21. «Oh, là, là. Paris!» #3
—Gracias. Usted tampoco está nada mal —respondí para romper en cierta forma la tensión ultravoltaica que empezaba a cargarse con rapidez a nuestro alrededor, y las dichosas mariposas revolotearon a su libre albedrío en la boca de mi estómago.
Se apretó el nudo de la corbata y puso bien las solapas.
—¿Está preparada, mademoiselle Steinfield?
Me ofreció su brazo para que me colgara de éste y yo asentí, gustosa. Olía de maravilla, a olas salvajes estampándose contra las rocas de un arrecife, a hombre y a seguridad.
Una vez leí en una revista, en la parte de psicología, que ofrecer el brazo, aunque pueda parecer un simple gesto de buenos modales, refleja más cosas, como, por ejemplo, que el hombre no quiere perderte entre los demás asistentes a la fiesta y que cuida de ti.
No sé si será cierto o lo escribieron para rellenar las páginas de la revista, pero me vi pensando que sí lo era y que a Ryan le gustaba cuidar de mí, hecho que me encantó.
Ryan Cohen
Afirmar que estaba preciosa era no hacerle justicia ni honor a su belleza, ni ser franco conmigo mismo.
Brooklyn estaba espectacular, sensual y dulce a la vez.
En pocas palabras, me tenía loco de atar.
Desde que la había conocido, no podía pensar en otra cosa que no fuese ella, en la forma de llegar a su corazón, en la manera de estar más tiempo a su lado, en cómo debía conquistarla, en saber de su vida, en cuidarla.
.. pero el destino, caprichoso, suele darte reveses una y otra vez y, cuando deseas algo con tanta intensidad, suele castigarte con hacerlo inalcanzable.
Así estaba mi relación con ella, en ese típico punto friendzone , zona de amigos... y siguiendo ese mismo patrón, yo enamorado y bebiendo los vientos por ella, y ella, por otro.
«Maldita sea, pero ¡qué afortunados son algunos!»
Tras ofrecerle mi brazo y que ella se colgara de él tras aceptarlo, le expliqué que la cita era en Alléno Paris au Pavillon Ledoyen, uno de los restaurantes con más bagaje de la gastronomía parisina, situado en los Champs Élysées.
Los platos escogidos: sopa caliente de erizo de mar servida con una cáscara de pomelo quemado y una piel de pato crujiente rematada con foie; moules de bouchot, es decir, mejillones cultivados en estacas en vivero, con extracción de bacalao y acompañamiento de pommes voilées, repostería selecta y, para maridar, los mejores champagnes de Francia, Louis Roederer.
La velada tenía un objetivo profesional; se trataba de cenar con Alain Bourgeois y su socia, Amélie Toussaint, ambos magnates del petróleo y podridos de dinero, para cerrar un contrato multimillonario tras el que mi padre llevaba varios meses, y luego vuelta a Nueva York con Brooklyn.
Resultó ser como un juego de niños, tal y como me había enseñado a jugar mi padre, Douglas Cohen, en realidad mi padre adoptivo, hasta que, a la hora de los postres, Alain decidió cambiar nuestros planes, que consistían en acudir a un espectáculo musical y luego tomar una copa en alguno de los muchos locales sofisticados de la ciudad, y propuso acabar la noche en su suite del hotel Le Royal Monceau Raffles Paris.
No podía negarme, no cuando estaba tan cerca de cerrar el dichoso acuerdo, a pesar de costarme sangre, sudor y lágrimas convencer a Brooklyn, pues me había comentado con anterioridad que había algo en esa gente que le olía a chamusquina, algo turbio.
Sonreí y acepté, sin darle más importancia de la necesaria, pues mi mente estaba condicionada a ese propósito, a los negocios de mi padre.
Por ello, una hora más tarde y con tres botellas de champagne recorriendo nuestras venas, nos llevaron allí, a ese hotel de lujo de cinco estrellas reformado por el famoso diseñador Philippe Starck y situado a quinientos metros del Arc de Triomphe y los Champs Élysées.
Lo más terrible de todo fue que, desgraciadamente, Brooklyn no se equivocaba. Algo empezó a marchar mal en cuanto entramos en esa suite; algo comenzó a fallar.
Amélie encendió el tocadiscos y me mostró un vinilo: «The Joshua Tree», de U2.
Luego, lo colocó en el plato giratorio y, según me dijo, empezó a reproducirse por la balada With or without you .
Supongo que la música empezó a flotar en el ambiente y a envolverlo todo, o por lo menos fue así cómo me lo imaginé. No podía oír nada.
—On danse?
Amélie me pilló de improviso, pues, a pesar de ser una pregunta, no estaba esperando mi respuesta.
Sin pedir permiso, se adueñó de mis manos y las llevó a su cuerpo para que éstas rodearan su estrecha cintura.
Ella, que aprovechó mi desconcierto, no tardó en colgarse de mi cuello, pegándose mucho a mí.
.. tanto que incluso su aliento — esa mezcla de cena y de alcohol ingerido — se topó de bruces contra mi boca, y no me resultó indiferente.
.. pues, seamos sinceros, Amélie era una mujer madura pero peligrosamente atractiva, una seductora nata, una Mantis en toda regla.
Sin duda sabía lo que quería y cuándo lo quería; estaba acostumbrada a tener lo que deseaba y.
.. al parecer, esa noche se había empeñado en que yo fuese su trofeo.
Ya en el restaurante había notado alguna mirada furtiva y algún comentario fuera de tono que no venía a cuento, pero, ciertamente, hasta ese momento no le había dado la menor importancia.
¡Maldita sea! Estaba a las puertas de cerrar el acuerdo cuando las cosas comenzaron a ponerse turbias.
Era casi grotesco ver cómo Amélie se acercaba cada vez más a mí, pegándose como una lapa a mi cuerpo, frotándose en un sensual baile demencial, enredando sus dedos en mi pelo.
.. y la cosa empezó a pintar mal, muy mal. ..
Todo sucedió en una jodida milésima de segundo: Alain, abriendo una bolsita de polvo blanco ante la turbada mirada de Brooklyn.
Alain, depositando parte del contenido en una bandejita de plata, para luego picarlo con una tarjeta de crédito y repartirlo en varias rayas; Alain, esnifando un par de ellas; Alain, diciéndole a Brooklyn aquello de «invita la casa» mientras le ofrecía un canutillo.
¡Joder!
Todo ocurrió tan jodidamente deprisa... que no tuve tiempo de reaccionar. Alain, Brooklyn, la coca, Amélie, el baile y su lengua saqueando mi boca.
—Ryan... —leí en los labios de Brooklyn, y vi en sus ojos vidriosos la palabra « decepción» .
Le sostuve la mirada mientras me quedaba en shock, con un regusto acidulado y salivoso recorriendo mi garganta.
Tenía la boca abierta, paralizada. Todo a nuestro alrededor se congeló unos segundos, incluso los latidos de mi corazón, mientras fui testigo de cómo ella recogía su bolso y salía despavorida de la habitación.
En el acto, me eché hacia atrás, apartándome con desprecio de Amélie, a pesar de ser demasiado tarde.
Brooklyn se había ido.