Brooklyn (Skyline 1) 9. Mal de muchos, consuelo de tontos
21%

9. Mal de muchos, consuelo de tontos

Mal de muchos, consuelo de tontos

Ya lo había decidido. Lo tuve claro tras meditarlo durante un rato no excesivamente largo, pues en breve iban a darle el alta hospitalaria a Savannah y necesitaba gestionar su ingreso en una clínica de desintoxicación.

Pensaba ir a verlo y presentarme como su hija y, poco a poco, ganarme la confianza de Douglas Cohen.

Sin duda, una idea descabellada, pero era eso o perder a mi madre.

No me quedaba otra, debía agarrarme a ese clavo ardiendo, ya que, a priori, era la única luz que vislumbraba al final del túnel, mi tabla de salvación.

Mi padre era un hombre escandalosamente rico y, si él no podía ayudarme, nadie lo haría.

* * *

Recuperé el viejo trozo de papel de periódico en el que, a pesar del paso del tiempo, aún se distinguían las señas: Old Post Road, 233, Fairfield, Connecticut.

Preparé una ligera maleta con lo imprescindible, cerré la puerta del apartamento con los dos cerrojos, a pesar de que dentro no había nada digno de robar, y puse rumbo al estado de Connecticut, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar.

Al cabo de un par de horas, tras diez años, volví al punto de partida. La gigantesca verja de hierro, el alto muro, la arbolada, el espectacular chalet y esa frialdad que te calaba hasta lo más profundo de las entrañas.

Tuve que inspirar hondo hasta en tres ocasiones antes de atreverme a pulsar el botón del timbre del videoportero, e incluso estuve tentada de dar media vuelta y volver sobre mis pasos, pero no lo hice.

Contuve la respiración, cerré los ojos y me insté a cumplir con mi cometido. No había recorrido un largo trayecto para echarme atrás.

Estaba dispuesta y lista para jugar mi última baza, apostando al caballo ganador.

—Residencia de los Cohen, ¿qué se le ofrece?

Oír la voz de aquella mujer al otro lado del aparato provocó mi nerviosismo y, sin ser consciente de ello, cambié el peso de un pie a otro y viceversa. Fingir que no me afectaba era una mentira, pues... ¡estaba atacada de los nervios!

—Soy Brooklyn Steinfield y he venido a...

—¿Es usted el personal de asistencia que nos envía la agencia McAndrews?

—Eh... —divagué por un segundo y al poco respondí con convicción—: Sí, así es.

Asentí mecánicamente por si habían encendido la cámara de ese chisme y eran capaces de ver la expresión de mi cara.

Era la primera vez que mentía de esa forma tan vil, pero quizá había llegado el momento de interpretar mi gran papel, pues, sin premeditarlo ni esperarlo, aquello me había venido como anillo al dedo.

Ya llegaría el momento de revelar quién era.

Así me aseguraba un par de tantos: poder entrar en la casa y, además, empezar a cobrar un sueldo.

Tenía miedo de que mi padre me echara a la primera de cambio al saber quién era realmente, teniendo en cuenta sus antecedentes de diez años atrás.

Si no quiso saber de mí entonces, ¿quién me aseguraba que en esa ocasión sí querría?

—Llega con dos horas de adelanto.

—Sí. Lo siento, he preferido no llegar tarde mi primer día de trabajo.

—Bien. No se preocupe. Entre cuando se abra la verja y avance por el camino de adoquines hasta llegar a la puerta principal, no tiene pérdida. Una vez allí la recibirá el señor Norton.

—Muchas gracias.

Obedecí a pies juntillas todas las indicaciones y, al llegar a mi destino, un hombre alto, cano y con una perilla muy cuidada me dio la bienvenida.

Iba uniformado con un elegante traje chaqueta de color negro, una discreta corbata con nudo Windsor y unos impecables zapatos de piel que parecían muy caros.

Evidentemente, las presentaciones no se hicieron de rogar, pues deduje que el tiempo entre esos muros sería un bien escaso.

—Bienvenida, señorita...

—Brooklyn S... —dudé un solo segundo antes de indicar mi apellido, ya que, al tener el de mi madre, nadie podría sospechar que era la hija de Douglas Cohen.

.. además, ya se lo había facilitado a la persona que me había abierto la verja, así que no podía cambiarlo—. .. Steinfield, Brooklyn Steinfield.

—Perfecto, señorita Steinfield. Si es tan amable, acompáñeme al interior y así podré mostrarle su dormitorio para que pueda instalarse. Después acabaré de enseñarle el resto de las dependencias de la casa y le explicaré en qué consistirá su día a día aquí.

—De acuerdo.

Asió mi maleta y lo seguí como si fuera su sombra.

Inspiré hondo y miré a mi alrededor, aquí y allá, embobada, cuando un enorme vestíbulo en el que destacaban sus columnas, una lámpara de techo cuyas lágrimas de cristal relucían orgullosas y una espectacular escalera doble de mármol que conducía a las plantas superiores, se abrió ante mí, provocando que me sintiera una liliputiense en un mundo de gigantes.

—Sígame.

Subimos a la segunda planta y, al llegar al final del pasillo, abrió la puerta de la izquierda, que, curiosamente, no tenía cerradura.

—Pase, acomódese y, en treinta minutos, la vendré a buscar.

—Muchas gracias, señor Norton.

El dormitorio era casi tan amplio como el apartamento de Brownsville. Tenía baño y vestidor, y hasta acceso a un balcón que daba a la parte trasera de la mansión, al jardín, al invernadero y a la piscina exterior.

Miré el reloj de la mesita de noche; marcaba las 10.

02 a. m., y la cuenta atrás había dado comienzo.

Debía dejarlo todo atado para que nadie sospechara que estaba suplantando a otra trabajadora, de modo que llamé a la operadora para preguntar por el número de teléfono de la agencia McAndrews, indicándole que me facilitara el de la delegación ubicada más cerca de aquellas dependencias.

Una vez que me dieron el número, me encerré en el cuarto de baño y abrí el grifo de la ducha para camuflar la llamada telefónica que podría comprometer mi falsa historia.

Marqué y me contestaron diligentemente a los dos tonos.

—Agencia McAndrews, ¿en qué podemos ayudarle?

—Buenos días, soy la secretaria personal del señor Cohen y me pongo en contacto con ustedes para informarles de que, por el momento, no requerimos que nos manden una nueva asistenta.

—Pero ¿podría explicarme los motivos?

Me puse tensa y pensé con celeridad alguna patraña.

—Pues verá, es muy sencillo: la persona que ocupaba ese puesto ha regresado.

—Oh... —titubeó—... En ese caso, avisaremos para que la chica que habíamos seleccionado no se presente hoy en su casa. Déjeme decir que nos alegramos por ustedes —concluyó a regañadientes, y sonó más falsa que una moneda de dos caras.

Permanecí medio minuto con el teléfono entre las manos y la mirada perdida antes de levantarme de la tapa de váter y darme cuenta de que la suerte estaba echada y que ya no había marcha atrás.

¡Tenía que ir a por todas!

* * *

A los treinta minutos exactos, el señor Norton golpeó la puerta con los nudillos y, desde el otro lado, pronunció lo siguiente:

—Señorita Steinfield, ¿puede acompañarme?

A continuación, salí de mi escondrijo y lo seguí.

Me preocupaba que notara algún detalle que le hiciera sospechar que era una estafadora con todas las letras, pero, afortunadamente, no fue así. Se lo tragó, literalmente. Todo me estaba saliendo a pedir de boca.

El mayordomo fue mostrándome todas las estancias del caserón y, a su vez, me fue presentando al personal que se ocupaba de su funcionamiento: cocineros, jardineros, asistentes domésticos, chófer y un largo etcétera.

Una vez que finalizamos el recorrido, me sugirió amablemente que tomara asiento en una especie de salita y empezó a explicarme las rigurosas reglas de la casa...

—Son escasas, pero de obligado cumplimiento, pues el quebrantamiento de alguna de ellas supondrá el despido automático.

«¡Fantástico! Deberé aplicarme el cuento y acatarlas sin excepción o todo mi esfuerzo habrá sido en balde.»

En resumen, debía estar aseada (ducha completa e higiene bucal), con el pelo recogido en un moño bajo, vestida con el uniforme del servicio (pulcro, sin manchas y recién planchado) y presente en el vestíbulo a la hora en punto, es decir, a las siete de la mañana, para pasar revista antes de comenzar la jornada laboral.

Mi tarea consistiría en prestar ayuda en las tareas domésticas por las mañanas, preparar la mesa y servir platos a la hora de la comida y de la cena, supervisar los deberes y quehaceres escolares de los gemelos Cohen (aún no había tenido el placer de conocerlos en persona) y blablablá.

.. Un sinfín de curro que debía realizar desde primera hora del día hasta cerca de la medianoche.

Básicamente, sentí la imperiosa necesidad de salir corriendo de allí y mandarlos a todos a tomar por el cul... a tomar viento fresco, pero no lo hice, pues Savannah tenía que vivir, a toda costa.

Y si tenía que arrodillarme a fregar suelos con una bayeta, lo haría.

Y si tenía que aprender a cocinar y a planchar camisas, lo haría.

Porque pensaba trabajar duro y ganarme la confianza de todos, incluso del apuntador.