Brooklyn (Skyline 1) 20. Punto y a parte
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20. Punto y a parte

Punto y a parte

Mientras Paul conducía al volante de su Ford Mustang, su mujer, Grace Norton, que iba de copiloto, buscaba en la guantera una cinta de casete que, a pesar de que la habían comprado hacía relativamente poco, parecía una reliquia de lo usada que ya estaba, pues, siempre que viajaban en coche, su hijo de cinco años pedía que se la pusieran.

Hotel California, de la banda estadounidense de rock Eagles, sin duda se había convertido en su favorita, casi en un himno.

La había escuchado cientos, miles de veces, había perdido la cuenta de cuántas.

.. y, cada vez que lo hacía, le gustaba más y más.

—Mami, más alta... más alta —le pidió a Grace, cuando la música ya sonaba.

Ryan se deslizó en el asiento trasero para sujetarse del reposacabezas delantero.

A ese chiquillo le encantaba oír los acordes, en especial el solo de guitarra de Don Felder y Joe Walsh, considerado en varias ocasiones como el mejor de la historia.

Nunca se cansaba de ese tema; es más, cuantas más veces lo disfrutaba, más le gustaba.

Ésta se había convertido en su canción favorita y lo seguiría siendo el resto de su vida.

Y como se sabía la letra de memoria, empezó a cantarla a pleno pulmón.

Su madre, que no tardó en unirse a él, empezó a mover los brazos al compás de la música.

Justo en ese impasse de tiempo en el que Hotel California dejaba de sonar y empezaba New kid in town, un ciervo de gran envergadura cruzó la carretera.

Al darse cuenta de que unos focos se aproximaban a él a una velocidad considerable, se quedó petrificado en medio de la calzada, sin saber qué hacer.

Giró su astada cabeza y miró en esa dirección, con los ojos muy abiertos, y el pelaje que formaba una melena colgante bailó alrededor de su cuello.

Ni el claxon, ni las advertencias luminosas, ni el pedal del freno, ni el último volantazo a la desesperada para tratar de esquivar al animal desorientado evitaron la tragedia.

Todo ocurrió en una fracción de segundo, sin apenas tiempo de reacción ni anticipación. Los casi dos mil doscientos kilos de carrocería del Ford Mustang y los cerca de trescientos del animal impactaron con violencia, sin poder absorber la energía mecánica generada por la colisión.

Tras dar varias vueltas de campana, el vehículo se precipitó por un barranco de unos treinta metros de profundidad, convirtiéndose en una vorágine de dolor entre un amasijo de hierro.

Hubo dos fallecidos en el acto, Grace y Paul Norton, y aquel pobre niño que, agonizando, gritaba desesperado para que sus padres despertaran no obtuvo respuesta.

* * *

Horas más tarde, cuando cayó la noche y tras una meticulosa operación de rescate, los servicios de Emergencia lograron sacar aún con vida al pequeño, a pesar de encontrarse en un severo estado de shock tras ver esa macabra imagen que mantendría grabada para siempre en sus retinas, bloqueando su mente, obligándolo a permanecer sumido en una especie de limbo.

.. Un sentimiento perturbador que lo acompañaría, como una cadena a su fantasma, el resto de su existencia.

* * *

Días más tarde, el joven Ryan despertaría del coma inducido a una cruel realidad.

Su vida había cambiado para siempre; el caprichoso destino le tenía guardadas muchas sorpresas.

Entre las más destacadas, que nunca más volvería a escuchar Hotel California ni a cantarla con sus padres, jamás volvería a veranear en las montañas con ellos, ni siquiera volvería a abrazarlos, ni a verlos, ni tampoco volvería a oír, pues el accidente le había provocado una hipoacusia (sordera súbita).