Brooklyn (Skyline 1) 23. Un nuevo despertar
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23. Un nuevo despertar

Un nuevo despertar

Ryan Cohen

Abrió los ojos lentamente y empezó a desperezarse como una hermosa gatita.

Su cuerpo desnudo se estremeció entre las arrugadas sábanas mientras yo seguía admirándolo desde mi privilegiada posición, al pie de la cama, como un mero espectador.

Llevaba un buen rato observándola, celosamente en silencio, nutriéndome de su belleza innata, dando por sentado que podría quedarme mirándola durante horas, pues aquella mujer me tenía completamente hechizado desde el mismo instante en que la vi por primera vez.

—Buenos días, preciosa.

Dejé de deleitarme con sus perfectas curvas para enterrar la vista en sus somnolientos ojos azules. Tenía las mejillas ligeramente sonrosadas y sus labios en forma de corazón entreabiertos; simplemente deliciosa.

—¿Hace mucho que estás despierto? —murmuró ella, sentándose en la cama y rodeando las rodillas con sus brazos, casi pretendiendo ocultar parte de su desnudez al ser consciente de mi presencia, como si estuviera cargada de defectos, que no era el caso, y miró a su alrededor bastante sorprendida, como si hubiese despertado en un lugar que no esperaba.

Quise ir a su lado para besar su boca con dulzura y sentarme con ella para procurar que no se sintiera insegura.

Francamente, tenerla a mi lado sólo me incitaba a querer cuidarla y protegerla, algo que a priori podría resultar desquiciante y que nunca me había parado a considerar con otras mujeres que se habían cruzado en mi camino.

Ellas buscaban sólo compañía, desahogo y sexo, al igual que yo, algo que nunca había supuesto un inconveniente. Pero con Brooklyn era distinto; quería quererla, quería complacerla y quería seguir conociéndola.

A lo mejor puede sonaros un tanto machista, pero os aseguro que nada más lejos de la realidad.

Tras meditarlo, básicamente deduje que me sentía así porque me estaba enamorando sin remedio de ella, porque jamás me había sentido igual, porque trataba de encontrar el modo adecuado para expresar ese sentimiento y porque nada de esto tenía el más mínimo sentido.

Ocurrió sin más, sin pretenderlo, sin buscarlo y sorprendiéndome mucho.

—Hace un rato.

Brooklyn permaneció sentada en silencio; me di cuenta de que algo la perturbaba.

—¿Ocurre algo?

—Nosotros... —nos señaló a ambos—, lo que ha ocurrido esta noche entre nosotros...

—Ha pasado lo que tenía que pasar.

La miré contrariado.

—Eres el hijo de mi jefe y yo... una simple empleada, ya sabes lo que eso implica —aseguró intranquila, sin pestañear, con sus ojos azules y brillantes completamente abiertos y expectantes—.

No quisiera que, a partir de ahora, se malinterpretaran las cosas, ni que pensaras que soy una cazafortunas o una. ..

—¿Eso es lo que te preocupa en estos momentos, Brooklyn? ¿Lo que puede pensar de nosotros el resto de la gente? ¿Crees que yo pensaría eso de ti?

Me miró con ojos apenados y eso me empezó a matar lentamente. Habría sido menos desconcertante que le preocuparan cuestiones relativas a cómo íbamos a relacionarnos en nuestro día a día tras nuestra vuelta, pero, no, a ella le inquietaban otras cosas.

—Para tu tranquilidad te haré saber que jamás me han importado las clases sociales, sino las personas. Y el qué dirán... —hice un vago gesto con la mano, similar al de apartar una mosca—... me la trae floja, hablando mal y en plata. Te aseguro que no soy de ese tipo de personas.

Casi me reí, pero no lo hice; simplemente le sonreí para tranquilizarla, dedicándole una sonrisa que llevaba implícito un «relájate, vamos, sólo somos tú y yo».

—Ven aquí, pequeña.

La rodeé entre mis brazos y la besé en el pelo. Olía a una narcótica mezcla entre vainilla y sexo que me volvía loco. Resultaba dulce y excitante a la vez, como era ella, deliciosa y sensual a partes iguales.

—No debes preocuparte por nada, sólo déjate llevar... y lo que tenga que ser, será. Además, no habrá un solo día que no me esfuerce en convencerte de que debemos estar juntos. Me esforzaré con ahínco para que lo nuestro funcione, te lo prometo. Quiero que esto funcione.

No tardé en besar sus labios, eran deliciosamente adictivos.

.. al igual que su piel blanca, sus diminutos pero redondeados pechos, su estrecha cintura y sus contorneadas piernas.

Todo en ella me incitaba a querer descubrir más; era abrumador y tentador.

Nunca me había sentido tan vivo con nadie ni tan sediento de más; para mí era una mujer de ensueño.

Volvimos a hacer el amor, sin prisas, descubriéndonos mutuamente, como dos almas reencarnadas en otros cuerpos que se vuelven a encontrar después de haber vividos varias vidas. Estaba desesperado por complacerla y por hacerle sentir; eso era lo único que me preocupaba en ese momento.

Fui romántico, atento, entregado en cuerpo y alma, o al menos todo lo que supe. Estar con ella no me incitaba a otra cosa más que a eso, a tratarla bien. El caso es que con ella nada era exagerado, sino natural.

* * *

Aquella noche, la última en tierras parisinas, quise que conociese una versión ligeramente distinta de mí, más desenfadada, dejando aparcado el estereotipado rol de jefe distante y comedido. Quería ser simplemente Ryan, a secas.

Nada de señor Cohen.

Recuerdo habernos cogido de la mano mientras paseábamos por los Champs Élysées, mirando aquí y allá, conversando sin prejuicios, riéndonos tontamente de cualquier cosa, conociéndonos mutuamente.

A su lado, pronto lo entendí: ella era la persona que siempre había esperado y la mujer que siempre había soñado, alguien que bien podría ser mi igual, mi complemento, mi persona afín.

Era divertida, alegre, espontánea, encantadora y preciosa, una hermosa criatura.

Caía bien a todo el mundo, era discreta y educada, y no se trataba de una mera fachada, ella era así.

.. y, además, era muy sensible, extremadamente sentimental, algo que no suele proliferar en estos tiempos y que me resultaba una cualidad muy atractiva en una mujer.

Reservé una mesa en el prestigioso restaurante Le Jules Verne, nombre que le habían puesto en honor al famoso escritor, en el segundo piso de la torre Eiffel, a ciento veinticinco metros de altura y con unas vistas únicas de París, considerado uno de los mejores y más románticos del mundo.

Caía la noche cuando accedimos al ascensor a través del pilar sur de la torre.

Brooklyn apenas hablaba, pues estaba fascinada con lo que veía.

Sus ojos brillaban con cada nuevo descubrimiento; cualquier detalle insignificante o imperceptible para alguien como yo, que había pasado la mayor parte de mi vida viajando, le resultaba interesante, mientras que para mí, simplemente, era algo corriente.

Y eso me dio qué pensar... ¿En qué momento dejaron las cosas de fascinarme? ¿En qué momento dejé de sentir, de soñar, de saborear, de ilusionarme por las cosas sencillas de la vida?

¡Qué pena reconocer el haber perdido esa capacidad que ella sí tenía tan innata...!

Y allí, en otro continente y a miles de kilómetros de la ciudad en la que crecí, ella seguía sorprendiéndome, abriéndome la mente de par en par ante la sencillez de la vida, incitándome a saborear nuevas texturas, a oler nuevas fragancias, a experimentar nuevas emociones.

En resumen: a sentir, simple y llanamente.

—Mira —le dije, despegando con cuidado la ostra de la concha—: deja que se deslice lentamente por la boca y vaya directa al paladar...

Brooklyn me observaba concentrada, en silencio y con los ojos muy abiertos.

—Pero si está viva..., todavía se mueve... —asumió, escandalizada.

Tragué el molusco sin poder evitar sonreír, casi atragantándome al hacerlo.

—Claro que lo está. —Le guiñé un ojo.

—Dios, qué asco...

—Cocinarla sería un sacrilegio. —Seleccioné otra del plato y se la acerqué a la boca—. Deberías probar una.

—No, no, no. Ni hablar... —Negó con las manos y su voz hizo un gallo—. Además, huele a rancio...

—Huele a mar, Brooklyn, y sabe a mar, o al menos a mí me lo parece. Te aseguro que es un auténtico placer de pocos al que no deberías renunciar.

Ella negó con la cabeza y se llevó una mano a la boca, retrocedió involuntariamente unos centímetros, alejándose de mi ofrenda.

—Quizá en otra vida, Ryan.

—Soy partidario de que no hay que probarlo todo para saber si te gusta o no te gusta, pero... en este caso, discrepo con las ostras.

—Ryan, no vas a convencerme.

—Yo creo que sí.

—¿Tan seguro estás de ti?

—Sí.

Brooklyn enarcó una ceja perfecta.

—Yo no he dicho cuándo ni dónde, sino que las probarás y que, encima, te encantarán.

Se rio.

—O sea, que tú crees que lo nuestro... —nos señaló a ambos—, esto que tenemos, va para largo.

—No lo creo, lo sé.

—¿Cómo puedes ser tan osado?

—Lo soy porque puedo.

Me carcajeé, pero luego me puse muy serio al ver que a ella no le había hecho ni pizca de gracia.

—Verás, sé que lo nuestro no tiene fecha de caducidad porque yo jamás voy a dejarte y tú... que eres una chica lista... tampoco me dejarás.

No pude resistirme y le cogí una mano para luego besarle los nudillos, lentamente, y, cuando acabé, la miré a los ojos para añadir:

—Me ha costado veintisiete años de mi vida encontrarte y ahora no voy a perderte. Sería un estúpido si lo permitiera.

La miré tan profundamente que incluso noté cómo la piel de su brazo se erizaba rauda.

—Dios sabe qué es lo que nos tiene deparado el destino.

—Vamos, Brooklyn, no creerás en esas fantasías, ¿verdad? El maldito destino lo escribimos nosotros. No existe un más allá y algo fantasioso que lo promueva.

—Bueno, en parte, sí —afirmó muy seria—. Siempre he creído que nada es cuestión del azar y que el camino lo elige cada uno pero, de un tiempo a esta parte, me he parado a pensar que quizá es posible que estuviese equivocada y todos estemos destinados a un único final.

Me froté el mentón, pensativo.

—Entonces, por esa misma regla de tres, hagamos lo que hagamos, acabaremos en el mismo sitio ya predestinado.

—Básicamente.

Silencio.

—Qué siniestro... —dije yo, sonriente.

—Eh, no te rías, Ryan.

Me pegó un suave manotazo en el brazo.

—No me río.

—Sí que te estás riendo de mí.

—Sabes que nunca me reiría de ti, preciosa —se me cortó la sonrisa de golpe—, es sólo que me encanta que seas así.

—¿De veras? Y, ¿cómo soy?

—Diferente.

—¿Y eso es bueno?

—No te imaginas hasta qué punto...