21. «Oh, là, là. Paris!»
Oh, là, là... Paris!
De todos modos, la palabra que más podría ajustarse a lo que experimentaba era « sueño» .
Estaba viviendo un sueño al alcance de muy pocos y presente en la imaginación de muchos.
Aunque yo jamás había tenido esos delirios de grandeza, tenía que admitir el exquisito legado que dejó Coco tras su desaparición, pues era mágico.
Ésa iba a ser la gran noche, o al menos para Ryan, pues era la velada que compartiríamos con su cliente, un tal Alain Bourgeois, y su socia, Amélie Toussaint. El plan consistía en cena, espectáculo musical de los años veinte y copas en algún lugar chic de París.
Una hora más tarde, me di por satisfecha con el relajante baño y salí de la bañera con la piel de los dedos de las manos, de los pies y de la planta de éstos tan arrugada que parecía una uva pasa.
Una vez había visto en un documental en la tele que eso se debía a la constricción de los vasos sanguíneos de debajo de la piel, por una reacción del sistema nervioso.
Y cabe decir que, nerviosa, estaba... lo estaba y mucho, pues pasar la noche con unos completos desconocidos no era nada despreciable; se trataba de gente adinerada y refinada que sin duda no tendría problemas en observar con lupa cada uno de mis movimientos.
.. y, si no me andaba con ojo, notarían enseguida que no era más que una pobre chica de barrio, más concretamente, de los suburbios de Nueva York.
* * *
Media hora más tarde, tras colocarme una gruesa diadema en combinación con mi bléiser, vestirme con una minifalda de cuadros y enfundarme unos calcetines cortos de malla y unas botas bajas blancas con hebillas, me hallaba frente a la puerta de la suite César Ritz, en la tercera planta, la de Ryan.
Habíamos quedado en desayunar juntos, sobre las diez.
Entre las pocas cosas a destacar de mi persona, cabía decir que la puntualidad era una de ellas, pues detestaba hacer esperar a la gente y, en su defecto, que me hicieran esperar.
Como no tenía sentido aporrear la puerta, la abrí un poco y asomé la cabeza, tal como habíamos quedado.
—Adelante.
Con voz ronca, Ryan me invitó a pasar. Ciento veintiséis metros cuadrados de suite me aguardaban tras la doble entrada, recreando la atmósfera de un abuhardillado ático parisino. Nada más pasar, me topé de bruces con el busto en bronce de Marie-Louise Ritz que presidía la sala.
Di unos pasos y me quedé quieta en el recibidor, observando a mi alrededor, sin pretender violar su intimidad.
Luego mis ojos se centraron en él. Vestido únicamente con una camiseta de rayas y unos tejanos desgastados, provocaba en mí mil pensamientos pecaminosos y un bombardeo continuo de estímulos que, por mi salud mental, debía mantener a raya.
—¿Le gusta lo que ve?
«¿Qué si me gusta lo que veo? —pensé para mis adentros—. Si supieras lo que realmente siento...»
Abrí los ojos como platos y tragué saliva despacio. Mi mente se esforzaba en olvidar ese hecho, mientras que mi corazón iba por libre, a lo loco, como si tuviera vida propia y se hubiese desentendido de los mensajes de mi cerebro.
Pillé a Ryan sonriendo al ver mi cara de sorpresa.
—Es una pasada —solté de sopetón, sin darme cuenta—. Quiero decir... es muy bonita.
A él se le escapó una risa.
Esa habitación, al igual que en la que me hospedaba, parecía sacada de un cuento de hadas, de un cuento de hadas a lo pijo.
—Siento auténtica debilidad por el estilo Luis XV —añadió, realizando un rápido escaneo a su alrededor—. ¿Le gusta su suite ? ¿Se siente usted cómoda en ella? —cambió radicalmente el enfoque de la conversación.
—¿En serio me hace esa pregunta? —Lo miré contrariada y con una expresión bastante cómica—. Gustarme es poco. Estoy fascinada, hipnotizada, con ganas de no marcharme nunca de este lugar. Huele a glamour, a perfume, a delicadeza... Sin lugar a duda, creo que podría acostumbrarme a esta vida.
Ryan seguía de pie a varios metros frente de mí, analizando mi lenguaje corporal, así como cada pestañeo de mis ojos, cada microgesto de mi rostro, cada palabra mencionada por mis cuerdas vocales, incluso cada suspiro que daba.
Él era la persona más observadora con la que me había topado nunca, y con diferencia.
.. y eso me gustaba, lo que era extraño, pues jamás me había gustado ser examinada.
Me daba repelús saber que alguien no quitaba los ojos de mí.
.. a excepción de él. Saber que me miraba con esos ojos oscuros y que le gustaba lo que veía, me provocaba incluso cierto morbo, a pesar de sonrojarme continuamente como una adolescente, condenada a no poder consumar los deseos más primitivos.
—Me alegra que se sienta a gusto. Verá..
. —empezó a explicar, y dio unos pasos para quedarse justo a medio metro de distancia.
El olor de su perfume que emanaba de él, entremezclado con el de su piel, me embriagó por completo—, para mí París siempre ha sido como una terapia de choque.
Es una ciudad alejada de mi realidad, en la que puedo ser yo mismo.
En cierta forma, aquí puedo aparcar a un lado quien soy, olvidar por unos días ser hijo de quien soy.
Ryan sonrió, pero triste.
—Ser hijo de Douglas Cohen nunca ha sido fácil —admitió abiertamente.
No comprendí por qué lo estaba haciendo.
No me conocía de nada. Además, siempre lo había visto pecar de reservado con el resto de la gente—; pesa llevar a cuestas el apellido Cohen.
Es como una losa pegada a la espalda, un gran peso que te oprime y no te deja casi respirar. ..
Lo escuché con mucha atención, pues la confianza entre ambos estaba creciendo a pasos agigantados. Casi aterraba...
Aún desconocía los negocios con los que mi padre, el gran Douglas Cohen, había amasado su fortuna. Crucé mentalmente los dedos, deseando que fuesen legales.
Sacudió la cabeza.
—Da igual... Ahora mismo, eso son historias que no vienen al caso. Disculpe, no he debido inmiscuirla en mis problemas.
—No se preocupe, de verdad —traté de quitarle hierro al asunto, para su tranquilidad personal.
—Es curioso, pero algo raro me pasa con usted —declaró—.
La verdad es que tiendo a ser bastante desconfiado.
Quienes me conocen me consideran un libro cerrado, pues saben que soy una persona muy hermética.
Jamás cuento nada de mi esfera personal, y menos en el ámbito laboral.
Y, lo más importante, nunca comparto mis vivencias, ni entremezclo ambos lados de la balanza.
Mi vida profesional y mi vida privada no se entremezclan.
Hizo un gesto como el de tratar de mantener la situación de equilibrio entre ambos lados de una balanza imaginaria.
Me miró fijamente, como buscando las palabras exactas, y luego continuó.
—Con usted es distinto, todo es mucho más sencillo...
Debo confesar que su declaración de intenciones y su sinceridad me encantaron. Que se abriera a mí como los pétalos de una flor, suave y lentamente..., que ahondara en su corazón sin importarle mi reacción... aún acarició más el mío.
Me estaba enamorando cada vez más de Ryan, como jamás lo había estado de nadie en toda mi vida. Y era un amor cocido a fuego lento, dulce como el merengue y plácido como una delicada nana.
Cuando alguien empieza a importarnos de verdad, todo fluye con mayor facilidad, pero en mi caso era distinto, no podía permitir que fluyese nada entre nosotros.
Él exhaló, como si acabara de liberarse de un secreto que hubiese tenido guardado bajo llave desde hacía tiempo, y yo me quedé sin respiración.
No sabía a ciencia cierta quién de los dos se estaba enamorando más del otro, y eso sí era un problema.
.., uno de los gordos, uno que lo complicaba todo, porque en el corazón no se manda, ni tampoco se puede dar la espalda a lo que uno siente.
Por desgracia el corazón nunca miente, es como una jodida máquina de la verdad, un rudimentario detector de mentiras.
—¿Tiene usted hambre?
Ryan cambió de tema drásticamente, tal vez porque notó que la cercanía de sus palabras había empezado a incomodarme en parte. Cogió su cazadora de cuero sin esperar respuesta, abrió la puerta y me cedió el paso con deferencia para que saliera yo primero.
—Sí, tengo tanta hambre que en estos momentos me comería un elefante...
Ryan se echó a reír y cerró la puerta tras de sí.
—En ese caso, permítame que la lleve al lugar más dulce de París, a la cafetería Angelina, junto al jardin des Tuileries.
* * *
Veinte minutos más tarde estábamos sentados en el salón de té, en una coqueta mesa para dos, junto a la ventana y con vistas al exterior. Ése era un lugar emblemático, fundado en 1903 por el pastelero austriaco Antoine Rumpelmayer y bautizado como la meca de los placeres gastronómicos parisinos.
Hojeé la carta, pero había tantas delicias que no sabía por cuál decantarme.
—¿Quiere que la ayude?
—Por favor. —Le sonreí y mis hombros se relajaron un poco.
—Este local es conocido por su chocolate caliente africano.
Aproveché para buscarlo en la carta y, bajo ese nombre, se indicaba que la receta, secreta, estaba elaborada con tres tipos de cacao: de Níger, de Ghana y de Costa de Marfil.
—Yo siempre que vengo pido ese chocolate, y lo acompaño con el Mont Blanc, que es un hojaldre combinado con merengue, nata montada ligera y fideos de pasta de castaña.
Sólo de oírle pronunciar esas delicias se me hizo la boca agua.
—La millefeuille à la vanille Bourbon también está de vicio. Imagínese, capas y capas de delicioso hojaldre caramelizado, rellenas con la ligera crema de vainilla Bourbon...
Desde luego, me hacía a la idea, podía estar seguro.
Me relamí con ganas en mi cabeza, pues sólo había una cosa en esta vida que pudiera sustituir el buen sexo, y eso era el chocolate y la buena repostería.
Nada más. Ni siquiera las palomitas bañadas con helado de vainilla, ni las interminables cañas de regaliz, ni el delicioso caramelo interior de un chicle Hubba.