Brooklyn (Skyline 1) 18. Sobrevolando la libertad #2
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18. Sobrevolando la libertad #2

—Sólo le diré una cosa, señorita Steinfield —me miró directamente a los ojos—: se encuentra en un hotel que merece la pena disfrutar y hay que observar con detenimiento sus cuadros, sus muebles, sus chimeneas.

.. Hemingway decía que la única razón para no alojarse aquí es no poder pagarlo.

Así que... déjese llevar... ¿Qué puede perder?

—Nada.

¡Dios mío! Cuánto glamour, cuánto derroche de elegancia, cuánta gente distinguida...

Tras mencionar que me recogería en una hora, Ryan me entregó la llave de la suite —en el segundo piso, la doscientos dos—, situada tras una doble puerta lacada en blanco roto, y se fue.

La mía era, ni más ni menos, la denominada Coco Chanel, tal como pude leer en la puerta, en letras doradas y en cursiva.

Era la habitación de los estetas... Sí, esa misma, la suite de la famosa diseñadora de moda, que ella misma decoró con distinción y elegancia elevada a la máxima potencia y en la que vivió durante treinta y cuatro años.

Se trataba de una enorme estancia que contaba con una sala de estar, un salón y la zona del dormitorio, todo en tonos en negro, blanco roto y beige, de líneas definidas, con biombos lacados Coromandel, espejos dorados y una banqueta en terciopelo.

En ella se entremezclaban tejidos nobles con ciertos toques dorados, y estaba llena de detalles únicos, inolvidables, como, por ejemplo, su delicada grifería dorada con forma de cisne.

Volví a pellizcarme varias veces, porque no podía creerlo.

Yo, Brooklyn Steinfield, sin oficio ni beneficio, nacida en el peor de los suburbios de Nueva York e hija de una yonqui... ¿allí?

¿Dónde estaba la cámara oculta?

Era imposible abrir más la boca en forma de O.

* * *

Me estaba dirigiendo al gran ventanal para salir a la terraza y sentir un poco de aire fresco cuando me detuve ante una serie de imágenes en blanco y negro de la diseñadora, dibujos hechos por Karl Lagerfeld, de escenas de la vida de Chanel en el Ritz, y, de pronto, alguien llamó con sutileza a la puerta.

—Service boutique hôtel .

Entonces abrí y ante mí apareció una mujer de mediana edad, pelirroja, esbelta y ataviada con un sencillo pero estiloso vestido negro por debajo de las rodillas y unos altísimos zapatos de tacón de aguja.

—Entrez, s'il-vous-plaît.

Por la expresión de su mirada y su rápido escrutinio de mi cuerpo de arriba abajo, intuí que lo que vio no fue precisamente de su agrado.

.. y no pude reprochárselo, pues mi sencilla ropa de segunda mano (o tercera) no era de marca, mis gafas rosas con los cristales en forma de corazón no tenían protección solar y, además, las suelas de mis zapatillas deportivas tenían mucha calle recorrida.

.. pero así era yo y ése era mi sello, mi personalidad.

—¿Es usted norteamericana? —preguntó con un notable deje parisino.

Cerré la puerta tras de mí.

—Neoyorquina, sí.

—En ese caso, si le parece bien, puedo esforzarme en hablar su idioma.

—Lo que prefiera.

Me volví hacia ella y le sonreí. Sencillamente, la mujer ni siquiera hizo el mínimo esfuerzo por imitar mi gesto.

Según me informó poco después, Ryan le había pedido que acudiera a mi habitación para tomarme las medidas... pero, aunque me moría de la curiosidad, no quiso darme más detalles al respecto.

En cinco minutos ya estaba de nuevo a solas, en medio de esa habitación y con cincuenta minutos por delante para mi deleite personal.

Fui al cuarto de baño, que era dos veces el salón de mi apartamento en Brownsville. La luz natural inundaba el lugar, provocando el brillo del oro y de las piedras de colores de los cisnes de la grifería.

Vi la bañera que presidía el centro y no pude evitar contenerme. La llené hasta la mitad, rocié el agua con sales aromáticas, me desnudé, desperdigando toda mi ropa por el suelo, y me zambullí en el acto, sólo vestida con mi collar choker de cuero rodeando mi garganta.

Guauuuu... ¡qué placer! Eso era una pasada, casi tanto como dormir hasta que se te pegaran las pestañas y te dolieran los sueños...

Ésa era la primera vez que disfrutaba de un baño en condiciones, pues acostumbraba a darme breves duchas, ya que en mi piso el termo del agua caliente duraba unos ciento cincuenta segundos escasos, y en la mansión de los Cohen tenía que estar lista a las siete en punto de la mañana.

Cuarenta y tres minutos, ése fue el rato que permanecí sumergida en esa combinación ideal de olores y temperatura.

Ni uno más ni uno menos.

Me quedó el tiempo justo para salir, secar mi cuerpo con la suavidad de una toalla de color melocotón, embadurnarme la piel de una maravillosa leche hidratante, vestirme con unos vaqueros de talle alto con roturas a lo grunge, una blusa blanca atada con un nudo a la altura del ombligo y una cazadora bomber con bordados de flores en la espalda, y luego esperar a Ryan mientras contemplaba la ciudad desde la terraza.

Con la precisión de un reloj suizo, él acudió a mi habitación. Abrí la puerta y me quedé boquiabierta nada más verlo.

Ryan parecía otra persona... Su vestimenta era más atrevida, juvenil, transmitiendo un espíritu rebelde que desconocía en él y que iba mucho más acorde a mi look .

Llevaba puestos unos vaqueros desgastados, una camisa de franela a cuadros extragrande abierta, sin abotonar, que dejaba al descubierto una sencilla camiseta blanca de cuello de pico y una cazadora de cuero marrón.

Mi corazón empezó a bombear con tanta fuerza que creo recordar que hasta hiperventilé.

Ryan era el hombre más atractivo que había conocido nunca y, para más inri, tenía un don innato para vestir.

Tenía una percha que todo le sentaba como un guante, ya fuese del estilo que quisiera. .. elegante, clásico, atrevido, casual.

En cualquier caso, estaba convencida de que, aunque se pusiera una bolsa en la cabeza, estaría igual de irresistible.

Ryan me miró como si tuviese dos cabezas.

—¿Le ocurre algo, señorita Steinfield?

«Sí, algo moreno, de metro noventa, con una cara de infarto y un cuerpazo que incita al pecado...», me respondí mentalmente.

—Oh, nada. Nada... —mentí para salvarme el culo—. Debe ser el cambio de horario...

—Suele pasar —dijo, pero me pareció que no acababa de creer mis palabras—. ¿Tiene hambre?

«¿Hambre? Estoy hambrienta de ti...»

—Sí, un poco. Eh... mucho. —Me mordí el labio inferior—. Perdón, me estoy liando...

Me sonrojé, porque no podía dejar de pensar en su cuerpo desnudo y tendido sobre las sábanas de la cama de dos por dos metros de mi suite Coco Chanel, a mi merced, mientras mi húmeda y juguetona lengua recorría cada centímetro de su piel, sin dejar un solo recoveco por explorar...

Frunció el ceño al darse cuenta de que mis gestos no eran acordes a las palabras que salían por mi boca.

—Conozco un sitio que le encantará.

—De acuerdo —fue lo único que pude articular, pues sentía mariposas revolotear en mi estómago y puedo prometer que no era precisamente de hambre.

«¿Qué demonios me estás haciendo, Ryan Cohen?»