Brooklyn (Skyline 1) 22. El sueño eterno
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22. El sueño eterno

El sueño eterno

Parecía un puto mal sueño, una pesadilla de la que hubiese pagado por despertar.

Alain y las endemoniadas drogas de las que llevaba años tratando de alejarme, aquellas que me perseguían allá donde fuera como si se hubieran convertido en mi puñetera sombra.

Pero lo peor de todo no era eso... en absoluto.

Lo que más me dolió, en el alma, fue ver a Amélie besando a Ryan delante de mis narices.

Me rompí tanto por dentro que tuve que marcharme de allí, pues no soportaba la mera idea de verlo en brazos de otra mujer que no fuera yo. ..

Dolía mucho, demasiado... como jamás pensé que podría dolerme querer a alguien; quererlo a él. Y esa tortura emocional me estaba volviendo loca por momentos. Loca. No podía parar de pensar en ellos dos, no podía dejar de reproducir ese instante en mi cabeza.

Salí a la calle y un aguacero me empapó en cuestión de segundos.

Pedí un taxi y, tras darle las señas del hotel, eché la cabeza hacia atrás, apoyando la nuca en el reposacabezas, y miré al techo.

Noté cómo varias lágrimas se deslizaban sin mi permiso por mis mejillas y mojaban mi ropa, esas lágrimas que retiré a manotazos y con rabia.

Por más preguntas que me hacía, no conseguía hallar respuestas.

«¿Por qué, Ryan? ¿Por qué la has besado? ¿Por qué me haces esto?»

Y dejé que mis ojos se cerrasen durante el resto del trayecto, en un esfuerzo por evadirme y no sentir.

«¡Qué idiota soy! ¡Qué ilusa he sido todo este tiempo!»

En una palabra, me sentía ridícula, pues era cuestión de tiempo que Ryan se fijara en otra mujer que no fuese yo y que sí podía tener... pero la realidad escocía demasiado, de igual forma que si me hubiesen abierto el pecho en canal y me hubieran rociado la herida, palpitante y sangrante, con sal.

Tras pagar la carrera, me apeé del taxi y caminé a paso ligero hacia mi suite con el corazón desbocado y los ánimos por los suelos.

Estaba calada hasta los huesos y hundida en mi propia desdicha, pues amaba a alguien a quien no debía y que jamás podría amarme, lo que resultaba de lo más irónico y, a la vez, lacerante.

Parecía un mal chiste, con un peor final.

Me recogí el bajo del vestido para no pisármelo y anduve a paso ligero en dirección al ascensor.

Necesitaba huir, clausurarme en mi habitación, encarcelarme entre esas cuatro paredes que en mi mente simulaban ser los muros de una fortaleza infranqueable, como esos diques imaginarios que había levantado a mi alrededor con la intención de proteger mi alma de los fracasos.

Entré y me apoyé contra la puerta, observando a mi alrededor y, tras sentir unas repentinas náuseas, todo empezó a darme vueltas, como un jodido tiovivo. Allá donde mirase, la maldita escena de ellos dos besándose volvía a materializarse ante mis ojos.

Me dispuse a ir al baño y echarme agua fría en la nuca para recuperarme un poco, cuando oí el golpeteo de unos puños sobre la madera.

—Abra, sé que está ahí... —La voz de Ryan sonaba consternada—. Puedo ver luz bajo la puerta.

—Márchese, por favor... —dije, y sorbí por la nariz, a sabiendas de que él no era capaz de oír mis palabras.

—Hablemos, se lo ruego.

Esa vez me quedé en silencio, sin responder y tragándome las palabras, porque me negaba a enfrentarlo, aunque en el fondo me estuviese muriendo de ganas de hacerlo.

Quería verlo, pero no en ese momento, no de esa forma, no de la manera en la que me sentía.

—Vamos, no me obligue a hacerlo a la fuerza. —Volvió a golpear la madera, esa vez con más insistencia—. Recuerde que puedo conseguir una copia de la tarjeta. El check in se hizo a mi nombre. No quisiera tener que recurrir a eso para poder entrar.

—No se atreverá... —Esa vez lo susurré, en voz baja. Total, cualquier cosa que dijese caería en saco roto, pues él no podía oírme, sólo podía leerme los labios, cosa imposible si había una puerta entre nosotros.

—No ponga las cosas tan difíciles —gruñó. Era la primera vez que le oía quejarse de algo que no fuera referente a su padre, Douglas Cohen—, y deje de comportarse como una chiquilla malcriada.

Abrí los ojos como platos.

«Dios. ¿Ha dicho lo que creo que me ha dicho?»

Fue oír cómo me comparaba con una niña pequeña y consentida, hecho que nunca había sido, dadas las circunstancias de mi infancia, y todo mi genio interior se reveló en el tiempo en el que se tarda en dar un simple chasquido de dedos. Tal que así.

A decir verdad, sucumbí.

Es posible que alguien piense que caí en su trampa y puede que tenga razón, pero nadie en mi caso se hubiese quedado de brazos cruzados, permitiendo que lo tacharan de algo que, ni de lejos, era.

Separé la espalda de la madera, dejando parte de ésta húmeda, y me di la vuelta, altamente ofendida y con la firme intención de abrir la puerta para cantarle las cuarenta.

Que fuese guapísimo, irresistible y sexy no le daba derecho a hablarme en ese tono y con esas libertades.

Lo miré a la cara.

—¿Cómo se atreve a decir que soy una chiquill...?

Ryan ni siquiera me dejó acabar la frase, se limitó a colarse en la suite a la primera de cambio y a cerrar la puerta tras de sí, una vez que se cercioró de que yo estaba dentro.

—¿Qué se supone que está haciendo? —le exigí, doblando los brazos bajo mis pechos y adoptando un cierto tono altivo—. No debería estar aquí. ¿Es consciente de que ha entrado sin mi permiso?

Desoyendo mis palabras, se dedicó a otear, raudo, la estancia. Tras haberse quedado satisfecho, se giró para mirarme directamente a los ojos.

Ni siquiera parecía estar prestando atención.

—Que no pueda oírme no le da derecho a ignorarme.

Enarcó una ceja perfecta.

—¿Y a usted no le parece que está actuando de una forma un pelín drástica?

Era la segunda vez que me estaba acusando de tener un comportamiento infantil y, aunque pudiera estar de acuerdo con él en parte, no soportaba oírselo pronunciar de su boca, pues aún seguía muy molesta con él.

—Para su información le diré que hace mucho tiempo que dejé de tener diez años —insistí rápidamente.

—Pues en ese caso debería aclararse... —dio un par de pasos al frente, acortando la distancia entre ambos—, porque me está volviendo completamente loco.

Dio un nuevo paso hacia mí.

—Deténgase —dije mientras le advertía con el dedo—. Ni se le ocurra dar un paso más.

—¿Acaso me está amenazando, señorita Steinfield?

Me obligué a respirar y a pensar en la respuesta antes de abrir la boca para no arrepentirme después de lo que iba a pronunciar.

—Márchese, por favor.

Negó con la cabeza, contrariado.

—Discúlpeme, pero le juro que no lo entiendo.

Nervioso, pasó su mano por el pelo para tratar de peinarlo con los dedos. La lluvia había pegado un mechón rebelde a su frente.

—¿Qué es lo que no entiende?

—A usted. No la entiendo a usted —dijo con sensatez, arrastrando las palabras al mismo tiempo que la suela de sus zapatos de vestir para quedarse a sólo metro y medio de distancia de mi cuerpo.

Desde tan cerca aún era más atractivo, con avaricia, y ganaba puntos en las distancias cortas. Sus profundos ojos negros aceleraban los latidos de mi corazón. Esa mirada masculina y seductora me estaba dejando sin aliento.

—Me tiene completamente descolocado, desubicado, sin saber por dónde tirar... ni qué hacer.

Ryan no dejaba de estudiar mi cara, buscando respuestas... buscando la verdad. Esa verdad que ambos sabíamos desde hacía mucho y que ya no podía seguir ocultando por más tiempo.

Frente a él, traté de mantenerme distante, indiferente, impasible, pero no lo logré, pues Ryan me perturbaba, su mera presencia me trastocaba y me incitaba a desearlo más aún.

Bajé la mirada hacia mis manos y él aprovechó para continuar hablando, abriendo su corazón en canal.

—Por Dios... Si me acerco, me rechaza. Si me alejo, me busca. —Su voz, grave y perfecta, sonó con desazón—. La verdad, llegados a este punto, le confieso que no sé a qué está jugando. ¿Es una forma de castigo? ¿Es por algo que he hecho o que no he hecho?

Me quedé en silencio diez segundos antes de responder. Necesitaba respirar hondo mientras ordenaba los pensamientos en mi cabeza.

—Le aseguro que es más complicado que todo eso...

Ninguno de los dos parpadeó.

—¿Complicado? —Se frotó la nuca con la mano, aún más perdido que antes—.

Le diré lo que es complicado, señorita Steinfield.

Complicado es desearla como la deseo, desearla como jamás había deseado a una mujer, y no poder tenerla —confesó mirándome a los ojos en todo momento, dejando constancia de que lo que decía era realmente lo que sentía, y por ese motivo no pude evitar estremecerme de pies a cabeza.

—En cualquier caso, acaba de besar a otra mujer... —espoleé en reprimenda, aún a riesgo de parecer una novia patéticamente celosa.

Una oleada de rabia me invadió de nuevo. Era incapaz de desmembrar esa imagen de mi mente, la cual se había enquistado muy adentro.

—Sí, es cierto, a pesar de no haber significado nada. No para mí —replicó, tratando de defenderse, pero eso no me bastaba. Yo estaba enamorada de él y su acción me había partido el alma en dos—. Son negocios. Nada más. Créame. Ella no significa nada —repitió.

—Sí, lo sé, los negocios de su padre...

Ryan negó con la cabeza.

—Los negocios de mi padrastro... En realidad, los negocios de mi padre adoptivo —me confesó en el acto.

—¿Cómo? —murmuré tras atragantarme con mi propia saliva tras la revelación.

—Douglas Cohen es mi padre adoptivo. Mis verdaderos padres fallecieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía cinco años. Douglas y ellos eran amigos, por eso... tras el suceso... él se hizo cargo de mí. Me adoptó, me dio su apellido y se convirtió en mi segundo padre.

Una bola de fuego empezó a nacer en mitad de mi pecho, y un calor abrasador a expandirse por todo mi cuerpo.

Ryan no era hijo de mi padre y, por consiguiente, no era mi hermano. Él y yo nunca lo habíamos sido. Todo este tiempo pensando que nos unían lazos de sangre y acababa de descubrir que no era así...