Brooklyn (Skyline 1) 24. ¿Los cuentos de hadas existen?
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24. ¿Los cuentos de hadas existen?

¿Los cuentos de hadas existen?

—¿Todo bien en París, señorita Steinfield?

Rose Guido me clavó una de sus ya recurrentes miradas interrogativas, sonando a pregunta trampa.

—Sí, señora —le respondí de forma escueta, aunque eso pareció no bastarle. La muy cotilla demandaba, con los ojos, más información.

—¿Algo que deba saber?

Negué con la cabeza y ella siguió varios segundos más escudriñándome a conciencia, como si de esa forma lograra leer mis pensamientos. Nada más lejos de la realidad.

* * *

Cuando salió de mi habitación y eché el pestillo para que nadie pudiera fisgonear en mi intimidad, me dejé caer pesadamente sobre las sábanas de la cama, con los brazos abiertos y la mirada perdida en el techo, notando cómo mi corazón se aceleraba estrepitosamente al recordar cada instante que había vivido en la capital francesa con Ryan, recreando cada momento especial, reproduciendo cada beso, cada caricia, cada susurro al oído.

Volví a sonreír, tontorrona.

Aún me costaba creer que, lo que había pasado, realmente había pasado y que no era fruto de mi imaginación, ni que estaba loca de remate o que había perdido la cabeza en el viaje de vuelta. Me la palpé con la mano y, sí, asombrosamente ésta seguía sobre mis hombros...

¡Dios mío!

¿Y si los cuentos de hadas sí existían? Siempre había pensado que éstos habían sido creados para mantener a la mujer engañada... ¿Esperar a un príncipe azul en tiempos modernos para ser salvada?, Salvada, ¿de qué? De la malvada y cruel realidad... Desde mi punto de vista, nada lógico.

En mi opinión, jamás me había sentido atraída por alguien que jugara ese rol, el de salvador, pero es que con Ryan era tan diferente... Él era tan diferente al resto de los mortales que me costaba definir qué era eso que lo hacía distinto.

Una clara muestra podría ser esa perturbadora mezcla entre su halo protector y esa enigmática mirada triste que lo caracterizaba.

En ocasiones Ryan se mostraba tan transparente como el agua de un manantial y, en otras, sin embargo, tan hermético que incluso me costaba llegar hasta él. Así era él. Así era Ryan Cohen.

Y así consiguió enamorarme, calando profundamente en mí, capa tras capa de la piel, hasta ahondar en lo más profundo de mi corazón.

Y si era cierto que existía un destino, éste, al fin, parecía haber hecho las paces conmigo, por ponerme a Ryan en el camino.

* * *

—Necesito verte.

—Brook, cielo, claro. ¿Dónde quedamos?

Tuve que telefonear a Curly para hacerla partícipe de todo lo que me estaba pasando. Necesitaba vomitárselo todo con pelos y señales a alguien como ella, alguien siempre dispuesta a escuchar a una amiga.

Pude imaginar su pecosa cara y su sonrisa ensanchándose tras oír mi voz después de tantos días sin tener noticias mías.

Me di una ducha rápida, me vestí con un peto vaquero, camiseta blanca a juego con las deportivas Nike y oculté mi llamativa melena rubia bajo una gorra de béisbol de los New York Yankees.

Una vez lista, pillé un taxi que me llevó al mismísimo corazón de Manhattan, en la esquina entre Wall Street y Broad Street, cerca del New York Stock Exchange, el mítico edificio de la Bolsa.

Nada más pagar la carrera, apearme del vehículo, colocarme las gafas de montura de corazones y que un calor impropio de la época me envolviera por completo, vi a Curly Evans, quien estaba sentada en un banco, escuchando música a través de unos auriculares mientras su pie derecho daba golpecitos al suelo rítmicamente, sin percatarse de mi presencia.

Incluso en aquel momento, me hizo sonreír.

Ella siempre tenía ese maravilloso don, el de robarme mil sonrisas, aunque no siempre el horno estuviera para bollos.

Me senté a su lado, como si de una extraña se tratara, y después le despegué uno de los auriculares del oído y le susurré con voz de ultratumba la mítica frase de la película de El exorcista : «¿Has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija?».

El bote que pegó del banco, emitiendo un grito, fue monumental, el cual no pasó desapercibido para ninguno de los transeúntes que paseaban por allí en ese preciso momento, pero éste no fue ni mucho menos tan escandaloso como la carcajada que solté.

—¡Brook, serás perra...! —chilló ella con la mano en el pecho, simulando que iba a darle un ataque cardiaco.

—Lo siento, Curly —no podía parar de reír, incluso un par de lagrimones cayeron rodando por mis mejillas—, pero es que me lo has puesto tan fácil...

Al poco ella también se contagió de mi risa y ambas nos carcajeamos sin filtro en medio de la calle.

Todos nos miraban como si hubiésemos perdido un tornillo, pero no nos importó lo más mínimo.

Hacía tanto tiempo que no me reía de esa forma tan despreocupada y sincera.

.. que me importó un bledo manchar mis bragas de gotitas de orina.

Curly Evans, ya más calmada, incidió en el hecho de que detestaba las pelis de miedo y yo le confesé que ésa había sido la principal motivación de mi broma «de mal gusto», según matizó ella.

Seguidamente, rodeó mi cuello con sus brazos y me estrujó hasta que quedó satisfecha. Ésa era su peculiar forma de hacerme saber que me había echado muchísimo de menos.

Debía reconocer que en el fondo no era más que una romántica empedernida…

—¿Qué escuchabas?

— Weather with you, de Crowded House.

—Buenísima...

—Lo sé. —Sonrió y alzó ambas cejas—. Tengo un gusto exquisito para la música y para todo en general.

Curly me guiñó un ojo, divertida.

—Vamos a tomar un helado.

Era habitual encontrar esos simpáticos food trucks de color amarillo recorriendo las calles de Nueva York, donde poder adquirir unos deliciosos helados artesanos que se elaboraban con muy pocos ingredientes; esos helados destacaban por su naturalidad y variedad al mismo tiempo.

El favorito de Curly era el de chocolate con brownie; el mío, en cambio, era el de vainilla con galleta y caramelo.

* * *

Charlamos animadamente paseando por las calles mientras devoramos a cucharadas ese sabroso tentempié y nos dirigimos al puente de Manhattan, uno de los tres que atraviesan el East River.

Pese a ofrecer una de las mejores vistas de la ciudad, no deja de ser ruidoso, ya que pasan muchos metros por él, y en su estructura predominan los desconchados y el óxido que le da un aire aún más retro.

Aun así, compensan las vistas, pues son espectaculares, ya que la pasarela está orientada al sur y en el campo de visión enseguida aparecen los rascacielos de Downtown Manhattan y el puente de Brooklyn, archiconocido por míticas películas, de estilo neogótico y construido en caliza, granizo y cemento.

—Bueno, bueno, bueno... —canturreó Curly, apurando con la punta de la lengua un poco de helado que se había quedado pegado en la cucharilla de plástico—. ¿Novedades amorosas?

Pude comprobar que su descarada sonrisa se ensanchaba.

Había dado de lleno en el centro de la diana.

Mi amiga me conocía a la perfección, así que debí verlo venir.

Era como una pitonisa, como una osada hechicera.

.. y la visualicé sentada en su trípode y oteando el oráculo en el templo de Delfos.

Me la imaginé así, supermística y concentrada en sus predicciones.

—¿Tanto se me nota?

—A la legua, cariño.

Incluso en aquel momento, a pesar de estar Ryan a varios kilómetros de distancia, pensar en él provocó que mi corazón se acelerase al instante y un súbito rubor se pintó en mis mejillas, como si fuera una quinceañera.

—¿Cómo se llama?

—Ryan —experimenté un cierto embeleso al pronunciar su nombre en voz alta—, Ryan Cohen.

—¡¿Ryan Cohen?! —farfulló en un acto reflejo, cosa que vaticiné que ocurriría en cuanto le confesara de quién se trataba. Sus rasgos se tensaron como la cuerda de un arco, y empezó a boquear como un pez fuera del agua—. ¡Estás loca! ¡¿Te has enamorado de tu propio hermano?!

Experimenté una oleada de estupor incómodo al oír pronunciar que Ryan era mi hermano, pues había sonado insano e inmoral, aun conociendo de antemano la verdad, aun sabiendo que no nos unían lazos de sangre.

—No somos hermanos —le aclaré rápidamente.

—¿Cómo es eso posible?

—Porque Ryan es adoptado. Ryan no es hijo biológico de mi padre.

Lo dije con una seguridad y seriedad tan aplastantes que se echó a reír a carcajada limpia, llevándose las manos al pecho por encima de su corazón.

—Joder, espera un momento... ¿Estás segura?

Respiré hondo y la miré a los ojos.

—Completamente.

—Joder, joder, joder... —murmuró ella, y luego se tapó la boca con la mano, se acercó a la malla de protección del puente, que prevenía de culminar cualquier pensamiento suicida, y añadió—: Uf, Brook, menudo filón has encontrado...

—¿A qué te refieres?

—¿En serio me haces esa pregunta?

La miré, confundida.

—Vulgarmente, a eso desde siempre se le llama dar el braguetazo , cielo.

Arrugué la nariz al oír esa palabreja.

Noté que la garganta se me cerraba al instante.

¿Era eso lo que realmente pensaba de mí? ¿Me creía capaz de estar con un hombre por interés?

Tenía claro que conocía mi precariedad económica, pero, acusarme de algo semejante, rozaba lo absurdo.

—Curly, me parece una completa aberración lo que acabas de decirme. Yo no soy así. Jamás me he movido por dinero y no será ahora cuando empiece a hacerlo.

—Ya lo sé, mi vida. —Me cogió por los hombros al notar que echaba humo por las orejas y mi expresión, poco antes cándida y relajada, era entonces muy parecida a una bomba a punto de estallar—. Es sólo que cualquier persona que no te conozca lo pensará.

—¡Me importa una mierda lo que pueda pensar la gente! —insistí, molesta—. Curly, tú me conoces. Sabes que nunca me muevo por fines económicos.

—Por supuesto que lo sé. —Hizo un gesto con la mano, indicando que ese hecho le daba absolutamente igual—.

A mí no tienes que convencerme de nada, pero reconoce que puede convertirse en un obstáculo cuando vuestra relación se haga pública y, al llegar ese momento, deberás tener muy presente que aparecerán muchos detractores.