13. Mr. & Ms. Cohen #3
Era la primera vez que él y yo coincidíamos, y me impactó verlo en persona.
Supe quién era por la exhaustiva descripción que me había dado Rose Guido: metro ochenta y nueve, pelo cano, aunque se adivinaban mechones rubios, ojos azules y penetrantes rodeados por unas marcadas arrugas en las comisuras, nariz recta y altiva, barbilla ancha, sexagenario.
.. Un hombre que había sabido envejecer y a quien la vida había tratado bien, que rezumaba elegancia por todos los poros de su cuidada piel.
Su cara me recordó a alguien... quizá... ¿a mí?
El intenso aroma de su perfume lo invadió todo en cuestión de segundos.
—Pero ¿qué es todo esto?
Horrorizado, abrió mucho los ojos, refiriéndose a los goterones que chorreaban del borde de la mesa y al desorden de potingues que había sobre ésta.
—Responda —exigió Douglas Cohen, sin ambages.
Si él supiese quién era... Si él supiera que tenía ante sí a su hija mediana, a la niñita a la que renunció y de quien luego no quiso saber más, ni conocer con doce años cuando se le presentó la oportunidad, se caería de culo y toda esa galantería fingida se iría al traste en un santiamén.
Y, quién sabe, tal vez se hubiese mostrado más amable.
—¿Le ha comido la lengua el gato?
A continuación, abrí la boca para hablar en mi defensa, pero no me lo permitió. Al parecer la paciencia no era una de sus virtudes.
—Además de descuidada, es usted una maleducada —soltó, desdeñoso, y arrugó la nariz en señal de repudia—. Arregle este desastre. Ya.
—Disculpe, lo siento.
Empecé a limpiar la mesa y a recoger los botes ante su impertérrita mirada. Sentía su enojo, aunque estuviese a unos metros de distancia. Maldije entre dientes en nombre de mi madre por habernos tratado siempre como simple bazofia y por seguir haciéndolo.
Su presencia me causó tanto nerviosismo que, sin pretenderlo, al pasar la bayeta húmeda por la superficie de madera, golpeé el cubo y todo cayó desde lo alto e impactó contra el suelo, formando un estruendo tremendo.
Mi progenitor, enfurecido, empezó a vociferar barbaridades dignas del libro Guinness de los récords, y clavé las rodillas al suelo para tratar de mitigar cuanto antes todo aquel estropicio.
Quise pedir disculpas, pero me hizo callar de golpe.
«Maldito hijo de la gran puta, cabrón clasista de mierda...»
Entre sus atronadoras quejas y mis ahogados lamentos, oí los pasos de unos zapatos de vestir acercarse hasta nosotros.
Ryan apareció de la nada (como un ángel salvador a mi encuentro) y, tras tener que ver la humillante escena, se enfrentó a un malcriado hombre rico sin preguntar siquiera por lo ocurrido.
Aquello me iluminó los ojos y parte del alma.
—Padre, basta —lo amonestó—. ¡Ya es suficiente!
Douglas Cohen, con la mirada encolerizada, se giró tan rápido como si se hubiese encarnado en un toro bravo; tan sólo le faltó rascar la tierra con un zapato hasta generar polvo y echar espumarajos por la boca.
—No es asunto tuyo, Ryan.
Su hijo arrugó el entrecejo.
—Por supuesto que lo es. Cuando tratas al personal como si fueran esclavos y se te olvida que no estamos en el siglo XV , sí, desde luego que me incumbe.
«Bravo por Ryan», aplaudí mentalmente, en silencio. «Bravo, hermanito.» Yo también era así. Por cuestiones éticas, yo también estaba en contra de cualquier forma de castigo injustificado como aquél.
—Procura que quede como lo has encontrado —replicó Douglas bruscamente y con frialdad mientras me señalaba con el dedo—. Vendré más tarde para corroborar personalmente que así sea.
Negó con la cabeza violentamente y después se marchó sin decir nada más... y yo empecé a relajarme. Me froté la frente, retirando la capa de sudor que empezaba a cobrar vida en esa zona.
—¿Se encuentra usted bien?
Ryan me tendió la mano y, cuando mis dedos rozaron los suyos, de nuevo sentí esa electricidad, esa pequeña descarga, recorrer el interior de mi cuerpo.
Pero esa vez, además, vi en sus ojos el reflejo de que ese hecho tampoco le había pasado desapercibido a él.
Me miró a los labios para leer la respuesta en ellos.
—Oh, estoy bien —sonreí tímidamente—, no se preocupe.
Me levanté, quedando frente de él.
—Sí, desde luego que me preocupo —aseguró, sin dejar de estudiar mi cara y sin soltar mi mano—. Ésta también es mi casa y, por ende, lo que deseo es que todos se sientan cómodos aquí.
Se notaba que lo que acababa de afirmar categóricamente le afectaba; no era partidario de las injusticias y eso decía mucho de su persona. Se le veía... afectado.
Era posible que ésa no fuese la única vez que se viera en esa tesitura, pues Douglas parecía ser un ser bastante irascible, intolerante y cruel.
—Lamento mucho lo ocurrido.
Ryan clavó su mirada en la mía. Tenía unos ojos oscuros y rasgados preciosos, pero algo tristes. Él era de esas personas que tienen el don de expresarse con la mirada, sin necesidad de hablar. Luego me mostró una sonrisa tranquilizadora, pero yo seguía con el corazón desbocado.
Me estremecí.
—Está usted temblando. —Envolvió por completo mi mano con las suyas y me percaté de que no llevaba alianza en el dedo anular.
Desvió un momento la vista a mi mano y enseguida recuperó la visión de mi boca.
—No es nada, se me pasará.
—Quiero que se siente y se tranquilice —dijo, volviendo a mis ojos. Parecía gustarle lo que veía en ellos, porque sólo apartaba su mirada de la mía para leer en mis labios las formas que adoptaba para pronunciar las palabras.
Me guio hasta el sofá y no me soltó la mano hasta comprobar que me quedaba allí y hacía lo que me pedía.
—No se mueva de aquí, por favor. Ahora vuelvo.
Se encaminó hacia la puerta y desapareció. Al cabo de unos minutos regresó acompañado de Julia Williams, mi semejante laboralmente hablando.
Ella y yo cruzamos nuestras miradas, pero no nos dijimos nada. Julia se limitó a limpiarlo todo y lo dejó como si allí no hubiese estado nadie. Al acabar, recogió el cubo y nos dejó a solas.
Ryan se acercó a mí y me miró desde arriba.
—Tómese la tarde libre. Después de todo, encargarse de la limpieza de esas demoníacas reliquias de mi padre debería equivaler a dos jornadas de trabajo.
Mi cara estalló en sorpresa. Mis ojos y mi boca formaron tres ceros perfectos.
—Oh. No, no puedo... No podría aunque quisiera.
—No, claro que no puede, pero es-una-orden .
Me costaba encajar tanto afecto, pues no estaba acostumbrada.
El trato que siempre había recibido de Savannah había sido frío, distante y pendenciero; el de mis amistades (que podía contar con los dedos de una mano, salvo con Curly), banal, superfluo y negativo, y mis escasos exnovios (si podía denominarlos así) habían sido mentirosos, agresivos y consentidos niñatos, ¡incluso uno de ellos me había violado!
Por ello, toda esa gente me había hecho sentir insegura, suspicaz y emocionalmente inestable.
Eran lo opuesto a Ryan Cohen. Mi hermano era respetuoso, maduro y empático; resultaba evidente que tenía las cosas muy claras.
Juro que casi me eché a llorar. Al fin había llegado a mi vida una persona íntegra y cabal; no podía creerlo.