Brooklyn (Skyline 1) 13. Mr. & Ms. Cohen
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13. Mr. & Ms. Cohen

Mr. los caballos son especialmente sensibles, asustadizos, y perciben todo lo que pasa a su alrededor.

Por eso, en un visto y no visto, el animal golpeó el suelo con una pata y luego la levantó en clave de amenaza.

Bufó y rebufó, expulsando con rabia el aire por los orificios de sus ollares. Pronto, un sonido entre grito y rugido me advirtió de que había entrado en tierra pantanosa.

El imponente ejemplar me miró con los ojos muy abiertos, dejándome ver el miedo en ellos antes de soltar una coz al aire que a punto estuvo de golpear mi cara... de no ser por la rápida intervención de Ryan.

—¡Brooklyn...!

Él se abalanzó sobre mí como un resorte, embistiéndome en un rápido y certero movimiento, aplacando mi cuerpo como si de un jugador de rugby se tratara y derribándome hasta caer ambos contra el suelo, uno encima del otro.

De soslayo pude ver que la cesta del pícnic corría peor suerte, pues salió despedida por los aires, cayendo unos metros más allá y quedando su contenido desperdigado por el suelo de cemento.

Todo ocurrió como a cámara rápida ante mis ojos, sin tiempo de reacción por mi parte, pues el considerable cuerpo de Ryan, en un abrir y cerrar de ojos, descansaba pesadamente sobre el mío..., sobre ese diminuto saco de carne y huesos.

Dicho de otra forma: mi figura quedó enterrada bajo la suya, acoplada como la última pieza de un puzle que faltaba completar, encajando a la perfección.

Una sensación pesada, densa, nos invadió en cuestión de segundos mientras clavaba la profundidad de su oscura mirada en mis ojos, en mi boca y en mi cara, para cerciorarse de que estaba bien, corroborando que había conseguido esquivar el tremebundo impacto.

En ese lapso de tiempo en el que el mundo se detuvo a nuestro alrededor, Ryan y yo nos contemplamos sin mediar palabra..., cara a cara, chocando el aire de sus jadeos contra mi boca temblorosa y entreabierta, acariciando levemente la sensible piel de mis labios.

Y sin previo aviso y como por arte de magia, una inexplicable explosión de electricidad, de tensión y de escalofríos se materializó en todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.

En serio, sabía que era mi hermano barra hermanastro, pero su extrema cercanía no me pasó desapercibida, en el sentido más profundo y visceral..., ni lo bien que olía, ni el tono tostado de su tez, ni esos ojos tan enigmáticos y esa boca que se entreabría, seductora.

Era un hombre, sí, y, además, tremendamente sensual.

Sexualmente atractivo, añadiría... Pero, ante todo, cabe recalcar que Ryan Cohen era sangre de mi sangre por parte de padre, así que lo que estaba sintiendo en ese momento no era más que el fruto de un pensamiento incestuoso y generado por el estrecho acercamiento entre el cuerpo de un hombre y el de una mujer.

Dos cuerpos jóvenes, apetecibles y tentadores.

En el fondo sabía que se trataba de un instinto primitivo que todo hijo de vecino puede llegar a sentir por el sexo opuesto, sin más.

No obstante, en ese caso en concreto, nada más lejos de la realidad.

Ryan Cohen era mi hermano mayor, fin de la historia.

—¿Está bien? —me preguntó mientras trataba de incorporarse.

—Eh... creo que sigo... entera...

—Deme la mano. —Me tendió la suya, estando ya de cuclillas.

Me levanté con su ayuda y me sacudí la ropa; estaba hecha unos zorros.

—Espere... estese quieta.

Ryan se tomó la libertad de acercar su mano a mi cara, sin que le temblara el pulso, para retirar un poco de heno que se había quedado enredado en los mechones sueltos de mi recogido.

Puede que para el resto de la humanidad ese simple gesto no hubiese significado nada, pero os doy mi palabra de que fue un acto demasiado íntimo para dos desconocidos que casi acababan de conocerse.

A continuación, me sonrió, y no pude evitar contagiarme de ese gesto.

—Ya está. Mejor quédese ahí. —Me señaló un punto por detrás de una especie de cerca de madera.

Se apartó de mí para colocarse frente al caballo y, sin quitarme el ojo de encima (para mí que no se fiaba al cien por cien de mis intenciones), trató de calmar al animal.

—Tranquilo, Hades ... Eres un buen chico... No pasa nada.

Ryan me deleitó con una clase magistral de temple y buen hacer. Tranquilizó al pura sangre de una forma admirable, controlando su respiración, susurrándole, acariciando su cuello suavemente con las yemas de los dedos, premiándole con una zanahoria.

Pero, sobre todo, lo que me dejó más impactada fue el trato comprensivo y respetuoso que mantuvo en todo momento.

Justo entonces me di cuenta de que mi hermano era un tipo con clase y no la clase de tipos que se habían cruzado en mi camino a lo largo de mi vida.