18. Sobrevolando la libertad
Sobrevolando la libertad
—¿Se encuentra usted cómoda? Le noto algo... tensa.
Giré la cara en la dirección de la que provenía la familiar voz de Ryan y le sonreí, comedida.
—Sí, estoy bien —dije entre dientes. Aquello era mentira.
Él y yo estábamos sobrevolando el Atlántico en un Boeing 747 —conocido también como Jumbo y como la reina de los cielos—, viajando en el piso superior, rodeados de lujo y a una velocidad de 910 kilómetros por hora.
Y, a pesar de todo ese despliegue de glamour y sofisticación, estaba completamente aterrada y con un nudo en la garganta que apenas me dejaba hablar y pensar con claridad.
—¿Es su primera vez?
Lo miré a los ojos en silencio y luego asentí.
—No debe dejarse llevar por el pánico.
«Tarde», pensé, y me encogí de hombros.
Ryan sonrió.
—Verá, usted me recuerda a mí la primera vez que me subí a uno de estos trastos con sólo ocho años.
Me pasé todo el trayecto inmóvil, como un muñeco de cera, sin apenas pestañear y con la vista fija al frente, sin hacer nada por matar el tiempo, pues pensaba que, si no me movía un ápice, el avión llegaría sano y salvo a su destino.
—¿Y cómo superó el miedo?
—Bueno, no la voy a engañar, el miedo a volar nunca se supera, pero se puede volver mucho más llevadero, por ejemplo, gracias a la rutina.
A fuerza de volar, el temor acaba por mitigarse, al menos en parte.
—Me volvió a sonreír, pero esa vez sin separar los labios, y después me miró compasivo, tratando de darme ánimos—.
Aunque, para ser justos, le he de reconocer que, tras ese día, hubo un antes y un después.
.. Nunca volvió a ser como la primera vez.
Inclinándose sobre la butaca, echó un vistazo al pasillo y, al ver a la asistente de vuelo, le llamó la atención.
—¿Qué desea el señor?
—¿Sería tan amable de mostrarnos la cabina de pilotaje? Sólo será un momento.
La mujer lo miró extrañada y luego me lazó una miradita. Supuse que, tras darse cuenta de la palidez de mi cara —a lo Nosferatu, vampiro de la noche— y llegar a la conclusión de que estaba a punto de vomitar el contenido de mi estómago por completo, aceptó sin rechistar.
—Por supuesto, acompáñenme.
Tras su aprobación, Ryan se levantó como un resorte de la butaca y me tendió la mano.
—Venga, señorita Steinfield, vamos de excursión.
Por supuestísimo, mi primera reacción fue negarme en redondo, igual que haría una niña pequeña ante un plato lleno de brócoli.
No iba a moverme de mi sitio, no estaba dispuesta a hacerlo, ni siquiera por todos los peluches Beanie Babies del mercado.
—Le aseguro que no será tan espantoso como cree.
—Déjeme ponerlo en duda —dije por lo bajini, a pesar de ser consciente de que no importaba el volumen de mis palabras, pues él tenía la habilidad de poder leer en los labios de los demás.
Cogí aire y no lo solté hasta pasados unos quince segundos; debía deliberar con la mente fría.
—No se arrepentirá, se lo prometo.
Desde mi privilegiada posición, pude ver a un Ryan paciente, tierno y extremadamente dulce.
Sabedor de mi angustia y conocedor del pánico a volar que me invadía y que había sufrido en sus propias carnes, se estaba preocupando de mi equilibrio emocional, así que me agarré de su mano con fuerza, aun previendo que una nueva descarga eléctrica recorrería toda mi anatomía de cabo a rabo.
—Así me gusta. —De sus perfectos labios brotó una preciosa sonrisa de satisfacción.
Me obligué a levantarme, aunque el trasero me pesara cien toneladas y mis ánimos estuvieran a la altura del betún.
Me forcé a caminar, atravesando el estrecho pasillo, cogida de su mano, aunque me ardiera por todo lo que Ryan me hacía sentir.
Me mantuve así, aunque me temblaran tanto las piernas que pensé que de un momento a otro iba a desplomarme como un saco de patatas, y me obligué a seguir sus pasos hasta aquel cubículo tan diminuto.
Una vez que cruzamos la puerta y nos presentaron, en primer lugar, al comandante Smith —quien lucía cuatro rayas en sus charreteras de hombro— y, en segundo, al copiloto Lange —quien lucía tres—, el cielo se abrió ante mis ojos.
Jamás, en mis veintidós años de existencia, había visto un cielo celeste tan puro, a pesar de estar pincelado en parte por nubes de distintas formas y tan esponjosas como el algodón de azúcar.
Todavía recuerdo la emoción y las sensaciones que sentí al contemplar ese maravilloso espectáculo.
Al poco, y como por arte de magia, empecé a notar cómo mi estómago dejaba de estar encogido y a encontrarme algo mejor, anímicamente hablando.
Y, sin poder evitarlo, una media sonrisa se pintó en mi rostro, pues aquello era lo más parecido a estar sobrevolando la libertad, unida a la mano de Ryan, aquella persona que, tan sólo con su mirada, conseguía hacerme sentir un poco más viva, formar parte del mundo, experimentar que se me ensanchaba el alma. ..
Él únicamente soltó mi mano cuando se cercioró de que todos mis dedos dejaban de temblar. Y, cuando eso ocurrió, entonces me preguntó:
—¿Mejor?
A lo que yo respondí de inmediato.
—Infinitamente mejor.
* * *
Cinco horas más tarde, el impresionante Jumbo tomó tierra en el aeropuerto de Charles de Gaulle. Desembarcamos por la pasarela de acceso y después echamos a andar hacia las cintas transportadoras, donde aparecieron nuestros equipajes.
—Apuesto a que, al final, no ha sido tan terrible.
Me lo quedé mirando y luego le respondí.
—Bah, ¡qué va! —Hice un vago gesto con la mano, cómicamente.
—Pasado mañana, volveremos a subir a otro.
Abrí los ojos como platos. En ese momento quería disfrutar del suelo firme que pisaba y no pensar en azafatas megamaquilladas, insípidos menús precalentados ni las malditas turbulencias.
Respiré pesadamente y Ryan se dio cuenta de ese gesto.
—Ahora no debe preocuparse por eso —señaló.
Salimos al exterior y una brisa templada alborotó su pelo.
Debía reconocer que, aunque no se lo propusiera, Ryan era un hombre arrebatadoramente sensual.
Sus gestos, su galantería, su porte al caminar, su forma de hablar, su voz.
.. ¡Todo! Apuesto a que, si él fuera capaz de oír su voz, me entendería.
Su grave y profundo color de voz le daba un aire aún más interesante, si eso era posible.
En serio, si hubiese entrado en sus planes, podría haber sido un fantástico locutor de radio o incluso un notable actor de doblaje.
—Subiremos a un taxi —comentó mientras se peinaba con los dedos y cierta elegancia los mechones negros y ligeramente ondulados que le cubrían parte de la frente—. Veamos...
Oteó discretamente la parada de taxis y, al llegar, aguardamos nuestro turno en la fila. Tendría sus razones, pero me resultó extraño que no hubiera solicitado los servicios de un chófer personal y hubiese optado por viajar en un taxi como cualquier hijo de vecino.
¿Podéis creer que, en realidad, yo también lo prefería?
Pues jamás había sido partidaria del derroche a tutiplén y.
.. porque sí. Lo único que me importaba en ese momento era.
.. ¡que estaba en París! En la ciudad de la luz, y la ciudad más romántica del mundo, junto al hombre más atractivo que había parido madre.
Mi primer viaje, mi primer vuelo en avión y mi primera experiencia en tierras extranjeras. ¡Todo en el mismo pack ! Menudo estreno, sí, señor.
Estaba maravillada, ilusionada, perpleja...
Durante los escasos treinta minutos que duró el trayecto, no pude articular palabra.
Me dediqué a observar, ensimismada, a través de la ventanilla del coche, curioseando la capital francesa, viendo el río Sena y constatando cómo sus adoquinadas calles aunaban el arte, la cultura y la gastronomía como si de un maravilloso cóctel de bienvenida se tratara.
Sin lugar a duda, París enamora al instante, porque es una ciudad que tiene ese algo que la diferencia, que la hace tan especial y que la consagra como algo mágico.
—No se le ha borrado la sonrisa desde que hemos pisado suelo parisino —dijo Ryan antes de apearse del vehículo. Éste había estacionado frente a un hotel en la place Vendôme.
—Pero ¿acaso usted no se ha fijado en la ciudad? —le pregunté, confundida.
—Claro. —Me miró y me mostró una bonita sonrisa—. Hace años que perdí la cuenta de las veces que he venido por negocios.
—Pues yo he tenido que pellizcarme en varias ocasiones para asegurarme de que no estaba soñando, de que realmente estaba aquí.
«Y contigo», dije para mis adentros.
—Y no está soñando, puedo asegurárselo.
—Además, lo poco que he visto me ha encantado.
Él asintió y, sin borrar la sonrisa de sus labios, le dio una propina al taxista cuando éste le entregó las maletas. A continuación, al volver a mirarme, añadió:
—París es lo que tiene: tarde o temprano, vuelves.
Sinceramente la ciudad te cautiva, te embriaga y te seduce hasta límites insospechados nada más pisas sus calles.
—Vamos, señorita Steinfield, acompáñeme. Hemos de hacer el check in en el hotel.
Ryan se avanzó hasta la puerta giratoria, presidida por dos botones vestidos con uniformes oscuros, de chaqueta granate con cuello Mao y una lista en tonos dorados y un gorro al estilo años veinte.
Yo me quedé parada y sin decir nada, unos pasos atrás, ante la entrada del refinado hotel Ritz, cuya apariencia me recordaba un palacete.
—A mi padre le gustan este tipo de excentricidades... —se excusó—. La reserva está realizada a su nombre, pero si va a sentirse incómoda...
Ryan se acercó a mí y yo le respondí titubeante.
—No, no es eso... —bufé—... Es que son demasiadas emociones en muy poco tiempo. Volar, París, el Ritz.
—Pues, en ese caso, le recomiendo que trate de relajarse, pues le esperan tres días intensos. Reuniones, cenas de negocios... Esto no ha hecho más que empezar.
—Eso me temo —murmuré, observando a mi alrededor.