Brooklyn (Skyline 1) 32. Una ráfaga de luz entre tanta oscuridad #2
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32. Una ráfaga de luz entre tanta oscuridad #2

—¿Estás segura? A mí no me lo parece —sentenció—. Cuando pestañeas más de la cuenta es sinónimo de que algo te ronda por esa cabecita loca...

Me obsequió con unos ligeros toques en la frente y yo le ofrecí una de mis mejores sonrisas.

—Nada que no sepas.

—No sé a qué te refieres.

Jugueteé con el cuerpo de la copa de cristal, deslizando la yema de uno de mis dedos por su redondeado y gélido contorno.

—Pues, si te soy sincera, pensaba en lo afortunada que soy.

Y entonces, de repente, toda mi atención se centró en un improvisado redoble de tambor que se advirtió cerca de nuestra mesa.

Describiré la escena: un hombre joven se había quitado la chaqueta, clavado la rodilla derecha al suelo y, ante una veintena de pares de ojos, le estaba pidiendo matrimonio a su pareja, alianza en mano.

Todo el mundo estaba a la expectativa, y no era para menos.

—Mira, Ryan. —Señalé con el dedo hacia los protagonistas de la escena, para advertirle de aquello que estaba sucediendo en vivo y en directo a sólo tres metros de nosotros—. No te lo pierdas.

Cabe añadir que nunca hasta la fecha me había planteado casarme, puesto que ni siquiera tenía claro que ése fuese mi deseo. Lo único que sí resultaba cierto era que, si alguna vez me lo propusieran, ambicionaría que lo hiciera la persona que estaba sentada frente de mí en esos momentos.

Ante la multitud, la chica del pelo corto y camiseta de lentejuelas aceptó, entre lágrimas, saltos de alegría y grititos en plan niña pequeña, y el local se llenó a aplausos.

Sinceramente, fue una escena muy emotiva; quizá carecía de glamour o romanticismo, pero la naturalidad y franqueza de la pareja me hizo pensar que eso era el amor verdadero, sin florituras, en estado puro.

—Cariño, ¿crees en el matrimonio?

Ryan se volvió hacia mí con el semblante muy serio, arrojándome esa pregunta como si se tratara de una pelota de béisbol en pleno partido de los New York Yankees. Rápida, concisa, certera.

—¿Se trata de una pregunta trampa?

Me reí, supongo que por la histeria del momento.

¿Acaso entraba una boda en sus planes futuros?

—No, Brook. Es simple curiosidad.

Seguía hablando con ese tono tan cauteloso y solemne que no le pegaba nada para mi gusto.

—Lo cierto es que... hasta ahora... —parloteé sin meditar la respuesta—... pues... no me lo había planteado.

—¿Y te gustaría? —insistió—. ¿Es algo que esperas de mí o de nuestra relación?

Uy, uy, uy...

Altooooooo...

¡Sooo, caballo!

—Eh... no sé, Ryan, la verdad. —Me encogí de hombros—. Hay quienes sostienen que se trata de la culminación del amor y blablablá. Sin embargo, yo... discrepo... Quiero decir que...

—En serio, cielo, que no pasa nada porque lo desees. Es algo completamente lícito.

—Yo no he dicho eso. —Lo miré, ceñuda—. Además, te sugiero que antes de hacer cábalas...

—Pero ¿lo esperas? —me interrumpió.

Ya se estaba poniendo pesadito con el dichoso tema del matrimonio. Parecía que se había convertido en algo tremendamente crucial y que debíamos debatir.

Tragué saliva.

¿Lo esperaba? ¿Esperaba que me pidiera matrimonio?

—No lo sé, Ryan. Lo único que sé es que casarse está sobrevalorado y que, para ser feliz con tu pareja, no necesitas legalizar los sentimientos —le dije con la mano en el pecho, sobre el corazón—. Tú me haces feliz cada día y, para mí, eso es lo más importante.

Ryan me obsequió con una de sus espectaculares sonrisas, una de esas que podría derretir media Alaska.

—Te ha tocado la lotería, ¿eh? —dijo guasón—. Confiesa.

Abrí los ojos como platos y le lancé la servilleta, que se elevó por los aires; antes de llegar a estampar contra su cara, la cazó al vuelo.

—No seas tonta, no te enfades conmigo. Estoy de broma. Sabes de sobra que la lotería no te ha tocado a ti, sino a mí.

Desplazó la silla con él encima hasta quedar pegado a mi lado. Luego, alzó la mano y me acarició la mejilla, enmarcando lentamente mi rostro, y me derretí como un helado de tres bolas bajo el sol.

—Te quiero, Brook —declaró abiertamente mientras reseguía el arco de mi mejilla con el pulgar—. Y no quiero que lo nuestro acabe nunca. No quiero que te acabes nunca.

Selló mis labios con los suyos. Su boca tenía gusto a vainilla, y su lengua, a fruta prohibida. Disfrutaba tanto de él que a veces me daba vértigo que dejara de ser real.

—Yo también te quiero, Ryan. Y aunque suene cursi o a invención, creo que te quise desde el mismo momento en que te vi —le confesé—. Justo en ese instante, supe que serías alguien esencial en mi vida.

—Lo sé y te entiendo, porque es exactamente lo que sentí al verte.

—¿Crees en ese hilo rojo del destino?

—¿Ese mito de la cultura oriental?

Asentí.

—Algo he oído.

—Cuenta la leyenda que los dioses atan un hilo rojo alrededor del tobillo o del dedo menique de aquellos que han de conocerse o ayudarse en algún momento de sus existencias. Están destinados a quererse entre sí. Además, dicen que ese hilo rojo puede estirarse, enredarse, pero jamás romperse.

—Vaya... —me sostuvo la mirada en silencio, bastante serio—. Entonces es posible que, a partir de ahora, empiece a creer en cuentos chinos.