Brooklyn (Skyline 1) 25. Como un jodido castillo de naipes
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25. Como un jodido castillo de naipes

Como un jodido castillo de naipes

Oh, yeah!

Me habían seleccionado para hacer un casting para un papel secundario en una exitosa serie de televisión, «Buffy, the Vampire Slayer», creada por Joss Whedon e interpretada por Sarah Michelle Gellar.

Yo, bueno, la que resultara elegida, la afortunada en cuestión, sería una vampiresa.

Se trataba de un papel cortito pues la susodicha moría en la cuarta escena. Pero ese hecho, en el fondo, no me importaba lo más mínimo, pues la serie figuraba como una de las mejores de todos los tiempos y esa experiencia en mi currículum me abriría muchas puertas.

Asombrosamente, dada la trascendencia, esa mañana no estaba tan nerviosa ni tan negativa conmigo misma como en otras ocasiones. Tenía un buen presentimiento, algo me decía que ésa sí era mi oportunidad, la buena.

* * *

Me vestí de riguroso negro como marcaban los requisitos, maquillándome a conciencia para dar un look vampiresa en toda regla: base de maquillaje blanca para palidecer mi tez y resaltar los ojos y la boca, esta última de rojo intenso.

Además, como debía conseguir una mirada penetrante, misteriosa y felina, apliqué una buena cantidad de sombra negra por todo el párpado superior e inferior hasta la sien; fui muy generosa con la máscara de pestañas para conseguir que fuesen tupidas y, para lograr una auténtica mirada de vampiresa, me guardé en el bolso unas lentillas de fantasía de color rojo para colocármelas justo antes del momento de la actuación.

De modo que, tras echar un último vistazo en el espejo, puse rumbo al corazón de la ciudad.

Iba sola, pues aquélla era la primera vez que Curly no me acompañaba, pues según me contó le había surgido un imprevisto.

Pero ¿cuál? Ella ni estudiaba ni trabajaba, y disponía de todo el tiempo del mundo para hacer lo que le diera la real gana.

.. aunque, bien mirado, parecía más una excusa que otra cosa.

Cierto era que últimamente solía poner excusas para todo cuando le proponía algo, incluso para quedar a tomar un simple café.

De un tiempo a esa parte empezaba a resultar una odisea localizarla.

No sé, me estaba dando la sensación de que se había cansado de jugar siempre con la misma muñeca Barbie.

.. y quizá quería sustituirme... Aunque me doliera en el alma, debía reconocer que había notado cierto distanciamiento por su parte, y que las cosas se habían enfriado entre nosotras. ..

* * *

Justo al acabar la prueba, recibí la llamada de un número desconocido. Dudé en contestar, pero al final claudiqué y lo cogí.

—¿Hola?

—¿Es usted Brooklyn Steinfield?

Una voz masculina y bastante carrasposa se dirigió a mí desde el otro lado de la línea.

—Sí, soy yo.

—Verá, me pongo en contacto con usted porque Curly Evans me facilitó su número de teléfono para que pudiera recurrir a usted en el caso de que surgiera algún contratiempo durante o después de la intervención.

—¿Intervención? —Pronto me atraganté con mi propia voz. Ella no me había mencionado nada de una operación, ni una palabra—. ¿De qué me está usted hablando?

—De la interrupción del embarazo.

Me lo soltó así, con toda la tranquilidad del mundo, como si hablara del tiempo con un extraño en un ascensor, y la poca empatía que denotó su voz me partió el alma en dos.

—¿Interrupción del embarazo? —repetí, irritada e incrédula a partes iguales, como si me estuviera gastando una broma de mal gusto—. Curly Evans no está embarazada.

—Cierto, no lo está, pero lo estaba, de unas trece semanas.

¿Trece semanas? ¡Oh, Dios mío! Eso eran más de tres meses.

A partir de ahí empecé a hacer cálculos mentales y algunas cábalas.

.. Por aquel entonces ella y yo aún no nos conocíamos.

.. pero se me hacía increíble pensar que no me había contado nada, teniendo en cuenta las horas compartidas y que yo le había hablado de temas muy delicados, como Savannah y John. Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

Me sentí una idiota. Idiota y, además, ninguneada.

—Mejor será que venga lo antes posible.

—¿Por qué? —lo increpé de malas maneras—. ¿Qué le ha pasado? ¿Se encuentra bien...?

La masculina voz desoyó mis preguntas y se limitó a darme las señas de su localización. Eso sí, con la advertencia clara de que no tardase en acudir allí.

Una extraña sensación recorrió el largo de mi espalda en forma de sudor frío, algo muy desagradable.

¿Por qué le había dado mi número de teléfono a un completo desconocido? ¿Acaso había acudido sola a aquel sitio? Y a sus padres, ¿no los había puesto en antecedentes?

Empecé a notar que me faltaba el aliento y a sentir que me fallaban las piernas, y éstas a no soportar el peso de mi cuerpo, así que me vi obligada a contactar con Ryan. Necesitaba que me prestara su ayuda para acudir lo antes posible a ese lugar.

Una vez allí, mis nudillos aporrearon la puerta con nerviosismo. Pronto, un tipo de mediana estatura, rechoncho y semicalvo, abrió. Entré sin soltar un saludo, exigiendo de malos modos que me llevaran con mi amiga.

Y así fue.

Enseguida recorrimos aquel antro de mala muerte y entramos en una diminuta estancia que había al final de un pasillo.

Era oscura, tétrica, triste... tan penosa como los abortos que se practicaban clandestinamente entre esas paredes, carnicerías ilegales sin supervisión de especialistas cualificados, en un entorno que no cumplía los mínimos estándares ni higiénicos ni médicos.

Un lugar que olía a orín, sudor y excrementos, un hedor nauseabundo que se caló en lo más profundo de mi ser y que no olvidaría jamás.

Allí, en ese minúsculo cubículo, estaba ella, abandonada encima de una cama, semiinconsciente, bañada en sudor y vómito.

Su cara, pálida y manchada de chorretes negros y Dios sabe qué, daba pavor. Corrí a su lado. Clavé las rodillas en el suelo.

—Curly, cielo... ¿puedes oírme?

Me acurruqué junto a ella y la cogí por el mentón. Traté de despertarla con suaves palmaditas en las mejillas, pero no respondía ante ninguno de los estímulos.

¡Parecía estar más muerta que viva!

—Brooklyn, debemos llevárnosla de aquí, ¡ahora!

Bruscamente, miré a Ryan a los ojos; éstos me estaban pidiendo a gritos que le hiciera caso, que no podíamos perder el tiempo, porque éste corría en nuestra contra.

—Ha perdido mucha sangre... —gimoteé, alarmada, al borde de la histeria, tras quitarle la sábana que cubría su cuerpo y descubrir que el colchón, a la altura de sus partes íntimas, estaba teñido de rojo.

—Se está desangrando, Brooklyn —aseveró abruptamente.

Un silencio atenazador nos invadió a ambos.

Ryan no se lo pensó dos veces y, tras hacerme a un lado y tomarle el pulso, la cogió en brazos para llevársela de ese puto infierno.

Echó a correr con el cuerpo de ella a cuestas; yo fui detrás, siguiendo sus pasos, como si fuese su propia sombra.

Ya en la calle, buscamos con desesperación un taxi.

—Llévenos al hospital.

Ryan se sentó en los asientos de atrás con Curly entre sus brazos. Yo me quedé en el asiento del copiloto, sin saber cómo actuar ni qué hacer. Me había quedado completamente bloqueada. Suerte que a él no le tembló el pulso y supo mantener la mente fría.

—¿A cuál?

—Al más cercano... —dijo Ryan, exigente—. Joder, ¡¿acaso no ve que esto es una puta urgencia?! ¡Se está muriendo!

El taxista cerró el pico de golpe y, en apenas un instante, puso rumbo a Hospital Mount Sinai.

En escasos diez minutos, accedimos por la puerta de Urgencias y, tras las indicaciones de Ryan, se la llevaron en camilla al interior.

Yo me quedé completamente vacía por dentro, hueca, sin vísceras, sin sangre recorriendo mis venas, sin músculos, sin la capacidad de hablar, simplemente con el esqueleto y una fina capa de piel recubriendo mi alma.

Estaba aterrada, asustada, desolada...

No estaba preparada para algo así. No estaba preparada para perderla, no cuando por fin había encontrado una verdadera amiga, pues ella era una pieza clave en mi vida.

Ella, junto con Ryan, formaba parte de mi vida, eran parte de mi todo.