26. Rueda que te rueda
Rueda que te rueda
Permanecí haciendo guardia varias horas, instalada en una de las minúsculas e incomodísimas sillas de madera de la salita de espera en la tercera planta del hospital, pendiente de noticias de Curly Evans.
Como no era un familiar directo, no tenía acceso a verla, ni siquiera unos minutos, al menos de momento.
Llevaba la misma ropa que me había puesto para el casting; el mismo maquillaje de vampiresa, pero corrido como si me hubiese pasado una larga noche de fiesta; los ojos, difuminados, con inflamación de los párpados, aparición de ojeras y sequedad en la piel.
Llevaba el pelo recogido en una improvisada trenza, con greñas sueltas, y unos pendientes en forma de margaritas con los que jugueteaba incansablemente, presa de la incertidumbre y del cansancio.
No quería dormirme, no me atrevía, no sin antes saber de ella. Ésa era mi prioridad, un hecho que, sin pretenderlo, me hizo entrar en un bucle sin remedio.
* * *
—Toma, Brook.
Ryan, quien había estado pegado a mí como mi propia sombra todo ese tiempo, me obsequió con un vaso de café con leche y una especie de magdalena que había comprado en una máquina expendedora.
—No, gracias. —Mis palabras se arrastraron, pegajosas, a través de mi garganta—. No tengo hambre, tengo el estómago cerrado. Sería incapaz de comer algo ahora mismo.
—Mala idea —me sermoneó con cautela. Sonó un poco paternalista y confieso que eso me incomodó en parte.
Alcé ambas cejas y él enseguida continuó.
—Venga, deberías tomar algo, sé obediente. Lo digo en serio, no comer no la ayudará en nada.
Negué con la cabeza, testaruda.
—Vamos, haz un esfuerzo. Sé que sabe a rayos, pero es lo único que he podido conseguir en esta planta... —se sentó a mi lado y me acarició la mejilla, despacio—... para no separarme mucho rato de tu lado. No quiero dejarte sola.
—Pues deberías marcharte, darte una ducha y cambiarte de ropa... Estás hecho unos zorros...
Ryan se rio.
—¿Yo? Pero ¿acaso tú no te has visto?
Me observé a mí misma y me encogí de hombros, divertida.
—Sí, menudo dúo de guarrillos nos hemos juntado...
Ambos sonreímos al unísono, él con la boca torcida y sus marcados hoyuelos, pero siempre atractiva, y yo con los labios agrietados, y luego nos reímos suavemente.
Ese gesto, en cierta forma, provocó que lográsemos distender los ánimos y relajar las emociones. A pesar de parecer egoísta, nos hizo aparcar por unos instantes el mal trago que estábamos viviendo.
* * *
Al final de la mañana, trasladaron a Curly a una habitación y por fin nos permitieron verla.
En privado y con reservas, el médico que la estaba tratando nos informó de que, al término de la semana, quizá podría volver a casa, siempre y cuando siguiera una serie de recomendaciones.
Además, nos hizo saber que, tras el aborto clandestino al que se había sometido a manos de ese maldito carnicero —quien había utilizado agujas de hacer punto para introducirlas en el cuello del útero para acceder al saco amniótico del feto, provocándole una hemorragia y causándole una severa peritonitis y lesiones en vagina y útero—, era muy probable que hubiese quedado estéril.
Sin embargo, y a pesar de la gravedad de lo sucedido, de la crueldad de la práctica y del nivel de desesperación por abortar, debía sentirse afortunada y dar gracias a Dios por seguir aún con vida.
No recordaba haber estado tanto tiempo pendiente de alguien salvo con Savannah.
Casi había olvidado esa abrumadora sensación de estar al borde del precipicio y que cualquier contratiempo provoque tu inminente precipitación por él.
Para bien o para mal, esos hechos suelen hacerte replantear muchas cosas; la vida es frágil, cambiante, y no deja de pender de una fina cuerda.
* * *
—Me has salvado la vida.
Le acaricié la cara y rocé su pelo, húmedo, que estaba pegado a la frente debido a las décimas de fiebre.
—Ahora no pienses en eso. Deberías descansar y recuperarte.
—Me he equivocado... —susurró—. Debí buscar ayuda en ti.
La destapé un poco, pues con la fiebre parecía tener calor y, de paso, me tomé unos segundos para responder a eso.
—Curly, olvídalo, de verdad. Lo pasado, pasado está.
—Siento lo ocurrido, creí que podría apañármelas sola —sentenció, afligida—, pero me equivoqué. Estaba tan desesperada...
Sus ojos me observaban bañados en lágrimas.
—Lo sé, cielo. Puedo imaginar que debiste llegar al límite.
—Lo estaba. —Pasó la lengua, apelmazada, por sus labios secos—. Te agradezco que no avisaras a mis padres; ellos... ellos nunca lo entenderían.
Me cogió una mano.
—Te compensaré, te lo prometo.
—No hay nada que compensar.
—Te lo compensaré —repitió ella—. Si no llega a ser por ti, estaría criando malvas. He sido muy afortunada.
—Vamos, no exageres... Eso no es cierto —le mentí. Sabía de buena tinta que la culpabilidad era una losa muy pesada y difícil de soportar para cualquier mortal—. Hiciste bien en darles mi teléfono. Pensaste en mí...
—Siempre pienso en ti. Eres un ejemplo a seguir.
—Pero ¿qué dices?
Arrugué la nariz.
—Lo eres, Brook. Eres como la hermana que nunca tuve. Ahora mismo eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Me negué a responder a eso; los halagos seguían siendo una asignatura pendiente para mí.
—Todo irá bien —le aseguré, sonriendo ampliamente, a sabiendas de que eso no era más que una burda patraña, un remiendo mal cosido a su roto, una tirita de plástico para taponar una herida profunda o añadir sal a un estofado insípido e incomible.
.. pues cabía la posibilidad de que jamás pudiera concebir un hijo y, con ello, no le quedaría más remedio que renunciar al privilegio que nos otorga la naturaleza a las mujeres de ser madres.
Le cogí la mano.
—Sólo te pido una cosa, Curly.
—Lo que quieras.
La miré apenada.
—Que no vuelvas a hacer algo parecido nunca más. Prométemelo.
En ese preciso instante, la puerta se abrió y Ryan apareció con su eterna sonrisa de medio lado y sus brillantes ojos tristes. Curly enseguida ató cabos.
—Tú debes de ser Ryan Cohen.
—Culpable. —La saludó con la mano.
Ryan se acercó, se agachó para darme un cálido beso en los labios y otro en el pelo, antes de tenderle la mano como si estuviera ante uno de sus habituales clientes. Él siempre tan formal...
—Siento conocerte en estas circunstancias.
Ella se encogió de hombros.
—Eres exactamente como Brook te había descrito.
Permanecí callada en el sitio, notando cómo un rubor molesto ascendía por mi cuello y se instalaba, sin recato, justo en medio de mis mejillas.
—Sois tal para cual, en serio. Sois tan perfectos... que dais asco.
Curly sonrió quejumbrosa, debido al dolor que padecía y que aún era evidente en sus facciones, y Ryan y yo nos miramos, cómplices.
* * *
Al cabo de unos días, se confirmaron todas las malditas sospechas. Curly Evans jamás podría tener hijos... Una realidad que provocó que, a partir de ese momento, algo en su interior, en lo más profundo de su ser, muriera para siempre.
—Un dólar por tus pensamientos.
Ladeé la cabeza y miré a Ryan a los ojos, permitiendo que pudiera leer en mis labios.
—Nada.
Suspiré hondo y miré a través de la ventanilla. Fuera en la calle todo parecía seguir como siempre, aunque, para Curly, el mundo hacía unas horas que se había desvirtuado.
—Error. —Sonrió y volvió a mirar hacia el exterior cuando el taxista puso el intermitente de la derecha, en el cruce entre la Sexta Avenida y la calle 13—. Siempre que una mujer asegura que no piensa en nada, es que algo le perturba.
Le regalé un alzamiento de cejas.
—Ah, ¿sí? ¿Y tú cómo sabes tanto de mujeres?
Ryan me lanzó una mirada de suficiencia.
—Cuando careces de uno de tus cinco sentidos, no te queda más remedio que agudizar los restantes, incluido el sexto, el del sentido común.
—Estoy de acuerdo con eso. Pero ¿qué tiene que ver la mujer con los cinco sentidos?
—Todo. Si ya cuesta estar en vuestra misma onda y entenderos estando completo, imagina sin uno de los sentidos.
Tras su desafortunado comentario me quedé boquiabierta.
—Ryan, eso ha sonado muy pero que muy machista...
—No me malinterpretes, Brook —se intentó explicar—, pero creo que, a pesar de ser muy fuertes, tendéis a ser más viscerales que nosotros.
—En parte tienes razón, los hombres soléis ser más fríos en cuestión de sentimientos.
—Que no lo expresemos no es sinónimo de que no sintamos nada.
—Y, entonces, ¿por qué no lo demostráis? —insistí, hurgando en la herida masculina, si la hubiera—. ¿Por qué os gusta tanto ir de machitos Alfa, con esa actitud de «yo puedo con todo y todo me resbala»?
—No es exactamente así —matizó—. Opino que todo radica en que, tal vez, en el fondo, seamos más vulnerables de lo que queremos aparentar, y de esta forma evitamos que nos hagan daño.
Bien mirado, lo que decía tenía algo de sentido. En ocasiones, y sin darnos cuenta, mostramos una coraza ficticia, una que no corresponde con nuestra propia forma de ser, para impedir un tormento que quizá nunca llegue.
Pero así somos, así es el ser humano: imperfecto por naturaleza, aun siendo la máquina más perfecta y maravillosa que se haya creado jamás.
—Pues, para tu información, quiero que sepas que prefiero saber qué sientes en todo momento a pretender imaginarlo —le dije, pizpireta—, pues te aseguro que mi imaginación puede llegar a ser... circense.
—Miedo me da.
—Debería...
Ryan sonrió, cálido y cercano como siempre lo notaba cuando estaba a mi lado. Me sentía tan cerca de él que, a veces, incluso me daba la sensación de que ambos éramos uno mismo, como un precioso tándem indestructible.
* * *
Al anochecer, regresamos a casa de los Cohen. Ryan esperó a que yo entrara por la puerta de atrás, la de acceso a la cocina cruzando el jardín, y él entró por la principal.