Brooklyn (Skyline 1) 11. Poli bueno, poli malo #2
27%

11. Poli bueno, poli malo #2

Es fascinante la capacidad que tiene el ser humano, en ocasiones, de estar completamente hundido en el lodo y, un instante después, ver la vida desde otro prisma.

.. y, afortunadamente para mí, existen ciertos seres que no son de este mundo y que la vida te coloca en tu camino; éstos cargan tu autoestima de energía positiva y sin pedir nada a cambio. En mi caso, ese ser era Curly Evans.

¡Bendito el día en que acudí a ese casting de mala muerte y me senté a su lado!

—Por aquí —dijo ella, llevándome cual perro guía a su amo ciego.

Pronto llegamos al local, situado en la Veinte con la Séptima Avenida, en Chelsea. Se trataba de un sitio acogedor, de fachada revestida de madera y grandes ventanales que dejaban poco a la imaginación.

Nada más entrar, nos dirigimos a una de las mesas de bistró junto a la barra que estaban libres y nos acomodamos en un rincón algo alejado.

Curly se sentó delante de mí y yo sonreí, bobalicona, observando el lugar. Realmente invitaba a la calma y a quedarse allí de por vida.

Cogí la carta y empecé a leer el contenido.

—El pan de nueces y el bollo de plátano están de muerte.

—¿Sí?

—Te doy mi palabra de que no has probado nada parecido.

Enarcó una ceja perfecta y yo miré de reojo la mesa de al lado y me di cuenta de que uno de los comensales mordisqueaba algo parecido a un pan con nueces, y no parecía disgustarle.

Entonces, el camarero hizo acto de presencia y anotó el pedido. Curly me felicitó por la elección, el café y el famoso pan de nueces; ella optó por el bollo de plátano, pues su intención era que no me fuera de allí sin darme un trocito del suyo para probarlo.

—¿Y bien? ¿Qué me cuentas? —Clavó los codos sobre la mesa mientras se aguantaba la cabeza y me miraba con ojos chispeantes—. Te han debido de pasar mil historias, un mes da para mucho. Y tu madre, ¿ya se encuentra mejor? Estás muy guapa, ¿te has enamorado?

—Soooo, caballo... para el carro —protesté, y le mostré las palmas de las manos—. Vayamos por partes, que me he atraganto con tantas cuestiones...

—Ja, ja, ja... Es que tenía tantas ganas de verte y saber de ti que no he podido reprimir el impulso.

Mi amiga se ruborizó levemente.

— Sorry ... Brook —se excusó, pero al instante volvió a la carga, aún con más artillería pesada—. Primero háblame de tu madre y, luego, de ese rollito de primavera.

Emuló el gesto de hacer las comillas con los dedos, al tiempo que me guiñó un ojo y sus graciosas pecas danzaron en sus mejillas.

—Mi madre se encuentra mucho mejor —mentí deliberadamente, para zanjar el asunto lo antes posible y no entrar en detalles, pues sentía vergüenza al tener que admitir mi procedencia.

Que nuestra economía familiar rozara el umbral de la pobreza, podía soportarlo, pero que mi madre fuese una adicta a la heroína, no lo conseguía afrontar, por más que me empeñara— y yo no tengo ningún lío.

Me puso una mano en el brazo y después me dijo:

—Puede que no lo tengas todavía, pero lo tendrás, tiempo al tiempo, estoy totalmente convencida de ello. —Me miró intensamente y sin pestañear, tan seria que me entró grima—. Tú aún no te has dado cuenta, pero yo lo veo en tus ojos.

—¡Bah, pamplinas!

Estallé en una risa nerviosa y, por algún motivo que desconocía, pensé en Ryan Cohen y, sin pretenderlo, me ruboricé como una vulgar adolescente.

—Venga, anda, sé buena y confiésaselo a la tita Curly... ¿A qué has conocido a alguien interesante en ese pedazo de mansión? —Me guiñó un ojo—. ¿Al cocinero, al chófer...? A no, espera, espera... ya lo tengo: te hace tilín el jardinero buenorro y su manguera.

—Pero ¡serás cochina!

Le pegué un puntapié bajo la mesa y se echó a reír a carcajadas, la muy pécora. Sencillamente dejó de hacerlo cuando el camarero repartió nuestros desayunos.

—Gracias —le dijo Curly al tiempo que se secaba una lágrima que se le había desprendido de la comisura del ojo. Escaneó al joven de arriba abajo sin ningún pudor y, cuando éste se fue, añadió—: Dios, ¡cómo está el personal! El muy cabrón también está como para hacerle unos cuantos favores.

La miré con el ceño fruncido.

—¿Y a ti qué te pasa? —le pregunté con bastante interés.

—¿A mí? —Se señaló a sí misma como si dudara de que me estuviera refiriendo a ella. Asentí—. Pues... que tengo las hormonas alteradas porque una servidora no moja desde su fiesta de cumpleaños.

Abrí los ojos como platos ante tal descubrimiento.

No me consideraba una mojigata, pero tampoco una chica ligera de cascos; además siempre me había costado sangre, sudor y lágrimas confiar en los demás en las cosas triviales, imaginaos en las íntimas.

Y ese aspecto de mí se vio ninguneado por la desconfianza hacia los hombres tras haber sido violada por John.

—Si fueras un tío, te diría que eres incapaz de mantener la bragueta cerrada, pero, como eres una dama, te diré que no eres capaz de mantener las bragas puestas...

—A ver si te crees que me tiro a todo bicho viviente.

—En absoluto, Curly. —Solté una sonrisita traviesa.

—Pues, perdona, cariño, aquí donde me ves, soy muy selectiva.

Puse los ojos en blanco.

—Sí, selectiva: éste sí, éste no, éste para ahora y éste para luego.

Al echarme a reír, Curly me clavó una mirada asesina, pero, al poco rato, relajó el rictus y se contagió de mi risa. Acto seguido, sacó una cámara de su bolso de marca y se levantó para colocarse a mi lado.

—Vamos a inmortalizar el momento.

Sacó varias instantáneas de nosotras, con ambas mejillas pegadas como lapas y los labios simulando dar un beso al aire o a alguien imaginario.

Entonces, creo que fue justo en ese momento, me di cuenta de que la necesitaba en mi vida; necesitaba a esa petarda porque me subía el ánimo y porque lograba lo que nadie había conseguido nunca: que me riera de todo.

.., de la vida, del vecino, de la mala suerte, de todo.

.. Y lo que más me entusiasmaba era que, mientras estábamos juntas, Brooklyn Steinfield era ella misma.