Brooklyn (Skyline 1) 29. Cuando se baja el telón
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29. Cuando se baja el telón

Cuando se baja el telón

La última representación de la obra del Cuento de Navidad llegó, tocando a su fin una fantástica travesía de diez funciones, cada una más fascinante que la anterior.

Tuvo tanto éxito que incluso nos dedicaron unas líneas en la sección de ocio y espectáculos del New York Post.

Compré el periódico y recorté la noticia; creo que la leí unas cien veces, y en cada una de ellas lloré al ver mi nombre figurar entre los de mis compañeros y entre gente que admiraba profundamente.

¡Mi sueño empezaba a despertarse dulcemente!

* * *

—Vamos, Brook, te esperamos fuera para tomar esa cerveza y celebrar... ¡que somos famosos! —exclamó Joe entre risas. Estaba pletórico, igual que un niño pequeño con zapatos nuevos.

—Sí, ahora mismo salgo, dame un segundo. —Le sonreí—. Recojo unas cosas y me uno a vosotros en la calle.

—Genial. Date prisa, que todo el mundo está eufórico... y ¡quieren irse de fiesta!

Se puso el abrigo tres cuartos y la bufanda alrededor del cuello y salió del camerino que compartíamos entre cinco de los actores de la compañía. Abandonó el habitáculo canturreando no sé qué canción de reggae .

Yo, por el contrario, seguí sentada frente al espejo, pensativa, mientras eliminaba los restos de maquillaje de mi cara.

Desde el día en que había vuelto a ver a Ryan, no había dejado de pensar en él... de día y de noche, aunque he de decir que por las noches era mucho peor.

Durante esos dos meses sin él había estado tratando de sobrevivir, porque vivir me suponía una tortura, y, cuando por fin había logrado empezar a recomponerme, había aparecido para remover todos los sentimientos que me había costado tanto mantener bajo control.

De repente, alguien golpeó con los nudillos la puerta, que permanecía entreabierta. Tres golpes, para ser exactos, ni uno más ni uno menos.

—Ya vaaaa, ahora salgo... ten paciencia —dije, risueña, pues mi compañero siempre se las ingeniaba para robarme sonrisas cuando no tenía motivos para ello. Era como la versión ochentera de mi amiga Curly Evans, pero con perilla y con gafas de pasta.

—¿Puedo pasar?

¿Esa voz? Me giré de inmediato en el asiento.

—Ryan... —solté bruscamente—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Permaneció inexpresivo, apoyado en el quicio de la puerta, tan atractivo y masculino como siempre. No se atrevía a entrar en el camerino, como si hubiesen ocultado minas antipersona entre nosotros y temiera salir despedido por los aires.

—Lo primero que deseé cuando te vi el otro día fue marcharme para no volver a verte más, pero.

.. no he podido —masculló con la mirada gélida y cortante como el filo de una navaja—.

.. porque, a pesar de odiarte durante todo este tiempo, algo en mi interior me impide alejarme de ti sin hablar contigo una vez más.

Noté que se me cerraba la garganta y me entraron ganas de llorar.

—Me dejaste tirado sin ni siquiera una nota, ni una palabra, y luego no te dignaste a responder a mis mensajes, a mis llamadas.

Llegué a pensar que te había hecho tanto daño que no merecía una segunda oportunidad.

—Tragó saliva despacio, tratando de conservar la calma, pero a duras penas lo conseguía—.

Al final comprendí que, simplemente, me abandonaste, que dejaste de amarme.

»Me costó, juro por Dios que me costó la vida asumirlo, pero al final lo he logrado.

—Yo, Ryan... yo... ¡Oh, Ryan...! —Las palabras se me agolpaban en la boca, no lograba formar una sola frase con coherencia.

Me levanté de la silla como un resorte y caminé unos pasos hacia él.

—Brooklyn, no he venido para saber los motivos por los que me dejaste, sólo he venido para tener esa despedida que me negaste en su día. Quiero cerrar ese capítulo para poder continuar con mi vida.

Di un paso más hacia él, pero Ryan me mostró la palma de la mano, indicándome que me quedara en mi sitio, que no me acercara más.

—Lo siento, Ryan... Te juro que siento no haberme despedido de ti como debía... pero es que... es que no pude.

—Eso ahora ya no importa. —Sonó frío, distante e incapaz de expresar la más mínima empatía.

—Sí que importa... —Me retiré las gruesas lágrimas que bañaban mis mejillas y me dificultaban la visión.

Tenerlo frente a mí después de tanto tiempo removió todo mi interior, reviviendo todo lo que habíamos sentido estando juntos, todos los besos, todos los abrazos, todas las caricias, todas las confidencias, todas las risas... Todo vino a mi mente, cada imagen, como un cálido pero ya lejano recuerdo.

Vi días nublados en París, su mano cogiendo la mía; vi paseos por las callejuelas adoquinadas; vi cenas a la luz de una vela.

Dormir sobre su torso, mi mejilla sobre su corazón, oír el runrún de su respiración.

Sentir sus dedos sobre mi piel. Piel con piel.

Mirarnos a los ojos mientras hacíamos el amor.

—Yo te amaba, Ryan, con todo mi ser.

Sonrió con los labios apretados y negó con la cabeza.

—Queda claro que no me amaste lo suficiente.

El tono de sus palabras fue muy cruel, al igual que su pétrea mirada. Me di cuenta de que, en él, en su interior, ya no había una brizna de sentimiento positivo hacia mí, ni siquiera de cariño, sino todo lo contrario: el resentimiento y la inquina corroían cada parte de su ser.

Sabía que le había hecho mucho daño y era justo pagar por ello.

—Brooklyn, yo sí que te quise como jamás había amado a nadie —le tembló la mandíbula un instante y se me quedó mirando fijamente—, y sé que jamás volveré a querer a nadie igual.

Lo eras todo para mí... Eras mi ilusión, eras mi presente y eras mi futuro.

Me hacías sentir como si rozara las estrellas con la punta de los dedos. .., pura magia. ¿Recuerdas?

Por supuesto que lo recordaba. Me fui de su lado amándolo y, al hacerlo, todo mi mundo se vino abajo.

Lo miraba y lo único que deseaba era echar a correr para refugiarme en sus brazos y fundirnos en ese beso tan anhelado para olvidarlo todo y empezar de nuevo.

.. pero eso ya no era posible, porque, si llegaba a sucumbir a ese deseo, me vería cayendo rendida a sus pies y todo el esfuerzo de esos meses no habría servido de nada, caería en saco roto.

Además, rompería mi promesa y, por ello, la vida de Savannah volvería a peligrar.

Douglas Cohen me aseguró que siempre tendría a alguien vigilándome para cerciorarse de que no iba a quebrantar las normas y que me seguiría manteniendo alejada de Ryan.

Fui consciente que igual de terrible era desear algo a ese nivel y no poder consumarlo como permitir que el miedo ganase la batalla. Estaba en una encrucijada.

Seguía queriendo a Ryan con todo mi ser, de eso estaba segura; sin embargo, me veía atada de pies y de manos, por lo que no podía demostrárselo.

—¿Sabes qué, Brook? Fui un estúpido al pensar que, volviéndote a ver, hablando contigo, recapacitarías... que entrarías en razón y encontrarías la forma de arreglar lo que habías roto... pero está claro que me equivoqué.

Me quedé en silencio. Por más que quisiera, la sombra de la amenaza de Douglas Cohen recaía sobre mí, o más bien sobre mi madre.

—Sólo por un instante... había pensado que viniendo aquí... —se envalentonó y dio un paso al frente—. ¡Por Dios, Brook! —Se cogió la cabeza con las manos—. Te juro que estoy resistiéndome a abrazarte, que me controlo para no tocarte, que estoy conteniendo mis ganas descomunales de besarte...

Lo miré a los ojos como hacía en el pasado, con anhelo y necesidad, y los suyos vagaron perezosamente hasta mis labios.

—Hazlo, Ryan... —gimoteé. Había anhelado tantas veces ese momento que me pareció que estaba soñando—. Hazlo... ¡Te lo ruego!

—No puedo, Brook. Joder, maldita sea, no puedo...

—¿Por qué?

—Porque, si lo hago, temo volver a quererte como te quise y que de nuevo vuelvas a desaparecer. Tengo claro que no lo soportaría... Otra vez, no...

Mi corazón se saltó un latido, luego el pulso se me descontroló por completo. Me dolía tanto verlo sufrir...

Ryan no se merecía ese tormento.

De repente, Joe entró en el camerino como un vendaval y sin pedir permiso, con la bufanda anudada en la muñeca y unas gotas de sudor perlando su frente tras la carrera.

—Brook, ¿va todo bien?

Escudriñó al desconocido con cara de pocos amigos, advirtiéndolo sin palabras que no era bienvenido allí, y luego me miró directamente, pidiéndome explicaciones, pues nadie externo a la compañía tenía acceso a esas instalaciones.

—Sí, estoy bien. Él es...

—Disculpad, yo ya me iba —me interrumpió Ryan, alzando la mano y dando por finalizada nuestra conversación, aquella que seguía pendiente.

Se dio la vuelta como si fuese él quien sobrara en esa ecuación, quizá porque pensara que había algo entre Joe y yo. Al girarse, había perdido todo contacto visual conmigo, con prisas por salir del camerino.

—Ryan..., no te vayas...

Fue incapaz de leer su nombre en mis labios, ni tampoco pudo ver la súplica de mis ojos para que se quedara conmigo, ni siquiera sintió las ganas que tenía de abrazarlo... porque se fue.

—¿Conoces a ese tipo?

Asentí, sin poder apartar la mirada del pasillo por el que había desaparecido, con la solemne esperanza de volver a verlo.

Sin embargo, eso nunca ocurrió.

—¿Quién era?

—Ryan...

Y dicho esto, eché a correr tras él, por el pasillo y escaleras abajo, hasta que finalmente alcancé la calle. En cuanto pisé el asfalto, varios copos de nieve impactaron en mi rostro y, al poco, se convirtieron en agua.

Miré hacia todos lados con impaciencia, barrí la manzana hasta donde mi vista alcanzaba, busqué desesperadamente la silueta de Ryan, pero no había ni rastro de él.

Corrí en una dirección, una al azar, rezando por dar con él, apartando a la gente a mi paso. Estaba furiosa y fuera de mí.

Pronto me empezó a faltar el aire.

De nuevo sentí que ese hiriente sentimiento de culpa me estaba estrangulando por dentro.

Había rabia en cada poro de mi piel, ya sudorosa, y sólo era consciente de mi pesado jadeo.

—¡Brook, Brook!

Oí la voz de Joe acercándose.

—Detente...