de sus fosas nasales.

—¡Que no se te ocurra acercarte de nuevo a ella!, ¿te ha quedado claro?

—¡Fuera de mi propiedad!

—No te equivoques, padre —dijo con desdén, apuntándolo con el dedo—. Tú no me echas: el que se marcha soy yo.

Ryan me cogió de la mano y me sacó de allí a toda prisa. Me obligó a acompañarlo a su habitación y, una vez allí, me sentó en la cama.

—Mi vida, ¿estás bien? —Me sujetó la cara con ambas manos y me miró a los ojos, muy preocupado, echando un vistazo a mis hematomas del cuello y realizando un escaneo por si sufría otras lesiones.

—Ahora sí, Ryan. Ahora sí.

Nos abrazamos durante unos segundos antes de ayudarlo a buscar una maleta para recoger algunas de sus pertenencias y poner tierra de por medio; queríamos largarnos cuanto antes de allí. Recogió lo básico: un par de mudas, ropa interior, un neceser y un puñado de ilusión.

Aún no le había explicado la verdad, pero me dije que ya habría tiempo para las explicaciones; de hecho, esa misma noche se lo conté todo, sin dejarme ningún detalle.

.. Las amenazas de su padre al descubrir que yo era su hija, los motivos de mi abandono y las pruebas que corroboraban que Douglas Cohen había promovido la muerte de Savannah.