Brooklyn (Skyline 1) 13. Mr. & Ms. Cohen #2
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13. Mr. & Ms. Cohen #2

Sin lugar a duda, Ryan Cohen era distinto a los demás... Educado, respetuoso, empático, decidido, paciente y un largo etcétera que estaba deseosa por conocer, sin augurar que me estaba metiendo de cabeza en la boca del lobo.

* * *

Apresuradamente y con el incidente del indómito Hades muy presente, regresé a la mansión, donde me aguardaba Rose para asignarme nuevas tareas.

Esa semana mis quehaceres se multiplicaron como una plaga de langostas, pues todo debía estar perfecto y a punto para el gran acontecimiento, es decir: la boda de mi padre.

—Señorita Steinfield... Has tardado demasiado, mucho. ¿Qué ha pasado? —me preguntó, con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.

Quise hacer honor a la verdad, pero al final me limité a responder que lo sentía horrores y que no volvería a pasar.

.. Lo cual era cierto, y también lo era que no me apetecía entrar en detalles, ya que lo sucedido no le incumbía en absoluto.

Rose sería, sin duda, la última persona del planeta de quien me fiaría y ni por asomo le contaría nada de mi vida.

Desde un primer momento detecté algo en ella que no acabó de convencerme, algo que me incitaba a la desconfianza.

No sé, en ocasiones me dejaba llevar por mi sexto sentido y, al final, mi intuición me daba la razón.

—Por esta vez lo dejaremos pasar, pero debes prometerme que no volverá a ocurrir.

—No volverá a suceder, le doy mi palabra. —Asentí con la cabeza.

Me miró durante unos segundos sin relajar el rictus.

—De acuerdo.

En cierta forma, Rose Guido me recordaba a la señorita Rottenmeier; quizá fuera por su semblante siempre serio y su temperamento severo y rígido.

.. o tal vez porque era una amargada que no sabía disfrutar de las pequeñas cosas que le brindaba la vida.

Quién sabe, mientras no se le antojara llamarme Adelaida, o Adelheid o, en su defecto, Heidi, su diminutivo en alemán. ..

—Voy a encomendarte otra nueva tarea. En ésta, a diferencia de la anterior, debes poner el alma, si cabe.

Fruncí el ceño, sin comprender a qué se refería.

—El señor Cohen ha pedido encarecidamente que alguien del personal de la casa con unas manos pequeñas y delicadas, como las tuyas... —Las observó sin pudor y yo la imité. Jamás me había percatado de que fuesen delicadas; pequeñas, sí... eso lo hubiese visto hasta un ciego.

Hizo una pausa antes de proseguir, provocando mi curiosidad.

—Colecciona máquinas de escribir, genuinas joyas de «la edad de oro de la escritura mecánica», como dice él. Piezas de coleccionista, inimitables e irreemplazables.

Entrecerró los ojos sólo un poco para averiguar si había entendido la necesidad de hacer un buen trabajo y no una chapuza, pues para ella yo era su responsabilidad.

Fijó su mirada en la mía en plan desafío, como ese juego de niños en el que, quien parpadea antes, pierde. Por supuesto, dejé que ganara ella.

—No se preocupe, seré meticulosa.

—Ésa es precisamente la palabra que esperaba oír.

Torció el labio en lo que parecía ser una sutil sonrisa de medio lado.

En realidad, ese gesto me valió para saber que, bajo ese aspecto de arpía, escondía un alma humana, o eso quise pensar.

Y, entonces, me devolvió, de golpe y sin anestesia, al mundo de las criadas, las asistentas domésticas, las chachas o como se quiera denominar.

—Toma.

Me entregó un pequeño cubo de aluminio con algunos productos de limpieza y otros utensilios que no logré adivinar para qué servían. Por supuesto, no tardé en husmear en su interior.

Empezó a detallar...

—Agua y jabón líquido en un trapo para limpiar las teclas, esmalte de aluminio para eliminar el óxido, cepillo de dientes para frotar los laterales y algodón para secar las zonas y dar un acabado perfecto.

¿En serio? ¿No me estaba tomando el pelo? ¿Debía hacer todo eso? ¿Dónde había dejado mi bloc para tomar apuntes?

No satisfecha con eso, siguió enumerando...

—El interior también debe limpiarse: rodillo, escala de papel. Para ello usarás el aire comprimido. Y no te olvides de limpiar el deflector, la tarjeta y los rollos con alcohol isopropílico. Y, por último, añade unas gotitas de aceite entre las barras.

Me quedé muda, tragué saliva y empecé a mostrarme tensa. Demasiada responsabilidad estaba depositando en mí. Yo era la nueva, ¿acaso lo había olvidado?

—Respira hondo y no pongas esa cara. Soy cruel, pero no tanto. —Negó con la cabeza a la vez que se le escapaba una risita un tanto diabólica. Vamos a ver, al final es que le salía del alma ser así—. Te he dejado un pequeño manual de cómo debe realizarse la limpieza de las diez máquinas de escribir.

¿Diez? Oh, my God!

Empezaba a ponerme azul por la falta de oxígeno en la sangre.

—Por cierto, hoy deben quedar limpias.

Tragué saliva tan bruscamente que Rose pudo oír el líquido viscoso bajar por mi garganta.

—Te acompañaré al despacho del señor Cohen.

No pude moverme; me quedé patidifusa, anclada en el sitio.

—Vamos, sígueme. —Movió la cabeza, señalando hacia la escalera—. ¿A qué estás esperando? No te quedes ahí como un pasmarote.

Pestañeé y traté de respirar con normalidad.

¿Quién dijo miedo?

Di dos pasos y luego inspiré hondo, agarré con más fuerza el asa del cubo y la seguí como de costumbre, como si yo fuese un patito siguiendo el gracioso contoneo de la colita de mamá pato.

Ascendimos a la segunda planta, tercera habitación a la derecha. Sacó el manojo de llaves del bolsillo de su bata y ancló en el bombín la más grande de todas.

Abrió la puerta y ante mí apareció una estancia de extrema elegancia, recargada, si me apuráis, pero, a la vez, fría y sin alma.

Era de estilo victoriano, con muebles del siglo XIX , paredes tapizadas en un estampado sombrío en tonos oscuros, azules, verdes y ocres, repleta de molduras recreando marcos en los muros.

Las ventanas estaban vestidas con inmensas cortinas que barrían el suelo de madera; los muebles, lacados.

Un precioso chéster en tonos marrones presidía uno de los lados, junto a una maravillosa biblioteca que cubría del techo al suelo y una tercera parte de la sala, y una mesa de despacho justo en el centro, con volutas en cada una de las patas.

También había jarrones chinos, infinidad de reliquias que aparentaban ser muy caras y, en un mueble tipo vitrina, las diez famosas máquinas de escribir.

Me apoyé contra la puerta y vi cómo Rose se movía por el lugar como pez en el agua, deslizando las cortinas para que entrase más luz del exterior y abriendo las compuertas de cristal que resguardaban lo que ya se había convertido en mi pesadilla.

—Acércate, vamos. No te van a comer —dijo en clave falsamente humorística.

A comer, no sé, pero, empezar a generarme un buen dolor de cabeza, apostaría a que sí.

—Sigue el orden establecido, es decir, de izquierda a derecha —me explicó detenidamente—. Debes sacarlas una a una y, después, colócalas ahí.

Señaló hacia una mesa que desentonaba con el resto del clásico mobiliario. Deduje que ésa había sido situada allí para que yo pudiera trabajar con soltura.

Se quedó delante de mí, con los brazos cruzados bajo sus pechos, a la espera.

—Vamos a ver... —murmuré, notando sus ojos clavados en mí.

Me froté las manos y después moví los dedos antes siquiera de tocar esas máquinas diabólicas. Temía fastidiarlo, pues, a pesar de no considerarme una persona patosa, debía reconocer que me temblaba ligeramente el pulso.

¡Dios, qué pereza! ¿Quién me mandaría meterme en esos líos?

—Con más brío, Steinfield —me exigió—. Son máquinas de escribir, no bombas a punto de estallar.

A decir verdad, quien se creía enfundada en el traje militar del capitán Willard en Apocalypse Now , tenía razón. Me alivió pensar que eran máquinas inofensivas, pero de valor incalculable.

Leí la placa de la que tenía entre las manos: Underwood 5, de 1915. Eso sonaba caro, muy caro, pero me obligué a alzarla y girar sobre mis talones hasta depositarla en la superficie de madera destinada para ello.

Sonreí. La primera prueba superada.

—Bien, señorita Steinfield, veo que ya se te han quitado las tonterías y te vas a poner manos a la obra.

Asentí.

—Ya sabes que debes seguir a pies juntillas las indicaciones del manual.

Unió sus manos a la espalda y dio media vuelta, dispuesta a dejarme sola con todo el meollo.

—¿Se marcha?

—Por supuesto. En esta casa hay demasiados quehaceres pendientes. Recuerda que quedan muy pocos días para la ceremonia nupcial y todo debe estar perfecto.

—Pero...

Confiaba en que, por lo menos, me ayudaría con la primera máquina de escribir.

—Te las apañarás bien, ya verás.

Y me dejó a solas conmigo misma y mi inseguridad.

¡Santo cielo! No tenía diez años, era toda una mujer y de cosas peores había salido ilesa. Pensé en Savannah y cualquier cosa me supo a nimiedad.

Rebusqué el maldito manual, que no podía ser peor que aprenderse la tabla periódica de los elementos de memoria o someterse a la peor de las torturas chinas, y comencé a leer en voz alta, como si lo leyese para alguien.

Metí las manos en el cubo y empecé a colocar los elementos sobre la mesa, en fila, por orden, como los soldaditos o como en el colegio antes de entrar en clase.

* * *

Al cabo de unas tres horas, había acabado con la limpieza de nueve de los dichosos artilugios del demonio.

Tenía las manos agarrotadas e hinchadas, y las yemas de los dedos doloridas de tantas friegas. Oteé la sala en busca de un sitio donde disfrutar de un momento de relax, pues tenía los gemelos adormecidos de llevar tanto rato de pie, y me senté en el sofá.

Aproveché ese tiempo para cerrar y abrir las manos para aliviar el malestar y estirar los dedos.

—¡Cómo se atreve, levántese ahora mismo de ahí!

Al oír esos gritos, me levanté dando un respingo y me puse firme ipso facto.