Brooklyn (Skyline 1) 28. Dulce como una tarta de Navidad
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28. Dulce como una tarta de Navidad

Dulce como una tarta de Navidad

Tenía los nervios a flor de piel. Aquella noche, a las ocho en punto, debutaba como actriz en un pequeño papel en la obra clásica A Christmas Carol (Cuento de Navidad), de Charles Dickens, en el teatro Longacre, en Broadway.

Poco a poco, a pasos cortos pero seguros, mi carrera como actriz empezaba a afianzarse y, con ello, mi sueño a materializarse.

* * *

Habíamos trabajado duro y ensayado hasta altas horas de la madrugada del día anterior, hecho que no debe hacerse antes del debut, pero nos pudieron las ganas.

Mi aparición se repartía en varios actos, en los cuales encarnaba a Martha Cratchit, hija de Bob y aprendiza en una sombrerería.

Entre varias frases, también debía recitar un villancico navideño, moviéndome de un lado a otro del escenario, cuya escenografía estaba sumamente estudiada: la iluminación, los decorados, la música. ..

El teatro era bien distinto al rodaje de una película, pues, si te equivocabas, no había una claqueta del director que ordenara cortar y empezar de nuevo.

Había una única oportunidad para bordar el papel o hacer el más temido de los ridículos.

Sin embargo, para romper una lanza en su defensa, os diré que también me ofrecía la posibilidad de que pudiera verme actuar algún cazatalentos y me catapultara al estrellato.

.. o bien sentenciara al fracaso mi sueño para siempre.

En definitiva, lo importante era actuar, que en esos momentos era lo único que me iba hinchiendo el alma.

—¡Señoras, señores, ocupen sus asientos y pónganse cómodos, porque faltan cinco minutos para que dé comienzo la función...! —se oyó anunciar, y las luces se atenuaron paulatinamente.

Estaba a punto de abrirse el telón de boca, el que recibe al público en la sala, y comenzar a fabricarse la magia, y con ello a deslizarse los telones alemanes (los que se suben) y los telones griegos (los que se abren hacia los lados).

¡Bum, bum, bum...! Podía oír los latidos de mi corazón cada vez más intensos, fuertes y raudos, y mi adrenalina recorrer todas las venas de mi cuerpo.

Fue curioso porque, antes de salir, mientras estaba entre bambalinas, fisgoneé para ver al público asistente y, justo en los asientos de uno de los palcos curiosamente vi a alguien que me recordó mucho a Ryan. Se trataba de un joven apuesto que iba muy bien acompañado de una mujer morena.

Sacudí la cabeza para eliminar esos absurdos pensamientos, pues eso no era posible. Ryan nunca asistiría a una obra de teatro, o al menos eso me dijo en su momento, a no ser que fuera signada; es decir, narrada a través del lenguaje de signos.

—Vamos, Brooklyn, deja de husmear por la retaguardia —me dijo Joe, mi compañero de escena—. Saldrá de puta madre.

Aparté la mirada de aquella pareja y cerré la cortinilla negra.

—Estoy deseando empezar cuanto antes para que se me pase el pánico. ¿No crees que hace mucho calor aquí?

—Relájate..., eso son los nervios. —Se rio, me cogió de los hombros y después se tomó la libertad de masajearme las cervicales, clavándome los dedos con fuerza.

Él y yo habíamos hecho muy buenas migas desde un primer momento—.

Te sabes el papel a la perfección. Cree en ti y lo bordarás, ya lo verás.

Joe era un veterano en eso de las artes escénicas, pues llevaba a sus espaldas más de cuarenta obras de teatro, un par de películas de acción y varios anuncios televisivos.

Para él resultaba fácil; para mí, no. Sentía verdadero miedo escénico en ese momento, y me preocupaba quedarme en blanco y no poder defender mi personaje como requería el guion.

—Venga, que se trata de disfrutar, no de padecer. Además, cuando todo esto acabe, iremos a tomar una copa para celebrarlo.

Y entonces fui plenamente consciente de que todos dependíamos de todos para que fuese un éxito. No podía defraudar a la compañía, a mis colegas ni al público.

Sentí mitad éxtasis y mitad vértigo, pero, cuando el telón se abrió, mi corazón, como por arte de magia, se serenó de golpe.

Inspiré hondo en varias ocasiones al tiempo que cerraba los ojos y era consciente de que había nacido para estar sobre un escenario, pues una sensación placentera y difícil de explicar empezó a envolver todo mi cuerpo, haciéndome sentir como pez en el agua.

En realidad, eso era precisamente lo que había anhelado toda mi vida, sentirme así al representar un papel.

* * *

Realicé varios ejercicios de calentamientos de las cuerdas vocales, ejercité el diafragma y me permití cerrar los ojos para concederme unos segundos de silencio y concentración para que, más tarde, todo fluyera suave como la seda.

En el teatro suele decirse aquello de que no existe una técnica ni unos consejos previos antes de salir a escena, sino que cada uno debe buscar sus propios métodos.

.. y, ciertamente, era así. Nada que te dijesen servía.

Sólo uno mismo logra prepararse mental y físicamente para salir a escena y actuar con naturalidad, algo tan complejo y a la vez tan fascinante.

Tres, dos, uno...

Las mariposas revolotearon libres y experimenté esas cosquillitas en el estómago justo antes del momento mágico de salir.

Fue indescriptible. Sentí la emoción tejiéndose en mi piel, la música dando el pistoletazo de salida, mis compañeros dando el cien por cien de ellos mismos, el público expectante.

.. Todo se fusionó al compás de mis sensaciones.

.. Olores, miradas, abrazos, complicidad, entrega, trabajo. ..

¡Mil sabores sobre las tablas de madera!

* * *

La obra fue todo un éxito; la ovación que recibimos resultó abrumadora y especial. El público, completamente entregado, se puso de pie y se deshizo en un aplauso multitudinario durante más de cinco minutos, rindiéndose a nosotros.

«Bravo», «soberbio», «precioso», «magistral», se oía gritar.

Y, entre vítores y halagos, mis ojos se cruzaron de nuevo con los de él.

Hacía casi dos meses que no lo había vuelto a ver y, si mis ojos no me engañaban, tenía buen aspecto.

Lucía un traje negro hecho a medida que le sentaba como un guante y el pelo algo más corto de lo habitual, pero igual de negro, brillante, como el color de sus ojos tristes.

—¡Ryan! —chillé, nerviosa.

Nuestros ojos se encontraron y nos mantuvimos la mirada hasta que mis compañeros de reparto me cogieron de la mano para hacer reverencias al público, en señal de respeto y agradecimiento, momento en el que la acompañante de Ryan aprovechó para colgarse de su brazo y atraer toda su atención hacia ella.

Cuando fui a levantar la cabeza y mirar al palco, fui consciente de que ya se habían marchado, provocándome una dolorosa punzada de nostalgia y miles de remordimientos de conciencia.

En su momento abandoné a Ryan sin darle ninguna explicación. Desaparecí de su vida sin dejar rastro, como si la tierra bajo mis pies hubiese abierto una gran brecha y me hubiese engullido por completo.

El maravilloso cuento de hadas que teníamos... se esfumó de la noche a la mañana, y para él yo era la única culpable. Herí a la persona más importante de mi vida por tratar de proteger la de mi madre.

Había cometido un terrible error. Lo sabía. Quizá debería haber respondido a algunos de sus cientos de mensajes de texto, pero no lo hice por cobardía... y ese error aún lo estaba pagando con creces...