26. Rueda que te rueda #2
El propósito inicial era evitar que nos vieran juntos, pues considerábamos que aún era pronto para hacer público lo nuestro. Eso era como un amor a lo Romeo y Julieta de Shakespeare, pero en tiempos modernos; un amor prohibido por la incomprensión, oculto a ojos de los demás.
Más tarde, tras el servicio de la cena y ayudar a limpiar la cocina, me dirigí a la habitación de Ryan, tal y como me había sugerido.
Tenía muchas ganas de pasar un rato a solas con él, sin tener el Mount Sinai como telón de fondo, ni el olor característico a apósitos con alcohol y desinfectante o, incluso, a enfermedad... a ese hedor que ninguna pastilla de eucalipto puede enmascarar.
Pasamos la noche entre las sábanas de su cama, apretujados en medio metro, sin desear que el tiempo transcurriera. Me sentía tan bien entre sus brazos que, siempre que me desprendía de ellos, me daba la sensación de que él se quedaba con un pedacito de mí misma.
—Me haces bien, Brooklyn.
Acomodé la mejilla en su pecho y comencé a acariciar el escaso vello rizado que recubría esa parte tan masculina de su anatomía.
Permanecí así, en silencio, durante alrededor de un minuto, y luego lo miré a los ojos.
—¿Qué nos está pasando, Ryan?
Él sonrió.
—¿Acaso no tienes una ligera idea?
—Vagamente... —mentí.
Sabía perfectamente cómo me sentía cuando estábamos juntos y nadie podía rebatirme lo que él sentía por mí. Se podría expresar de distintas formas, pero todas llegarían a la misma conclusión: nos estábamos enamorando el uno del otro, irremediablemente.
—Sólo te diré que eres lo más cerca que he estado nunca de rozar el cielo con la yema de los dedos.
Lo que sentí en ese instante no se puede resumir en una sola frase, pero podría asemejarse a que el mundo se congeló en esa fracción de segundo. Todo se detuvo a mi alrededor como en una instantánea..., todo excepto el intenso traqueteo de mi corazón.
De repente, me tumbó boca arriba y se colocó a horcajadas sobre mis piernas para mirarme desde lo alto.
Sus ojos negros brillaban intensamente, eran como un fuego negro, cabalístico, enigmático, perverso y a la par tan dulce que resultaba embriagador.
Y su pelo, ondulado y espeso, le caía en cascadas, tapando parte de su lóbulo izquierdo.
—Eres la mujer más hermosa que he visto nunca —dijo con un susurro grave con un cierto deje de excitación en sus palabras. Ciertamente le gustaba lo que veía y su cuerpo así lo demostraba.
Estuve a punto de decir algo, cuando me agarró de ambas manos por las muñecas y devoró mi boca con ansia.
—No te alejes nunca de mi lado. —Dejó de besarme un instante para susurrarme esas palabras al oído, para luego seguir saciando su sed de mí.
* * *
Nos hacíamos bien, éramos él uno para el otro como la última pieza de un puzle que encaja a la perfección, formando un todo.
Hicimos el amor en dos ocasiones y caímos rendidos en un apacible duermevela. Esa noche durmió de un tirón, no se despertó con sobresaltos ni horrendas pesadillas.
Dormimos abrazados, tranquilos, serenos.
Tanto fue así que me quedé dormida, pues no oí el despertador, y tuve que asearme rápido en el cuarto de baño antes de disponerme a correr a hurtadillas a mi habitación y vestirme con el uniforme de trabajo para llegar a tiempo a la rutinaria inspección de Rose Guido.
Cerré con cautela la puerta del dormitorio de Ryan.
.. cuando fui consciente de una silueta de mujer que no logré identificar y que desapareció al verme.
Un incómodo escalofrío recorrió mi columna vertebral y recé porque, quienquiera que fuese, no me hubiese visto salir de allí, pues eso podría complicar las cosas.
Al ocultar cosas uno ha de ser muy disciplinado en tiempos, lugares y acciones si no quiere ser descubierto in fraganti... y yo no lo fui; cometí un error, uno que poco más tarde pagaría con creces.
El nerviosismo se instaló en mi cuerpo durante toda la jornada laboral, mirando aquí y allí, tratando de adivinar quién me había visto salir de la habitación de Ryan, porque estaba convencida de que, quien me hubiese visto, destaparía el suculento chismorreo.
Examiné a conciencia el comportamiento de los demás empleados en relación conmigo, para descubrir si había algo extraño en alguno de ellos, pero desgraciadamente no logré atisbar nada que me llamara la atención.
* * *
Aquella misma noche y la siguiente tuve que buscar mil excusas para evitar dormir con Ryan.
Era muy probable que, quien me había visto salir de ese cuarto, estuviera alerta a nuevos encuentros, para así corroborar aquello que había creído ver.
Debía ir con pies de plomo y pensar con frialdad cada nuevo movimiento que dar; anteponerme a cualquier indicio de sospecha.
Afortunadamente, Ryan se mostró comprensivo y no me insistió al explicarle que tenía fiebre y que prefería guardar cama a solas en mi habitación para no contagiarle la enfermedad.
Mentí y me dolió en el alma. Precisamente, la palabra « mentir» y yo no éramos demasiado amigas. Y mentirle a Ryan, con premeditación y alevosía, eso me dolió profundamente, pues se trataba de la segunda vez.
La primera mentira había sido ocultarle quién era yo realmente.