Brooklyn (Skyline 1) 29. Cuando se baja el telón #2
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29. Cuando se baja el telón #2

Me cortó el paso, plantándose frente a mí.

—¡Maldita sea...! —Me eché a llorar de nuevo—. Lo he vuelto a perder, lo he vuelto a perder...

—Brook, ¡mírame!

Sus palabras surgieron de la nada, como un destello de luz entre tanta oscuridad. Joe me sujetó la cara con ambas manos.

—¡Se ha ido...! —bramé.

—Vamos, ven aquí.

Me atrajo hacia su cuerpo y me abrazó con fuerza para hacerme entender que no estaba sola, que él estaba allí... sin siquiera hacerme preguntas, sólo por el mero hecho de mitigar mi angustia.

Sorbí por la nariz y, al hacerlo, creí distinguir un sutil olor cítrico, como el de las naranjas recién exprimidas, dulce y ácido al mismo tiempo. Joe desprendía un olor agradable, como el de un atardecer paseando por un campo de naranjos.

—Mírame —dijo, retirándose y apartándome el pelo enganchado por las lágrimas en mi cara—.

Creo que debemos pasar de tomarnos esas cervezas con los demás.

Esta noche prefiero pasarla contigo, solos tú y yo.

¿Vale? Te llevaré a dar un paseo por Times Square.

No me malinterpretes, no es un plan romántico ni nada por el estilo, sólo pretendo conseguir levantarte el ánimo.

—Joe, yo... no tengo ganas de...

—Chist... Para tu información, te diré que soy un capullo testarudo que no acepta un no como respuesta.

—Ahora mismo lo que necesito es meterme en la cama y llorar...

—Ahora mismo lo que necesitas es a un buen amigo.

Lo cierto era que se estaba ganando a pulso que aceptara pasar la noche con él, de modo que lo hice, sin saber que resultaría una elección muy acertada.

Mi compañero de teatro se dejó la piel y el alma en hacerme olvidar mis mierdas por unas horas.

* * *

Tras volver al teatro para recoger mi bolso y mi chaqueta, paseamos por Time Square entremezclándonos con la gente y zambulléndonos en el ambientazo que había a esas horas de la noche.

Todas las tiendas estaban abiertas, los restaurantes y los bares, así como las enormes pantallas luminosas.

Sin duda es una ciudad apta para insomnes y noctámbulos.

Vimos tocar a una banda de jazz, cenamos en una terraza con vistas al río Hudson y jugamos unas cuantas partidas en varias máquinas de pinball, para ganar puntos, poner a prueba nuestros reflejos con Arkanoid y combatir hasta la muerte con Street Fighter.

En honor a la verdad, debo decir que aquélla fue una de las mejores noches que había pasado en los últimos años, sin tener en cuenta las que había compartido con Ryan.

* * *

Hacia las cuatro de la madrugada, me excusé alegando que estaba cansada y que tenía ganas de irme a dormir.

—Claro, te acompaño a casa.

—Te lo agradezco, pero...

—Eh, eh, eh... —me selló la boca con un dedo—... un caballero nunca deja sola a una dama en medio de la jungla.

Sonreí.

—Vamos, Brook, déjame acompañarte. Así me quedaré más tranquilo.

Sus ojos grises me observaban expectantes, esperando mi respuesta.

—Vale. No hay problema.

Subimos a un taxi y, por culpa de su insistencia, me vi obligada a darle las señas, cosa que me abochornó, porque tuvo conocimiento del humilde barrio en el que residía y la forma de vida que mantenía junto a Savannah. Mis orígenes me avergonzaban y mi vida, en parte, también.

Sin embargo, con Joe era otro cantar. Él me infundía confianza y sabía de buena tinta que la energía positiva iba en ambos sentidos, un hecho que, por otro lado, me empezaba a inquietar, pues hacía demasiado tiempo que no me sentía tan a gusto con un hombre, y eso me dio en qué pensar.

El trayecto no duró más de quince minutos, que me pasaron como si hubiesen sido dos, gracias a su humor con tintes negros y a su incansable esfuerzo por evitar que me deprimiera a toda costa.

Justo cuando me disponía a salir del vehículo, Joe me cogió de la mano, ante mi sorpresa.

—Espera —dijo—. Antes de que te vayas, quiero que sepas que me lo he pasado genial.

Le sonreí.

—Yo también. Te doy mi palabra de que hacía mucho tiempo que no me reía tanto.

Se podría decir que lo pillé observando más de la cuenta mis labios.

—Sabes que podría ser así siempre si tú quisieras...

Envolvió mi mano con su otra mano y buscó mis labios. No lo detuve, pues era algo que hacía un tiempo que sabía que él deseaba... Aun así, su beso me pilló desprevenida, tan húmedo y tan distinto al de Ryan.

Retrocedí, ruborizada, al darme cuenta de que no era eso lo que realmente deseaba, no era el beso de la persona de la que estaba enamorada.

Dicen que un clavo quita otro clavo, pero en mi caso no fue así.

—Joe, no... para. Vas... vas demasiado deprisa —le aclaré, apoyando las palmas en su torso, echándolo hacia atrás.

—Esperaré si es eso lo que deseas.

—Sí, no. Quiero decir... ¡Demonios! —balbuceé y meneé la cabeza. No estaba bien alimentar falsas esperanzas para luego no llegar a nada con él—. No quiero hacerte daño.

—¿Y por qué ibas a hacérmelo?

—Pues... —lo miré fijamente para que no hubiese lugar a equívocos y para que supiese que lo que le iba a confesar era completamente verdad—... porque sigo enamorada de Ryan.

Su rictus cambió de sopetón; debió de ser un golpe bajo para Joe.

—Él fue y será el amor de mi vida.

—Entonces, ¿por qué no estáis juntos?

—Es una larga historia.

Hice un mohín y me froté la frente con la mano.

Me sabía mal hacerle entender que entre él y yo nunca podría haber nada, a pesar de resultar evidente que Joe era un buen tipo y que cualquier mujer sería afortunada de salir con él. Pero eso no era para mí, porque en mi cabeza y en mi corazón no había cabida para nadie más.

Ryan había calado demasiado hondo en mí; tanto era así que estaba convencida de que jamás volvería a sentir nada semejante por otro hombre.

Nos despedimos; fue una despedida con un regusto un tanto amargo. Sin embargo, había sido mejor hablarle con franqueza y que supiera de antemano las cartas con las que podía jugar y que el as bajo la manga lo seguía teniendo Ryan.

Entré en mi edificio. A esas horas, un grupo de críos de no más de doce años fumaba en el descansillo.

Hice como si no hubiese visto nada, ni los miré más de la cuenta, pues se las sabían todas y lo mismo me soltaban una fresca, porque así se solían divertir con la gente. Subí a mi piso por la escalera.

Abrí la puerta, me descalcé y dejé los zapatos en un rinconcito destinado para ese fin en el recibidor. Me encontré con Savannah en el salón. Dormía a pierna suelta mientras emitía algún que otro ronquido.

Sonreí.

Verla en casa me alegraba el alma, y verla tan recuperada, aún más.

Hacía quince días que le habían dado el alta del centro de desintoxicación, pues llevaba noventa días sin tomar ninguna droga ni ningún tipo de estupefacientes, ni siquiera pastillas para paliar los devastadores efectos de la abstinencia.

Estaba limpia, como vulgarmente se suele decir en esos temas. Noventa días con sus noventa noches.

Debo hacer un inciso para explicar que los primeros días fueron los peores.

El síndrome de abstinencia, con sus tres fases, fue mortífero, angustioso y frustrante en ocasiones.

Padeció en sus propias carnes todos los daños colaterales habidos y por haber: insomnio, cambios de humor, ansiedad, depresión, vómitos, diarrea, fiebre, alucinaciones, pensamientos suicidas y un largo etcétera.

La primera fase, conocida como crash o leve de abatimiento, fue quizá la más inhumana de todas. Duró exactamente cuatro días, y en ella se manifestó el fenómeno llamado craving , o deseo irrefrenable de volver a consumir coca.

En las siguientes semanas padeció la segunda de las fases: grave de abstinencia, en la que hay una alta probabilidad de recaer.

Por aquel entonces, Savannah tampoco me lo puso nada fácil.

Pronto avanzaría a la tercera fase: la extinción.

En este período comenzó a no sentirse tan depresiva, ni hundida, aunque siempre me mantuve alerta.

Afortunadamente todo aquello formaba parte del pasado; el presente se pintaba de colores y el futuro... el futuro era un gran arcoíris en el cielo.

* * *

Al oír ruido, Savannah empezó a desperezarse, abrió la boca en un bostezo y se estiró como un minino.

Mi madre, paulatinamente, con el paso de los días, había ido recuperando parte de su aún aniñado rostro de treinta y ocho años, su menudo cuerpo había empezado a coger algo de peso y su pelo a lucir más lustroso, a pesar de haber perdido densidad, estar más corto y abierto por las puntas.

Sin embargo, su piel aún reflejaba aquellas horribles manchas en la cara, brazos y manos; ésas tardarían mucho tiempo en desaparecer, para hacerle recordar el calvario que había vivido y que me había hecho pasar a mí.

—Niña, ¿qué hora es?

—Tarde para quedarte dormida en el sofá.

Me acerqué para ayudarla a levantarse.

—¿Has estado llorando?

La cogí por las axilas y ella me rodeó el cuello con sus brazos.

—Un poco.

—Pero si tienes la cara hinchada...

Se volvió hacia mí con una mirada cansada pero tranquila, no como antaño, pues entonces siempre tenía las pupilas dilatadas y su mirada siempre parecía estar perdida, como en otro mundo.

—No es nada...

—¿No ha ido bien la última función?

A Savannah, el hecho de no consumir drogas le había dado por hablar por los codos. Lo hacía a todas horas y lo hacía sin parar, sobre cualquier tema; ese detalle, para ella, era irrelevante.

—Sí, ha sido todo un éxito. Ya te contaré...

—Entonces es que has llorado por un hombre.

Guardé silencio.

—En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme, espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor. Juan 4:18.

La miré de arriba abajo y me estremecí; siempre me pasaba cuando recitaba algún pasaje o versículo de la Biblia, ese vicio seguía manteniéndolo intacto. Jamás supe por qué le dio por aprenderse ese dichoso libro de memoria.

—Mamá, por favor..., hay que llevarte a la cama. Es tarde.

—Vamos, niña, vamos a la cama, que mañana será otro día.

La ayudé a desvestirse, a meterse bajo las sábanas y a apagar la lamparilla de cristalitos de la mesita de noche. Luego ajusté la puerta y, tras lavarme los dientes y quedarme sólo en ropa interior, me dejé caer sobre el edredón de plumas sintéticas.

Ya a solas, entre las sombras y la única luz proveniente de una farola de la calle, me puse a llorar abrazada a la almohada. Pensé en Ryan y en lo mucho que lo echaba de menos. Y así, entre hipidos y algún que otro gemido lastimero, me quedé profundamente dormida por culpa del agotamiento.