10. Los gemelos, Ryan y yo
Los gemelos, Ryan y yo
Le di un certero golpe al despertador para que dejara de sonar, pero el diabólico aparato no hizo ni caso; el muy cabrón parecía que se estuviera riendo de mí.
Seguro que el mayordomo de los cojones lo había manipulado para que nadie se regocijara de estar en la cama unos minutos más y pudiera quedarse dormido sin darse cuenta.
Me tapé la cabeza con la almohada, lloriqueando.
Tenía mucho sueño, pues casi no había pegado ojo en toda la noche.
Los culpables habían sido unos sueños muy extraños sobre enanos melenudos y titiriteros pelirrojos bailando en el interior de una cajita de cerillas.
Esa pesadilla había tenido un argumento casi casi casi tan raro como el de «Twin Peaks», sin pies ni cabeza.
.. y lo peor de todo resultó ser que estaba empezando a echar de menos ese peculiar sueño, puesto que ésa era una opción más atractiva que levantarse de la cama a las seis y cuarto de la mañana.
¡Madre mía, pero si aún era de noche!
Al cabo de cinco minutos, cuando la alarma volvió a sonar, alargué la mano para quitar el cable de la corriente, pero..., ¡sorpresa!, no había cable, era a pilas.
Finalmente opté por levantarme, porque si no iba a acabar volviéndome loca a causa de la estridente alarma... y ésta se apagó de golpe, como si el artilugio contara con un sensor de movimiento y decidiera el momento exacto en el que debía desactivarse.
Meneé la cabeza. Definitivamente, estaba a punto de perder el juicio.
Caminé hacia el cuarto de baño y, antes de cerrar la puerta, escrudiñé la estancia a conciencia... por si las moscas, por si se les hubiese ocurrido instalar cámaras allí mismo, a pesar de ser ilegal.
* * *
A la hora acordada, las siete en punto de la mañana, estaba ocupando mi sitio en el vestíbulo, que era tan grande como dos veces mi apartamento..., bueno, en realidad el apartamento de Savannah.
Aparte de mí y el mayordomo, allí había cinco personas más, tres hombres y dos mujeres: el cocinero, el ama de llaves, el jardinero, la empleada del hogar y el chófer personal del señor Cohen, todos ellos perfectamente alineados, todos ellos rondando la cincuentena y todos ellos con el semblante muy serio y rezumando experiencia por cada poro de su piel.
Cuando el señor Norton se puso delante de nosotros para pasar revista, aprovechó la ocasión para presentarme al petit comité e informar a Rose, la ama de llaves, de que, a partir de ese momento, debía ser su sombra, pues su cometido era enseñarme todo cuanto sabía y, el mío, aprender, absorber toda su experiencia para, en breve, valerme por mí misma.
Sonreí y asentí después, acatando sus palabras. Lo hice en ese orden para complacer al señor Norton, quien no me quitaba ojo de encima en ningún momento. Deduje que, por ser la nueva, aún no se acababa de fiar de mí.
Al cabo de un rato, rompimos filas como si de un batallón se tratara y nos dispersamos, cada cual a su rincón de la casa... y yo, como una lapa, al lado de Rose Guido.
Esa tal Rose, al principio, me pareció una buena mujer, incluso entrañable. En vez de eso, poco a poco descubrí que su temperamento no hacía buenas migas con su fisonomía.
Me refiero a que tenía cara de ser una persona íntegra y justa, pero, bajo ese aspecto de no haber roto nunca un plato, se escondía una pajarraca, y de las chungas.
Ascendimos a la primera planta y abrió la segunda puerta de la izquierda. Una vez en el interior, lo primero que hizo fue deslizar las cortinas y abrir las ventanas para ventilar la estancia y renovar así el aire, o eso fue lo que me explicó.
Luego quitó las sábanas usadas y cogió un juego limpio del carrito de ruedas.
—Las camas han de quedar perfectas. —Me miró de reojo y carraspeó sin disimulo—. Fíjate muy bien cómo lo hago, porque sólo te lo explicaré una vez.
Asentí, con las manos cogidas a la espalda.
Rose, tras retirar las sábanas usadas, empezó a colocar unas limpias.
Primero puso la bajera, después le tocó el turno a la sábana encimera, que tensó al máximo para evitar las arrugas y cuyo sobrante recogió bajo el colchón; luego tendió el edredón y, por último, la colcha.
Para finalizar, cambió la funda de los cojines y los colocó todos estratégicamente; seis, para ser exactos.
—¿Lo has memorizado todo?
La vi observarme ceñuda y le respondí con una sonrisa algo dubitativa.
—Sí, Rose.
Entonces ella resopló con agravio.
—Mira, niña. —Sonó malhumorada—. Cuando tú ni siquiera habías nacido, yo ya peinaba canas... así que te permitiré que me hagas preguntas si tienes dudas, básicamente porque es tu primer día. Pero que te quede clara una cosa y desde ya: no me tutees y dirígete a mí como señorita Rose.
«¡Ups, qué mala baba tiene la tipa!», pensé para mis adentros.
Primera lección aprendida en casa de los Cohen: ver, oír y callar.
Hacía mucho tiempo que la escuela de la calle me había enseñado en que hay ocasiones que es mejor pasar desapercibida y no decir nada, pues incluso los pensamientos pueden hacer ruido.
A continuación, se encaminó hacia las ventanas, las cerró y volvió a la carga.
—¡Vamos, no te duermas!, que con tanta cháchara se nos va a echar la mañana encima y aún nos quedan nueve habitaciones más por preparar. Y, después, hay limpieza general —terminó Rose.
Y así, narrado en pocas líneas, fue cómo discurrió mi primer día de trabajo entre esas glamurosas paredes que parecían las de una prisión de máxima seguridad.
* * *
Los siguientes sucedieron igual. Misma rutina, mismos horarios y mismas caras.
.. día tras día, semana tras semana, como en la clásica comedia de Bill Murray Atrapado en el tiempo , hasta que cobré mi primera paga, que me entregaron metida en un sobre marrón Kraft libre de anotaciones, ni siquiera mi nombre de pila.
Precisamente, ése fue el día en que vi a Ryan Cohen por primera vez a través de la ventana de mi habitación, en un rincón alejado del jardín, junto a la piscina, sentado en uno de los bancos de madera, bajo la sombra de una acacia, mi lugar favorito de la propiedad.
Desde mi llegada, había oído rumores acerca de él.
Algunos empleados de la casa se habían encargado personalmente de ponerme en antecedentes.
Oí la misma versión proveniente de fuentes distintas, quienes afirmaban que Ryan era sordo, pero no de nacimiento sino desde los cinco años.
Ya se sabe, los chismes suelen correr como la pólvora.
Me quedé petrificada y apenada, pues, aunque no lo conociera, nos unían lazos de sangre.
Él era mi hermano, mi medio hermano, mi hermanastro por parte de padre.
Eso era un hecho...
En realidad, desde que supe que tenía esa discapacidad, no pude dejar de pensar en sus manos de forma casi obsesiva, de forma enfermiza, pues de todos es sabido que, para los que no oyen, éstas son su medio de comunicarse a través del lenguaje de signos.
De hecho, pensaba en ellas y las imaginaba grandes, cuidadas, limpias, libres de imperfecciones y tremendamente suaves.
Observé a Ryan Cohen desde mi lugar privilegiado, ese espacio en el cual podía mirar sin que me descubrieran... y entonces, de repente, él alzó el mentón, giró la cabeza y miró en mi dirección, como si alguien le hubiese alertado de mi presencia, o simplemente fue casualidad.
Me escondí, refugiándome tras las cortinas, con el corazón latiéndome a toda pastilla en el interior de mi pecho.
—¡Maldita sea! Tierra, trágame... Ojalá que no me haya visto, porque, de lo contrario, pensará que soy una cotilla.
No me atreví a salir de mi escondrijo hasta pasados unos minutos. En última instancia, sin dejar de ocultarme, me arrodillé y, a gatas, me alejé de la ventana y de su posible campo de visión.
* * *
Al cabo de una hora, me dirigí a la habitación de los gemelos, en la tercera planta, Max y Thomas. Eran unos pequeños diablillos a los que debía acostar en sus camas cada noche y no marcharme de allí hasta asegurarme de que se quedaban dormidos.
¡Cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar, me topé de bruces con alguien que no esperaba encontrar!
Me quedé plantada y sin soltar palabra en el sitio, como un pasmarote, pegada al quicio de la puerta, hasta que Max, el más rubio de los hermanos, me señaló.
—Es Brooklyn...
Ryan Cohen, que en ese momento estaba sentado en el borde de la cama de Thomas, el hermano más bajito, ladeó la cabeza y me sonrió levemente, mostrándome una hilera de perfectos dientes blancos y unos hoyuelos justo en el centro de las mejillas.
Dio un beso en la frente a cada uno de los niños y los arropó con las sábanas a la altura de la barbilla.
Por último, utilizando un par de movimientos del lenguaje de signos, les dio las buenas noches.
.. o eso fue lo que creí. El primero, llevándose la mano derecha, con todos los dedos tocándose, de la boca cerrada hacia fuera y abriéndola después, y el segundo, con ambas palmas hacia fuera, abriendo los brazos y cerrándolos en el centro. Los gemelos lo imitaron en silencio.
Ryan se acercó y se detuvo frente de mí.
Era un hombre atractivo y muy alto, de rostro anguloso, ojos penetrantes, mirada seductora y un físico imponente por el que cualquier mujer se sentiría atraída.
Si tuviera que describirlo con justicia, diría que era un cruce entre Tom Cruise, Leonardo DiCaprio y John Wayne.
Ryan Cohen era un hombre sumamente atractivo, de buena planta, piel morena y pelo oscuro, quien rezumaba elegancia por todos los poros de su piel, a pesar de ser dueño de una triste y solitaria mirada.
Ni corto ni perezoso, y sin venir a cuento, empezó a estudiarme el rostro a conciencia y en silencio, al tiempo que guardaba una mano en el bolsillo del pantalón y con la otra se atusaba el pelo.
No tenía ni idea de qué pretendía.
—Ryan Cohen —dijo, con cierta dificultad en la articulación de la voz, y estrechándome la mano al mismo tiempo.
Abrí los ojos como platos; debí parecer sorprendida, porque francamente lo estaba.
Una vez había leído, no recordaba dónde, que, a pesar de no oír nada, había casos de sordos que tenían la capacidad de hablar con cierta soltura, así como de leer los labios siempre que el orador hablara despacio y pronunciara bien las palabras.
Algo admirable, sin lugar a duda.
—Brooklyn Steinfield —respondí.
Le tendí la mano y, al aceptármela, él cerró la suya, envolviendo la mía de forma firme y decidida, aunque de una forma muy cercana. Sus manos eran exactamente tal como las había imaginado en mi cabeza: grandes, suaves y muy cálidas.
De inmediato, el aire empezó a impregnarse del olor de la mezcla de su perfume y de su piel, llenando los huecos libres de un aroma oceánico, fresco y con matices marinos.
Ambos permanecimos inmóviles, el uno frente al otro, quizá durante demasiado tiempo, pues era la primera vez que nos veíamos en persona.
—Buenas noches, señorita Steinfield.
Me rodeó para salir de la habitación y yo me quedé observándolo hasta que desapareció de mi campo de visión.
—Buenas noches, Ryan —susurré casi para mí misma, pues él ya se había marchado.
Dejé escapar un suspiro al darme cuenta de que mi hermanastro era físicamente lo opuesto a mí: yo, rubia; él, moreno.
Yo, bajita; él, altísimo. Yo, de rasgos casi nórdicos, y él, mediterráneos, muy marcados.
Mis ojos eran tan claros como el agua de una playa del Caribe y los suyos eran tan oscuros que parecía que las pupilas se perdían en sus iris.
—Brook, tenemos sueño...
Al oír la voz de Max, me di media vuelta y vi cómo se frotaba los ojos con los puños.
Sonreí.
Ése era el único momento del día en el que aquellos mocosos se volvían dóciles y sumisos. Sencillamente, ése era el único instante en el que conseguía llevármelos a mi terreno, pues había hallado un motivo para mantenerlos a raya: algo tan simple y antiguo como los cuentos.
Les había prometido que cada noche les contaría uno, y ellos, a cambio, se dormirían sin rechistar y sin hacer pataletas... y por lo visto esa sencilla fórmula daba resultado.
—Voy, ya voy...
Fui a la estantería junto a la ventana y cogí uno al azar. Observé la tapa y vi que se trataba de El soldadito de plomo .
Me senté al borde de la cama de Thomas, quedando en medio de ambas, y abrí el libro por el capítulo uno.
Carraspeé, para aclararme la voz, y empecé a leer mientras ellos me contemplaban atentamente.
—Había una vez un niño que tenía muchííííísimos juguetes.
Pero, un día, su abuelito le regaló uno muy especial, uno que aún no tenía y que se convirtió en el mejor de todos hasta ese momento.
Se trataba de una caja de madera muy hermosa, que contenía muchos soldaditos de plomo realizados a mano y con mucho tiento, a base de fuego y metal.
»¡Soldaditos de plomo! ¡Muchas gracias, abuelo!
—leí, impostando la voz para hacerla infantil, y gesticulé como si lo estuviera viviendo, pues actuar se me daba bien y me fascinaba, así que saqué partido a mis dotes para hacerles sentir cada palabra y vivir la historia al máximo—, dijo el niño con alegría tras recibir su regalo. ..
* * *
Aquella noche los críos se quedaron dormidos antes de que yo pronunciara la palabra « fin» .
Por tanto, como ya no tenía sentido seguir leyendo el cuento, coloqué el marcapáginas para seguir al día siguiente por donde lo habíamos dejado, cerré el libro y lo devolví al hueco de la estantería.
Luego, como cada noche, di un beso a cada uno en la mejilla antes de apagar la lamparilla de la mesita.
—Buenas noches, mis pequeños diablillos..., que tengáis dulces sueños —murmuré antes de ajustar la puerta y salir de allí. Sonreí emocionada. Al fin y al cabo, aunque no me hubiese criado con ellos, eran parte de mí. Eran mis hermanastros pequeños.
Arrastré los pies hasta mi habitación. Estaba agotada; había sido un día de trabajo muy duro y necesitaba quitarme los zapatos, dejarme caer sobre la cama como un saco de cemento y descansar.
Por suerte, al día siguiente, libraba.