22. El sueño eterno #2
Sentí que todo a mi alrededor se desplomaba ante mis ojos y que el suelo se diluía bajo mis pies.
Por una parte, noté que me ahogaba y, por otra, como si hubiese tragado mucha agua en unos rápidos, saliera a flote y regurgitaba todo cuanto había ingerido..., la angustia, la desesperación, la frustración...
Todo fue desapareciendo rápidamente, como si se tratara de una pesadilla de la que acabara de despertar.
—Padre adoptivo... —repetí, llevándome torpemente la palma de la mano a la frente, aún sin dar crédito—, padre adoptivo...
Ryan me sujetó del codo derecho.
—¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal? —Sonó altamente preocupado.
Alcé la vista y lo miré a los ojos, tan profunda e intensamente que incluso yo me estremecí. Deseaba a ese hombre como jamás había deseado a nadie, en cuerpo y alma, de una forma desquiciada, casi rozando lo irreal.
Y acababa de ser consciente de que ya nada podía interponerse entre nosotros.
Él me deseaba y yo lo deseaba.
Noté que se me encogía el estómago de angustia, de miedo, de pura realidad.
—Hábleme, se lo ruego... ¿Se encuentra bien?
Me retiró un mechón rebelde que se empeñaba en desdibujar la imagen que tenía ante mí, esa del hombre del que estaba enamoraba hasta decir basta casi desde el primer instante en que lo vi y, luego, enmarcó mi cara con sus manos.
—Nunca he estado mejor en mi vida... —le confesé sin dejar de sonreír, pues no pude evitar ensanchar los labios tras pronunciar esas palabras que nacieron de lo más profundo de mi ser—.
Le mentí —le dije con la voz trémula—, me inventé que estaba comprometida; no tengo novio, ni siquiera estoy conociendo a alguien.
—¿Y por qué hizo tal cosa?
Me mordisqueé el labio inferior.
—Para alejarlo de mí.
Su atractivo rostro no pudo evitar mostrar un ápice de confusión, pues resultaba evidente que mi actitud, mi acercamiento, mis ojos... siempre lo habían alertado de que sentía algo por él.
—¿Alejarse de mí?
—Sí... En su momento hice lo que creí que debía hacer, pero me equivoqué.
Clavó su oscura mirada en la mía; nunca la había visto tan negra y cargada de deseo. Nunca, nadie, me había mirado con tanto apetito, tan hambriento de mí. Así que pasó lo que en condiciones normales debía haber ocurrido mucho antes.
No hicieron falta más palabras, nuestras miradas lo dijeron todo. Nuestros cuerpos reclamaron al otro desde la distancia y nuestras bocas, huérfanas, anhelaron saborear la fruta prohibida.
—Y ya no pienso alejarlo más de mí.
En un arrebato primitivo, Ryan me sujetó la cara con sus grandes manos y me obligó a mirarlo a los ojos durante unos segundos para que supiera cuánto me deseaba instantes antes de acorralarme entre la pared y su cuerpo y estampar sus famélicos labios contra los míos, con voracidad, con necesidad, con anhelo, con nostalgia, como si le fuera la vida en ello, explotando en una montaña rusa de deseo.
Abrió mi boca con la suya, saqueó mi interior, buscando como un loco chiflado mi lengua para lamer perezosamente con la suya, succionándola, bebiendo de mí, emborrachándose de mi sabor.
Juro que creí perder la cabeza. Jamás, nadie, en mis veintidós años, me había besado igual, con tanta devoción, con tanto deseo desmedido, con tanta urgencia y necesidad...
Pronto los gemidos desgarradores se entremezclaron con los silbidos de nuestras respiraciones agitadas y el intercambio de fluidos.
Del mismo modo, como en una jodida catarsis, nuestras trémulas bocas no cesaron de buscarse a la desesperada, queriendo saciarse, sin conseguirlo. Querían más, necesitaban más... Urgía beber el uno del otro, fundir nuestras bocas en una sola.
Entre risas, besos y jadeos, Ryan me empezó a desnudar con prisas, casi arrancándome el puñetero vestido de cinco mil dólares a tirones.
Pronto me quedé en ropa interior de encaje y ligueros.
Yo no tardé en imitarlo. Chaqueta fuera, chaleco, corbata.
.. y cuando los botones de su camisa se resistieron, los hice saltar sin miramientos.
Pronto, Ryan se quedó con el torso al descubierto, con la camisa colgando de sus puños, de las muñecas; tenía el pecho repleto de cicatrices, algunas más profundas que otras.
—Espera...
Él se quitó los gemelos para desprenderse de la camisa, que cayó al suelo con el resto de la ropa. Entonces tuve tiempo de deleitarme con su cuerpo cincelado, a pesar de las múltiples heridas que desvirtuaban tanta perfección.
Osado, dio un paso atrás para observar mi cuerpo semidesnudo, que seguía tiritando a pesar de arder en deseo por ese ser.
Negó con la cabeza, como si no creyese lo que estaba viendo y sintiendo, y pronunció, con voz supergrave y sensual:
—Madre mía, eres preciosa...
No pude evitar sonrojarme de pies a cabeza, y Ryan aprovechó para lanzarse de nuevo a mi boca, cual halcón sobre su presa antes de devorarla, cogiendo mi cabeza con ambas manos y ahogando ese deseo por poseerme con todas sus fuerzas.
Deslizó ambas manos por mi espalda y, tras acariciar la redondez de mis glúteos, me subió en volandas y me obligó a que rodeara sus caderas con mis piernas.
Lo siguiente que recuerdo fue que me llevaba a cuestas a la cama, para acabar de desnudarme muy lentamente y saborear cada milímetro de mi cuerpo como si nunca hubiese estado con una mujer, como quien saborea un delicioso dulce tras haber estado en ayuno durante días.
Ryan me hizo el amor durante toda la noche hasta caer rendidos al alba.
Perdí la cuenta de las veces que me hizo ver las estrellas del firmamento para luego descender al mismísimo infierno.
A pesar de creer que jamás podría volver a intimar con un hombre tras la violación de John y las secuelas psicológicas que me regaló.
Agotada, exhausta, pero con una sonrisa en los labios, me quedé dormida entre sus brazos, oyendo los rítmicos latidos de su corazón entre el vaivén de su pecho al subir y bajar.
Jamás en toda mi existencia me había sentido tan colmada ni tan venerada, tan llena de él.
A pesar de las primeras prisas que había tenido por entrar dentro de mí, Ryan fue muy dulce y atento, sumamente generoso, y se esforzó hasta la saciedad en complacerme. Sin duda, ése fue su único objetivo... y lo consiguió, vaya si lo logró, y con matrícula de honor.