Brooklyn (Skyline 1) 12. La boda de mi mejor padre
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12. La boda de mi mejor padre

La boda de mi mejor padre

* * *

Vaticiné que aquella semana en casa de los Cohen iba a ser movidita, pues debíamos ultimar los preparativos para la gran boda.

Al parecer, mi progenitor, Douglas Cohen, iba a contraer matrimonio por tercera vez, en esa ocasión con una tal Hilary Miller, una jovencísima sureña que bien podría ser su propia hija.

A todo eso, aún no había conocido en persona a mi padre. El caso es que aparecía por la mansión contadas veces y, cuando lo hacía, el personal más veterano era el encargado de satisfacer sus necesidades.

Confieso que la incertidumbre de saber cómo era me reconcomía por dentro.

En mi cabeza había muchas incógnitas que no lograba despejar; entre las más destacadas, si me parecía físicamente a él, puesto que no compartía su manera de pensar ni de proceder.

Brooklyn Steinfield jamás abandonaría a su hija, arrojándola a la calle de una patada en el culo como si de una bolsa de basura se tratara.

Ni siquiera se dignó recibirnos a mi madre y a mí diez años atrás, cuando ella se bajó las bragas, humillándose frente a él en busca de amparo.

Ni tampoco le picó la curiosidad por conocerme mientras le tendía, sin temblarle el pulso, un dadivoso cheque a nombre de Savannah Steinfield, tras firmar ésta una declaración jurada en la que se recogía que no volvería a aparecer jamás por su vida.

Pero con lo que no contó entonces fue con que el documento lo firmó ella y no yo, y en ese momento, siendo ya mayor de edad, tenía todo el derecho de reclamar mi trocito del pastel y rebañar el plato para no dejar ni las migajas, incluso hubiese bastado con pedir que le hicieran una prueba de ADN. ..

En realidad, se lo estaba poniendo demasiado fácil, pero mi propósito iba más lejos... Quería que me conociera, conseguir que me quisiera y que sufriera por no haber sabido de mí todo ese tiempo y, después, desaparecer de su vida para siempre, como hizo él, sin escrúpulos, de la nuestra.

* * *

—Hoy llegará el altar de madera y las sillas a juego para la ceremonia del sábado. —Me miró de hito en hito—. Presta atención en todo y no te equivoques.

La boda de mi progenitor prometía ser un evento genuino y sofisticado, pues estaban mimando hasta los mínimos detalles; incluso querían habilitar un espacio en el jardín para la recreación, con juegos como el croquet, los aros y los bolos, para conseguir que la estancia de los invitados, de todo el fin de semana, resultase lo más entretenida posible.

Justo después, ella fue enumerando una interminable lista de cosas pendientes que yo debía hacer ese mismo martes. Era absurdo tratar de retenerlas todas en mi cabeza, pues era tan larga que, cuando acabó de enumerarlas, ya había olvidado algunas.

—Ha de quedar todo perfecto, ¿me has entendido?

Asentí sin dejar de tener las manos cogidas a la espalda, tal y como se esperaba que hiciera cuando alguien se dirigía a mí, aunque fuese otro empleado de la casa Cohen y del mismo rango.

Claramente, Rose Guido se había fijado un fin: quería machacarme, dejarme sin aliento y, por consiguiente, hacerme la vida imposible para que me largara de esa casa.

Sin embargo, lo que no sabía era que ya podía convertirse en la malvada Maléfica y yo en la bella durmiente del cuento, que no lograría que me diese por vencida, pues, cuando algo se me metía entre ceja y ceja, ya podía venir la pandemia más mortífera de todos los tiempos, que yo seguiría encabronada en mis trece.

Antes de que hubiera terminado de hablar conmigo, una servidora se distrajo una fracción de segundo justo cuando vio pasar a varios metros de distancia la esbelta figura de Ryan Cohen en dirección a mi, barra su, lugar favorito de la casa, ese junto a la acacia.

Definitivamente, al fijarme, con deleite me di cuenta de que era un hombre guapo a rabiar. Parecía un actor del cine clásico, del maravilloso cine de la década de los treinta, como Clark Gable, Errol Flyn o Gary Cooper.

Es cierto que la belleza es subjetiva, pero ¡que me aspen! Ryan Cohen era todo un galán: porte, elegancia innata, clase, masculinidad y atractivo hasta decir basta.

—Señorita Steinfield, ¿acaso estás pensando en las musarañas?

—Noooo, no, en absoluto —aseveré bruscamente, regresando de mi particular trance—. Disculpe.

Me miró con desconfianza y me amonestó, apuntándome con el dedo índice para demostrar su autoridad frente a mí.

—Más te vale, porque no pienso repetirte las tareas que debes llevar a cabo.

Asentí, circunspecta.

—Sí, señora.

—Bien. Acompáñame. —Se abrió paso hacia la cocina y la seguí como si fuese su sombra o su perrito faldero, según como se mire—. A partir de hoy te encomendaré una nueva tarea.

Rose se detuvo entre una alacena hecha con madera y corian y la hornacina del fregadero. Abrió una de las puertas y cogió una taza de desayuno con su platito a juego.

Luego abrió el cajón de la derecha y eligió unos cubiertos de plata y una servilleta con las letras R. C. bordadas en letras doradas. Su mano viajaba de un lado a otro, rauda.

Se notaba de sobra que conocía al dedillo todos los tejemanejes de la casa, sus costumbres, sus particularidades... y me hubiese jugado el pescuezo a que también era sabedora de sus más arraigados secretos.

—Ve tomando nota, Brooklyn, pues a partir de hoy te encargarás personalmente de las atenciones del señor Cohen hijo.

Abrí mucho los ojos ante tal revelación y por un extraño motivo sentí que se me secaba el paladar, como si llevara horas caminando sin rumbo en medio del desierto del Sáhara.

Rose continuó.

—Desde el desayuno a la cena, desde cualquier petición hasta abrirle la cama cada noche antes de irse a dormir —remarcó con retintín—. Todo cuanto precise, pues debemos lograr que su breve estancia en esta casa sea lo más confortable posible.

Me quedé en Babia por unos instantes.

¿Por qué diantres me había elegido a mí de entre todos los empleados de esa casa para aquel menester?

Podría haberse decantado por Julia Williams, la otra empleada del hogar y chica de los recados como una servidora, por poner un ejemplo.

Definitivamente, si quedaba algún resquicio de duda de que esa bruja iba a por mí y mi blanco culo neoyorquino, se había desvanecido en un chasquido de dedos, pues con esa maniobra de última hora estaba dejándome muy clarito que se moría por darle una buena patada a una de mis nalgas al no poder cumplir con todo y asegurarse, de esa forma, de no volver a verme jamás.

Le caía mal, estaba convencida de ello, pero aún desconocía los motivos.

—Pues, si no hay preguntas, pídele a Randall que prepare huevos y beicon, panqueques con sirope de arce, tostadas francesas, zumo de naranja recién exprimido y macedonia de frutas.

«¡Oído, cocina!», bramé en mi cabeza.

Alcé una ceja, pues Rose me estaba vacilando.

¡Oh, bien!

¿De eso se trataba? ¿Había una cámara oculta o algo por el estilo?

Por Dios, ese desayuno no estaba destinado a una sola persona, sino que su misión principal era abastecer a todo un regimiento.

Además, estaba convencida de que mi hermano (hermanastro) era incapaz de engullir todo eso de una sola sentada.

En cualquier caso, hice a pies juntillas lo que me ordenó, hallándome en esa nueva tesitura y obligada a acercarme a él.

Salí al jardín bandeja en mano, que pesaba como un elefante en brazos, y me dirigí con paso firme a su encuentro, en ese lugar tan especial de la casa.

Mientras me iba aproximando me daba cuenta de que Ryan estaba inmerso en la lectura del The New York Times , concretamente la sección de economía.

No me extrañó lo más mínimo, pues, a mi parecer, los ricachones seguían un perfil muy estereotipado, ese del hombre estirado e insípido por defecto.

.. aunque, cuando lo vi por primera vez, rompió ese cliché.

—Buenos días, señor Cohen.

Él no levantó la vista de la prensa y yo lo miré arrugando el entrecejo.

Insistí.

—Buenos días, señor Cohen. Le he traído el desayuno.

Silencio.

Tosí, pero de nada sirvió, y entonces recordé que era sordo y, por tanto, que no podía oírme. Al final alzó la vista, pues imagino que pudo advertir una presencia.

—Oh... lo siento —se disculpó, y dejó a un lado el periódico.

—No se preocupe.

Me sonrió sin separar los labios.

—Le dejo el desayuno —dije mientras depositaba la bandeja encima de la mesita de madera.

Ryan alargó la mano para tocar la mía. Sólo fue un instante, ni siquiera fue un segundo, pero suficiente como para, en ese breve lapso de tiempo, sentir el calor de su piel en la mía y una sutil descarga eléctrica.

—Por favor, míreme a los ojos y hábleme despacio. Así podré leer sus labios.

Alcé la vista a sus profundos y atractivos ojos oscuros. Desde luego tenía una mirada muy especial, incluso me atrevería a catalogarla de sexy; ésa podría ser la causa de que me costara horrores mantenérsela.

—Disculpe.

Asentí y tragué saliva con cierto nerviosismo. Ryan Cohen, con su sola presencia sumada al roce de su piel, me había dejado K. O., fuera de combate.

—No se preocupe.

Volvió a sonreír, pero esta vez ensanchó los labios, mostrándome una perfecta hilera de dientes blancos, y me di cuenta de que Ryan Cohen era poseedor de una de las sonrisas más sinceras y honestas que había visto nunca.

—¿Le apetece leche? —le pregunté con la coqueta jarra entre las manos.

Nos miramos mutuamente en silencio un par de segundos, supuse que su mente requería de su tiempo para interpretar los movimientos de mis labios formando palabras.

—Sólo un poco, gracias.

A la cabeza me vino un pensamiento fugaz, uno de esos que se cuecen en tu cerebro y se materializan cuando menos te lo esperas. Me pregunté cuándo había aprendido a hablar tan bien sin poder oír. Probablemente, el hecho de vivir en una familia acomodada había ayudado a eso.

En cuanto eché un poco de leche fría a su café, me indicó que con eso bastaba, no quería nada más, y me retiré con el resto del desayuno aún caliente en la bandeja.

«Lo que yo decía, un desperdicio alimentario descomunal... ¡Con el hambre que hay en el mundo!»