Brooklyn (Skyline 1) 19. Al César lo que es del César
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19. Al César lo que es del César

Al César lo que es del César

Camelias blancas y peonías en el centro de la mesa, una botella de Chardonnay abierta para la ocasión, ratatouille de primero, pot-au-feu como plato fuerte y una tarta Tatin como guinda final, todos esos ingredientes en un marco incomparable como era el barrio de Montmartre, en la place du Tertre, en la parte más alta de la colina, a ciento treinta metros de altura.

Estar con Ryan era lo más parecido a ser la protagonista de un cuento de hadas, y no sólo por el lujo que nos rodeaba, sino por él... pues su compañía era exquisita; su conversación, interesante, y su triste mirada conectaba directamente con mi alma..., y su boca... esos labios eran puro deseo.

No hubo silencios incómodos, ni monólogos por parte de ninguno, y la charla fluyó suave como la seda, distendida, agradable, reveladora.

Ryan se sinceró de una forma que me impactó muchísimo, revelándome cosas íntimas y personales de su pasado, de cuando era un adolescente, de su paso por Harvard y de un sinfín de anécdotas ocurridas a lo largo de su vida por ser sordo, y de los baches que ello le había supuesto.

El caso fue que, como una boba, me fui enredando más y más como una madreselva en su genuino, vivaz e ineludible magnetismo.

* * *

—¿Sabe? —Miró su plato, cortó un trozo de tarta y se lo llevó a la boca.

Tras masticar el pequeño pedazo durante unos segundos, lo tragó.

Se limpió la comisura de los labios con la servilleta y continuó—: No sé si se habrá dado cuenta de un detalle, pero salta a la vista que me pasa algo muy extraño cuando estoy con usted.

¿Extraño?

Sonreí, comedida, pues eso era exactamente lo que sentía siempre que estábamos juntos: el aire se cargaba de electricidad a nuestro alrededor y una atracción más que palpable se materializaba sin remedio.

Mantuve ese monólogo interno antes de poder responder un simple monosílabo.

—Yo...

—Y creo que a usted también le pasa —me interrumpió, expectante—. ¿Me equivoco?

Me volví a quedar en silencio y sin saber qué responder a eso, porque, por supuesto, Ryan no se equivocaba... Me estaba enamorando de él, poco a poco, a fuego lento... y no podía revelarle la verdad, ya que no saldría airosa de esa encrucijada.

Eso no estaba bien..., ni moral ni éticamente; resultaba algo condenadamente absurdo.

¡Ryan seguía siendo mi hermano!

Así pues, opté por salirme por la tangente para evadir la realidad.

—La verdad es que me hace sentirme muy a gusto. —Sonreí con seguridad—. Me trata bien.

—Claro que la trato bien. —Me observó con cierto halo de turbación, de no comprender el significado de esas palabras—. Nunca he concebido otra forma de tratar a los demás si no es con respeto.

Ryan se tensó de golpe; quizá había captado una intención oculta en mi mensaje.

—¿Acaso no la han tratado bien?

Silencio.

¿Bien? Ni bien ni mal, sino todo lo contrario.

La inmensa mayoría de los que se habían cruzado en mi camino habían resultado ser sanguijuelas, chupópteros de carne y hueso, vampiros que se aprovecharon de mi bondad para sacar beneficios propios.

Traté de hacer de tripas corazón, pero ante mí empezó a recrearse una interminable lista de sujetos que no habían sido, entre comillas, buena gente conmigo.

.., un goteo incesante de personas ingratas que me habían hecho la vida poco agradable.

Drogas, engaños, infidelidades, abusos, faltas de respeto. ..

La lista era interminable... Una lista encabezada, cómo no, por Savannah Steinfield.

Negué con la cabeza.

No estaba dispuesta a que esos seres enturbiaran ese momento. Ellos ya no estaban; Ryan, sí..., así que no le conté lo que realmente pasaba por mi cabeza.

—No se preocupe —le dije, para que esos ausentes no fastidiaran ese instante.

—Lo siento mucho.

—No es nada, de veras, eso forma parte de un pasado ya... olvidado y enterrado.

Di un sorbo a la copa para tratar de digerir el mal trago y después añadí:

—¿Sabe una cosa, Ryan? —Lo miré a los ojos, pero esa vez con valentía, sin desviar la mirada, y vi que la suya era tan oscura y tan pétrea como pura y honesta—.

De las pocas cosas que la vida me ha enseñado, aunque a cuentagotas, es que.

.. tenemos que vivir el presente, con intensidad, para poder dejar atrás los amargos ratos vividos, sino éstos pueden contaminar los futuros.

—Respiré hondo y le sonreí. Él no lo hizo, pero por la expresión de su cara me pareció que mis palabras lo habían complacido—. He de decir que aprendí la lección.

Rellenó mi copa hasta un poco más de la mitad.

—Brindemos por ello.

Su voz había bajado una octava y yo dirigí la vista a mi plato, a los restos que quedaban en él, porque su mirada era tan intensa que me quemaba las retinas, prendiendo, como la gasolina ante el fuego, todo mi cuerpo por dentro.

Dios, ¿cómo era posible que una simple mirada dijese tantas cosas?

Necesidad, sensualidad, admiración, comprensión, deseo, tensión...

—Y en respuesta a su pregunta, creo que... —empecé a decir, un tanto insegura—... dudo mucho que ésa sea una pregunta apropiada que deba hacerle a su empleada.

—Como tampoco lo es el compartir cosas de mi vida privada, ni estos momentos, ni... —no sonó a reproche, pero sí a evidencia—... ni desear besarla a cada segundo.

Alargó su mano para envolver la mía.

—Ryan... —siseé.

Con torpeza, pero con premura y como si me hubiese electrocutado al introducir los dedos en un enchufe, aparté mi mano bruscamente incluso antes de que él lograra siquiera rozarla, menospreciando todas sus intenciones.

Se estaba portando tan bien conmigo que sentí una mezcla de intranquilidad y repentino arrepentimiento.

—Vaya... dos negativas en pocos días —aseveró con cierta frustración, recorriendo mi rostro lentamente y deteniéndose más de la cuenta en mis labios, justo en el vértice superior, esforzándose por aparentar que mi rechazo no le importaba tanto—.

Discúlpeme, no he pretendido... Soy un completo inepto y le ruego mil disculpas.

Creí haber percibido un mensaje que no se corresponde con la realidad.

Le prometo, le doy mi palabra, de que esto no volverá a pasar.

Ryan sonrió con incomodidad y noté cierto decaimiento en sus palabras, como aquel que al final, tras no ganar ninguna de las batallas, acaba perdiendo la guerra.

Y en aquel momento quise levantarme de la silla, rodear la mesa y fundirnos en un abrazo... largo, intenso, reconfortante..., necesario. Lo único que me impidió hacerlo fue la cobardía.

—Excusez-moi, l'addition, sʼil vous plaît —pronunció con un bonito acento francés mientras alzaba el brazo para llamar la atención del camarero más cercano, ese que estaba a seis metros, acabando de recoger un servicio.

—¿Sabe usted francés? —pregunté, curiosa.

—Bueno, me defiendo, que no es poco.

—Entonces, ¿mi presencia no era necesaria? —dije bruscamente.

—No se confunda. Desde luego que sí lo era.

.., lo es —aclaró al ver que mi cara se había transformado en una menos amable.

Detestaba las mentiras, desde siempre—. Su presencia es vital, pues no me desenvuelvo como quisiera en un entorno que no es el habitual.

Es cierto que soy habilidoso a la hora de leer los labios, pero le aseguro que no a la misma velocidad en la que traduzco en mi cabeza.

—De acuerdo.

Nos miramos mutuamente mientras el camarero depositaba la cuenta en la mesa y después Ryan hizo entrega de la tarjeta de crédito.

Seguía observándolo, en silencio, repateándome el hecho de no serle sincera, de no decirle la verdad y de ocultarle mis sentimientos.

Me sentí culpable, a pesar de saber que era mejor así.

Nunca debía saber lo que sentía por él, pero tampoco nunca debía dejar atrás un detalle: quién era él y quién era yo para él; quiénes éramos el uno para el otro.

—Paseemos —propuso, con su dulce pero varonil voz al mismo tiempo que miraba la hora en su reloj de pulsera—, aún es pronto para regresar al hotel. He pensado en algo...

Asentí y, tras dejar atrás el restaurante, empezamos a callejear por el barrio de los pintores, por sus empinadas y estrechas callejuelas, disfrutando del improvisado arte bohemio de sus artistas.

Ese camino nos llevó, paso a paso, hasta la basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, el Sacré Cœur, un precioso templo desde el que se aprecian unas maravillosas vistas de París.

Ya en el interior del edificio religioso, debo remarcar que lo que más me impactó fue la cúpula central, de ochenta y tres metros, y el gran órgano Cavaillé-Coll que me encontré al avanzar por el pasillo.

No me definía como una persona creyente, pero sí amante de la arquitectura, por lo que, haciendo justicia a lo que estaba experimentando, debo decir que ese monumento me resultó sencillamente mágico.

—Espere.

Me sujetó del codo para que me detuviera y le prestara atención.

—No se mueva...

Llevó su mano a mi cara y, tras rozarla con sutileza, me mostró una pestaña que se me había caído y había quedado prendida a la piel de mi mejilla.

—Supongo que habrá oído decir que, si se coloca una pestaña en la palma de la mano y se lanza hacia atrás por encima de un hombro mientras se formula un deseo, éste se cumple... siempre y cuando se la lleve el viento. —Me observaba, divertido—. Yo no soy supersticioso... ¿y usted?

—No, en absoluto. Son sólo creencias ya desfasadas; leí una vez que ésta proviene de la Edad Media y se hacía para ahuyentar al diablo. —Le sonreí.

—Es posible, pero quizá funciona...

Eché un vistazo a la diminuta pestaña que descansaba sobre la palma de su mano y luego lo miré a los ojos.

El caso era que reinaba la calma y el silencio, por lo que pude oír el triquitraque de mi corazón.

Me lo planteé, dudé durante unos segundos y después me decidí.

—No tengo nada que perder...

Cogí la pestaña, la coloqué en mi palma cerca del hombro izquierdo, cerré los ojos y pensé en un deseo, uno muy personal y especial... de esos que, a menos que los pidas por imperativo legal, no se cumple.

Sonreí, abrí los ojos, puse cara de concentración, respiré hondo y finalmente soplé con fuerza.

— Voilà. Ya está.

Sé que fue una locura, pero ¿adivináis qué deseé?

Vamos, que no es tan difícil...

Ryan Cohen

¿Una pestaña?

¡Por Dios! Sonaba patético hasta decir basta. Recurrir a esa superstición para acercarme a ella, para acortar las distancias, para saciar, en parte, mi hambre por sentirla a mi lado.

«¿En serio?», me pregunté repetidas veces.

¿De dónde coño había salido?

¿Dónde había estado el resto de mi existencia?

De un tiempo a esa parte me sentía contrariado, conturbado... necesitado; huérfano, por desearla como la deseaba y no poder saciar mi apetito en su boca.

Parecía un enfermo falto de una cura para calmar su dolor.

Jamás me había pasado nada semejante. Nunca había sentido eso por una mujer, ni nada que se le pareciera.

De hecho, ni siquiera con Brenda, ni siquiera con ella, con quien había estado a las puertas del matrimonio y con quien había compartido cuatro años de mi vida. Brenda Simons era otro perfil de mujer.

En Brooklyn todo me incitaba a seguir a su lado, a no alejarme demasiado tiempo.

Su rostro, su cuerpo, su olor a lavanda, su boca.

.. Ella era alegre, muy atenta, sensual e insultantemente bonita; era la viva encarnación de una preciosa muñequita de porcelana, tan frágil y fuerte a la vez y tan perfecta que la vida a su lado parecía tan sencilla, tan jodidamente normal.

Sólo ansiaba cuidarla, protegerla, amarla con mis cinco sentidos, en cuerpo y alma... sin que ese anhelo, esa actitud, pudiera sonar a machismo.

¿Acaso estaba mal eso?

Por un lado, me decía «mantente a la espera, sé paciente; lo que tenga que ser, será», pero, por otro, un extraño y peligroso magnetismo me arrastraba a ella, a querer besarla, sentir el cosquilleo de sus labios en los míos, descubrir su sabor.

Jamás había deseado tanto a una mujer y nunca antes una negativa me había escocido tanto.

Lo extraño era que, si en ella también había notado la atracción que sentía por mí, ¿por qué se oponía a que nos dejáramos llevar sin cuestionarnos nada, simplemente siendo nosotros mismos?

—¿Ya ha pensado en ese deseo?

—Así es.

La observé detenidamente y creí adivinar una sonrisa algo coqueta en sus carnosos labios; después, detecté un leve rubor en sus mejillas y, por último, me lanzó una mirada de reojo con aquellos enormes ojos azules.

Me preguntaba si ella se daba cuenta de lo sensual que era con esos gestos, con su forma de ser, con su naturalidad, sin proponérselo... y si, de llegar a ser consciente de ello, tal vez dejaría de hacerlos.

Os juro que era mortificante desearla tanto, estar tan cerca y no poder ahogar mi anhelo en esa boca, pero debía ser respetuoso.

—No pienso confesarle mi deseo...

Recuerdo que nos reímos durante un rato. Ella parecía haber leído entre líneas, en mi forma de mirarla, mi curiosidad. Su rubor la delató..., ¿quizá su deseo estaba relacionado conmigo?

Asumí que eso nunca lo sabría.

—Mejor que no lo comparta, pues dicen que, si se desvelan, éstos no se cumplen.

—Tengo la convicción de que, lo que pasa, no es cosa del azar, sino del camino que uno elige marcarse y recorrer.

—Por supuesto.

Con aquella frase demostró que era una mujer con los pies en la tierra, a pesar de su juventud, y que tenía las cosas muy claras... o que, por lo menos, procuraba seguir su instinto.