Brooklyn (Skyline 1) 21. «Oh, là, là. Paris!» #2
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21. «Oh, là, là. Paris!» #2

—Como sé que es complicado elegir, le propongo pedir ambos.

—Pero no podré acabármelo todo...

Me hizo un repaso general de arriba abajo con sus increíbles ojos negros y rasgados, hasta detenerlos en mi boca. Sus ojos hablaban por él sin palabras. Era fácil descifrar ese código íntimo, ya que Ryan era tan transparente que pude ver el fuego arder en sus pupilas.

—Podrá —sonrió— y, si no, ya estoy yo aquí para echarle un cable. —Me guiñó un ojo.

Y, dicho esto, pidió ambas delicias, para disfrutarlas junto con ese famoso chocolate especialidad de la casa.

Después del banquete hipercalórico, dimos un paseo entre arboladas, estatuas, fuentes, estanques, y plantas y flores de más de cuatrocientas sesenta y seis especies diferentes, desde el jardin des Tuileries, situado en el centro de París (entre el museo del Louvre y la place de la Concordie) hasta los jardins des Palais Royal.

Charlamos de todo un poco y de nada en concreto, como dos amigos que se reencuentran tras años de distanciamiento.

Cada vez me encontraba más a gusto a su lado y cada vez necesitaba pasar más tiempo con él. Ryan empezaba a ser como una droga para mis venas, dulce y placentera, pero altamente nociva para mi alma.

—Y hemos llegado al Palais Royal —me anunció, como un perfecto guía turístico.

Se notaba a la legua que conocía París como la palma de su mano.

Durante el desayuno me había comentado que había pasado allí largos períodos en la adolescencia, cuando la relación se enturbiaba con su padre.

Me había confesado que, poner tierra de por medio, siempre le había funcionado, pues eso ayudaba a que las agitadas aguas volvieran a relajarse—.

Se construyó a petición del cardenal Richelieu, para ser su residencia parisina, y, cuando éste murió, pasó al poder de Luis XIII.

No podía dejar de escucharlo; su voz, unida a su pasión por esa ciudad, me fascinaba. Tenía una voz grave y varonil, templada y cálida a la vez, que te arropaba sin darte cuenta. Era una verdadera lástima que él no pudiera oírla.

Nos sentamos en un banco para descansar un poco y admirar la fachada del palacio.

—¿Siempre ha tenido dificultad para oír?

Esa impertinente pregunta salió despedida de mi boca como una bala, sin tapujos y natural, de la misma forma que si le hubiese preguntado a un desconocido, en un trayecto de ascensor, si creía que iba a llover.

A Ryan se le escapó una risa.

—Soy sordo, no oigo nada de nada —me corrigió, sin alterar su tono, siempre educado—. Es bueno llamar a las cosas por su nombre, si no se convierten en un defecto... y, al menos éste, no lo es; es un hecho.

—Disculpe.

Me sonrojé y miré mis botas blancas de enormes hebillas plateadas.

—No la estoy sermoneando, señorita Steinfield.

Me supo mal que pensara que era una desconsiderada, pues jamás lo había tratado como a alguien limitado, sino todo lo contrario. Ryan era un hombre muy inteligente, con dos dedos de frente y como una esponja, ávido de sabiduría y ganas de conocer cosas nuevas.

Al darse cuenta de que no lo miraba, acercó su mano a mi barbilla y, con delicadeza, me la alzó en su dirección para que lo mirase. El sutil roce de sus dedos en mi piel me calmó en parte.

—Por favor, no deje de mirarme —me pidió—; de lo contrario, no podré saber lo que dice... y me encanta saber qué dice en todo momento.

Asentí en silencio y él recuperó la vista a mis labios. Lo miré a los ojos y me percaté de que éstos brillaban debido a la luz del sol del mediodía, que incidía sobre nuestras cabezas. Su pelo, negro como el carbón, se alborotó un poco al pasar una ráfaga de aire por su lado.

—No siempre he sido sordo —me explicó, arqueando sus cejas negras—; no lo soy de nacimiento.

«Ah, ¿no?», pensé para mis adentros. Juro que esa confesión me dejó noqueada.

—Un accidente. Mi sordera fue provocada por un accidente de tráfico.

—Hizo una pausa para coger aire, tragar saliva y recuperar su aplomo—.

Íbamos tres personas en un coche cuando un ciervo que cruzaba la carretera se quedó paralizado en medio de la calzada.

El impacto fue descomunal. El vehículo cayó por un terraplén de treinta metros.

Yo iba en el asiento trasero y logré sobrevivir, pero los ocupantes de los asientos delanteros no corrieron la misma suerte.

No me pasó desapercibido que los ojos de Ryan se nublaron rápidamente y no se me escapó tampoco que estaba lidiando una batalla interior para evitar esas lágrimas que amenazaban con salir, procurando mantenerlas a raya en la comisura de los párpados.

Me quedé en shock, sin saber qué decir. No tenía ni idea de cómo debe comportarse uno en estos casos..., así que, siguiendo mi instinto protector, el que me salía de serie gracias a Savannah, deslicé mi trasero por el banco para acercarme y envolví una de sus manos con la mía.

—Perdí tanta sangre que cuando el personal de Emergencias nos encontró, pensaron que también había muerto.

—Lo siento mucho...

Ryan negó con la cabeza y envolvió mi mano con la otra suya. Ambos nos quedamos mirándonos, en silencio, abriendo nuestros corazones, conectando nuestras almas.

—Después de estar intubado e inducido al coma durante días, logré salir adelante y, tras mucho esfuerzo, constancia y terquedad, conseguí comunicarme con los demás y ellos conmigo.

Por eso es tan importante para mí poder leer en los labios, porque la comunicación es un mecanismo vital para no sentirme un bicho raro y para no excluirme del mundo real.

Acarició mis nudillos con la yema de sus dedos.

—Por ese motivo siempre le pido que me mire, porque ésa es la única forma que tengo de sentirme más cerca de usted.

—Sí, pero... yo... —retiré la mano; su calor me abrasaba por fuera y por dentro, como una maldita caldera de una locomotora a punto de explotar—... sería mejor que no...

—Que no, ¿qué? ¿Que no la tocara?

—Sí.

—¿Por qué? —me preguntó haciendo un mohín. Seguramente no comprendía nada... Mis gestos, mis ojos y mi comportamiento le indicaban una cosa, pero mis palabras se empeñaban en pronunciar todo lo contrario—. Me muero por hacerlo... me muero por besarla, acariciarla, estar a su lado.

—Basta. —Me levanté del banco y lo miré desde lo alto—. No puedo hacerlo, lo siento.

La situación empezaba a ponerse francamente cuesta arriba. Ocultarle la verdad que sólo conocía yo me pesaba demasiado, así que tuve que mentir más, si cabía, inventarme una excusa creíble, o por lo menos a sus ojos.

Ardería en el infierno por mentir, pero mi fin justificaba los medios. No tenía opciones, debía aniquilar cualquier resquicio de esperanza respecto a nosotros.

—Estoy comprometida.

El rictus de Ryan cambió por completo; sus ojos se apagaron de golpe, como si se tratara del último resplandor de una vela antes de extinguirse. Parecía hundido, como el último superviviente de una hecatombe o de un naufragio.

Sonrió con tristeza.

—Vaya —soltó muy serio, y entrecerró los ojos. Al parecer no contaba con esa confesión—. Entonces... y a pesar de lo que siento por usted, debo mantener las distancias emocionales.

—Así es. —Tragué saliva, sintiendo cierto regusto amargo.

—Lo entiendo.

—Se lo agradezco.

Ryan bajó la vista a sus manos, luego se incorporó, quedándose a metro y medio de mí, y por último me miró con profundidad a los ojos.

—Sólo espero que esa persona la haga todo lo feliz que se merece —dijo solemne.

No respondí a eso. No podía aumentar más la mentira, haciendo la pelota más grande, porque acabaría por aplastarme como un alud.

—De todas formas, ¿dejará que siga ejerciendo de su guía turístico particular lo que queda de día?

Como esa declaración de intenciones era inofensiva y no conllevaba nada oculto, acepté.

Primero, porque a nadie le amarga un dulce y visitar París de la mano de alguien que conoce a la perfección todos sus rincones es un privilegio al alcance de pocos... y, segundo, porque me moría por seguir a su lado el mayor tiempo posible.

Ryan me hacía bien y me hacía sentir viva, como nunca lo había estado.

8.00 p. m.

Era la noche de la famosa cena de negocios y el motivo principal del viaje de Ryan a París.

Sobre las sábanas de la cama de mi suite Coco Chanel descansaba un espectacular vestido azul, de escote halter y corpiño ajustado a la cintura, y empolvado con apliques de pedrería en cobalto.

La falda, de vuelo y con infinidad de volantes en seda, caía en cascada hasta cubrir los tobillos.

Todo eso se combinaba con unas sandalias de piel metalizada y vertiginoso tacón escultórico de diez centímetros.

Estaba acostumbrada a caminar subida a zapatos de tacón, pero siempre de plataforma, nunca a unos de aguja.

«Quién sabe, tal vez al final de la noche me habré partido la crisma...»

* * *

Cuando el servicio de peluquería del hotel se marchó tras realizarme un semirrecogido, según me dijo para darle un toque más romántico y dulce a mi cara, alguien llamó a mi puerta.

Abrí y ante mí apareció un Ryan hiperelegante, guapísimo, seductor; un galán de los pies a la cabeza (ya no me quedaban más calificativos que describieran al hombre más atractivo que se había cruzado nunca en mi camino).

Iba enfundado en un traje de alta costura de solapas, azul, con un solo botón y hecho a medida; chaqueta, chaleco y pantalón. Llevaba camisa blanca, impoluta, recién planchada, y lucía una corbata azul cielo con rayas azules más intensas.

Me escudriñó de arriba abajo, detenidamente y sin dejar un solo milímetro de mi anatomía por revisar. Sus ojos, como siempre, erizaron mi piel allí por donde se deslizaron.

Por más que me empeñara en dar la espalda a lo evidente, ahí estaban... los sentimientos palpitantes y el deseo, materializándose, tentando nuestras almas gemelas.

—Está usted... preciosa —dijo, atragantándose en la última palabra.

Sonreí, comedida.