Brooklyn (Skyline 1) 11. Poli bueno, poli malo
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11. Poli bueno, poli malo

Poli bueno, poli malo

Un día cada dos semanas, según lo estipulado en mi contrato laboral, podía hacer lo que me apeteciera. Tenía permitido salir al exterior para visitar a alguien, ir de compras, pasear..., vivir sin ataduras.

Mientras iba pensando en la infinita lista de cosas que deseaba hacer a la mañana siguiente, me quedé profundamente dormida sobre la fría tela de las sábanas de casa de los Cohen.

* * *

¡Qué liberadora sensación!

Salir de esa mansión era cuanto necesitaba... Soltarme la melena, vestir mi minifalda tejana y calzar mis sandalias de cuña de esparto. En definitiva, recuperar mi yo interior y aparcar por unas horas a la Brooklyn Steinfield impostora.

Mi primera parada: el centro Birkdarmens, donde Savannah estaba internada desde hacía un mes, tras salir del hospital. Era una clínica donde estaban tratando sus adicciones, y la mantenían perfectamente vigilada las veinticuatro horas del día, además de ofrecerle en todo momento apoyo psicológico.

Escogí ese lugar por varios motivos, a pesar de que me costara un riñón y parte del otro.

El primero, porque se trataba de una institución donde hacían un tratamiento a base de metadona, disminuyendo la dosis gradualmente, además de sesiones con todo tipo de especialistas (médicos, psicólogos, psiquiatras, asistentes sociales.

..). Podría decirse que era un híbrido, pues la desintoxicación se llevaba a cabo con la ayuda de un fármaco para que paliara los dolores y el mono a las personas dependientes de otros opioides u opiáceos a los que habían estado muchos años enganchadas, y constituía un lugar para la recuperación, con un enfoque holístico.

Y, el segundo, porque, desde un primer momento, aquel centro me dio muy buenas sensaciones, como si un sexto sentido me hubiese indicado que era el lugar idóneo para Savannah.

Hay ocasiones en las cuales, cuando uno ya no puede aferrarse a nada para seguir adelante, debe tirar de la intuición... y eso hice.

Además, por más que me empeñara, no tenía demasiadas opciones... pues los centros de desintoxicación no abundaban y yo, Brooklyn Steinfield, no estaba dispuesta a permitir que mi madre pereciera sin luchar y tras ser marginada, tratada como un desecho humano.

* * *

Llegué sobre las diez de la mañana al centro, justo en el primer turno de visitas. Por extraño que resultara, tenía ganas de verla, de comprobar con mis propios ojos su aspecto, examinar si había cogido peso, descubrir si le había crecido el pelo en mi ausencia.

A pesar de todo, lo que más ansia me generaba era saber cómo se encontraba por dentro.

Tras tener una previa conversación con el coordinador del centro, aguardé en la sala acondicionada para las visitas.

Debía reconocer que estaba nerviosa, tanto que no me senté en una de las sillas, sino que me mantuve de pie, deambulando de un lado a otro de la estancia, mirando de vez en cuando a través de la ventana y mordisqueándome las uñas de las manos sin parar.

Lo cierto era que todo cuanto rodeaba a Savannah Steinfield al instante se cargaba de intensidad. Mirarla a los ojos era intenso, hablar con ella en persona era intenso, respirar el mismo aire que ella era intenso.

Enseguida acabé con la incertidumbre, pues apareció de la nada, entrando en escena. Giré bruscamente la cabeza cuando Savannah accedió a la salita, acompañada de una de las enfermeras, caminando cansada y refunfuñando por todo, con el rostro alicaído y la mirada perdida en ninguna parte.

La vi ojerosa, débil y apática.

Al descubrirme allí, hizo un mohín y yo le sonreí desde la distancia, para tratar de aligerar la tensión que se había generado a nuestro alrededor.

Aquélla era la primera vez que veía a mi madre desde el horrible incidente, aquel en el que la hallé tendida en su cama, más muerta que viva y con una jeringuilla clavada en el brazo, atravesándole la vena.

Habían transcurrido treinta días desde su ingreso en la clínica tras el hospital, y ni siquiera había oído su voz a través del teléfono, cero contacto. Aquélla era una condición sine qua non que el centro había impuesto para aceptar a Savannah sin tener que pasar por una larga lista de espera.

Al ser mayor de edad, me correspondió su tutela provisional, lo que implicó decidir, consentir y firmar su repentino ingreso barra reclusión en el centro Birkdarmens.

Tan pronto como se acercó a mí, separé una silla de la mesa para que tomara asiento, pero se mantuvo distanciada, a dos metros de mí.

—Hola, mamá.

Di un paso al frente para cogerla del codo y ayudarla a sentarse, pero rechazó mi ofrecimiento con un repentino manotazo al aire.

—Sácame de aquí —murmuró con los labios fruncidos.

Negué con la cabeza.

—No, eso no es posible. Aún no puede ser.

Sus mejillas se pusieron rojas violentamente.

—¡Sácame de aquí, maldita niña! —gritó con rabia, y varios pares de ojos se giraron en nuestra dirección.

—Tranquilízate, por lo que más quieras, y siéntate —le pedí lo más sosegadamente que supe, y le tendí la mano, aun a riesgo de ser rechazada por segunda vez—. Vamos, hablemos.

Le señalé la silla, pero siguió al margen de mis palabras, haciendo caso omiso a mi petición, como siempre, porque, si había alguien en este mundo más terco que una mula, sin lugar a duda ese alguien estaba ante mí y se llamaba Savannah Steinfield.

Ella jamás razonaba, ella siempre hacía las cosas a su antojo, y luego, si acaso, ya pensaría en las consecuencias.

—Me estoy muriendo aquí encerrada. —Intentó un nuevo abordaje para ablandarme el corazón: la pena—. ¡Estás dejando que me muera, joder!

Justo entonces Savannah me señaló con un dedo acusador y, al mirar su cara y después alrededor, me di cuenta de que los presentes lanzaban miraditas hacia nosotras sin cortarse un pelo.

Por lo visto, nuestra alterada e inapropiada conversación era más interesante que la partida de bridge que se desarrollaba a pocos metros.

—Mamá, cálmate —murmuré, dando un paso al frente para acortar las distancias e intentar relajar el caldeado ambiente—. Vamos, mamá.

—Por favor, Savannah, no te alteres. Sabes que no es recomendable en tu estado —le dijo una enfermera, rodeándola con un brazo.

Dios sabe que me planteé marcharme de inmediato, pero no lo hice. Aguanté estoicamente el chaparrón... y el diluvio universal que se me vino encima.

Aguanté mi ira y mi orgullo ninguneados.

Una vez más, Savannah hizo que me sintiera humillada y avergonzada a partes iguales. Siempre era lo mismo, siempre la misma historia, siempre la misma mierda.

—Si no piensas sacarme de aquí... —apretó los dientes hasta hacerlos chirriar—... ¡márchate por donde has venido!

—He venido a verte, para saber que estabas b...

—¡Lárgate, coño, y no vuelvas!

Me ladró con tanto desprecio y resentimiento que me quedé petrificada en mi sitio, sin saber muy bien qué hacer ni qué decir.

Sentí escalofríos.

En momentos como ése, deseaba tanto desaparecer... ser invisible, no existir... o, por lo menos, que por un instante mi madre pudiera ser una persona normal, alguien que sintiera un ápice de empatía y me abrazara. Necesitaba su consuelo, su misericordia.

Dejé escapar un suspiro y me perdí en sus ojos.

Eso fue lo último que vi antes de irme, de dar media vuelta y volver sobre mis pasos, dejándola allí, abandonándola en otras manos que no eran las mías mientras recitaba un versículo de la Biblia.

.. «Pues estoy convencido de que, ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor. Romanos, 8:38-39, NVI.»

En cierta forma, al final lo entendí. Había hecho lo correcto, o eso fue lo que me dije a mí misma para autoconvencerme de que así era.

* * *

Nada más salir del centro empecé a marearme, a notar un fuerte dolor estomacal y a sentir arcadas. Apoyé la palma de una mano en la primera pared que encontré y agaché la cabeza.

Enseguida un regusto amargo a bilis trepó desde el estómago hasta mi garganta. Me tapé la boca para evitar vomitar, pero fue inútil; en un visto y no visto, regurgité todo cuanto tenía en mi interior.

—Esto me supera, esto me supera...

Si bien era cierto que no se podía ayudar a quien no quería ser ayudado, Savannah era mi madre y, mientras Brooklyn Steinfield siguiera en este mundo, lucharía por ella y seguiría su instinto, a pesar de saber de antemano que era una causa perdida.

Vagué sin rumbo unas calles hacia el sur, hasta recordar que había quedado con Curly para almorzar.

Miré el reloj y me di cuenta de que iba a llegar tarde y la puntualidad en Norteamérica es de suma importancia pues lo contrario se considera de mala educación, así que aligeré el paso.

Pronto llegué al punto de encuentro y, cuando Curly me vio, enseguida alzó el brazo en forma de saludo, para alertarme de que estaba allí.

—Hola, preciosa —dijo, y me abrazó sin permiso, como si supiera que eso era precisamente lo que ansiaba en ese instante—. ¡Oh, me alegro tanto de verte! Te he echado mucho de menos, Brook.

Debía de ser cierto, puesto que se la notaba muy emocionada. Yo era consciente de que mi amiga podía mentir como la mejor de las actrices, salvo porque su vena nostálgica la delataba sin remedio.

Recuerdo que hacía un día sofocante y que pronto el sudor me dibujó un cerco en la zona de las axilas, en parte por el calor y en parte por la estresante escena que había vivido hacía unos minutos en el centro Birkdarmens.

—Vamos, te llevaré a desayunar a una cafetería que suelo frecuentar entre semana —me propuso, pizpireta, mientras me llevaba del brazo calle arriba, y luego continuó—: Es la leche, ya verás. Café Gramp es un pequeño paraíso para los amantes del café bien negro, comme moi.