Brooklyn (Skyline 1) 24. ¿Los cuentos de hadas existen? #2
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24. ¿Los cuentos de hadas existen? #2

»Créeme, sé de buena tinta que entrar en el mundo de los ricachones por la puerta de atrás no suele estar bien visto. No es precisamente un camino de rosas, sino un tedioso recorrido lleno de piedras puntiagudas.

Abrí los ojos desmesuradamente y mi sonrisa se congeló al instante.

Particularmente, hasta ese jodido instante no había barajado dicha posibilidad.

.. y pensé que quizá Curly pudiera estar en lo cierto.

Aunque, por otro lado, quise imaginar que no todo el mundo estaba cortado por el mismo patrón ni todos tenían la mentalidad tan estrecha, ni siquiera que eran cortos de miras, aun a riesgo de que se me tachara de ingenua.

Mi amor por Ryan era sincero y esos sentimientos jamás se verían ultrajados por el dinero, tampoco al descubrir la escandalosa cifra con muchos ceros de su cuenta bancaria.

—Bueno, nena, dejemos ese tema para otro momento. Lo que más me importa es otra cuestión...

Curly me dio un codazo en el brazo.

—Vamos, confiesa, ¿qué tal es en la cama?

—¡Curly!

Su inesperado y grotesco comentario me sacó los colores, como si yo fuera una rosella, esa exótica ave proveniente de Australia conocida por su pelaje multicolor. Además, debido a mi alarido, parte del goteo constante de transeúntes se nos quedó mirando un rato.

—¿Qué pasa? —me preguntó con los ojos desorbitados, como si fuese lo más normal del mundo preguntar semejante cuestión relativa a la intimidad—. Joder, será que ahora me has salido monja de clausura.

—¿Estás confundiendo el tocino con la velocidad?

—¿El qué?

—Nada, Curly, nada —entoné—, es sólo un dicho. La cuestión es que nunca tengo por costumbre desvelar detalles de mis relaciones íntimas y...

—Pues ya va siendo hora. Ni te imaginas lo que se aprende compartiendo con alguien tan aventajada en esa materia como yo. Te aseguro que, si en la universidad impartieran esas clases, sacaría siempre matrícula de honor.

Había cosas que me resultaban imposibles, como hacerle entender a mi amiga que no todo se debía compartir, sobre todo si no querías que llegara a terceros.

El sol me nubló la vista por un momento y fue cuando me coloqué las gafas de corazones y la miré a través de los cristales ahumados rosáceos.

—No vas a sacarme ni una sola palabra sobre Ryan en ese aspecto.

—Lo cual es un error.

—Curly, no insistas. No te servirá de nada.

—Sólo quiero saber una cosa...

Me fijé en cómo sus labios se curvaban en una picarona sonrisa, antes de encenderse un cigarrillo y que las volutas de humo se disipasen a nuestro alrededor... y vaticinar por dónde iban a ir los tiros.

Eché un vistazo al río antes de oír su pregunta.

—¿Cómo lo calificarías? —Curly me examinó antes de soltar la bomba en tres, dos, uno—: ¿Empotrador potro salvaje o tierno quesito en deliciosas porciones?

Me volví para mirarla sin dejar de alzar una ceja. Curly nunca dejaba de sorprenderme y sabía que nunca lo haría.

—Me acojo a la quinta enmienda. Además, ¿de dónde has sacado eso? Deberías hacerte una camiseta con ese lema...

Sonreí, divertida, para tratar de zanjar el tema lo antes posible. Lo que Ryan y yo vivíamos, disfrutábamos y sentíamos se quedaría encerrado en una caja bajo siete llaves.

—¡Oye, no me des ideas!

—Te cedo los derechos...

Dio una larga calada, pensativa, y luego dejó caer el pitillo al suelo antes de pisotearlo con la suela de sus botines de charol.

—Oh, oh... Brook... —Me señaló con el dedo, todo sonrisitas—. Fijo que Ryan es un empotrador nato.

—Eso lo has dicho tú, no yo.

—Cariño, simplemente, tu cara te delata, y eso me encanta...

Me encogí de hombros, sin responder a eso último. ¿Qué sentido tenía? Dijera lo que dijese, no iba a creerme; ella ya se había hecho su propia película y yo no pensaba jorobarle el final de la cinta.

Lo único importante de todo eso era que Ryan me hacía muy feliz; el resto, quedaba relegado a un segundo plano.

* * *

Cayó la noche y regresé a la mansión de los Cohen. Pasar parte de mi día libre con Curly me había resultado gratificante y estimulante, similar a un chute extra de energía, algo que me venía muy bien y que agradecía. Tenerla como amiga era una de las cosas buenas que destacar de ese año.

Otra, sin duda, era haberme enamorado de Ryan.

Quien lo sabía... quizá la vida, Dios, el destino, el karma o lo que fuera había decidido darme una pequeña tregua y aflojarme la soga que desde hacía años rodeaba mi cuello y con la que me sentía muy asfixiada, tanto física como psicológicamente.

Me di una ducha, cerré la puerta acristalada que daba acceso al balcón, me metí en la cama y, justo cuando iba a apagar la luz para dormir, oí un leve golpe en la puerta. Tres sutiles toques, en forma de clave secreta, para ser precisos.

Me levanté y caminé a grandes zancadas, pues el suelo de gres estaba bastante frío, y abrí sin más preámbulos.

—¿Pretendía irse a dormir sin darme las buenas noches, señorita Steinfield?

Ryan me estaba mirando, apoyado en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados y con sus ojos negros muy brillantes. La tenue luz del pasillo ensombrecía la mitad de su cara, ocultando parte de su seductora sonrisa, sus sexis hoyuelos, dándole un aire canalla, desenfadado y atractivo a rabiar.

De nuevo esas dichosas mariposas revoloteando incansables en mi estómago... Era verlo o estar cerca de él y mi cuerpo reaccionar al suyo de inmediato, reconociéndolo. Adoraba esa sensación.

—¿Me va a dejar entrar en la habitación o me va a dejar en el pasillo toda la noche?

—Eh, no... Por favor, pasa, Ryan.

Cuando él entró, mi primer instinto fue echar un vistazo al pasillo, de lado a lado, para cerciorarme de que nadie lo había visto hacerlo, y luego eché el pestillo tras cerrar la puerta.

Lo que sucediera entre esas cuatro paredes se iba a quedar entre esas cuatro paredes y grabado a fuego en mi alma para siempre.

Me giré y me encontré de nuevo con los ojos de Ryan... negros, penetrantes, atrayentes...

—¿Por qué no has venido a mi dormitorio?

—Porque es muy arriesgado, Ryan.

—No si lo hacemos bien, no si somos precavidos.

Me mordí el labio inferior. Deseaba a ese hombre como nunca había deseado antes.

Ryan comenzó a caminar hacia mí, acortando la distancia que nos separaba. Se plantó frente de mí, me cogió la cara entre sus manos y unió sus labios a los míos, anhelante, como un vampiro sediento de sangre, de una forma casi enfermiza, rozando la demencia.

—Dios, cómo he echado de menos besarte, Brooklyn.

Alcé la mirada y vi que sus ojos tristes ya no reflejaban tanta soledad como cuando lo conocí, y eso me hinchó el alma. Sentí una punzada de satisfacción al pensar que yo también le hacía bien.

Respiré hondo y me puse de puntillas para rodear su cuello con mis brazos y fundirnos en un necesitado abrazo. Permanecimos así durante un rato, con los ojos cerrados y sintiendo el cuerpo del otro como parte del nuestro.

—No sé qué demonios nos está pasando, no consigo aclarar mis ideas, no consigo dejar de pensar en ti.

.. —empezó a decir tras separarse lentamente—.

Sólo sé que jamás me han hecho sentir mejor.

Nunca, nunca, nunca me habían hecho sentir tan vivo.

Te lo digo en serio. Cualquiera diría que he perdido el juicio. ..

Quise responder a eso, pero no me lo permitió. Selló de nuevo mis labios con los suyos y me arrebató las palabras a golpe de besos. Condenada boca...

Luego empezó a desvestirme despacio; yo lo imité entre tirones de ropa, risas ahogadas y cómplices gemidos.

Hicimos el amor en dos ocasiones, la primera más ardiente, y la segunda, más dulce.

Hacerlo con Ryan era lo más parecido a subir al séptimo cielo y descender al mismísimo infierno, todo a la vez; lo mejor y lo peor de ambos mundos.

Era sentir con los cinco sentidos y saborear cada soplo de aliento como si fuera el último. ..

Ryan durmió en mi cama aquella noche y la siguiente..., así noche tras noche. Y, a medida que fueron pasando los días, más me aterraba la mera idea de perderlo, de que se cansara de mí o me dejara, sintiendo todo lo que sentía por él.

Pensar en eso me rompía por dentro.

* * *

Una noche ocurrió algo que me sobrecogió el corazón y me destrozó el alma.

Era de madrugada cuando Ryan se despertó sobresaltado, completamente sudado y con el corazón tan acelerado que parecía que se le iba a salir por la boca de un momento a otro. Respiraba pesadamente y murmuraba cosas sin sentido.

No dudé en abrazarlo en la oscuridad, cobijarlo entre mis brazos, pero entonces me apartó de un manotazo, como si no me reconociese, como si yo fuera una extraña. Pataleaba sin ton ni son.

Repentinamente, uno de sus manotazos al aire me alcanzó en el estómago.

Me quejé.

Sin embargo, él pareció no darse cuenta de lo que había hecho, pues seguía aleteando los brazos sin tener presente que yo estaba allí, a su lado.

Toda esa mierda me pilló por sorpresa y no supe qué estaba ocurriendo hasta pasados unos minutos.

Encendí la lamparilla de la mesita de noche a tientas y entonces fue cuando me fijé en sus ojos, en la expresión de su mirada. Éstos parecían estar hundidos en un pozo sin fondo, en un profundo penar al que yo no podía acceder.

Sus ojos..., esos ojos parecían estar viendo otra realidad muy distinta a la que estaba viendo yo. Sus ojos, muy abiertos, miraban inmóviles al frente, con las pupilas dilatadas como si hubiese fumado crack, y, al no poder leer en mis labios, no podía hacerle llegar mis palabras de aliento.

—Ryan, ¿qué te pasa? —Me asusté muchísimo.

Tosió tras un largo lamento que a punto estuvo de hacerlo vomitar en las sábanas.

Parecía tan perdido y a la vez desubicado.

Aquella noche descubrí que Ryan, desde siempre, padecía terrores nocturnos debido al trance que sufrió cuando tan sólo tenía cinco años, provocado por el accidente de tráfico en el que perdió a sus padres, en los cuales revivía una y otra vez aquel suceso.

Los médicos le diagnosticaron trastorno de estrés postraumático desencadenado por aquella situación aterradora que tuvo que experimentar.

De hecho, más tarde me confesaría entre lágrimas que ni las terapias de choque ni las visitas a psiquiatras ni las técnicas cognitivas habían limado esas secuelas que arrastraba desde tan temprana edad.

Me dije que tal vez, en estos casos, hablar, simplemente hablar con otra persona, sirviera para sanar o para curar en parte esas viejas cicatrices que le seguían sangrando por dentro.

Y yo estaba allí para lo que necesitase. Además, podía considerarme, sin temor a equivocarme, como una persona que sabía escuchar y atender, pues, sin pretenderlo, me había curtido a base de tener que cuidar todos esos años de Savannah.

La verdad sea dicha, ni siquiera supe por dónde empezar, ni cómo ayudar a Ryan, pero lo hice, pues el simple hecho de estar a su lado le empezó a bastar... o, al menos, a mí me lo pareció.

Abrazarlo cada vez que le ocurría y no dejarlo caer comenzó a bastarle, porque, según dicen, el amor lo puede todo... o debería poder.

—¿Qué te pasa, Ryan? —volví a preguntar.

Sin embargo, al no mirar mis labios, era incapaz de saber lo que estaba diciendo.

Así que, ni corta ni perezosa, le sujeté la cara entre mis manos aun a riesgo de correr la misma suerte de antes y ser golpeada, y lo obligué a que leyera en ellos—. Cariño, mírame. ¡Ryan, mírame...!

Y ahí estaba, sus ojos por fin se deslizaron lentamente hasta mi boca.

—¿Qué está pasando?

—Me ahogo... Brooklyn... —aulló entre quejillos—... Me hundo...

—Tranquilo, cariño... Estás conmigo, yo te sujeto..., no vas a ir a ninguna parte. Yo... yo estoy contigo. Te sujeto, no voy a soltarte nunca...

Una oleada de ansiedad empezó a adueñarse por momentos de mi ser, pues sentí en mis propias carnes todo el padecimiento que Ryan sentía en ese instante.

¡Era escalofriante!

Él estaba ante mí y, por inverosímil que resultara, parecía haber menguado varios centímetros.

¡Ryan volvía a ser un niño pequeño, desamparado, angustiado y muerto de miedo!

—Chist... Chist... Estoy aquí, Ryan... Estoy contigo...

Él hundió la cabeza en mi pecho y luego me abrazó con fuerza a pesar de seguir tiritando como un perro mojado tras la lluvia. Se guareció entre mis brazos y se dejó mecer en ellos.

Así, poco a poco, fue recuperando paulatinamente el aliento y la lucidez, volviendo a ser el mismo hombre de siempre, sereno, valiente y equilibrado.

Más tarde me senté en la cama y Ryan puso la cabeza en mi regazo, por lo que pude notar el peso de su cuerpo sobre mis piernas. Me abrazó la cintura con necesidad mientras le acariciaba el pelo, la cara y la espalda para que supiera que estaba allí y que esa maldita parasomnia había acabado.

—Tranquilo, Ryan...

Al cabo de un rato, cuando recuperó la lucidez que lo había abandonado, trató de incorporarse. Lo miré a los ojos; éstos por fin habían recuperado la calidez y la luz que recordaba en ellos

—Gracias, Brooklyn.

Me cogió por la nuca y acercó su boca a la mía, aún temblorosa, para que sintiera su dulce aliento sobre mis labios.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Apoyó su frente en la mía.

—No te alejes nunca de mí.

Miró mis labios.

—Nunca, Ryan...

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Soltó un desgarrador suspiro de alivio y selló nuestra improvisada promesa con un beso... largo, intenso, desesperado. Hicimos el amor sin prisa, con calma, despacio. Y, tras acabar y susurrarme que me amaba, se quedó dormido. Tranquilo y dormido.

Yo me quedé despierta, insomne, pensativa, debatiendo conmigo misma en medio de las sombras de la noche, autoconvenciéndome de que Ryan me quería de verdad, como mujer y con todo su ser... y no confundido por esa necesidad de tener a una persona a su lado que lo comprendiera y compartiera su dolor.