7. Savannah no hay más que una
Savannah no hay más que una
Tras el exhaustivo examen pélvico, me dieron un trapo húmedo para que me aseara y me limpiara la sangre seca que seguía enganchada en mi cara, en mis brazos y en mi pelo.
Luego, interpuse la pertinente denuncia en la comisaría más cercana, aun estando en una especie de shock, de bloqueo emocional, pues apenas podía articular palabra, ni moverme, ni siquiera llorar.
Afortunadamente Curly estuvo todo el tiempo conmigo, a mi lado, sin separarse de mí.
—Ya ha pasado todo —me dijo mi amiga, y me sonrió, llorosa—. Haz borrón y cuenta nueva...
Se restregó los ojos y miró al frente.
—Me han violado. No, ¡tu amigo John me ha violado! —ladré, y mis ojos se anegaron en lágrimas.
Cogió mi mano temblorosa llena de cardenales, pero me la quité de encima.
La miré directamente a los ojos y pensé que era cierto que apenas nos conocíamos y que ninguna sabía una mierda de la otra.
—No es mi amigo. Es... bueno, era un conocido. Nada más.
Agachó la cabeza con vergüenza y la empezó a menear, negando una y otra vez.
—Debes intentar sobreponerte —continuó—. Debes...
Curly se quedó callada y yo suspiré, pues sabía que las heridas físicas, con el tiempo, acabarían sanando; sin embargo, las del alma... tardarían en cicatrizar o no lo harían nunca.
Eso era justo lo que me mortificaba, la reconstrucción de mi ser. Volver a ser yo misma, a sabiendas de que me costaría mucho volver a confiar e intimar con otro hombre el resto de mi vida.
—No sé qué decir, Brook.
—Si no sabes qué decir, mejor no digas nada...
Fui ruin, pero no me sentí culpable por hablarle de esa manera, pues seguía estando en shock por lo que me había ocurrido y, de una forma inconsciente, responsabilizaba a Curly por habérmelo presentado y por haberme animado a salir con él, y por eso en cierta manera la odié.
.. por una fracción de segundo, la odié con todas mis fuerzas.
¡Maldita sea, yo era la víctima y él...!
¡Oh, claro! Era su palabra contra la mía.
De eso se trataba... De la palabra de un joven de clase alta contra la de una chica de los suburbios de Nueva York, una doña nadie.
Era la palabra de una zorrita que había provocado al pobre universitario, la palabra de una cualquiera que quería desprestigiar la afamada reputación de sus padres. ..
Primera lección: la palabra de un hombre rico vale más que la de un pobre.
«¡Frívola!, ¡indecente!, ¡embustera!» fueron algunos de los calificativos que pude leer en los ojos de los demás cuando me miraban mientras yo procuraba explicarles los hechos.
—Déjame llevarte a casa, Brook. No olvides que somos amigas —me susurró con voz acartonada, e intentó tocarme en el hombro.
Esa vez se lo permití, así mataba dos pájaros de un tiro: huir de allí y poner fin a nuestra conversación.
Además, debía enterrar el hacha de guerra contra Curly, por su bien y por el mío.
.. y en el fondo no estaba siendo del todo justa.
Estaba tan exhausta, tan fuera de juego y tan desolada que cualquier opción me parecía mejor que quedarme en ese sitio; necesitaba irme de allí, a cualquier parte... y si ese lugar era el asqueroso apartamento de Brownsville, pues que así fuese.
* * *
El silencio nos acompañó hasta dos manzanas de mi casa. Curly me llevó en coche hasta allí. Aún no estaba preparada para que nadie fuera testigo de las infrahumanas condiciones en las que vivíamos Savannah y yo... y, por supuesto, tampoco era apropiado que las conociera ella, no así.
—Dime dónde vives, te acompañaré hasta la puerta. —Ladeó la cabeza, observándome la ropa ensangrentada, mi cara abotargada por los golpes y los moretones que sin duda le estaban robando protagonismo a mi blanca piel.
—En otro momento, Curly.
—Pero ¿por qué? —preguntó, sorprendida—. Apenas puedes caminar.
—Me las apañaré bien, no te preocupes.
—No fastidies, Brook, claro que me preocupo. Déjame ayudarte...
Me gustaba la idea esa de ser ayudada para variar, y juro que estuve tentada y a punto de ceder, pero me pudo más el miedo a que me abandonara si sabía quién era en realidad. Básicamente, porque no se podía estar más avergonzada de quién era y de dónde provenía.
Estaba harta de tener que esconderme como una vulgar lagartija por temor a que me robasen la cola...
Oí un profundo suspiro de resignación.
—De acuerdo, tú ganas. No voy a insistir más —dijo de forma condescendiente—. Tus motivos tendrás.
Entonces abrí la puerta del vehículo y me despedí de ella, y luego me aseguré de que se marchaba y no me seguía. Curly era capaz de eso y mucho más.
Caminé dolorida, ahogando gemidos a cada paso que daba. Nunca la travesía de dos manzanas me había resultado tan increíblemente larga.
En parte, a pesar de la ropa ensangrentada, mi rostro hinchado y mi pelo enmarañado, iba tranquila, pues en ese vecindario cualquier persona podía vestir como quisiera, peinarse o maquillarse de forma extravagante e incluso pasear desnuda, que nadie se percataría de ese hecho.
Entré en el edificio y subí a la tercera planta a la vez que buscaba el juego de llaves para abrir la puerta de la vivienda.
—Savannah, ya he llegado...
Fue extraño, pues no me respondió ni tampoco la vi espachurrada en el sofá del salón como siempre, pues a esas horas de la noche acostumbraba a quedarse dormida viendo cualquier serie que emitieran de la televisión por cable.
—¿Savannah?
Ningún ruido, todo estaba en un completo y espeluznante silencio.
—¿Savannah? —insistí mientras deambulaba a duras penas por el viejo apartamento.
Al pasar por su cuarto, me di cuenta de que se veía luz por debajo de la puerta. La golpeé con los nudillos y ésta se abrió sólo un poco, lo suficiente como para ver que mi madre no estaba sola. Ella y un tipo con muy malas pintas estaban durmiendo a pierna suelta en la cama.
Iba a ajustar de nuevo la puerta cuando me percaté de un detalle: en su brazo izquierdo aún seguía clavada la jeringuilla al lado de las demás marcas amoratadas de antiguos pinchazos y la goma elástica a medio quitar...
Abrí los ojos, desconcertada, y corrí lo más rápido que pude hacia ella. Me incliné, busqué su pulso, toqué su cuello, pero nada... ¡No respiraba!
—Joder, joder...
Aunque en mi mente siempre supe que sucedería, aunque tuviese claro que no la vería envejecer, aunque estuviéramos siempre de peleas y nos llevásemos a matar, aún no estaba preparada para eso.
Maldita sea, ¡no estaba preparada para que me dejara, no tan pronto!
Llamé al 911, el número de Emergencias, entre sollozos y gritos, y, en cuanto me aseguraron que una ambulancia estaba de camino, dejé caer el teléfono y traté por todos los medios de evitar que se fuera...
Me coloqué a horcajadas sobre su cuerpo y empecé a realizar la maniobra de reanimación cardiopulmonar tal y como había aprendido en un documental de la CBS, por si alguna vez Savannah estuviera al borde de la muerte.
Todo empezó a transcurrir a cámara lenta... Yo, tratando de hacerla volver; el tipejo, llevándose las manos a la cabeza y saliendo de allí como alma que lleva el diablo por si se presentaba la pasma; los latidos de mi corazón pitando en mis oídos.
—Una, dos, tres, cuatro...
Contaba cada vez, realizando secuencias de treinta compresiones y dos ventilaciones boca con boca.
Continué la reanimación durante bastante rato, perdí la noción del tiempo. Segundos, minutos, no lo sé.
—¡Lucha, joder, sigue luchando!
Es curioso, pero en esos momentos críticos, cuando alguien se está debatiendo entre la vida y la muerte y sientes que su vida se te escapa de entre los dedos, los únicos recuerdos que te vienen a la mente en forma de fogonazos son los buenos.
En mi caso vi desfilar imágenes desordenadas de cuando mi madre era una madre, cuando aún era ella en esencia. Cuando disfrutaba de una hija y de lo grandioso que es ser madre.
—¡Vive, vamos, vive!
Y antes de desfallecer, antes de perder toda la fe, antes de sucumbir al puñetero destino, ocurrió el milagro.
Bajo mis manos, empezó a moverse el cuerpo de ella..., leve, pero lo bastante presente como para darme cuenta de que estaba conmigo, que seguía conmigo.
—Mamá...