8. Mal de muchos, consuelo de tontos
Mal de muchos, consuelo de tontos
Abrí la puerta de la consulta de par en par y me fui sin despedirme, repitiéndome en mi cabeza las últimas palabras del especialista.
«O ingresamos a su madre lo antes posible en una clínica de desintoxicación para poder empezar su tratamiento, alejándola de todas sus adicciones, o, por el contrario, la próxima vez, probablemente, no llegue usted a tiempo para salvarle la vida; no habrá un segundo acto. »
Sin embargo, sabía que eso era una batalla perdida de antemano por dos motivos. El primero, porque Savannah jamás aceptaría su ingreso en ningún centro de salud, y el segundo, porque estábamos sin blanca y dichas clínicas con supervisión profesional eran muy costosas.
A todo ello, el jefe de Jone’s Restaurant, un enorme y barbudo irlandés, hacía un par de días que había prescindido de mis servicios como friegaplatos y pinche de cocina después de llegar tarde varios días y sumarle a eso mis evidentes conflictos familiares.
.. o, lo que es lo mismo: me puso de patitas en la calle, con una mano delante y otra detrás. Había vuelto a quedarme sin empleo.
* * *
Serpenteé entre la multitud y me senté en el primer banco vacío que divisé en el paseo; necesitaba aclarar mis ideas para poder pensar en un plan B, el que fuese.
Algo se me ocurriría.
No estaba dispuesta a rendirme sin más. Finalmente, y sin esperarlo, la respuesta se presentó en forma de llamada telefónica.
—Brook, ¿cómo lo llevas? —me saludó Curly—. ¿Cómo se encuentra tu madre?
En aquel momento, un silencio sepulcral me invadió por un instante. Ya le había contado que estaba ingresada y que era una asquerosa yonqui a la que le importaban un bledo su hija y su propia vida.
Al poco, reaccioné.
—No demasiado bien.
Se me encogió el estómago, previendo todo lo que se me venía encima.
—Oh... lo siento, cielo.
La oí suspirar.
—Si hay algo que pueda hacer por ti, lo que sea, cuenta conmigo.
Fue entonces cuando, ni corta ni perezosa, le pedí un gran favor... algo que jamás había hecho con nadie, por orgullo, porque, desde que tenía uso de razón, siempre me las había arreglado sola y sin la ayuda de terceros.
Proferí una especie de gemido antes de abrir la boca, pues sabía que me iba a costar sangre, sudor y lágrimas pronunciar esas palabras, pero debía hacerlo por Savannah. Ella merecía esa segunda oportunidad, aunque supiera de antemano que, más pronto que tarde, volvería a cagarla.
—Necesito pasta, mucha pasta.
Silencio.
—¿Cuánta?
—De momento, mil dólares.
Se quedó de nuevo callada y yo aguardé estoicamente durante medio minuto mi respuesta, hasta que, al fin, se pronunció.
—Verás, sé lo que has visto. Has visto dónde vivo y las posibilidades que eso ofrece, pero hace unos años que mis padres me cortaron el grifo porque fui una despilfarradora. Fiestas, ropa, viajes..., drogas de diseño. ¡Qué sé yo! Ni siquiera me acuerdo de todo.
Cogió aire. Hablaba muy deprisa, incluso trabándose en ocasiones.
—Me pasé de la raya y ahora... ahora no se fían de mí. Lo siento, me gustaría ayudar, pero...
Me levanté del banco y empecé a dar vueltas alrededor de éste como un maldito tiovivo.
—Se trata de un préstamo. Pienso devolverte hasta el último centavo.
—Sí, eso ya lo sé, Brook. Lo siento, es sólo que...
Hice una mueca.
¡Pam!, entonces me topé de bruces con la realidad. De repente lo vi claro: no iba a ayudarme, pero no porque no quisiera sino porque probablemente no estuviera en su mano.
—No, tranquila, perdóname tú a mí por haberte inmiscuido en mis problemas.
—Pero ¿qué dices? Brook, tus problemas son también mis problemas.
¿En serio? ¡Sí, claro! Naturalmente que ella tenía los mismos problemas que tenía yo.
¡Joder! Curly no tenía una yonqui por madre, ni problemas económicos para llegar a fin de mes, ni vestía con ropa donada, ni se preparaba por las noches para sacarse unos estudios medios.
Me apostaría la vida a que su principal problema radicaba en escoger entre un bolso de Prada y otro de Chanel, y entre estudiar en la Universidad de Harvard o en la de Stanford.
Reconozcámoslo: Curly era una buena tía y muy entregada en su faceta de amiga del alma, pero quizá estaba acostumbrada a tenerlo todo y no verse en mi tesitura, y no la culpé por ello, que conste.
En cualquier caso, no quería que la conversación acabara mal, pues sus intenciones eran buenas, dadas las circunstancias, aunque no me bastaban, ya que necesitaba resultados.
De modo que, como me hallaba atada de pies y manos y por mis propios medios era incapaz de reunir esa escandalosa cantidad de dinero, llegó el momento de pasar del plan B y lanzarme de cabeza al plan C: Douglas Cohen.